14. Capítulo catorce #2
—Aterrada —admito, bajando la mirada a nuestras manos unidas—. Pero no lo suficiente como para huir esta vez.
La sonrisa que se extiende por su rostro es puro sol, lo bastante brillante como para derretir todos los copos de nieve que hacen que el centro del pueblo parezca un paraíso invernal.
—Bien —dice simplemente—. Porque no pienso ir a ninguna parte.
Volvemos a entrar y la celebración sigue en pleno apogeo. Alguien ha empezado una ronda de brindis cada vez más ridículos, y Blake está deleitando a un público cada vez mayor con lo que parece ser un relato épico de las mejores paradas de Connor.
Me siento en el reservado junto a Ryder, y su brazo se coloca automáticamente alrededor de mis hombros. El contacto se siente natural, cómodo, de una manera que me hace preguntarme por qué luché contra ello durante tanto tiempo.
—¡Ahí está! —Connor levanta su botellín de cerveza cuando nos acercamos—. ¡La mujer de la noche!
—Vale. Ya podemos parar con eso —protesto, pero estoy sonriendo—. Esta es la noche de Ryder. Él es el que ha marcado dos goles y ha mandado a los de Montreal a hacer las maletas.
—Mmmm… perdona. Yo soy el que ha hecho esas paradas espectaculares en el segundo periodo que nos han mantenido en el partido —añade Connor con una sonrisa.
Las bromas vuelan de un lado a otro, la conversación fluye a nuestro alrededor.
Pero a pesar de todo, me encuentro observando a Ryder más que escuchando.
Observo la forma en que se ríe con sus compañeros de equipo, la forma en que me incluye en cada conversación, la forma en que su mano nunca suelta la mía.
Esto es lo que he estado echando de menos.
No solo a él, sino esta sensación de ser parte de algo más grande. De tener a alguien de mi parte que cree en mis sueños tanto como yo.
A medida que avanza la noche y la multitud se reduce gradualmente, siento un calor familiar que se extiende por mi cuerpo que no tiene nada que ver con el champán.
Es el calor que proviene de ver las manos de Ryder gesticular mientras habla, de entrever su sonrisa, de recordar exactamente lo que esas manos y esa boca pueden hacerme.
El recuerdo de hace dos noches me golpea como un rayo. La forma en que me tocó, me besó, me hizo sentir la mujer más bella del mundo. La forma en que encajamos como si no hubiera pasado el tiempo.
Dios, lo deseo. Ahora mismo.
No quiero irme a casa sola esta noche. No quiero tumbarme en mi cama vacía pensando en «y si» y «quizás».
Quiero celebrarlo. Celebrarlo de verdad.
Me inclino más cerca de Ryder, mis labios rozando su oreja mientras hablo. —Oye.
—Oye, tú —murmura él de vuelta, su voz ya más ronca por el simple contacto.
—Tengo una idea.
—¿Ah, sí? ¿Qué tipo de idea?
Dejo que mi mano se deslice hasta su muslo bajo la mesa, lo suficientemente alto como para que se le entrecorte la respiración. —Del tipo que implica largarse de aquí e ir a un sitio tranquilo.
Sus ojos se oscurecen de inmediato, ese calor se enciende al instante entre nosotros. —Joder, Mia. Ya me gusta esta idea.
—Bien. —Me levanto, tirando de él conmigo—. Porque te tengo una sorpresa.
—Mia…
—Confía en mí. —Le doy un beso rápido en los labios, saboreando la cerveza y los cacahuetes que le vi echarse a la boca—. Te va a encantar.
Quince minutos y varias excusas creativas para una escapada rápida después, estamos de pie frente al Spa Iron Ridge & Hotel. Es el lugar más elegante de la ciudad, todo de piedra y madera con una luz cálida que se derrama por cada ventana.
—Mia —dice Ryder lentamente, mirando el edificio—. ¿Qué hacemos aquí?
—Bueno —saco mi móvil, enseñándole el correo de confirmación de la reserva que hice mientras se despedía del equipo—. He pensado que era mi turno de hacer algo especial. Algo para ti.
Sus ojos se abren como platos al leer la pantalla. —¿¡Has reservado una habitación para nosotros!? ¿¡Aquí!?
—La suite nupcial , de hecho. —Sonrío ante su expresión de asombro—. Porque al parecer, esta noche mis decisiones están influenciadas por el champán.
—¿La suite nupcial ? —Su voz se quiebra como lo hacía antes, y tengo que morderme el labio para no reírme.
—Sí, nene . Con jacuzzi, chimenea y fresas con chocolate. —Me acerco más, dejando que mis pechos rocen su pecho—. Considéralo mi forma de darte las gracias. Por esta noche. Por todo.
Las manos de Ryder encuentran mi cintura, atrayéndome hacia él mientras la nieve cae a nuestro alrededor. —Mia, no tienes que darme las gracias por…
—Sé que no tengo por qué. —Me estiro para trazar la línea de su mandíbula, encantada con la forma en que sus ojos se cierran con el contacto—. Es que… te deseo a ti .
Deslizo mis dedos por su pecho, sintiendo su corazón latir con fuerza bajo mi tacto. Mi mano desciende más abajo, lenta, deliberadamente, hasta que ahueco su entrepierna a través de sus vaqueros.
Ya está duro, tenso contra la tela, deseándome tanto como yo a él.
— Mmmm … ¿Estás preparado?
—Jesús —suspira—. Vas a ser mi muerte.
—Oh, si acabo de empezar. —Me inclino para susurrarle al oído, dejando que mis labios rocen la piel sensible justo debajo, y le doy otro apretón—. Puede que hasta me ponga esas braguitas negras que tanto te gustaban.
El sonido que hace está a medio camino entre un gemido y una mueca, y cuando me mira de nuevo, sus ojos están más oscuros que la otra noche.
—Esas bragas —dice, con la voz ronca por el deseo—. Las de encaje con el…
—Sip. —Chasqueo los labios—. El corazón dorado. Esas son.
—Joder, Mia. —Sus manos se aprietan en mi cintura—. ¿Cómo es posible que seas aún más perfecta de lo que recordaba?
Me río, echándome hacia atrás para mirarlo. A este hombre guapo y maravilloso que de alguna manera vuelve a ser mío.
—Vamos, entremos para registrarnos antes de que…
—Espera. —Me detiene con una sonrisa que es pura travesura—. Esas bragas. Las negras de encaje de las que hablas. ¿Qué edad tienen exactamente?
Me quedo helada. —¿Qué quieres decir?
—Quiero decir —su sonrisa se ensancha—, que estamos hablando de lencería de hace ocho años, nena. Eso es como… ropa interior vintage a estas alturas.
El calor inunda mis mejillas. —Oh, Dios mío. Cállate.
—Solo digo —continúa, disfrutando claramente de mi vergüenza—, que si todavía tienes ropa interior del instituto, quizás deberíamos discutir tus cuestionables hábitos de compra junto con tus decisiones inducidas por el champán.
—Ryder Scott —entrecierro los ojos—, ¿quieres mojar esta noche o no?
—Oh, definitivamente quiero mojar esta noche. —Finge que se cierra la cremallera de los labios, pero la sonrisita en su cara aun así se le escapa.
Le doy una palmada en el pecho. —Para que conste, me compré unas nuevas. La semana pasada. Por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si acaso conseguías engatusarme para volver a tu cama.
Su sonrisa es pura satisfacción masculina. —La mejor inversión que has hecho nunca.
—Eso ya lo veremos —bromeo, cogiéndole de la mano y tirando de él hacia la entrada del hotel—. Venga, campeón. Vamos a averiguar cuánta suerte vas a tener.