26. Epílogo
Epílogo
Ryder
E l sonido de los patines cortando el hielo virgen resuena por The Nest mientras termino mi última vuelta del entrenamiento. Llevo seis meses casado y todavía siento el mismo subidón cuando veo la nueva camioneta de Mia en el aparcamiento del pabellón a través de las paredes de cristal.
Joder, sí. Mi mujer conduce una camioneta de rescate de la hostia.
La idea de que ahora es mi mujer todavía me hace sonreír como un idiota.
Después de haber perdido demasiados años separados, Mia y yo no podíamos esperar ni un día más. Acordamos un compromiso de tres meses… el tiempo justo para planear algo digno de ella, pero ni un segundo más de lo necesario.
Y, por supuesto, Iron Ridge nunca había visto una boda como la nuestra.
La pista de hielo al completo se transformó con flores blancas y una pasarela sobre el hielo. La cabra Gandalf hizo de portador de los anillos, con pajarita y un cojín atado a la espalda. Casi se come la decoración del altar antes de decidirse a cooperar.
Cuando Mia apareció con aquel vaporoso vestido blanco, todo lo demás se desvaneció. El pasado ya no importaba. Habíamos perdido suficiente tiempo, y yo no iba a malgastar ni un momento más sin que ella fuera mi mujer.
—¡Scott! —el silbato del entrenador Brody rasga el aire—. ¡Deja de ponerle ojitos al aparcamiento y ven aquí!
Patino hasta donde el equipo se está reuniendo en el centro del hielo, todos respirando con dificultad por la intensa sesión.
El entrenador nos ha estado metiendo más caña que nunca de cara a los playoffs para defender la Copa Stanley de la temporada pasada, y se nota en lo finos que estamos sobre el hielo.
—Bueno, escuchad —anuncia el entrenador, con el brazo sobre la cintura de Natalie, que está a su lado con su ropa de fisioterapeuta—. La temporada está llegando a su fin y, antes de que encaremos la recta final, quería deciros algo.
Blake levanta una ceja.
—¿Te vas a poner sentimental con nosotros, viejo?
—Cállate, Maddox.
El entrenador apenas puede ocultar la sonrisa mientras se pasea ante nosotros.
—Este equipo… este grupo de absolutos… inadaptados … —Todos nos reímos—. Os habéis convertido en algo especial. No solo en el hielo, sino también fuera de él.
Miro a mis compañeros de equipo, a mis hermanos, en realidad, y veo el mismo orgullo reflejado en sus caras.
Connor está apoyado en su palo, con esa sonrisa chulesca suavizada por el afecto genuino de sus ojos al ver a Lucy mirando desde las gradas.
Jackson asiente, pensando claramente en Cassie, que lo espera en casa.
Logan está sonriendo de verdad desde su puesto en la cafetería de arriba, y es obvio que la influencia de Emma ha sido poco menos que milagrosa.
—Sea cual sea la magia que ha estado ocurriendo en vuestras vidas personales —continúa el entrenador—, os ha convertido en mejores jugadores. En mejores hombres. Estoy tremendamente orgulloso de entrenar a este equipo.
—El entrenador se está emocionando —me susurra Connor en un aparte—. Que alguien marque la fecha en el calendario.
—Te he oído, gilipollas —la mirada del entrenador no ha cambiado ni un ápice—. Y hablando de emociones, ¿alguien ha visto a Eli hoy? He oído que ha estado actuando de forma rara toda la semana.
Como si el entrenador lo hubiera invocado, el sonido de unas ruedas chirriantes resuena por el pabellón. Todos nos giramos para ver a Eli Thompson empujando un carro enorme sobre el hielo, cargado con lo que parece ser suficiente champán para hacer flotar un barco pequeño.
—¿Qué coño es eso? —pregunta Jackson.
—¡SORPRESA! —brama Eli, con la voz resonando en las paredes del pabellón—. ¡Ensayo de celebración del campeonato!
—Eli —dice el entrenador, frotándose los ojos con frustración—. No es eso lo que acordamos decir. Todavía no hemos ganado el campeonato.
—¡Bah, qué más da! —Eli hace un gesto displicente con la mano, descorchando la primera botella—. Este equipo tiene magia este año. Lo siento en los huesos. Además, ¿cuándo fue la última vez que celebrasteis algo como es debido?
Blake nos mira a todos y se encoge de hombros.
—Pues es prácticamente lo único que hacemos.
Pero al poco tiempo, estamos todos desparramados por el centro de la pista, todavía con la equipación, pasándonos botellas de champán y riendo como la panda de críos creciditos que básicamente somos.
Las esposas y novias se han unido a nosotros en el hielo, convirtiendo nuestra celebración improvisada en algo que parece una familia.
Sophia se sienta entre las piernas de Blake, robándole sorbos de su botella mientras actualiza su teléfono.
—Esto va derechito al Instagram del equipo —anuncia.
—Sácame guapo —pide Blake, dándole un beso en la sien.
—¡Vaya favor le haces! ¡Le encargas a la mujer una tarea imposible! —grita Connor, ganándose un puñado de hielo picado en la cara por parte de Blake.
Lucy se ríe, acomodándose al lado de Connor.
—Vosotros dos sí que parecéis un matrimonio de viejos.
—Oye, aquí el matrimonio de viejos somos nosotros —protesto, sentando a Mia en mi regazo, donde encaja a la perfección. Como siempre lo ha hecho—. Mostrad un poco de respeto por vuestros mayores.
—¿Mayores? —resopla Emma desde donde comparte el champán de Logan, ambos todavía con sus delantales de Nest & Grind—. Lleváis casados seis meses, no seis décadas.
—Sigue contando —dice Mia, sonriendo mientras me roba la botella—. Somos prácticamente unos ancianos para los estándares del hockey.
Logan, que ha estado observando en silencio cómo se desarrollaba este caos, de repente habla.
—¿Sabéis lo que es gracioso? Hace un año, la mayoría de nosotros éramos solteros convencidos de que estábamos demasiado centrados en el hockey para tener pareja.
—Algunos más convencidos que otros —bromea Natalie, dándole un codazo en el hombro al entrenador Brody.
—Yo era perfectamente feliz siendo soltero —protesta el entrenador.
—Anda ya. Eras un ermitaño cascarrabias que vivía a base de barritas de proteínas —le corrige Blake.
—Sigo siendo un cascarrabias —murmura el entrenador, pero sonríe mientras acerca a Natalie a él.
Jackson levanta su botella.
—Por el entrenador, por demostrar que hasta el más cabezota de nosotros puede encontrar la felicidad.
—Por todos nosotros, cabezotas de mierda —añade Connor—, por descubrir por fin lo que de verdad importa.
—Por Iron Ridge —interviene Sophia—, por ser el tipo de lugar donde las historias de amor se hacen realidad.
—Por las mujeres que aguantan nuestras gilipolleces —dice Blake, ganándose los vítores de las chicas.
—Y por Eli —añado, levantando mi botella hacia nuestro anfitrión improvisado—. Por creer siempre en la magia, incluso cuando el resto de nosotros somos demasiado prácticos.
Eli sonríe radiante, levantando su botella más alto que nadie.
—¡Por la familia!
—¡SALUD!
Todos bebemos y, por un momento, el pabellón se llena de ese tipo de satisfacción que proviene de saber que estás exactamente donde debes estar.
Porque Iron Ridge no es solo un lugar en un mapa.
Es donde los estanques helados se convierten en sueños de infancia, donde las rivalidades se transforman en hermandad sobre el hielo y donde las segundas oportunidades no solo se dan… se luchan.
Este pueblo lleva el hockey en las venas y el amor justo donde debe estar… en el corazón.
—Bueno, degenerados —dice finalmente el entrenador, aunque no hace ningún ademán de disolver la fiesta—. Demos por terminado el día antes de que a Eli se le ocurra que necesitamos un desfile por toda la ciudad.
—No me des ideas —advierte Eli, recogiendo ya las botellas vacías.
Mientras todos empiezan a dispersarse, Blake se levanta y nos mira a todos, esparcidos por el hielo. Hay algo en su expresión. Orgullo, quizá, o simplemente la satisfacción de un capitán que sabe que su equipo se ha convertido en algo especial.
Se da la vuelta para seguir al resto del equipo hacia la salida, y una hora más tarde, el pabellón se ha vaciado.
Vacío… excepto por Mia y por mí.
El personal de limpieza ya ha pasado, las luces están tenues y el hielo brilla, vacío y perfecto, bajo la iluminación de emergencia.
—Cuesta creer que aquí es donde empezó todo —dice Mia, su voz resonando en el silencioso espacio.
—¿La noche de la recaudación de fondos?
—Todo. Tú volviendo a Iron Ridge, el programa comunitario, nosotros reencontrándonos. —Se apoya en mi pecho, ambos todavía sentados en el banquillo de los jugadores—. Este lugar lo cambió todo.
—No —la corrijo, dándole un beso en el cuello—. Tú lo cambiaste todo. Este lugar solo fue el escenario.
Se gira en mis brazos, con esos ojos color avellana brillando con picardía.
—Ooooh… qué romántico. No me extraña que me casara contigo.
—Entre otras razones —murmuro, deslizando mis manos hasta sus caderas.
—¿Otras razones?
—Bueno, está mi belleza devastadora —enumero con los dedos—. Mis increíbles habilidades en el hockey. Mi modesta personalidad. Y no mencionaste una vez… mi enorme…
—¡Capacidad para ayudar! —me interrumpe Mia, tapándome la boca con la mano—. Sí. No debería olvidar tu pericia con las reformas.
Le muerdo la palma de la mano hasta que la retira con un gritito.
—Eso no es lo que gritabas anoche cuando yo…
—¡Estamos en un lugar público! —sisea Mia, mirando alrededor del pabellón vacío como si el de la limpieza pudiera salir de detrás de la portería. Pone los ojos en blanco, pero me besa suavemente—. Pero oye, la casa ha quedado perfecta.
—La verdad es que sí.
—Después de que Bear arreglara todo lo que rompiste —me recuerda, todavía sonriendo.
Me levanto, tirando de ella conmigo.
—Hablando de la casa…
—¿Sí?
Me inclino hasta que mis labios rozan su oreja.
—Ya está terminada. Todas las habitaciones. Incluida esa nueva cama king-size en la de invitados con el cabecero que no golpeará la pared.
Se le corta la respiración, y la siento temblar contra mí.
—¿Ah, sí ?
—Y el aislamiento acústico que hice instalar —continúo, mi voz bajando a ese tono grave que sé que la vuelve loca—. Lo que significa que puedes ser tan ruidosa como quieras cuando haga eso que te gusta con mi lengua.
—¿Eso en lo que tú…?
—Sí, nena —termino, deslizando mis manos para ahuecarle el culo—. Eso.
Los ojos de Mia se han oscurecido por el deseo y se aprieta más contra mí.
—¿Cómo de rápido podemos llegar a casa?
—Depende —le mordisqueo el lóbulo de la oreja—. ¿Cuánta ventaja quieres que te dé?
—¿Ventaja?
—Estoy pensando… te persigo por la casa, te pillo en el dormitorio y luego me paso el resto de la noche demostrándote exactamente lo silencioso que es nuestro nuevo colchón.
—Eso es… —traga saliva—, un plan muy bueno.
—Tengo mis momentos.
Se pone de puntillas, su boca busca la mía en un beso. Cuando nos separamos, ambos respiramos con dificultad.
—A que no me ganas hasta la camioneta —dice con esa sonrisa maliciosa que todavía hace que mi corazón dé un vuelco.
—Hecho, señora Scott.
Mientras nos dirigimos a la salida, echo un último vistazo al pabellón que nos volvió a unir. The Nest, donde Iron Ridge viene a animar, a soñar y a creer en la magia.
Mañana volveremos a estar aquí para entrenar. La semana que viene, con suerte, estaremos celebrando otra victoria. ¿Pero esta noche?
Esta noche es solo para nosotros.
Y pienso aprovechar cada minuto con mi amor del instituto.
El final... ¿o no?
¡Por fin llegó el día de la boda de Mia y Ryder!
Al despedirnos de esta serie, los invito a unirse a toda la familia Iron Ridge Icehawks para celebrar el amor, las risas y a una cabra muy traviesa.