7. Capítulo siete
Capítulo siete
Ryder
H an pasado tres días desde el rescate de emergencia de los cachorros y no he visto a Mia más de cinco minutos seguidos.
Básicamente, se ha instalado a vivir en el refugio. Esos cachorros de cuatro semanas necesitan cuidados las veinticuatro horas del día: darles el biberón cada dos horas, controlarles la temperatura, supervisión constante.
Cada vez que he pasado por allí con café o comida, parecía más agotada que la anterior, con ojeras bajo los ojos y esa expresión testaruda en la mandíbula que significa que funciona a base de pura determinación.
Y café. Mucho café.
El sonido del silbato del entrenador Brody me saca de mis pensamientos y me devuelve al hielo, donde se supone que tengo que concentrarme en los ejercicios en lugar de pensar en cierta testaruda rescatadora de animales.
—¡Scott! ¿Dónde coño tiene la cabeza hoy? —la voz del entrenador Brody retumba por toda la pista, tan cortante que me hace estremecer—. ¡Es la tercera vez que falla un pase fácil!
—¡Lo siento, entrenador! —grito mientras patino con más fuerza para alcanzar a Blake, que niega con la cabeza, divertido.
—Tienes una pinta de mierda, novato —dice mientras nos ponemos en fila para el siguiente ejercicio—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste?
—Duermo.
—Una mierda —Connor se desliza a nuestro lado, elegante sin esfuerzo incluso mientras habla—. Tienes unas ojeras que te llegan al suelo. ¿Es por los putos cachorros?
Gruño, sin querer admitir que sí, que es por los cachorros.
Y por Mia. Siempre por Mia.
He estado pasando por el refugio todas las noches después de entrenar, ayudando en lo que puedo. La mayoría de las veces eso significa limpiar jaulas, reponer suministros y sostener cachorros mientras Mia se encarga de lo técnico.
Pero esas noches me están pasando factura y, por lo visto, se nota.
A través del cristal del estadio, veo a Logan sentado en el nuevo espacio de la cafetería de Emma, el segundo local de Chapter & Grind que abrió el mes pasado en el vestíbulo del estadio.
Tiene los pies en alto, una taza humeante en las manos y nos mira entrenar con esa sonrisa de jubilado prematuro que dice que está exactamente donde quiere estar.
Calentito, cafeinado y entretenido con nuestro sufrimiento.
Blake también se da cuenta y le hace una peineta a través del cristal. Logan se limita a levantar su taza en un brindis.
—Cabrón con suerte —murmura Connor, siguiendo nuestra mirada—. Emma lo tiene comiendo de la palma de su mano y a él ni le importa.
—Al menos alguien tiene su vida resuelta —murmuro, y al instante me arrepiento cuando los dos se vuelven para mirarme.
—Vale, hora de una intervención —anuncia Blake—. Claramente necesitas más consejos, y te los vamos a dar quieras o no.
Veinte minutos después, estamos en la sala de jugadores, todavía chorreando de sudor, pero por fin podemos hablar sin que el entrenador nos eche el aliento en la nuca.
Estoy despatarrado en uno de los sillones de cuero, con un batido de proteínas en la mano y el peso de tres noches sin dormir sobre los hombros.
—Así que —dice Blake, sentándose frente a mí—. Habla. ¿Cuál es el plan con Mia?
—No hay ningún plan —admito—. Solo… intento estar ahí para ella. Ayudarla con lo que necesite.
Connor resopla.
—Ya te lo hemos dicho… eso no es un plan. Vas a quemarte jugando la carta del amigo que apoya.
Me quedo mirando mi batido de proteínas, viendo la cara de Mia en la nieve en su lugar.
Sus mejillas sonrosadas, los copos de nieve enredados en su pelo la otra noche. Estábamos tan cerca. Podía sentir su aliento en mis labios, ver esa mirada en sus ojos. La que me daba permiso para hacer lo que he querido hacer desde que volví a casa.
Joder, si no hubiera sonado su teléfono.
—¿Qué más se supone que haga? Se está ahogando y yo soy el capullo que le rompió el corazón hace ocho años. No puedo aparecer con grandes gestos y esperar que caiga en mis brazos. Es una mujer muy ocupada.
—De hecho —dice Blake lentamente—, eso es exactamente lo que deberías hacer.
—¿Estás loco?
—Piénsalo. Llevas semanas con el enfoque lento y cuidadoso. Siendo voluntario, ayudando, demostrando que eres de fiar. Eso está bien, demuestra que has cambiado. Pero no está cambiando las cosas.
Connor se inclina hacia delante, animándose con el tema.
—Blake tiene razón. Necesitas hacer algo que le demuestre que vas en serio. Algo que pruebe que esto no es solo culpabilidad o nostalgia.
—¿Como qué? ¿Aparecer con flores y un radiocasete?
—No. Por favor, no hagas eso —dice Blake, serio—. A veces la vida requiere grandes movimientos. ¿Qué es lo que más le importa?
—El refugio. Los animales. Se ha estado matando para mantener ese sitio en funcionamiento. He visto la pila de facturas en su escritorio. Apenas lo mantiene a flote.
—Entonces, ayúdala. Ayúdala de verdad. No solo recogiendo mierda de perro y trayendo café. Haz algo que marque una diferencia real.
Me recuesto, considerando el consejo.
Blake no se equivoca. He ido a lo seguro, tratando de ganarme de nuevo su favor a través de pequeños actos de servicio.
Pero quizá lo que Mia necesita no es otro par de manos limpiando jaulas. Quizá necesita que alguien luche por sus sueños de la misma manera que ella siempre ha luchado por los de los demás.
—Puede que tenga una idea —digo lentamente.
—Bien —Connor me da una palmada en el hombro—. Sea lo que sea, hazlo a lo grande. Hazlo de forma que sea imposible que no capte el mensaje.
Mientras me dirijo a las duchas, veo a Sophia y Lucy en una mesa dentro de la cafetería de Emma, con las cabezas juntas sobre lo que parecen revistas de bodas.
El momento perfecto .
El agua caliente golpea mis músculos doloridos, llevándose el sudor y la tensión persistente del entrenamiento. El entrenador nos ha dado caña hoy. La primera línea de Montreal no es ninguna broma, pero estamos casi listos.
Después de la ducha, empujo la puerta de la cafetería de Emma en el estadio. La campanilla tintinea sobre mi cabeza mientras veo a Sophia y Lucy todavía mirando las revistas.
—Chicas —digo, deslizándome en la silla vacía a su lado—. Necesito vuestra ayuda.
Sophia levanta la vista, con una ceja arqueada.
—¿Ryder? Esto promete ser interesante. ¿Qué tipo de ayuda?
—Del tipo que implica alegrarle el día a Mia Harper.
Lucy se anima al instante.
—Soy todo oídos.
Les expongo mi idea, mi gran gesto, como sugirieron mis amigos. Una noche para recaudar fondos en The Nest, cuyos beneficios se destinarían a Tails & Paws. El tipo de evento que podría recaudar una cantidad seria de dinero y dar al refugio el respiro financiero que Mia necesita desesperadamente.
—Eso es… —Sophia hace una pausa, su cerebro de experta en marketing echa humo—. Realmente brillante.
—¿Cuán rápido podemos organizarlo? —pregunto.
—El próximo partido en casa es el sábado. Son cuatro días —Sophia ya está sacando su móvil—. Un plazo ajustado, pero factible si trabajamos rápido.
—Yo me encargo de la promoción en las redes sociales —ofrece Lucy—. Correr la voz, generar expectación entre los aficionados.
—Y yo puedo coordinarme con el personal del estadio, organizar la logística —Sophia teclea rápidamente—. Pero, Ryder, esto va a ser mucho trabajo para algo con lo que esperas impresionar a una sola persona.
—No se trata de impresionarla —digo, aunque no es del todo cierto—. Se trata de ayudarla. Lleva demasiado tiempo llevando esta carga sola.
Lucy y Sophia intercambian una de esas miradas que comparten las mujeres cuando creen que saben algo que tú no.
—¿Qué? —exijo saber.
—Nada —dice Lucy inocentemente—. Es que… es muy tierno. Muy considerado.
—No os precipitéis. Esto es por el refugio.
—Claro que sí —asiente Sophia, pero está sonriendo—. No te preocupes. Te ayudaremos a llevarlo a cabo. Pero nos debes una cena cuando esto funcione.
— Si funciona.
—Ay, cielo —se ríe Lucy—. Confía en nosotras. Va a funcionar.
****
Después de conseguir hablar con Mia dos horas más tarde, estoy de pie al borde de la pista de patinaje al aire libre de Iron Ridge, viendo a las familias deslizarse por el hielo bajo el cálido resplandor de las guirnaldas de luces.
El aire de la noche es fresco pero no gélido, perfecto para patinar.
El vapor se eleva del carrito de chocolate caliente cercano, y el sonido de las risas se mezcla con el raspar de las cuchillas sobre el hielo.
Miro el móvil por tercera vez. Mia debería llegar en cualquier momento, suponiendo que me haya oído bien con todo el jaleo que había al otro lado de la línea cuando la he llamado.
Entonces la veo.
Caminando por la plaza del pueblo, Mia está envuelta en un abrigo demasiado grande que la hace parecer un pequeño y adorable burrito. Lleva el pelo recogido en un moño despeinado, e incluso desde la distancia, puedo ver el agotamiento en su forma de moverse.
—Por favor, dime que esto no es una disculpa elaborada que implique una humillación pública —dice cuando llega a mi altura, mirando la pista con recelo.
—¿Te haría yo eso?
—¿Tú ahora? Probablemente no. ¿Tú a los dieciocho años? Definitivamente.
Me río, y parte de la energía nerviosa de mi pecho se afloja.
—Buen punto. Pero no, no hay humillación pública. Lo prometo.
—Entonces, ¿de qué va esto? —señala la pista, donde parejas y familias patinan en círculos—. Porque debo advertirte que hace probablemente cinco años que no me pongo unos patines.
—No es una cita —digo rápidamente—. Quiero decir, no es que no sea una cita, pero es… mierda. Déjame empezar de nuevo.
Antes de que pueda acobardarme, me acerco más y la abrazo. Se pone rígida por un instante y luego se derrite contra mí, sus brazos subiendo para rodear mi cintura.
Se siente perfecta en mis brazos. Cálida y suave y exactamente donde pertenece.
—¿Cómo lo llevas? —murmuro contra su pelo.
—Estoy bien.
—Mentirosa. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste más de dos horas seguidas?
—Creo que a estas alturas los dos sabemos que dormir está sobrevalorado.
—¿Y los cachorros? ¿Están bien?