Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 15. Capítulo Quince
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15. Capítulo Quince

Capítulo Quince

Ryder

N os registramos rápidamente y el ascensor que sube a la suite nupcial del ático parece tardar una eternidad, aunque solo subimos tres plantas.

Mia está apretada contra mí, con la espalda pegada a mi pecho, y puedo sentir el calor que irradia su cuerpo a través de ese vestido pecaminoso.

—Sabes, cuando has dicho que tenías una idea, pensaba más bien en una cena privada. O en ir al cine.

Se reclina contra mí, su culo presionando mi polla cada vez más dura, y puedo sentir su sonrisa aunque no se la vea.

—¿Y dónde está la gracia de eso?

La fricción que crea hace que le agarre las caderas con más fuerza, acercándola más a mí. Mis labios encuentran su cuello y le mordisqueo la clavícula.

—Joder, Mia. Como sigas moviéndote así, no llegamos a la habitación.

El ascensor emite un pitido y las puertas se abren para revelar un pasillo que parece sacado de una revista de lujo. Moqueta gruesa, apliques de cristal y una sola puerta en toda la planta. Oh, sí. Esta noche vamos a tener el tratamiento VIP completo.

Mia saca la tarjeta y la pasa por el lector. Mi polla ya se tensa contra mis vaqueros ante la idea de tenerla para mí solo esta noche.

No estoy muy seguro de cómo he llegado hasta aquí, pero aquí estoy. Con Mia. Mi único y verdadero amor, la mujer por la que he luchado con uñas y dientes para recuperarla después de haber sido un capullo durante demasiado tiempo.

Me aparto y dejo que empuje la puerta para abrirla. Y cuando lo hace, la puta mandíbula se me cae al suelo.

—Hostia puta, Mia.

Esto no es solo una habitación de hotel.

Es una fantasía romántica a gran escala hecha realidad.

Unos enormes ventanales enmarcan Iron Ridge como una postal hecha realidad, con la ciudad extendiéndose bajo nosotros en un manto de luces parpadeantes. Puedo ver el pabellón a lo lejos, con el logotipo de los Icehawks en la entrada brillando en verde y plata contra el cielo nocturno.

La victoria de esta noche todavía me recorre las venas como una descarga eléctrica, pero, de algún modo, estar aquí con Mia se siente como la victoria más importante.

Mis dos mundos —el que domino sobre el hielo y el que estoy desesperado por construir con ella— chocan en una panorámica perfecta.

Me adentro en la habitación, hacia una enorme chimenea de piedra que ya está encendida, con unas llamas que danzan como si actuaran solo para nosotros.

En el centro de la habitación debe de estar la cama king-size más apetecible que he visto en mi vida.

Hay pétalos de un intenso color carmesí esparcidos en un dibujo demasiado perfecto para ser aleatorio.

En la mesilla de noche, una bandeja de plata brilla a la luz del fuego, cargada de fresas bañadas en chocolate que parecen demasiado perfectas para comérselas.

Casi. A su lado, una botella de champán caro reposa en una cubitera, con la condensación deslizándose por su cuello como si estuviera tan excitada como yo en este momento.

La habitación entera parece gritar «Voy a hacer que el resto de las habitaciones de hotel te parezcan una mierda para el resto de tu vida».

Pero ¿lo que de verdad me llama la atención?

El balcón privado. Es visible a través de unas puertas de cristal que abren la habitación por completo y está equipado con lo que parece un jacuzzi humeante con vistas a las montañas.

—Mia —susurro, girándome para mirarla mientras cierra la puerta detrás de nosotros—. Esto es...

—¿Completamente exagerado? —Sonríe, y joder, parece que está en su salsa en medio de tanto lujo—. Lo sé. Es solo que... después de lo de esta noche, después de todo lo que has hecho por mí, quería hacer algo especial para ti.

La acorralo contra la puerta cerrada, con las manos apoyadas a ambos lados de su cabeza, y me inclino hasta que nuestros labios casi se rozan. —El que estés aquí ya es lo bastante especial.

—Buena respuesta —susurra ella, poniéndose de puntillas para besarme.

El beso empieza suave, pero estalla en una necesidad desesperada en cuestión de segundos. Mis manos se enredan en su pelo, deshaciendo el peinado que se había hecho con tanto esmero antes de que llegáramos a Ridgeview.

Gime en mi boca mientras presiono mi cuerpo contra el suyo. Puedo sentir cada una de sus curvas a través de ese vestido azul noche, la forma en que sus pechos se aprietan contra mi pecho, cómo sus caderas encajan perfectamente con las mías.

Mi polla palpita contra su vientre, y ella mueve las caderas deliberadamente, haciéndome gemir.

—Pues... Estaba pensando que primero el jacuzzi —jadea contra mis labios, con las manos ya ocupadas con los botones de mi camisa—. Tengo que ver este cuerpo desnudo y cubierto de burbujas.

Joder. La forma en que lo dice, con tanta confianza y ardor. Este es el tipo de mujer que hace que mi polla se tense dolorosamente contra mis vaqueros.

—Entonces más nos vale quitarnos esta ropa —gruño, haciéndola girar para que vuelva a estar de espaldas a mí.

Avanzamos a trompicones por la habitación mientras mis manos encuentran la cremallera de su vestido, y la bajo lentamente, revelando centímetro a centímetro de piel suave y cremosa. Me sorprende que no lleve sujetador debajo y, cuando el vestido cae a sus pies, tengo que reprimir un gemido.

Esas braguitas.

De encaje negro, delicadas y transparentes, abrazando sus caderas como un amante desesperado.

Un diminuto corazón dorado se posa justo encima de la línea de su cintura, atrayendo mi mirada hacia la curva perfecta de su culo.

El encaje es de corte bajo y puedo ver la suave curva de sus nalgas, lo que hace que se me haga la boca agua con la necesidad de probar cada centímetro de ella.

—Son nuevas —dice por encima del hombro, pillándome mirándola—. Como prometí.

Me pego a su espalda, mis labios encuentran su cuello mientras mis manos se extienden por su cintura.

—Son perfectas —murmuro contra su piel, mi polla presionando su culo a través de mis vaqueros—. Eres perfecta.

Dios, quiero ponerme de rodillas aquí mismo. Quiero adorar ese culo precioso, saborearla hasta que se ponga a temblar.

Se gira entre mis brazos, completamente cómoda en su casi desnudez, y empieza a desabrochar el resto de los botones de mi camisa. Sus dedos están cálidos contra mi pecho mientras me quita la tela de los hombros, y cuando va a por mi cinturón, le cojo las manos.

—Mia...

—¿Qué? —Me mira, con esos ojos color avellana oscurecidos por el deseo.

—Solo necesito que sepas... que lo de esta noche, todo lo que ha pasado en el partido, no era para llevarte a la cama.

Su expresión se suaviza y levanta la mano para ahuecarme la cara. —Lo sé. Pero, ¿Ryder? Ahora mismo, de verdad, de verdad quiero estar en la cama contigo. O en un jacuzzi. Lo que sea.

Termina con mi cinturón y mis vaqueros, sus nudillos rozan mi polla mientras empuja la tela vaquera hacia abajo junto con mis bóxers. El contacto hace que suelte un siseo entre dientes, y ella sonríe como si supiera exactamente el efecto que me está provocando.

—Jacuzzi —decido, levantándola en brazos y llevándola hacia el agua humeante—. Definitivamente, jacuzzi.

El balcón es privado, cerrado por paneles de cristal esmerilado que nos protegen de cualquier posible vecino. El jacuzzi es enorme, con capacidad para seis personas, y el agua humea apeteciblemente en el frío aire de la montaña.

Antes de entrar, beso a Mia y engancho los pulgares en la cinturilla de sus braguitas, deslizándoselas lentamente por las piernas mientras ella se apoya en el borde del jacuzzi. Cuando caen a la tarima, está completamente desnuda, y su visión hace que se me seque la boca.

Su coño ya está reluciente y no deseo otra cosa que hundir la cara entre sus muslos y hacerla gritar mi nombre.

—Joder, qué guapa eres —susurro, dejándola subir los tres escalones antes de meterme en el agua detrás de ella.

El calor nos golpea como un beso en todo el cuerpo, haciéndonos jadear a ambos mientras nos hundimos en ese lujo líquido. El vapor se arremolina a nuestro alrededor, creando una especie de capullo íntimo donde el mundo exterior deja de existir.

Nada más importa.

Literalmente, nada.

He pasado años buscando subidones de adrenalina en el hielo, pero nada de eso se compara con el subidón de tenerla desnuda en mis brazos ahora mismo.

Mia se acomoda en mi regazo, sentándose a horcajadas sobre mí mientras las burbujas se activan al pulsar un botón.

Mis manos encuentran sus caderas, agarrándolas con fuerza mientras ella se acomoda sobre mi miembro duro, sin dejar que la penetre todavía, pero permitiéndome sentir lo húmeda que ya está por mí.

—¿Champán? —pregunta, cogiendo la botella que ha sacado a escondidas de la habitación sin que me diera cuenta.

La observo servir dos copas, hipnotizado por la forma en que se mueven sus pechos perfectos mientras me entrega una copa de flauta. Gotas de agua se aferran a sus pezones y quiero inclinarme y saborearlos, pero ella sostiene la copa entre nosotros y me mira profundamente a los ojos.

—Por las segundas oportunidades —dice, levantando su copa.

—Por la mujer más increíble que he conocido —replico, chocando mi copa con la suya.

Bebemos, y el champán es fresco y perfecto, pero a mí me interesa más la forma en que los labios de Mia se curvan alrededor del borde de su copa. La forma en que sus ojos no se apartan de los míos mientras toma un sorbo.

—¿Sabes en qué pensaba durante el partido? —pregunta, dejando su copa a un lado y acercándose más a mi regazo.

—¿En qué?

—En la otra noche. En tu casa. —Sus manos se deslizan por mi pecho, sus uñas arañan mi piel—. En la forma en que me tocaste. En la forma en que me hiciste sentir.

Mi polla se contrae contra su sexo y ella balancea las caderas ligeramente, su calor húmedo impregna la piel de mi miembro.

—He pensado en ello todas las noches desde entonces. —Se inclina, sus labios rozan mi oreja, su aliento caliente contra mi piel—. En tus manos sobre mí. En tu boca. En la forma en que dijiste mi nombre cuando te corriste dentro de mí.