6. Capítulo seis
Capítulo seis
Mia
E stoy de cuclillas en la nieve, con las manos ya entumecidas mientras compacto la base del que va a ser el muñeco de nieve arquitectónicamente más perfecto que se haya visto jamás en Iron Ridge.
Ahora nieva con más intensidad, grandes copos que caen como confeti bajo el resplandor de las luces del aparcamiento.
—Le estás dando demasiadas vueltas —grita Ryder desde su lado del aparcamiento, donde claramente se limita a amontonar nieve sin ninguna visión artística.
—No le estoy dando demasiadas vueltas a nada. Estoy creando arte. —Me siento sobre los talones y examino mi obra—. No como otros, que solo están... haciendo un pegote.
—¿Un pegote? —Se endereza, con una falsa ofensa reflejada en el rostro. La nieve se le pega al pelo oscuro y tiene las mejillas sonrosadas por el frío—. Esto va a ser una obra maestra. Lo que pasa es que tienes envidia porque el tuyo parece que está sufriendo una crisis de identidad.
Echo un vistazo a la sección central ligeramente ladeada de mi muñeco de nieve y frunzo el ceño.
—Es... arquitectónico. Moderno. Eres un hombre. No lo entenderías.
—Ajá. —Ahora sonríe, con esa sonrisa juvenil que antes hacía que mi corazón diera un vuelco. Y que, por lo visto, todavía lo hace—. ¿Necesitas ayuda?
—No necesito... —Pero cuando intento levantar la cabeza en la que he estado trabajando, se desmorona al instante en mis manos—. Mierda.
La risa de Ryder resuena en el aparcamiento vacío.
—Ven aquí, señorita Cabezota. Déjame enseñarte cómo se hace.
Antes de que pueda protestar, ya está a mi lado, sus manos cubriendo las mías mientras me ayuda a compactar la nieve correctamente.
El calor de su cuerpo irradia a través de su chaqueta y percibo ese aroma que provoca estragos en mi interior. Su ancho pecho se aprieta contra mí, con los músculos marcados incluso a través del abrigo de invierno.
Intento no quedarme mirando su fuerte mandíbula ni la forma en que se le marcan los bíceps cuando se mueve, pero es imposible no darme cuenta de lo perfecto que es su cuerpo, de cómo su atlética figura se alza sobre la mía, más pequeña, de una manera que hace que el calor se acumule en mi vientre.
—¿Ves? Tienes que compactarla más —murmura, su aliento cálido contra mi oreja—. Así.
Sus manos guían las mías y, de repente, ya no estamos hablando de muñecos de nieve.
—Ya está —dice en voz baja, pero no se aparta—. Ahora está perfecto.
Giro la cabeza para darle las gracias y, de pronto, su cara está a centímetros de la mía. Esos cálidos ojos castaños que solían ser mi todo se centran en mis labios y, por un instante, el mundo se detiene.
Bésame. Por favor, solo bésame y sácame de mi miseria.
Pero entonces mi cerebro reacciona, recordándome los años de dolor, y retrocedo tan rápido que casi me caigo.
—Deberíamos, um... —Hago un gesto vago hacia nuestros muñecos de nieve a medio construir—. Terminar la competición.
Él asiente y vuelve a su lado del aparcamiento para emprenderla con su muñeco de nieve, compactando la nieve como si intentara someter su frustración a puñetazos.
Trabajamos en un silencio agradable durante un rato, con el único sonido de nuestra respiración y el suave plop de la nieve al caer al suelo.
Es una paz que no había sentido en... Dios, quizás en años.
—Así que... —dice Ryder al cabo de un rato, añadiendo brazos de palo a su sorprendentemente decente muñeco de nieve—. Ocho años. Es mucho tiempo.
—Lo es. —Me centro en perfeccionar la cara de mi muñeco de nieve, usando guijarros de los jardines para los ojos—. Has estado ocupado. Tres equipos, dos campeonatos. Bastante impresionante.
Deja de trabajar y me mira fijamente. —¿Has seguido mi carrera?
El calor me inunda las mejillas y agradezco la oscuridad que oculta mi sonrojo.
—En Iron Ridge se sigue a todos los héroes locales. No es que tuviera otra opción. Tu cara salía en la portada del Iron Ridge Gazette cada vez que ganabas algo.
Y eso sin contar cómo Eli casi rompe el ventilador del techo del Ridgeview cuando saltó sobre la barra durante el primer campeonato de Ryder. El hombre gritó «¡ESE ES MI CHICO!» tan alto que probablemente le oyeron en Canadá, y luego sirvió bebidas gratis hasta las dos de la madrugada.
Para alguien que afirma que los Icehawks son el único equipo que merece la pena seguir, el álbum de recortes que guarda detrás de la barra está lleno de artículos sobre Ryder.
—Mia. —Su voz es más suave ahora—. ¿Tú...? O sea, ¿estabas orgullosa de mí? ¿Aunque fuera un poco?
La pregunta sincera en su voz me oprime el pecho, como si alguien hubiera envuelto mi corazón con el puño y apretado.
Sus ojos castaños están fijos en mí con esa expresión seria y esperanzada.
Incluso bajo la tenue luz de la luna que se refleja en la nieve, puedo ver la vulnerabilidad escrita en sus facciones, esperando una respuesta que significa más para él de lo que debería después de todo este tiempo.
—Claro que estaba orgullosa de ti, Ryder. Siempre supe que llegarías lejos.
—¿Pero...?
Suspiro, sentándome en la nieve. —Pero no fue como pensaba que sería. Verte triunfar sin mí. Fue como... como ver a otra persona vivir la vida que pensé que tendríamos juntos.
Ryder se desploma en la nieve junto a su muñeco a medio terminar, rodeándose las rodillas con los brazos y mirando hacia las oscuras montañas.
La forma en que se le curvan los hombros le hace parecer más joven, como el chico de dieciocho años que solía sentarse exactamente así cuando algo le carcomía por dentro.
—Tampoco fue como yo pensaba que sería —admite en voz baja—. Debutar en la NHL, quiero decir.
—¿Qué quieres decir? Conseguiste todo lo que querías.
—¿Ah, sí? —Abandona su muñeco de nieve y viene a sentarse a mi lado en la nieve—. Sí, jugué al hockey profesional. Gané más dinero del que sabía qué hacer con él. Vi mi nombre en las vallas luminosas y a los aficionados gritar cuando salía al hielo.
—Suena terrible —digo con sequedad.
—Estaba vacío , Mia. —Su voz es cruda, llena de honestidad—.
Cada gol, cada victoria, cada trofeo... Era genial.
.., pero no dejaba de buscarte entre el público.
No dejaba de querer llamarte y compartirlo contigo.
—Suspira tan profundamente que el vaho se arremolina en el cielo nocturno—.
Pero la había cagado tanto que no creía tener derecho.
Se me hace un nudo en la garganta. —Ryder...
—La única vez que me pareció real fue cuando volví aquí. A Iron Ridge. —Me mira, y hay algo vulnerable en su expresión—. Estar aquí de nuevo es como si por fin pudiera respirar otra vez. Como si ahora lo hubiera conseguido. Como si recordara quién soy en realidad.
No hagas esto. No le dejes volver a entrar. No sobrevivirías a perderle de nuevo.
Pero mi corazón ya me está traicionando, derritiéndose como la nieve bajo el sol.
—Intenté olvidarte —susurro—. Salí con otras personas. Me dije a mí misma que lo había superado. Que te había superado.
—¿Y?
—Y se me da fatal mentirme a mí misma, por lo visto.
Se ríe, pero no es una risa del todo feliz. —Yo también. ¿Quieres saber algo patético? Todavía me sé de memoria tu antiguo número del instituto. El primero que tuviste. Nunca lo cambié en mis contactos. Por si acaso.
—Eso es patético. —Pero sonrío a mi pesar—. ¿Quieres saber algo igual de patético?
—Siempre.
—Todavía me pongo tu sudadera. La verde que te dejaste en mi casa en el último año de instituto.
Sus ojos se abren como platos. —No puede ser.
—Pues sí. Es vergonzoso, la verdad. Una mujer hecha y derecha poniéndose la ropa de su novio del instituto.
—¡Esa cosa se estaba cayendo a pedazos por las costuras!
—Lo sé. —No puedo mirarle mientras lo admito—. Pero todavía huele a ti. Bueno, a como solías oler. Cuando te bañabas en ese horrible espray corporal.
—¡Oye! —Me da un codazo en el hombro—. Era Cool Ice y era el colmo de la sofisticación.
—Era un arma química, Ryder. Me sorprende que no se me cayera la nariz cada vez que te abrazaba.
—En su momento nunca te quejaste.
—Estaba enamorada. El amor te vuelve estúpida.
Tiempo presente. Amor. No estuve enamorada .
Mierda.
—¡Vale! —digo rápidamente, poniéndome de pie de un salto—. Esto se está poniendo demasiado denso. Necesitamos aligerar el ambiente. Algo divertido y ridículo.
—¿En qué estabas pensando?
Sonrío y me dejo caer de espaldas en la nieve, con los brazos y las piernas extendidos. —Ángeles de nieve, obviamente. Venga, no seas gallina.
—¿Un gallina? —Cae a mi lado en la nieve con un golpe seco—. Ya te enseñaré yo a ti quién es el gallina.
Movemos los brazos y las piernas en la nieve como completos lunáticos, riendo hasta que nos duelen los costados. El frío se filtra a través de mis vaqueros, pero no me importa.
Esta sensación, esta ridícula e infantil libertad, merece la pena el frío.
—¡No he hecho esto desde que tenía doce años! —jadeo entre risas, con mi coleta desparramada en la nieve bajo mi cabeza.
A mi lado, la profunda risa de Ryder retumba en el silencio. Su ángel de nieve va a ser enorme comparado con el mío. Solo la envergadura de sus alas ocupa el doble de espacio que mi pequeña figura.
—Lo estás haciendo mal —le provoco, observando cómo se esfuerza por coordinar sus largas extremidades—. Tu ángel parece que ha tenido un trágico accidente.
—Ah, ¿sí? —me desafía, su aliento saliendo en vaharadas visibles—. Ahora eres una experta en ángeles de nieve, ¿no? No recuerdo que eso estuviera en tu currículum en el refugio de animales.
Resoplo y redoblo mis esfuerzos, moviendo los brazos con más fuerza solo para demostrar que tengo razón. Nuestras risas resuenan entre los árboles, totalmente desinhibidas y libres, como si nos hubiéramos despojado de años de historia y dolor solo por este perfecto y ridículo momento.
Mis brazos acaban cediendo y, cuando giro la cabeza para mirarle, él se me queda mirando, con copos de nieve atrapados en sus pestañas.
—¿Qué? —pregunto sin aliento.
—Eres preciosa —dice simplemente—. Sé que ya no tengo derecho a decir eso, pero... lo eres. Incluso más de lo que recordaba.
Mi corazón hace algo acrobático en mi pecho. —Ryder...
—Lo sé. Sé que te hice daño. Sé que perdí el derecho a decir cosas así cuando me fui. —Se gira de lado para mirarme de frente—. Pero necesito que sepas que lo que dije en el refugio era en serio. Lo siento de verdad . Y dejarte fue el mayor error de mi vida.
—No lo hagas. —Mi voz es apenas un susurro—. Por favor, no digas cosas así.
—¿Por qué no? Es la verdad.
—Porque... —Me cuesta encontrar las palabras—. Porque no puedo volver a pasar por eso. No puedo permitirme tener esperanzas y luego verte marchar.
—No pienso marcharme, Mia. Te lo he dicho... Ya estoy en casa.
—Todo el mundo se va al final, Ryder. Es lo que hace la gente.
—No todo el mundo. —Su mano encuentra la mía en la nieve, los dedos entrelazándose—. Yo no. No esta vez.
—¿Cómo puedes decir eso? Toda tu vida es el hockey. ¿Qué pasará cuando termine la temporada? ¿Cuando te traspasen? ¿Cuando surja una oportunidad más grande y mejor?
—Porque puedo demostrarte que no me voy a ninguna parte. —Su voz es urgente ahora, como si necesitara que entendiera algo importante—. Hay algo que he querido decirte. Sobre por qué volví aquí. Sobre por qué he comprado mi casa.
—¿Tu casa? —pregunto, frunciendo el ceño.
Ryder abre la boca, pero mi teléfono estalla en un sonido estridente, rompiendo el momento como si fuera cristal.
—No lo cojas —dice Ryder, pero yo ya estoy buscando el móvil con los dedos entumecidos.
Es el número de contacto de emergencia del refugio.
—Tengo que cogerlo. —Me siento, sacudiéndome la nieve del pelo—. ¿Diga?
—¡Mia! Gracias a Dios. —Es Janet Morrison, la anciana que a veces ayuda con las emergencias nocturnas—. Siento mucho llamar tan tarde, pero tenemos una situación. Alguien ha dejado una caja de cachorros detrás del edificio. Son muy pequeños y hace mucho frío...
—Mierda. ¿Cómo de pequeños? —Ya estoy de pie, sacudiéndome la nieve de la ropa.
—¿Quizás cuatro semanas?
Joder. Unos cachorros de cuatro semanas con este tiempo podrían morir en cuestión de horas. Necesitan cuidados constantes o no sobrevivirán a la noche.
—Voy para allá. —Cuelgo la llamada y miro a Ryder con una disculpa—. Tengo que irme. Una emergencia en el refugio.
—¿Qué ha pasado?
—Un capullo ha abandonado a unos cachorros. Con este tiempo. Son demasiado pequeños para regular su temperatura corporal. —Ya estoy caminando de un lado a otro, mi mente repasando todo lo que tendré que hacer—. Tengo que ir para allá ya.
—Has bebido. —Me sujeta por el hombro y estabiliza mis pasos—. Conduzco yo.
—Ryder, no tienes por qué...
—Sí, tengo. —Ya está sacando las llaves, pulsando el mando a distancia para abrir su camioneta al otro lado del aparcamiento—. Además, necesitarás ayuda, ¿no? Los cachorros recién nacidos dan mucho trabajo.
Quiero discutir, mantener mi independencia, pero la verdad es que me vendría bien la ayuda.
Y a pesar de todo —el dolor, el miedo, los muros que he construido—, no hay nadie a quien prefiera tener a mi lado en una crisis que a Ryder Scott.
—Gracias —digo en voz baja mientras me sujeta la puerta del copiloto.
—Dámelas después de que salvemos a unos cachorros —dice simplemente.
Mientras subo a la camioneta, rodeada por el olor a cuero y esa colonia, no puedo evitar la sensación de que todo está a punto de cambiar.
Otra vez.