Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 5. Capítulo cinco #2
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5. Capítulo cinco #2

—Mia, pareces agotada. ¿Estás durmiendo? —Natalie examina a Mia de arriba abajo y sorbe de la pajita.

—Duermo —protesta Mia, pero hasta yo puedo verle las ojeras.

—Ajá. —Lucy aparece por encima del hombro de Natalie, con aire escéptico—. ¿Cuándo? ¿Entre las tomas de las tres de la mañana y la limpieza de las jaulas de las cinco?

—¡Lucy! ¿Pero cómo sabes...? —empieza Mia, y se detiene—. Olvídalo. Pueblo pequeño. Claro que lo sabes.

—Lo sabemos porque nos importas —dice Natalie con dulzura—. Y porque Emma ha estado preocupada por ti.

Como si su nombre la hubiera invocado, Emma aparece desde la dirección de los baños, con un aspecto un poco desaliñado. Su pintalabios ha desaparecido sospechosamente y tiene arrugas en la blusa con forma de dedos.

La sigue de cerca Logan, que está haciendo eso de fingir que no nos ve mientras intenta a todas luces arreglarse el pelo y ajustarse el cinturón.

—Oh —Emma ve nuestro grupito y se le ponen las mejillas rosas—. Hola. Estábamos... comprobando... la situación de los baños. La limpieza. Es muy importante en los establecimientos de restauración.

Logan gruñe algo que podría ser una afirmación, con las orejas rojas.

—Claro que sí —sonríe Lucy—. ¿Por eso tenías la boca de Logan por todo tu...?

—¡BUENO! —la interrumpe Emma en voz alta—. ¿No es genial? ¡Todos juntos!

El incómodo silencio que se produce a continuación lo rompe la estruendosa risa de Blake desde el otro lado de la sala.

—¿Sabéis qué? —digo, tomando una decisión ejecutiva—. ¿Por qué no nos sentamos todos juntos? La unión hace la fuerza y todo eso.

Mia me lanza una mirada que podría derretir el acero, pero no protesta mientras nos movemos hacia la mesa grande. Pronto estamos todos apretados alrededor de la monstruosidad de madera, y de alguna manera consigo hacerme con el asiento de al lado de Mia.

Pequeñas victorias.

Poco después, Eli aparece con una bandeja de bebidas. Trae cerveza para los chicos, vino para las chicas y lo que parece un whisky muy fuerte para Emma, que sigue lanzándole miradas sugerentes a Logan.

—Invita la casa —anuncia Eli antes de volver detrás de la barra.

La conversación fluye a nuestro alrededor, las charlas de hockey se mezclan con cotilleos y bromas afables.

Connor está contando una historia ridícula sobre una groupie de hockey que una vez lo siguió a tres ciudades distintas, con representaciones dramáticas incluidas que hacen que Lucy se parta de risa.

Blake y Sophia están teniendo lo que parece una discusión muy intensa sobre estrategias de marketing, que de alguna manera se convierte en un flirteo no tan sutil delante de nuestras narices.

Y Logan... Logan está sentado junto a Emma como si ella pudiera salir corriendo en cualquier momento, con los nudillos blancos alrededor de su botellín de cerveza.

—Y bien —dice Natalie, volviéndose hacia Mia con esa expresión inocente que anuncia problemas—. ¿Qué tal el refugio?

Decido lanzarle un salvavidas a Mia. Necesita una noche libre del trabajo, y eso es exactamente lo que va a tener.

—¿Qué tal si hablamos de literalmente cualquier otra cosa? —Me giro en mi silla y le doy un codazo al portero titular de los Icehawks que tengo al lado—. Connor, ¿no tuvisteis Luce y tú una cita la semana pasada que salió terriblemente mal?

—¡Eh! —protesta Connor—. No fue culpa mía. ¿Cómo iba a saber yo que era alérgica al marisco?

—¿Quizá cuando te dijo que era alérgica al marisco? —sugiere Blake.

—Bah. Da igual —resopla Connor mientras Lucy le frota la espalda.

La charla continúa mientras la conversación cambia de tema y, pronto, siento que Mia se relaja a mi lado. Debajo de la mesa, nuestras rodillas se rozan y no me aparto.

Finalmente, Eli aparece con la comida que he pedido. Hamburguesas a la parrilla en su punto, batatas fritas que están a la vez crujientes y esponjosas, y aros de cebolla que podrían clasificarse como obras de arte.

El tipo de comida reconfortante que te llena el estómago y te hace olvidar tus problemas por un rato.

—Come —le susurro a Mia, acercándole su plato.

Le da un bocado a su hamburguesa y emite un pequeño sonido de placer que se me va directo a la entrepierna. —Ay, Dios, había olvidado lo buena que está la comida de Eli.

—Este hombre es un mago —concuerda Blake con la boca llena de patatas fritas que me ha robado del plato—. El secreto mejor guardado de Iron Ridge.

—No es exactamente un secreto cuando estáis aquí tres noches por semana —replica Eli desde detrás de la barra.

A medida que avanza la noche, me voy relajando al mismo ritmo que Mia. Cuando ella sonríe, yo sonrío. Cuando ella ríe, yo río.

Todo esto parece correcto. Natural.

Como si fuéramos solo un grupo de amigos pasando el rato, sin presiones, sin expectativas.

Más tarde, mientras juego una partida de billar con los chicos, no puedo evitar fijarme en que Mia se ríe de algo que dice Natalie, con todo el rostro iluminado mientras se seca una lágrima de la comisura del ojo.

Siento una extraña opresión en el pecho, parecida a cuando miro desde la ventana trasera de mi casa el árbol que tanto aprecio.

El mundo a mi alrededor se desvanece, y solo está... ella.

Mia.

Es jodidamente guapa cuando está así de feliz.

Se le ilumina toda la cara, y esas motas doradas de sus ojos avellana danzan como si tuviera la luz del sol atrapada en ellos.

Me golpea directo en el pecho cada vez, un recordatorio de todo lo que abandoné.

Cuando no carga con el peso del mundo sobre sus hombros, no hay un alma en este planeta que sea tan preciosa como ella.

—Tío. La estás mirando fijamente —observa Logan en voz baja, inclinándose y quitándome de un golpe el brazo en el que me apoyaba.

Me aclaro la garganta y le pongo tiza al taco. —Que no.

—Llevas los últimos veinte minutos mirándola como si fuera el último trozo de pizza y estuvieras en una isla desierta.

Miro alrededor de la mesa para ver si alguien más se ha dado cuenta, pero todos están inmersos en sus propias conversaciones.

—¿Se nota tanto?

—Al parecer, para todos menos para ella. —Logan le da un sorbo a su cerveza—. ¿Y bien, nos has hecho caso? ¿Vas a hacer algo al respecto o te vas a quedar ahí sentado poniendo ojitos de cordero toda la noche?

Antes de que pueda responder, Emma se levanta, tambaleándose ligeramente. —¡Eh, grandullón! Tú. Yo. Fuera. Ahora.

Logan se pone en pie al instante. —Joder, sí. Te acompaño fuera, nena.

Desaparecen hacia la salida trasera, y todos nos reímos y meneamos la cabeza ante la nueva pareja feliz del pueblo.

Para cuando estamos listos para irnos, tres copas de vino han ruborizado las mejillas de Mia y la han relajado lo suficiente como para que no se aparte del contacto casual.

Nos despedimos, un proceso que dura aproximadamente quince minutos porque nadie en este pueblo es capaz de un simple adiós con la mano, y finalmente salimos.

El aire frío nos golpea como una bofetada, y miro hacia el aire nítido y limpio de la montaña. Grandes copos de nieve caen del cielo oscuro, arremolinándose con la brisa y posándose a nuestros pies.

—Ohhhhh —suspira Mia, inclinando el rostro para que la nieve le caiga encima—. Qué bonito.

Hago una pausa por un segundo, observando cómo los copos de nieve se le enganchan en las pestañas, cómo su rostro se suaviza maravillado.

—Sí. Precioso —murmullo.

Pero no estoy hablando de la nieve. Estoy hablando de ella.

La chica que siempre ha sido mi estrella polar, incluso cuando yo era demasiado estúpido para seguirla.

Está ahí de pie con copos de nieve en el pelo, con las mejillas sonrosadas por el frío y el vino, con un aspecto más relajado de lo que la he visto desde que volví.

Respiro hondo y le paso el brazo por el suyo, con estudiada naturalidad pero deliberadamente.

Se queda inmóvil, mirando nuestros brazos entrelazados, y se me para el corazón. Por un segundo aterrador, creo que lo he estropeado todo.

Pero entonces… no se aparta.

Caminamos a través de la nieve que cae, conectados por este frágil puente entre nosotros.

—¿Te acuerdas del concurso de muñecos de nieve en el que participamos? —pregunto, mientras el recuerdo me asalta de repente al caer la nieve con más fuerza de camino a mi camioneta.

Asiente. —¿Cuál de ellas?

—El último año de instituto. El que ganamos el primer premio.

— Yo gané el primer premio —corrige—. Con mi brillante diseño arquitectónico.

—¡¿Tu diseño?! —la miro con falsa indignación, atrayéndola más hacia mí por el brazo que tengo entrelazado con el suyo—. ¡Fui yo quien sugirió que lo hiciéramos parecerse al señor Peterson, el profesor de gimnasia!

—No… ¡Tú sugeriste que lo hiciéramos parecer un jugador de hockey! Fui yo quien dijo que debíamos ponerle su bigote y ese ridículo peluquín que solía llevar.

—¡El peluquín fue idea mía!

—¡Dios mío, Ryder! ¡Claro que no !

Estamos de pie en medio del aparcamiento, discutiendo sobre un muñeco de nieve que construimos en el instituto y, sin embargo... es lo más normal que he sentido desde que volví a casa.

—¿Sabes qué? —Me agacho y cojo un puñado de nieve—. Solo hay una forma de zanjar esto.

Sus ojos se abren de par en par. —Ryder, ni se te ocurra...

Pero ya estoy compactando la nieve, sonriéndole como si tuviéramos diecisiete años otra vez.

—Construimos nuevos muñecos de nieve. Aquí mismo, ahora mismo. El ganador se atribuye el mérito de la obra maestra de Peterson.

—Estás loco —dice, pero ya se está agachando para coger su propia nieve—. Es medianoche y estamos en un aparcamiento. Solo a ti se te podría ocurrir algo tan ridículo, Ryder Heath Scott.

Mi boca se abre con falso horror. —¿Perdón...? ¡¿Acabas de usar mi segundo nombre?! ¡¿Mia Gertrude Harper?!

—¡NO acabas de usar la palabra que empieza por G! —jadea Mia, y antes de que pueda parpadear, una bola de nieve se estrella contra el lateral de mi camioneta, justo donde estaba mi cabeza hace un segundo.

Me aparto de un salto, riendo mientras ella coge más nieve. —¡Ojo ahí, Harper! No empieces lo que no puedes acabar.

Sus ojos se entrecierran peligrosamente, pero entonces se detiene a mitad del lanzamiento. El ímpetu de lucha se desvanece de su postura, reemplazado por la determinación mientras se arrodilla en la nieve.

—Vale —dice, compactando ya la bola de nieve cargada en una esfera aún más apretada—. Un concurso de muñecos de nieve será. Prepárate para perder, Scott.

Sonrío, sintiéndome de nuevo como si tuviera diecisiete años. —Ni en tus mejores sueños, Gertrude.