Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 7. Capítulo siete #2
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7. Capítulo siete #2

—Cada día más fuertes. Puede que no perdamos a ninguno, lo cual es… —Se aparta para mirarme y veo asombro en sus ojos—. Es un milagro, la verdad. Estaba segura de que perderíamos al menos a uno o dos.

—Los has salvado tú, Mia.

—Los hemos salvado nosotros . Has estado ahí todas las noches, Ryder. No podría haberlo hecho sin ti.

Esa confesión hace que algo cálido se despliegue en mi pecho.

—Vamos —digo, tirando de ella hacia el puesto de alquiler de patines—. Patina conmigo.

—Ya te he dicho que llevo sin patinar…

—Cinco años, lo sé. Pero es como montar en bici. Nunca se olvida del todo.

Parece escéptica, pero me sigue hasta el puesto, donde un adolescente con un impresionante pelo de recién levantado nos da dos pares de patines a cambio de mi billete de veinte dólares.

—No puedo creer que esté haciendo esto —masculla Mia mientras buscamos un banco para cambiarnos—. Si me rompo un tobillo, te echaré la culpa a ti.

—Si te rompes un tobillo, te llevaré al hospital en brazos.

—Qué noble por tu parte.

Me ato los patines mientras ella batalla con los suyos, maldiciendo por lo bajo porque le aprietan.

—Toma —digo, arrodillándome delante de ella para ayudarla con los cordones—. Tienen que estar ajustados, pero sin cortarte la circulación.

—Recuerdo cómo se atan unos patines, Ryder.

—¿Ah, sí? Porque ahora mismo parece que estás intentando hacer una operación de cirugía.

Me da una patadita con el pie que tiene libre, pero sonríe tan ampliamente que se le marca el hoyuelo que tanto adoro.

Me levanto y le ofrezco la mano, con el corazón latiéndome a mil por hora en el pecho. —¿Lista?

—En absoluto.

Aun así, me coge de la mano y los primeros pasos sobre el hielo son, como era de esperar, vacilantes. Mia se agarra a mi mano como si fuera un salvavidas, con sus tobillos amenazando con traicionarla en cada deslizamiento.

—Voy a caerme y arrastrarte conmigo —advierte, tambaleándose.

—Entonces nos caeremos juntos. No sería la primera vez.

—¿Cuándo nos hemos caído juntos?

—En segundo, cuando intenté enseñarte a jugar al hockey. Me derribaste y los dos nos caímos tan fuerte que el entrenador me hizo correr suicidios durante una semana.

—Fue culpa tuya por dar por hecho que yo tendría elegancia con un palo en las manos.

—¡Me pediste que te enseñara!

—Quería impresionarte, no cometer una agresión accidental.

Nos deslizamos lentamente por el borde exterior de la pista, y su confianza aumenta con cada vuelta. Su agarre en mi mano pasa de ser desesperado a ser de compañerismo, y pronto se mueve con algo que se acerca a la elegancia.

—¿Ves? —digo, patinando hacia atrás para poder mirarla de frente—. Una atleta nata.

—No te pases, Scott. Todavía estoy a un tambaleo del desastre.

Pero ahora se mueve con más libertad, las arrugas de preocupación alrededor de sus ojos se suavizan. Un grupo de niños pasa corriendo a nuestro lado, chillando de risa, y la sonrisa de Mia se ensancha.

—Esto es agradable —admite—. ¿Cuándo fue la última vez que patinaste solo por diversión?

—Sinceramente, probablemente en el instituto. Todo desde entonces ha sido entrenar o jugar partidos o intentar demostrar algo.

—Qué triste.

—Sí, un poco. —Le cojo la otra mano, patinando hacia atrás y tirando de ella con un ritmo lento y suave—. Había olvidado lo bien que sienta simplemente… deslizarse.

Patinamos un rato, otras parejas pasan a nuestro lado, perdidas en sus pequeños mundos, y por un momento casi puedo fingir que esto es normal. Que solo somos Ryder y Mia, juntos de nuevo.

—Los cachorros van a estar bien —digo al cabo de un rato.

—Eso creo. La señora Henderson se ofreció a acoger a dos de ellos cuando tengan edad suficiente, y los Martínez quieren uno. Ya son tres hogares.

—¿Y el refugio? ¿Cómo te las apañas con los gastos?

Su expresión se ensombrece ligeramente. —Ya encontraré la forma. Siempre lo hacemos.

—Mia…

—No quiero hablar de dinero esta noche, ¿vale? Esto es agradable. Sigamos así.

Quiero hablarle de la noche benéfica, de los planes que Sophia y Lucy están organizando mientras hablamos. Pero algo me frena. Tal vez sea la expresión de paz en su rostro, o la forma en que por fin empieza a relajarse.

O tal vez es porque quiero que este momento sea sobre nosotros, no sobre resolver sus problemas.

—Vale —acepto—. Nada de hablar de trabajo. Cuéntame otra cosa.

—¿Como qué?

—Lo que sea. ¿Qué haces cuando no estás salvando animales o limpiando mis desastrosos intentos de ayudar?

Se ríe. —Eso implica que tengo tiempo libre.

—Venga. Tiene que haber algo.

—Leo —admite—. Novelas románticas, sobre todo. Cuanto más cutres, mejor.

—¿En serio?

—No me juzgues. A veces una chica necesita escapar a un mundo donde el tío bueno siempre se queda con la chica y la vida de nadie se mantiene en pie con cinta americana y café.

—No te estoy juzgando. Creo que es mono.

—¿Mono?

—Sí. La idea de que crees en los finales felices, incluso después de… —Dejo la frase en el aire, sin querer arruinar el momento sacando el pasado.

—¿Incluso después de que me rompieras el corazón? —termina ella en voz baja.

—Sí.

Se queda en silencio un momento demasiado largo y me preocupa haber ido demasiado lejos. Pero entonces me aprieta las manos.

—Por suerte para ti, sigo creyendo en los finales felices —dice—. Quizá eso me haga ingenua, pero he visto demasiadas cosas rotas curarse como para renunciar a esa posibilidad.

—Como los cachorros.

—Como los cachorros. Como el perro de tres patas que aprendió a correr de nuevo. Como la gata que estaba tan traumatizada que no dejaba que nadie la tocara, pero ahora duerme en mi despacho todas las noches.

—¿Y como nosotros? —pregunto en voz baja.

Me mira, sus ojos castaños serios bajo la luz suave. —Todavía no lo sé.

No es un no. Y ahora mismo, con eso me basta.

—Hablando de curar —digo, con el corazón martilleándome contra las costillas—, tengo algo que decirte.

—Oh, Dios. ¿Qué has hecho?

Me río y echo la cabeza hacia atrás. Me conoce demasiado bien. Incluso después de todo este tiempo.

—Bueno… El sábado por la noche, en el partido contra Montreal… Sophia y Lucy me han ayudado a organizar una cosa.

Entrecierra los ojos con desconfianza. —¿Qué clase de cosa?

—Una noche benéfica. Para Tails & Paws.

Mia deja de patinar tan bruscamente que tengo que agarrarla por los brazos para mantenernos a ambos en pie.

—¿Que has hecho qué?

—Un evento para recaudar fondos en The Nest. Todos los beneficios irán para el refugio. —Las palabras me salen atropelladamente, de los nervios—. Sé que odias aceptar ayuda, pero no podía quedarme mirando cómo te matabas a trabajar intentando hacerlo todo sola.

Durante un largo momento, se limita a mirarme. Y entonces, para mi absoluto espanto, sus ojos se llenan de lágrimas.

—Mia, joder, lo siento. Si no quieres hacerlo, podemos cancelarlo. Un mensaje a Sophia y se acabó. Debería haber preguntado primero, pero quería darte una sorpresa, y…

—Cállate —susurra.

—¿Qué?

—Solo… cállate un segundo.

Está llorando, las lágrimas le corren por las mejillas mientras me mira como si acabara de obrar algún tipo de milagro.

—Has organizado una noche benéfica. Para mi refugio. —Se ríe entre lágrimas, un sonido acuoso mientras niega con la cabeza repetidamente—. No puedo creer que hayas hecho eso.

—Pues créetelo. Lucy no ha parado de publicar sobre ello, me sorprende que no te haya chafado la sorpresa. Puede que hasta recaudemos lo suficiente para que consigas ese nuevo aire acondicionado que tanta falta te hace.

—Ryder… —Niega con la cabeza, como si no pudiera procesar lo que le estoy diciendo—. Esto es demasiado. No puedo dejar que…

—Sí que puedes. —Le cojo la cara entre las manos y mis pulgares le secan las lágrimas de las mejillas—. Llevas mucho tiempo cargando con esto tú sola, Mia. Deja que te ayude. Deja que te ayude todo el maldito pueblo.

—¿Por qué? —susurra—. Después de todo lo que pasó, ¿por qué harías esto por mí?

—Porque te quiero —digo, sin más—. Nunca he dejado de quererte, Mia. Y sé que no tengo ningún derecho a decir eso después de lo que hice, y no espero que tú me lo digas a mí. Pero es la verdad. Ha sido verdad cada uno de los días durante ocho años.

Se le corta la respiración y, por un instante, ninguno de los dos se mueve.

Entonces se alza sobre los patines y me besa.

Al principio es suave, vacilante, como si estuviera tanteando el terreno. Pero cuando respondo, cuando mis brazos le rodean la cintura y la atraen más cerca, se derrite contra mí con un pequeño sonido que me llega directo al alma.

Este beso es todo lo que recordaba y a la vez nada de lo que recordaba. Sabe a chocolate caliente y a posibilidades, y cuando sus dedos se enredan en mi pelo, ocho años de anhelo se desbordan de mí de golpe.

Seguimos sobre patines, en medio de una pista pública, pero nada de eso importa.

Nada importa, salvo sentirla en mis brazos, sentir cómo encaja contra mí y la sensación de que ahora mismo… aquí, en este momento, es como si no hubiera pasado el tiempo.