8. Capítulo ocho #2
La puerta principal se abre antes de que podamos subir los escalones del porche y Carol Scott aparece en el umbral como sacada de un cuadro de Norman Rockwell. Lleva un delantal cubierto de huellas de manos enharinadas y la sonrisa más grande que he visto en mi vida.
—¡Mia! —No espera a que lleguemos hasta ella. En su lugar, baja corriendo los escalones y me envuelve en un abrazo que huele a bizcocho de vainilla y a hogar—. Ay, cariño, mírate. Estás aún más guapa de lo que recordaba.
—Señora Scott...
—Carol. Ya eres toda una mujer. Llámame Carol, o me enfadaré mucho contigo, cielo.
Me sujeta a la distancia de sus brazos, estudiándome la cara con esos cálidos ojos marrones que tanto se parecen a los de Ryder.
—¡Tom! ¡Sal aquí fuera! ¡Ha venido Mia !
Tom Scott aparece en el umbral, más alto y con más canas de lo que recordaba, pero con la misma sonrisa afable que me hizo sentir bienvenida desde el primer día. —Pues vaya. Mia Harper.
—Hola, señor Scott.
—Tom —me corrige, igual que su mujer—. Ven aquí, chiquilla.
Su abrazo es tierno y, por un momento, vuelvo a ser una adolescente, de pie en esta misma entrada después del baile de fin de curso, sintiéndome la chica más afortunada del mundo.
—Vamos —dice Carol, enlazando su brazo con el mío—. La cena está casi lista y quiero que me lo cuentes todo. Tom, ayuda a Ryder con... lo que sea con lo que los hombres se ayudan.
—Las compras de la camioneta —grita Ryder a nuestras espaldas, pero Carol ya me está metiendo en la casa.
La cocina huele a gloria bendita. Estofado, verduras asadas y pan recién hecho que se me hace la boca agua. La mesa del comedor está puesta con la vajilla buena de Carol, la que solo usaba para ocasiones especiales cuando yo era más joven.
—No tenías que haberte tomado tantas molestias —protesto mientras me sirve una copa de vino.
—Tonterías. Tenerte aquí merece una celebración. —Se detiene en su ajetreo para mirarme con seriedad—. Te he echado de menos, Mia. Más de lo que crees.
Se me hace un nudo en la garganta. —Yo también os he echado de menos.
—Bien. Entonces, con eso ya estamos al día. —Me tiende el vino con una sonrisa—. Ahora, cuéntame sobre tu refugio. Tom y yo pasamos por delante a veces y estamos muy orgullosos de lo que has construido.
No puedo reprimir la sonrisa que se extiende por mi cara y, una hora más tarde, estoy harta del mejor estofado que he comido nunca y me siento más relajada de lo que he estado en semanas.
Tom nos ha estado deleitando con historias de su antigua ferretería, cada una más ridícula que la anterior. Carol sigue rellenándome el plato a pesar de mis protestas.
Y Ryder...
Ryder ha sido el compañero de cena perfecto. Encantador sin ser abrumador, divertido sin ser el centro de atención. Su mano encontró mi muslo a mitad del plato principal, un peso cálido que envía pequeñas chispas por mi columna cada vez que se mueve.
—Así que, Mia... Esta noche de recaudación de fondos del sábado —dice Tom, recostándose en su silla con la expresión de un hombre que ha comido demasiado—, Ryder nos dice que va a ser todo un acontecimiento.
—Lo es —convengo, sin creerme del todo que sea real—. Vuestro hijo se ha pasado un poco.
—Así es mi niño —dice Carol con orgullo—. Siempre ha sido un poco teatrero.
—Oye —protesta Ryder—. No es teatro. Es ser minucioso .
Tom se ríe. —Debo decir que Carol y yo estamos bastante emocionados. Hace años que no vamos a un partido de hockey.
—Incluso he convencido a tu madre para que aflojara un poco el bolsillo —añade Tom con un guiño a su mujer—. Vamos a patrocinar una de las mesas de los proveedores.
Carol le da un manotazo con la servilleta. —No hagas que parezca que soy una tacaña, Thomas Scott.
—Nunca, querida.
Tom me guiña un ojo y yo me río de sus bromas, sintiendo esa calidez familiar que se siente al estar con gente que se quiere de verdad.
Esto es lo que echaba de menos. No solo a Ryder, sino esto. La sensación de formar parte de una familia que funciona de verdad.
—Bueno —dice Carol, levantándose para empezar a recoger los platos—, creo que esto pide un postre. He hecho esa tarta de chocolate que tanto te gustaba, Mia.
—¿Te acuerdas de mi tarta favorita?
—Cariño, me acuerdo de todo sobre ti. —Su sonrisa es suave y cómplice—. Hay cosas en la vida que son demasiado importantes como para olvidarlas.
Mientras ella entra ajetreada en la cocina, Tom se levanta y se estira.
—Y yo creo que voy a ver qué tiempo hace. La nieve ha estado cayendo con bastante fuerza durante la última hora.
A través de la ventana del comedor, veo cómo los copos gordos se arremolinan bajo la luz del porche. Lo que empezó como una ligera capa de nieve cuando llegamos se ha convertido en algo más serio.
—Probablemente deberíamos ir saliendo —le digo a Ryder—. No quiero quedarme atrapada.
—Estaremos bien. —Su pulgar frota mi muslo, enviando un calor que se arremolina por mi vientre—. Mi camioneta se desenvuelve en la nieve de maravilla.
¿Famosas últimas palabras? Espero que no.
Treinta minutos más tarde, nos estamos despidiendo en el porche, cargados de táperes con sobras y promesas de volver a visitarlos pronto. La nieve cae con más fuerza ahora, copos que se pegan a todo y hacen que el mundo parezca una bola de nieve.
—Conduce con cuidado —grita Carol desde la puerta—. ¿Y Mia? No te pierdas.
—No lo haré —prometo, diciéndolo de verdad.
Ryder me ayuda a subir al asiento del copiloto de su camioneta e inmediatamente subo la calefacción. —Vale, puede que tuvieras razón sobre la nieve.
—No es para tanto —dice, pero me doy cuenta de que agarra el volante con un poco más de fuerza de lo habitual cuando salimos de la entrada.
Las carreteras están resbaladizas y la visibilidad empeora por momentos. Lo que debería ser un viaje de quince minutos hasta mi casa se alarga a veinte, y luego a veinticinco.
Ryder está concentrado en la carretera, con ambas manos en el volante y la mandíbula apretada por la concentración.
—¿Seguro que estás bien? —pregunto mientras toma una curva especialmente cerrada.
—Perfectamente. Solo voy con cuidado.
Pero en lugar de dirigirse hacia mi barrio en el centro, está conduciendo hacia las colinas que hay sobre el pueblo. La carretera se estrecha, serpenteando entre altos pinos cargados de nieve.
—¿Ryder? ¿Adónde vamos? Por aquí no se va a mi casa.
—Lo sé. —Entra en un camino de entrada que apenas puedo ver a través de la nieve y pone la camioneta en punto muerto—. Uf . Ya hemos llegado.
Miro a través del parabrisas lo que parece una vieja granja, oscura y un poco ruinosa. El porche está un poco hundido por un lado y faltan contraventanas en algunas de las ventanas.
—¿Y dónde es exactamente « aquí »? —pregunto mientras Ryder viene a abrirme la puerta.
—Vamos, te lo enseñaré.
Me coge de la mano y me ayuda a bajar de la camioneta, y luego empieza a caminar por un sendero cubierto de nieve hacia la casa. La luz del porche parpadea al acercarnos, arrojando un resplandor amarillo sobre la madera desgastada.
—Ryder, en serio. ¿Qué hacemos aquí? ¿De quién es esta casa?
Se detiene en la puerta principal y se vuelve para mirarme, con una expresión seria a la luz del porche. La nieve se le posa en el pelo y en las pestañas, haciendo que parezca más joven de alguna manera. Más como el chico del que me enamoré hace tantos años.
—Este es mi hogar —dice simplemente.
Me quedo mirándolo a él, luego a la casa y de nuevo a él. —¿Tu hogar? Pero dijiste que habías comprado una cabaña. Dijiste que necesitaba reformas, pero esto es...
—¿Un desastre? —Sonríe, esa sonrisa de niño que hace que mi corazón dé un vuelco—. Sí, lo sé. Pero es mi desastre.
—No lo entiendo. Eres literalmente un jugador de hockey millonario. Podrías tener cualquier casa en Iron Ridge.
—Solo... shhh . —Me aprieta un dedo contra los labios—. Entra. Deja que te enseñe.
Abre la puerta principal y se hace a un lado para dejarme pasar primero.
El interior está a oscuras, pero pulsa un interruptor y una vieja lámpara de araña cobra vida sobre nosotros, con una luz que tiembla con la tormenta de fuera.
—Esto es... —dejo la frase en el aire, mirando a mi alrededor lo que es claramente una obra en curso. Las paredes están recién pintadas, los suelos de madera han sido restaurados y hay sábanas de pintor cubriendo los muebles en lo que supongo que es el salón.
—El hogar —termina Ryder en voz baja—. O lo será, con el tiempo.
Me vuelvo para mirarlo fijamente, algo hace clic en mi cabeza. —La cabaña que dijiste que habías comprado. La que necesitaba reformas. Es esta, ¿verdad?
—Sí.
—Pero esto no es una cabaña, Ryder. Esto es... —hago un gesto a nuestro alrededor, observando los techos altos y la ancha escalera que lleva al segundo piso—. Es una casa de verdad. Una casa familiar.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué la compraste? ¿Por qué este sitio?
En lugar de responder, me coge por los hombros y me guía por el pasillo, con su cálido pecho contra mi espalda. Sus manos son suaves pero firmes mientras me coloca frente a una gran ventana en el otro extremo.
—Mira —murmura contra mi oído, su aliento enviando escalofríos por mi espina dorsal.
A través del cristal, más allá del patio cubierto de nieve y subiendo por un sinuoso sendero apenas visible en la tormenta, se alza un enorme roble.
Incluso con la nieve amontonada tan alta en su base que nuestras viejas iniciales probablemente estén enterradas, reconocería ese árbol en cualquier parte.
—Nuestro árbol —susurro, con el corazón martilleándome en las costillas.
—Nuestro árbol —confirma en voz baja—. Compré esta casa porque cada mañana puedo despertarme y ver el lugar donde grabamos nuestros nombres. Donde nos dimos nuestro primer beso. Donde te prometí un para siempre.
Se me cierra la garganta por completo. —Ryder...
—Volví a casa por ti, Mia. Siempre he estado volviendo a casa por ti.
Me doy la vuelta en sus brazos y esta vez no dudo.
Me pongo de puntillas y lo beso con ocho años de anhelo, ocho años de «y si...», ocho años de un amor que nunca llegué a enterrar del todo.