12. Capítulo doce
Capítulo doce
Mia
C ompruebo con cuidado a los cuatro cachorros que, de alguna manera, han conseguido sobrevivir a su difícil comienzo en la vida. Cada diminuta bola de pelo respira de forma constante, sus barriguitas redondas tras haber comido bien esta mañana.
—Vamos, Zeus —le susurro al más pequeño de la camada, un pequeño luchador que ha peleado más de lo que nadie esperaba—. Sigue creciendo, ¿vale?
Zeus responde intentando mordisquearme el dedo con sus dientes de cachorro, afilados como agujas, lo que he decidido interpretar como una buena señal.
—¿Cómo están nuestros bebés milagro? —Zoe aparece a mi lado, acunando a Princess en brazos como si la carlina fuera su animal de terapia personal.
—Cada día mejor. La doctora Martínez dice que, si siguen ganando peso a este ritmo, estarán listos para ser adoptados en unas semanas.
—Es increíble. —Zoe se acomoda en la silla a mi lado, rascándole a Princess detrás de las orejas—. Los has salvado tú, Mia. A los cuatro.
Nosotros los salvamos. Ryder y yo, trabajando juntos durante esas primeras noches críticas. Él sujetando los biberones mientras yo supervisaba la temperatura, turnándonos los dos con los horarios de alimentación cada dos horas que casi acaban con nosotros.
—Hablando de salvar cosas —dice Zoe con ese brillo travieso de adolescente en la mirada que solo significa problemas—. ¿Cómo tienes el cuello hoy?
Mi mano vuela instintivamente hacia mi cuello, donde he estado colocándome el pelo estratégicamente toda la semana para ocultar lo que es, sin duda alguna, y en absoluto, un chupetón .
—No sé de qué me hablas.
—Mmm. —La sonrisa de Zoe es pura maldad—. Debe de ser una picadura de mosquito muy agresiva. Durante una tormenta de nieve.
—Cállate, anda. Ayúdame con esta lista. —Cojo el portapapeles y repaso la interminable lista de cosas que tienen que estar listas antes del partido de esta noche.
El móvil me vibra por lo que parece la centésima vez hoy. Es otra solicitud de entrevista de un bloguero deportivo que, de alguna manera, se ha enterado de la «conmovedora historia que hay detrás del evento benéfico de los Icehawks de esta noche».
Dios, ¿cuándo se ha convertido mi vida en una historia conmovedora?
—Sabes —dice Zoe, viéndome rechazar otra llamada—, para alguien que está a punto de pasar la mejor noche de su vida, tienes cara de estar a punto de vomitar.
—No estoy a punto de vomitar. Solo estoy... procesándolo.
—¿Procesando el hecho de que Ryder Scott ha organizado todo un evento benéfico para este refugio? ¿O el hecho de que medio pueblo vaya a estaros mirando esta noche como si fuerais el espectáculo principal?
Ambas. Sin duda, ambas.
La entrevista de radio de esta mañana ya ha sido bastante mala.
Sentada en el diminuto estudio de la emisora local mientras el locutor hacía preguntas cada vez más personales sobre mi «relación» con el chico de oro de Iron Ridge.
Luego, la visita sorpresa del fotógrafo del Iron Ridge Gazette que quería retratar a «la mujer detrás de la causa».
Cada vez que pienso en esta noche —en entrar en ese estadio con miles de ojos puestos en mí, en sentarme en la zona VIP que Sophia sin duda ha organizado, en que se me relacione públicamente con Ryder de una forma que hace que esto sea real —, mi estómago hace unas acrobacias que impresionarían a un gimnasta olímpico.
—Tienes razón. Seguramente debería quedarme aquí esta noche —digo, las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas—. Para asegurarme de que los cachorros estén bien. Supervisar sus horarios de comida.
Zoe me mira como si acabara de anunciar mi intención de convertirme en cantante de yodel profesional.
—Mia Harper. ¿De verdad estás intentando saltarte tu propio evento benéfico?
—No me lo estoy saltando. Estoy siendo responsable. Estos cachorros necesitan…
—Estos cachorros necesitan que los cuide alguien que sepa lo que hace.
—Zoe se levanta, con las manos en las caderas en una pose que resulta notablemente intimidante para alguien que pesa cuarenta kilos empapada—.
O sea, yo. La persona que te ha estado ayudando cada día durante el último mes.
La persona que se encargó de todo perfectamente la otra noche cuando tú estabas.
.. —Hace unos sonidos de besos exagerados que hacen que se me encienda la cara.
—Nosotros no… No es…
—Cuando estabas teniendo «pijamadas de adultos» con jugadores de hockey —concluye con una sonrisa demasiado descarada como para ser mona.
—Dios mío. Tienes quince años. Ni siquiera deberías saber lo que son las pijamadas de adultos.
—No tengo seis años, Mia. Y tampoco soy ciega. —Señala mi cuello otra vez—. Eso que tienes ahí es una prueba de calidad de una de esas pijamadas.
Antes de que pueda hacer nada, la puerta principal se abre de golpe con tanta fuerza que hace temblar los marcos de fotos desparejados que cuelgan de la pared con la pintura desconchada.
El ruido repentino desencadena una reacción en cadena de ladridos desde la zona de las jaulas. Veintiséis perros expresan ahora su opinión sobre las visitas inesperadas en una cacofonía que hace que los cuatro cachorritos debajo de mí se sobresalten y giman en su nido improvisado.
—¡HORA DEL SECUESTRO!
Sophia irrumpe en la entrada como un tornado bien vestido. Detrás de ella, Natalie y Lucy la siguen con el tipo de expresión decidida que anuncia problemas para cualquiera que se cruce en su camino.
—Ah, genial —mascullo—. Ha llegado la caballería.
—Mia Harper —anuncia Sophia, quitándose unos guantes de cuero y metiéndoselos en el bolsillo del abrigo—. Tienes exactamente tres horas para pasar de ser la loca de los animales a la coanfitriona despampanante del evento benéfico.
Lucy aparece a su lado. —¡Y por suerte para ti, estamos aquí para hacerlo posible!
—No necesito que me transformen. Necesito comprobar…
—Los cachorros están bien —interrumpe Natalie, ya ojeando la zona de las jaulas detrás de nosotras—. Están ganando peso, respirando con normalidad y claramente prosperando bajo tus cuidados. Estarán aún mejor durante las cuatro horas que vas a estar fuera esta noche.
—¿Cuatro horas? ¡El partido solo dura tres periodos!
—Más la recepción previa al partido, las fotos del intermedio, la celebración posterior si ganan… —enumera Lucy con los dedos—. Créeme, he planificado el horario al minuto.
Zoe, la pequeña traidora, prácticamente vibra de emoción mientras mece a Princess en sus brazos.
—Vete —dice, empujándome hacia mis posibles secuestradoras—. Tengo todo bajo control aquí. Me has entrenado bien. Además, quiero que mañana me cuentes todos los cotilleos, y no podré hacerlo si te escondes en el refugio toda la noche como una especie de ermitaña del hockey.
—No soy una ermitaña del hockey. Es solo que no…
—¡NO! —Sophia da dos palmadas, cuyo sonido resuena en el refugio como el pistoletazo de salida que vuelve a desatar el caos de ladridos—. Se acabaron las excusas. O vienes con nosotras ahora mismo, o te sacamos de aquí a la fuerza.
—No os atreveríais.
Las tres intercambian miradas y, de repente, me veo rodeada. Lucy me coge del brazo izquierdo, Natalie del derecho y Sophia se coloca detrás de mí como si estuviera preparada para levantarme físicamente si fuera necesario.
—Claro que nos atreveríamos —advierte Sophia—. Pregúntale a Blake qué opino de la gente que no sigue mis horarios cuidadosamente planificados.
Zoe saluda con la mano desde detrás del mostrador, todavía acunando a Princess. —¡Pásatelo bien! ¡No hagas nada que yo no haría!
—¡Tienes quince años! ¡Tú no harías nada!
Mis «amigas» me arrastran hasta que estoy acurrucada en un reservado en el restaurante más nuevo de Iron Ridge, The Lookout Lodge , viendo a Sophia examinar la extravagante carta de cócteles.
El lugar es exactamente lo que cabría esperar de un restaurante que abrió específicamente para atender la nueva prosperidad de la ciudad gracias a los Icehawks.
Paredes de ladrillo visto, iluminación con bombillas Edison y suficiente encanto rústico como para hacer llorar de alegría a un tablón de Pinterest.
—Necesitas algo con champán —declara Sophia, sin levantar la vista de la carta—. Algo para celebrar. Después de todo, esta noche es importante.
—Es un partido de hockey —protesto débilmente.
—Es tu partido de hockey —corrige Natalie, sentándose a mi lado con un cóctel de un alarmante tono rosado y adornado con lo que parecen ser pétalos de rosa cristalizados—. Hay una diferencia.
Lucy se desliza frente a nosotras, ya a medio beber algo que parece oro líquido y huele a gloria. —Bueno. ¿Alguien ha mencionado que la televisión local planea entrevistarte durante el primer intermedio?
Siento que se me cae el alma a los pies. —¿QUÉ van a hacer?
—Tranquila. —Sophia hace un gesto displicente con la mano—. Ya he hablado con ellos. Dos preguntas como máximo, ambas sobre el refugio y a qué se destinará el dinero.
Mi mente repasa las infinitas necesidades del refugio.
El viejo aire acondicionado que traquetea como si estuviera poseído. El techo con goteras sobre la sala de los gatos. La desesperadamente necesaria ampliación para un espacio de cuarentena exclusivo. Suministros médicos. Una nueva zona de baño. Un software de adopción actualizado.
Tal vez incluso contratar personal de verdad .
Pero nunca tendré suficiente dinero para todo eso. La realidad duele, pero me obligo a respirar. Porque pase lo que pase esta noche, algo es mejor que nada, y todo gracias a Ryder.
Él me ha dado esta oportunidad de ayudar a los animales que amo.
Un camarero aparece junto a nuestra mesa como salido de un cuento de hadas. Alto, pelo oscuro, pómulos que podrían cortar el cristal y el tipo de sonrisa que sugiere que pluriemplea como modelo cuando no está sirviendo cócteles artesanales.
—Señoras —dice, con voz suave como la seda—, soy Marcus y las atenderé esta tarde. ¿Puedo empezar ofreciéndoles algo de beber?