9. Capítulo nueve
Capítulo nueve
Ryder
E n el momento en que los labios de Mia se encuentran con los míos, hasta la última gota de mi paciencia, cuidadosamente controlada, se hace añicos como el cristal.
Este no es el beso suave y tentativo de la pista de hielo.
Es desesperado, hambriento, años de anhelo comprimidos en un único momento que amenaza con consumirnos a los dos. Su boca se abre bajo la mía y gimo en lo profundo de mi garganta cuando nuestras lenguas chocan en una danza frenética que sabe a vino y a perdón.
Joder, cómo he echado de menos esto. Cómo la he echado de menos a ella.
Mis manos enmarcan su cara, inclinándole la cabeza para poder besarla más profundamente, reclamando cada centímetro de su boca como si fuera mi último deseo.
Sabe exactamente como la recordaba, pero mejor de alguna manera, más dulce, más embriagadora que cualquier victoria que haya saboreado en el hielo.
—Mia —respiro contra sus labios, rozando su labio inferior con los dientes.
—No pares —susurra ella, enredando los dedos en mi pelo y arañándome el cuero cabelludo de una forma que me envía una descarga eléctrica directa a la entrepierna—. Por favor, no pares.
Ni de puta coña.
La levanto sin romper el beso, agarrándola por los muslos mientras sus piernas se envuelven en mis caderas. Es tan jodidamente perfecta en mis brazos, todas sus suaves curvas y su cálido peso presionando contra mí exactamente donde más la necesito.
—Te tengo —murmuro contra su garganta, saboreando el rápido pulso allí mientras la presiono contra la pared del pasillo, el árbol en la ventana olvidado hace mucho—. Te tengo, nena.
La pared me da el apoyo para dejarla ahí sujeta, mi boca encontrando la suya de nuevo mientras lamo su interior, saboreando su lengua, consumiendo cada suave sonido que emite.
Su precioso vestido se ha subido, ese que me ha estado volviendo loco mientras estaba sentada frente a mis padres, volviéndose a ganar sus corazones, igual que la primera vez que los conoció.
Puedo sentir su calor a través de la fina tela de su ropa interior, presionando contra el duro bulto de mi polla a través de mis vaqueros.
Joder. No voy a durar si sigue moviéndose así.
—Ryder —jadea, rompiendo el beso para mirarme con los ojos oscurecidos por el deseo y la pura y puta lujuria —. No puedo creerlo. Nunca pensé… Nunca pensé que volvería a verte. No así.
—Creía que nunca me perdonarías —admito, con la voz áspera por la emoción y la excitación—. Pensé que la había cagado tanto que sería imposible arreglarlo.
—Lo hiciste. —Sus manos acunan mi cara, sus pulgares trazando mis pómulos como si me estuviera memorizando—. Pero has vuelto. De verdad has vuelto.
—Siempre has sido tú, Mia. —Presiono mi frente contra la suya, intentando recuperar el aliento incluso cuando mis caderas se mueven hacia delante involuntariamente—.
No importaba dónde estuviera, qué ciudad, qué equipo…
siempre eras tú. Cada gol, cada victoria, cada puto campeonato, solo podía pensar en lo vacío que se sentía sin ti allí.
Sus ojos se cierran con un aleteo y, cuando los abre de nuevo, hay algo crudo y vulnerable en ellos que me oprime el pecho.
—Demuéstramelo —susurra—. Demuéstrame que todo esto es real.
Joder. Va a matarme.
La llevo por el pasillo, sin separar mi boca de la suya, con las lenguas enredadas mientras sorteo latas de pintura y sábanas protectoras. La puerta del dormitorio está abierta, la luz de la luna entra a raudales por las ventanas sin cortinas y lo proyecta todo en sombras plateadas.
La cama es solo un colchón en el suelo rodeado de cajas, pero es mía.
Nuestra , si ella la quiere.
No solo este momento o esta noche, sino esta casa. Este desastre de casa para reformar con su papel pintado que se cae a trozos y sus suelos que crujen.
La compré para que fuera un hogar, no solo un sitio donde caer muerto entre partidos. Reemplazaré esas tablas de suelo deformadas, terminaré la cocina que se merece, construiré un dormitorio en condiciones donde ahora descansa este colchón abandonado en el suelo.
Y lo haré todo por ella, si me deja. Enmarcaré ese puto árbol y lo cuidaré hasta que florezca para siempre, porque tengo todo esto, y lo tengo para ella.
La bajo con cuidado, mis manos ya buscando la cremallera de su vestido mientras ella alcanza el bajo de mi jersey.
—Eres tan jodidamente guapa —murmuro, deslizando la tela esmeralda por su cuerpo, revelando una piel pálida tan suave como la seda que se desprende de ella—. Tan jodidamente guapa, Mia.
El vestido se amontona alrededor de sus caderas, revelando un sujetador de encaje negro que me hace la boca agua y hace que mi polla lata dolorosamente.
Su piel está tan perfecta a la luz de la luna, y no puedo resistirme a inclinarme para presionar besos de boca abierta a lo largo de su clavícula, mordisqueándola hasta que vuelve a gemir en mi oído.
—Ryder —suspira, arqueándose bajo mi boca mientras esta desciende hasta el valle entre sus pechos—. He echado de menos esto. Te he echado de menos a ti .
Su confesión hace que algo feroz y posesivo cobre vida en mi pecho.
Mía. Es mía.
Recorro su cuerpo lentamente, saboreando cada centímetro de piel suave que se revela a medida que le quito capas de ropa. El vestido es lo primero, luego el sujetador, mi boca siguiendo el camino de mis manos mientras adoro su cuerpo como un hombre hambriento.
Sus pechos son perfectos, los pezones ya erectos y pidiendo mi atención. Me llevo uno a la boca, haciendo girar mi lengua alrededor de la punta sensible mientras ella se arquea debajo de mí con un gemido entrecortado.
—Oh, Dios, sí —susurra, sus manos se aferran a mi pelo mientras prodigo atención a un pecho, luego al otro—. He soñado con esto. Contigo.
—Dime más, nena. Cuéntamelo todo.
Gime cuando le chupo el pezón con fuerza. Esas diminutas bragas negras son lo siguiente, y se las bajo lentamente por las piernas, mi boca siguiendo el camino del encaje mientras beso sus caderas, el interior de sus muslos, en todas partes excepto donde más me necesita.
—Mírate —susurro, acomodándome entre sus piernas y simplemente observándola por un momento. Está reluciente de excitación, su coño rosado e hinchado y tan jodidamente hermoso—. Perfecta. Eres tan jodidamente perfecta.
Su respiración es ahora entrecortada, sus manos agarran las sábanas mientras se abre para mí como una flor. Puedo ver lo mojada que está, cómo su clítoris ya está hinchado y reluciente de necesidad, y me cuesta todo el autocontrol que poseo no zambullirme como un hombre hambriento.
—Ryder —susurra, con la voz quebrada al pronunciar mi nombre. Su mano va a mi nuca, guiándome más cerca de su calor—. Todo tuyo, Ryder. Coge lo que necesites de mí.
Siento que alguien debería darme una bofetada.
Esto no puede ser real. Simplemente no puede serlo.
Con un gruñido, me inclino y la saboreo, mi lengua deslizándose entre sus pliegues húmedos mientras ella grita y se arquea sobre el colchón.
Sabe a miel y a todo lo que he estado anhelando, exactamente como recuerdo de nuestra primera vez juntos, de todos aquellos momentos robados cuando éramos jóvenes y pensábamos que teníamos toda la vida por delante.
Gimo contra ella mientras sus muros se derrumban por completo, igual que la noche en que le di mi virginidad y ella me dio la suya. La primera vez que hicimos el amor, pensé que podría morir por la intensidad de aquello.
Resulta que todavía tiene el mismo efecto en mí.
—Oh, Dios —gime, sus manos enredándose en mi pelo, agarrándose con fuerza mientras sus caderas se mueven contra mi boca—. Oh, Dios, sí.
Me pierdo en ella, lamiendo, chupando y reclamando cada centímetro de su coño como si muriera de hambre por él. Porque lo estoy. Ocho años de fantasías, sueños y anhelos nocturnos no pueden compararse con esto: tenerla retorciéndose debajo de mí, gimiendo mi nombre como una plegaria.
Rodeo su clítoris con la lengua, sintiendo cómo late bajo mi caricia, luego me deslizo más abajo para saborear su entrada, jodiéndola con la lengua hasta que solloza mi nombre.
Sus muslos tiemblan alrededor de mi cabeza mientras la llevo más alto, alternando entre suaves lametones y una presión firme que la hace restregarse contra mi cara desesperadamente.
—Ryder, voy a… voy a… —No puede terminar la frase, su cuerpo se tensa mientras le chupo el clítoris suavemente antes de darle un toque con la lengua.
—Eso es, nena —murmuro contra ella, la vibración haciéndola gritar—. Déjate llevar. Te tengo.
Su orgasmo estalla como un trueno, su espalda arqueándose sobre el colchón mientras se deshace en mi boca, mi nombre cayendo de sus labios como una bendición.
La acompaño mientras dura, suavizando mi caricia mientras las réplicas la hacen temblar, lamiendo cada gota de su clímax como si estuviera muriendo de sed.
Cuando finalmente se queda lacia debajo de mí, presiono suaves besos en el interior de sus muslos, en sus caderas, subiendo por su cuerpo hasta que puedo capturar su boca de nuevo.
—Eso ha sido… —empieza, y luego se calla, sus manos de repente urgentes mientras tiran de mi jersey—. Necesito tocarte. Necesito verte.
Joder, sí.
Me ayuda a quitarme el jersey, sus manos recorriendo inmediatamente mi pecho, mis hombros, trazando los músculos que he desarrollado durante años de entrenamiento. Pero cuando sus dedos encuentran el botón de mis vaqueros y lo desabrochan con manos temblorosas, casi pierdo la cabeza.
—Mia —le advierto, mi voz tensa mientras baja la cremallera—. Nena, estoy pendiendo de un hilo.
—Bien —susurra, empujando mis vaqueros y calzoncillos por mis caderas hasta que mi polla salta libre, dura, dolorida y ya goteando líquido preseminal—. Quiero que pierdas el control. Quiero que me necesites tanto como yo te necesito a ti.
Envuelve su pequeña mano alrededor de mi miembro, y casi me corro en ese mismo instante, un gemido ahogado se desgarra de mi garganta mientras me acaricia lentamente desde la base hasta la punta.
—Joder, Mia —jadeo, mis caderas sacudiéndose involuntariamente contra su roce—. Me estás matando.
—Qué bien te siento —murmura, su pulgar pasando por la punta de mi polla, esparciendo la humedad—. Había olvidado lo grande que eres. Lo perfectamente que encajas en mi mano.
Sigue hablando así y esto se acabará antes de empezar.
Se inclina para besarme, su lengua deslizándose contra la mía mientras continúa acariciándome, su agarre firme, perfecto y exactamente lo que necesito.
Estoy perdido en la sensación, en el sabor de su boca y el tacto de su mano en mi polla, cuando de repente rompe el beso y comienza a bajar por mi cuerpo.
Oh, joder. Oh, joder, no.
—Mia, espera —digo con voz rasposa, sujetándola por los hombros antes de que pueda metérmela en la boca—. Nena, si haces eso, estoy acabado. No duraré ni dos segundos.
—Pero quiero saborearte —protesta, mirándome con esos ojos avellana oscuros de deseo—. He estado soñando con tenerte en mi boca.
Joder, está intentando matarme.
—La próxima vez —prometo, atrayéndola de nuevo hacia mí para besarla desesperadamente—. La próxima vez te dejaré que me hagas lo que quieras. Pero ahora mismo, necesito estar dentro de ti. Necesito sentir cómo te corres alrededor de mi polla.
Gime contra mi boca, sus piernas envolviendo mis caderas mientras me acomodo entre sus muslos. La punta de mi polla roza su entrada y ambos jadeamos ante el contacto.
—¿Estás segura? —pregunto, aunque me está matando darle una salida—. No tenemos por qué…
—Estoy segura. —Sus manos enmarcan mi cara, sus ojos fijos en los míos—. Nunca he estado más segura de nada en mi vida. Te quiero, Ryder. Nunca he dejado de quererte.
Mía. Por fin, completamente mía.
Me hundo en ella lentamente, centímetro a centímetro, observando su cara mientras se acostumbra a mi tamaño.
Está tan estrecha, tan perfecta, como si estuviera hecha para mí y solo para mí.
Cuando estoy completamente dentro de ella, ambos nos quedamos quietos, simplemente respirando y mirándonos como si no pudiéramos creer que esto es real.
—De verdad eres tú —susurra, sus manos recorriendo mis hombros, mi espalda—. De verdad estás aquí.
—Estoy aquí —prometo, empezando a moverme con embestidas lentas y profundas que hacen que sus ojos se cierren con un aleteo—. Estoy aquí y no voy a ninguna parte. Nunca más.
La recaudación de fondos, la pista de hielo, las interminables horas en el refugio… todo conducía a este momento. A ella. A nosotros. Y no hay nada que no haría, ninguna distancia que no recorrería, ningún muro que no derribaría para mantenerla en mis brazos.
Mía. Siempre mía.
Me pierdo en el ritmo, en la sensación de estar enterrado en lo más profundo de la mujer que amo, en los suaves sonidos que emite mientras la reclamo por completo. Esto es todo por lo que he estado luchando, todo con lo que he estado soñando durante ocho largos años.
Y por fin, por fin , vuelve a ser mía.