Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 5. Capítulo cinco
19%

5. Capítulo cinco

Capítulo cinco

Ryder

L o siento, Mia.

La disculpa persiste como una confesión que he mantenido bajo llave desde que me fui del pueblo y le rompí el corazón.

Y joder, qué bien sienta decirlas por fin.

Me está mirando con esos ojos color avellana que solían calarme hasta el alma, y juraría que veo una grieta en su armadura. Una fisura diminuta que me da esperanzas.

Ya está. Este es mi momento.

Me inclino hacia ella, atraído por una fuerza gravitacional que ha sido constante desde que teníamos diecisiete años. El corazón me martillea en el pecho mientras mis labios rozan los suyos, un levísimo susurro de contacto, y es como volver a casa y, al mismo tiempo, sentir que todo arde.

Sabe a café, a gloria y a…

—¡No, Ryder! —Se echa hacia atrás como si la hubiera quemado.

Sus manos me empujan el pecho con fuerza suficiente para sacarme todo el aire de los pulmones, desinflándome en un instante.

—¡No! ¡No puedes simplemente besarme y fingir que todo está bien!

—Mia…

—No. —Retrocede y escapa de la pequeña habitación, poniendo entre nosotros una distancia que parece de kilómetros—.

¿Crees que puedes volver al pueblo como si nada, ignorarme durante un año y luego ser voluntario en mi refugio durante unas semanas?

¿Y que de repente vamos a retomar las cosas donde las dejamos?

—Eso no es lo que yo…

—¡Han pasado ocho años, Ryder! Ocho años de nada. Ni llamadas, ni mensajes, ni un «hola, Mia, siento haberte roto el corazón y haberme largado a perseguir mis sueños sin ti».

Cada palabra es un golpe directo, y me merezco cada una de ellas.

Pero antes de que pueda responder, se oye un distintivo sonido de cranch-cranch-cranch detrás de nosotros.

Ambos nos giramos y vemos a nuestra amiga la cabra en medio del despacho, masticando metódicamente lo que parece un montón de papeles de adopción.

—¡¿Me estás jodiendo?! —Mia levanta las manos—. ¡DEJA DE COMÉRTELO TODO!

La cabra nos mira con esas extrañas pupilas rectangulares, con trozos de documentos de aspecto muy importante colgándole de la boca como confeti.

—Ahora la cojo —empiezo a avanzar, pero Mia ya está en movimiento.

—¡No! Simplemente… ¡no! Ya has ayudado bastante por hoy.

Conduce a la cabra de vuelta a su corral temporal mientras yo observo, sintiéndome un inútil.

Pero es exactamente a esto a lo que me refiero.

Se está ahogando aquí, intentando gestionarlo todo sola, y no deja que nadie la ayude.

—Mira —digo cuando regresa, sacudiéndose el pelo de cabra de la camiseta—. Mia, sé que la cagué. Sé que te hice daño. Pero eso no significa…

—¿Que no significa qué? —Se vuelve hacia mí, con los ojos encendidos—. ¿Que debería perdonar y olvidar? ¿Seguir adelante como si nada hubiera pasado?

—No te pido que olvides. Te pido que me des la oportunidad de arreglarlo.

—Hay cosas que no se pueden arreglar, Ryder. —Se le quiebra la voz, y eso me destroza por dentro—. Hay daños que son permanentes.

—Eso es una gilipollez y lo sabes.

—¿Ah, sí? —Se ríe—. La noche antes de que te fueras. Me dijiste que encontraríamos la forma, que nada nos separaría. Que la distancia no cambiaría nada porque nos queríamos. ¡Y luego, al día siguiente, simplemente desapareciste!

Me estremezco ante el recuerdo que vuelve a primera línea en mi mente.

Ella, de pie en el porche de mis padres con aquel vestido de verano amarillo, las lágrimas corriéndole por las mejillas mientras yo me alejaba en el coche. Cómo seguí mirando por el retrovisor hasta que no fue más que un punto, y luego nada.

—Tenía dieciocho años y estaba cagado de miedo —digo en voz baja—. Todo el mundo me decía que tenía una única oportunidad, y que si la fastidiaba…

—Así que nos fastidiaste a nosotros en su lugar.

—Sí. Lo hice. Y me he arrepentido cada día desde entonces.

Me mira fijamente durante un largo momento, y veo la guerra que se libra en su rostro. Una parte de ella quiere creerme. Lo veo en la forma en que se relajan sus hombros, en cómo se le entrecorta la respiración, en cómo me ha dejado abrazarla y calmar su ataque de ansiedad como solía hacer.

Pero entonces, como siempre, sus barreras vuelven a levantarse de golpe.

—No tengo tiempo para esto —dice, dándose la vuelta—.

Este sitio se cae a pedazos. El aire acondicionado está roto, el veterinario ha cancelado, voy con retraso con el papeleo y tengo dieciséis perros que necesitan cenar, su medicación y…

—Su voz se eleva con cada palabra hasta que prácticamente grita—.

¡Me estoy desmoronando, Ryder! ¡Y no puedo cargar contigo además de todo lo demás!

La cruda honestidad de su voz me deja helado. No solo está hablando de hoy. Está hablando del peso que ha estado soportando sola quién sabe cuánto tiempo.

Y de repente, sé exactamente lo que tengo que hacer.

—Bien —digo, y ella levanta la vista, sorprendida por mi tono calmado—. Si no me dejas besarte, al menos déjame invitarte a cenar.

Parpadea, mirándome. —¿Qué?

—A cenar. Ya sabes, esa comida que la gente toma cuando no está sobreviviendo a base de café y estrés.

—¿Estás loco? —Me mira como si le hubiera propuesto atracar un banco, con los labios entreabiertos por la sorpresa—. No puedo irme sin más. Hay demasiado que hacer, y…

Me acerco más, lo suficiente como para ver el agotamiento grabado en las líneas alrededor de sus ojos. —Cariño… ¿cuándo fue la última vez que comiste una comida en condiciones?

Me lanza puñales con la mirada. —Deja de llamarme cariño .

—Eso no responde a mi pregunta.

—¡Sí que como!

—Las barritas de cereales y los pasteles que Emma te obliga a comerte no cuentan.

El hecho de que no lo rebata de inmediato me dice que tengo razón.

¿Cuándo fue la última vez que alguien cuidó de ella? ¿Se aseguró de que comiera algo que no fuera cogido deprisa y corriendo entre sesiones de gestión de crisis?

—Los animales necesitan…

—Los animales estarán bien durante dos horas. —Ya la estoy guiando hacia el despacho para coger su abrigo—. Tienes a esa adolescente… ¿Zoe?, que vuelve mañana por la mañana, ¿verdad? Y no es como si los dejaras solos. Te ayudaré a acomodarlos a todos primero.

—Ryder, no puedo simplemente…

—Sí que puedes. —Le sostengo la chaqueta y, tras un momento de vacilación, se da la vuelta para que pueda ayudarla a ponérsela—. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo solo para ti?

Se queda en silencio tanto tiempo que creo que no va a responder.

Entonces, tan bajo que casi no la oigo, dice: —N-no me acuerdo.

Y eso es todo lo que necesito oír.

****

La Taberna Ridgeview es exactamente lo que esperarías de un lugar cuyo dueño es un antiguo enforcer de hockey.

Luz tenue, muebles desparejados que han visto días mejores y paredes cubiertas de recuerdos de hockey que cuentan la historia de la obsesión de Iron Ridge con este deporte.

Ah, y también está a reventar. Como todas las noches.

—Tienes que estar de broma —murmura Mia cuando entramos y el aire cálido nos golpea junto con el sonido de las risas.

Sigo su mirada y veo a Blake presidiendo la mesa grande del rincón, gesticulando de forma exagerada mientras cuenta lo que estoy seguro de que es una historia muy adornada. Connor está en la barra, camelándose a Eli Thompson, el camarero, para conseguir chupitos gratis para el equipo.

Y sentadas alrededor de la mesa, como si esto fuera una especie de broma cósmica que he orquestado, están Sophia, Natalie y Lucy.

Mierda. Se me había olvidado por completo que el equipo venía aquí esta noche.

—Podemos ir a otro sitio —ofrezco, pero Mia ya está irguiendo los hombros.

—No. No voy a dejar que un puñado de niños grandes que se ganan la vida jugando con palos me echen del bar de mi propio pueblo.

Joder, me encanta cuando se pone peleona.

—¡Eh, la encantadora de perros! —grita Blake, levantando su cerveza en nuestra dirección—. ¡Y nuestro novato favorito! ¡Me alegro de que hayáis venido!

Todas las cabezas del local se giran hacia nosotros, y resisto el impulso de coger a Mia de la mano y echar a correr. En lugar de eso, coloco la palma de mi mano en su espalda, sintiendo cómo se tensa su columna vertebral ante el contacto.

—Ignóralos —murmuro cerca de su oído—. Son como gorilas agresivos en su hábitat. No hagas contacto visual y perderán el interés.

Eso me gana un bufido de risa, y parte de la tensión en sus hombros se alivia.

Eli aparece detrás de la barra, todo sonrisas y entusiasmo. —Vaya, vaya. Mirad a quién tenemos aquí. La señorita Mia Harper, en carne y hueso.

—Hola, Eli. —La sonrisa de Mia es genuina por primera vez en todo el día—. ¿Qué tal esa cadera?

—Oh, ya sabes. Cruje como un barco viejo, pero me lleva a donde necesito ir. —Señala una mesa alta vacía cerca del fondo —. ¿Queréis un sitio tranquilo? Puedo amenazar a la mesa ruidosa con mi mejor bate de béisbol si se ponen demasiado ruidosos.

—No será necesario —digo, aunque la oferta es tentadora—. Nosotros solo…

—¡MIA! —La voz de Lucy atraviesa la taberna como un grito de guerra—. ¡Mueve el culo para acá!

Mia me mira con las cejas arqueadas, pero antes de que podamos escapar, las chicas caen sobre nosotros como buitres bien vestidos. Sophia llega primero, su elegante traje de chaqueta pareciendo de algún modo perfectamente en su sitio en la rústica taberna.

—¡Mia! Gracias a Dios que estás aquí. He estado pensando en pasarme por el refugio. Blake no para de amenazar con adoptar un perro, y necesito ver con qué material trabajamos antes de que traiga a casa algo del tamaño de un caballo pequeño.

—Tenemos varias mezclas de pitbull encantadoras que serían perfectas para vosotros —dice Mia, y puedo oír la calidez profesional colándose en su voz. Este es su elemento… hablar de los animales que ama—. Son geniales con los niños si estáis pensando en…

—Oh, Dios, nada de niños todavía —ríe Sophia nerviosamente—. Apenas puedo con Blake.

Natalie se une a nosotros, con aspecto ligeramente sonrojado mientras remueve con la pajita un cóctel exageradísimo que es un batiburrillo de colores vivos.