Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 10. Capítulo diez
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10. Capítulo diez

Capítulo diez

Mia

M e despierto con el sonido de mi propio corazón retumbando en mis oídos y el peso desconocido de un brazo deliciosamente musculoso sobre mi cintura.

Pero entonces abro los ojos y…

Oh. Oh, no.

Los acontecimientos de anoche me inundan la mente con detalles vívidos y humillantes. La cena con sus padres. La tormenta de nieve. La casa. El árbol.

Y luego... oh, Dios, y luego.

El brazo de Ryder se aprieta a mi alrededor mientras se mueve en sueños, acercándome más a su pecho. Su piel está cálida y es sólida contra mi espalda, y puedo sentir cada uno de sus músculos, cada respiración acompasada que toma.

Me he acostado con él.

No solo me he acostado con él. He tenido sexo de los que hacen temblar la tierra, de los que te derriten el cerebro y despiertan a los vecinos con Ryder Scott en su casa a medio reformar mientras la nieve caía fuera y nuestro roble era testigo a través de la ventana del dormitorio.

Mierda . ¿Qué significa esto? ¿Qué demonios significa todo esto?

Mi cerebro empieza a dar vueltas a la velocidad de la luz, repasando cada posible interpretación de los sucesos de anoche como si fuera una especie de analista de relaciones desquiciada.

¿Ha sido solo sexo? Sexo increíblemente bueno, de los que te cambian la vida, que me ha hecho ver las estrellas y que posiblemente haya dejado marcas permanentes de mis uñas en sus hombros, pero aun así, ¿ solo sexo? ¿O ha sido algo más?

¿Algo que significa que estamos...? ¿Qué? ¿Juntos otra vez? ¿Saliendo?

¿Y qué hay de la recaudación de fondos? ¿La cena con sus padres? ¿La casa que me dijo que había comprado por nuestro árbol? ¿Forma todo esto parte de un elaborado plan de seducción, o es que de verdad él…?

—Buenos días, preciosa.

La voz de Ryder es ronca por el sueño, y siento sus labios rozarme el hombro. El contacto envía una espiral de calor por mi cuerpo, lo cual es tan inoportuno como profundamente injusto, teniendo en cuenta mi estado mental actual.

Me incorporo tan rápido que el brazo de Ryder se desprende de mi cintura, y de inmediato salgo de la cama a toda prisa, agarrando la sábana contra mi pecho como si fuera una armadura.

—Eh..., creo que necesito una ducha —suelto, cometiendo el fatídico error de mirarlo—. ¡Jesucristo, Ryder! ¡Guarda eso!

Se mira a sí mismo sin la menor vergüenza y luego vuelve a mirarme con una sonrisa de pura satisfacción masculina. —¿Guardar el qué?

—¡Tú sabes el qué!

—No estoy haciendo nada. Es por la mañana. Esto es lo que pasa por las mañanas. —Su sonrisa se ensancha y ni siquiera intenta ocultar su… erección matutina—. Sobre todo después de una noche como la de anoche.

—Ducha. Ahora mismo. ¿Dónde está tu baño?

—¿A qué viene tanta prisa? Hace unas horas no te quejabas.

Mi cara se pone al rojo vivo. —DUCHA. AHORA. ADIÓS.

—Al fondo del pasillo, primera puerta a la izquierda, pero…

Ya estoy huyendo, con la sábana arrastrando detrás de mí como el vestido de novia más inapropiado del mundo.

Cuando entro, el baño de Ryder es un estudio sobre la negligencia masculina.

La ducha es bastante decente —buena presión de agua, por suerte—, pero hay una toalla empapada y arrugada en el suelo que parece que lleva ahí desde el principio de los tiempos. En serio. Probablemente ya esté desarrollando su propio ecosistema.

—Qué asco, Ryder. Simplemente… qué asco.

Le doy una patada a la toalla ofensiva hacia la esquina y entro en la ducha, dejando que el agua caliente se lleve el persistente olor de su colonia y la imagen de aquello de lo que acabo de huir.

Vale. Respira hondo. Eres una mujer adulta que tomó una decisión anoche. Una muy buena decisión, si somos sinceros. Una decisión excepcionalmente buena que incluyó múltiples orgasmos y esa cosa que hizo con la lengua que te hizo olvidar tu propio nombre.

Pero ¿qué significa esto de cara al futuro? Esa es la parte en la que me quedo atascada.

Me lavo el pelo con su champú —que huele irritantemente bien— e intento organizar mis pensamientos en algo que se parezca a la lógica.

Dijo que me quiere. Dijo que compró una casa por nuestro árbol. Está organizando un evento benéfico para mi refugio.

Lo siento, pero esos no son comportamientos de un rollo de una noche.

Son... comportamientos de relación. Comportamientos de una relación seria .

Pero ¿y si le estoy dando demasiadas vueltas? ¿Y si esto es solo culpa y nostalgia y una química realmente buena? Y por otro lado, ¿y si se vuelve a aburrir? ¿Y si la NHL le llama con alguna oportunidad increíble y él…?

Para. Simplemente... para.

Cierro el grifo y me envuelvo en la toalla menos cuestionable que encuentro.

En el espejo empañado, mi reflejo parece completamente destrozado.

Tengo el pelo hecho un desastre, los labios hinchados de tantos besos, y hay un brillo distintivamente satisfecho en mí que probablemente sea visible desde el espacio.

Genial. Realmente parezco como si acabara de tener el mejor sexo de mi vida.

A través de la puerta del baño, oigo ruidos de la cocina. El traqueteo de sartenes, el chisporroteo de algo cocinándose y el intenso aroma a café que hace que mi estómago gruña a traición.

Por supuesto que está cocinando. Porque al parecer Ryder Scott está decidido a marcar todas las casillas de la lista «La mañana perfecta después de».

Me pongo la ropa de ayer, el vestido esmeralda que parecía tan apropiado para la cena con sus padres y que ahora se siente completamente ridículo para el paseo de la vergüenza de la mañana siguiente, y me armo de valor para enfrentarme a lo que sea que esté haciendo en la cocina.

Y hete aquí que la cocina es un espectáculo digno de ver.

No porque sea particularmente elegante. Es evidente que está a media reforma, con las puertas de los armarios desiguales y un salpicadero a medio terminar.

Sino porque Ryder Scott está de pie junto a los fogones, sin camiseta, dando la vuelta a lo que parece ser el desayuno más elaborado que he visto nunca en una cocina casera.

Está de espaldas a mí, y me tomo un momento para apreciar la vista. Hombros anchos que se estrechan en una cintura fina, el juego de los músculos bajo la piel bronceada mientras se mueve por la cocina con una gracia sorprendente.

—El café está recién hecho —dice sin darse la vuelta, como si tuviera un sexto sentido sobre mi presencia—. Las tazas están en el armario de encima de la cafetera.

—Oh. Gracias —digo, dirigiéndome hacia donde señala.

Me sirvo una taza de café lo suficientemente fuerte como para resucitar a un muerto y me siento en la pequeña mesa de la cocina. Desde donde estoy sentada, tengo una vista perfecta del roble a través de la ventana trasera, majestuoso incluso con la nieve amontonada en su base.

Todavía no me puedo creer que haya comprado esta casa. Toda esta propiedad. Por ese árbol. Por nosotros .

¿Cuántas veces recorrimos ese sendero? ¿Cientos?

Atravesábamos el campo después de clase, nuestras mochilas chocando entre sí mientras corríamos hacia nuestro rincón. La corteza era áspera contra mi espalda mientras nos sentábamos a hablar de todo y de nada.

Recuerdo una tarde de otoño en particular, con las hojas a nuestro alrededor formando un caleidoscopio de ámbar y carmesí.

Qué nervioso parecía, cómo sus ojos no dejaban de bajar a mis labios antes de apartar la mirada.

Cuando finalmente me besó, el mundo se tambaleó sobre su eje.

Sus manos me ahuecaron la cara como si fuera algo precioso, algo que no podía creer que se le permitiera tocar.

Esa noche fui a casa y me quedé despierta hasta el amanecer, recorriéndome los labios con los dedos, segura de que mi vida había cambiado fundamentalmente. Y así fue.

Ese árbol fue testigo de nuestro comienzo. Y ahora, de alguna manera, está siendo testigo de... ¿qué? ¿Nuestra resurrección?

Ryder sigue trabajando en los fogones, tarareando para sí mismo, y yo lo observo emplatar lo que parece ser comida suficiente para alimentar a un pequeño ejército.

Huevos revueltos esponjosos, beicon perfectamente crujiente, hash browns , y tortitas apiladas tan alto que se necesitaría un título en ingeniería estructural.

Ah, sí. Esto es comida de atleta. El tipo de desayuno que requiere una carrera deportiva profesional para justificar comer tanta comida y tener esa pinta al hacerlo.

—Entonces... ¿me estás dando de comer o te estás preparando para el apocalipsis?

Se ríe, poniendo un plato delante de mí que probablemente podría alimentar a tres personas normales. —Estoy acostumbrado a cocinar para apetitos postentrenamiento. Lo siento si es demasiado.

—¿Demasiado? —Me quedo mirando la montaña de comida.

—Come lo que puedas. Yo me terminaré el resto.

Se sienta frente a mí con su propio plato igualmente ridículo y, sin ceremonias, se inclina para darme un rápido beso en los labios.

Así, sin más. Como si fuera la cosa más natural del mundo. Como si hubiéramos estado compartiendo desayunos postcoito durante años en lugar de tener el primero.

La naturalidad del gesto me oprime el pecho. Es tan fácil, tan cómodo, tan absolutamente aterrador en su simplicidad.

—Bueno —digo, cortando mis tortitas y metiéndome un bocado en la boca—. Esta cocina es enorme. ¿Qué planes tienes para este sitio?

Buen cambio de tema. La distracción perfecta.

—Una reforma completa, obviamente. La cocina necesita una renovación total, esos armarios son más viejos que nosotros. Quiero abrir esta pared entre la cocina y el salón, crear un flujo más abierto. Hacerlo más moderno.

—¿Y lo estás haciendo todo tú solo? —Enarco una ceja—. ¿Con tus propias manos?

—Sí. —Se encoge de hombros como si no fuera gran cosa—. Una parte, al menos. Lo que puedo manejar.

Casi me atraganto con el café. —Ryder. Cariño. Te he visto intentar arreglar cosas. ¿Recuerdas el gran desastre del aire acondicionado de la semana pasada?

Se le ponen las orejas coloradas. —Eso fue diferente.