Rookie’s Redemption (Iron Ridge Icehawks Series 5) 4. Capítulo cuatro
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4. Capítulo cuatro

Capítulo cuatro

Mia

L as luces fluorescentes que cuelgan sobre mí zumban como avispas furiosas y lo bañan todo con ese brillo enfermizo de hospital que hace que hasta lo más sano parezca medio muerto.

Lo cual viene al pelo, porque estoy bastante segura de que me estoy muriendo ahora mismo.

Muerte por rescate de animales.

—Vale, Princess —le susurro a la carlina anciana que tiembla en mis brazos, con su chaleco antiansiedad torcido y sus ojos saltones desorbitados por el terror—. Sé que el mundo se está acabando, pero ¿podrías por favor no volver a mearte encima?

Princess responde haciendo exactamente eso.

Perfecto.

El refugio suena como un concierto de rock infernal. Todos los perros del edificio ladran, gañen o aúllan en una perfecta discordia.

El labrador mayor que se comió una caja entera de ceras de colores está soltando cacas arcoíris que serían artísticas si no estuvieran cubriendo la mitad del suelo de la jaula.

La cabra que han dejado hoy está destruyendo sistemáticamente mi provisión de toallas limpias.

Sí, has leído bien. Una puta cabra.

Y en algún lugar de este maravilloso caos, mi móvil está sonando por centésima vez hoy con la pantalla rota y la batería aferrándose a un dos por ciento como una mártir obstinada.

—Colas y patas, soy… —Hago malabares con Princess mientras me lanzo a por el teléfono, casi resbalando en un charco sospechosamente húmedo cerca de la sala de los gatos—. Soy Mia, ¿en qué puedo…?

—¿Es este el sitio de los cachorros? —La voz al otro lado del teléfono parece pertenecer a alguien que cree que los animales son accesorios.

—Somos un refugio, no una tienda de animales —espeto, mis palabras cortan el teléfono como si fueran de papel. Princess gime e inmediatamente me siento culpable—. Lo siento, ha sido un día duro. ¿En qué puedo ayudarla?

—Quiero un perro pequeño. Algo mono para mi piso. ¿Tienen algo en blanco? El blanco iría a juego con mi sofá.

Cierro los ojos y cuento hasta tres.

—Señora, no emparejamos a las mascotas con los muebles por el color. Buscamos familias para los animales basándonos en…

La comunicación se corta.

—… la compatibilidad y el amor —termino para nadie, dejando a Princess en su jaula recién limpiada. Ella inmediatamente se esconde bajo su fuerte de mantas, lo que, sinceramente, me parece un plan de vida cojonudo ahora mismo.

Y sería un plan aún mejor si tuviera refuerzos.

Pero Zoe ha tenido que irse antes. Algo sobre una cita en el dentista o un examen de matemáticas o quizás una crisis nerviosa por unas pestañas postizas… La verdad es que, a los diecisiete, cualquier crisis parece apocalíptica.

Sea como sea, he estado sola desde el mediodía, lo que explica por qué se ha ido todo al garete.

Respiro hondo y miro a mi alrededor.

El aire acondicionado del vestíbulo suena como un helicóptero a punto de morir, soltando un aire ártico que me hace temblar a pesar de llevar ya tres capas de ropa.

Mientras tanto, las jaulas del fondo parecen una sauna diseñada por el mismísimo Satanás.

El sudor me cae por la espalda mientras cojo el cubo de la fregona, que salpica agua turbia sobre mis vaqueros ya manchados.

Esto es glamuroso. Esto es vivir el sueño.

—Al menos el veterinario llegará pronto —le digo a Bandit, que me observa desde su jaula de emergencia con esos ojos enmascarados que sugieren que está tramando su próxima fuga—. El doctor Martínez revisará lo del arcoíris del labrador, y entonces quizás…

Mi móvil vibra con un mensaje que me revuelve el estómago: Lo siento, Mia, emergencia en la clínica. Hoy no puedo ir. Ya buscaremos otro día. - Dr. M.

—¿Me estás jodiendo ? —le grito al techo, asustando a una camada de gatitos que se dispersan como bolas de billar peludas.

Es en ese momento cuando Hercules, el cruce de san bernardo que se cree un perro faldero, decide expresar sus sentimientos sobre el caos aullando como si tuviera el corazón roto. Lo que desencadena una reacción en cadena de aullidos compasivos que pondrían celosos a los lobos.

Tengo el pienso hasta los tobillos, estoy cubierta de diversos fluidos corporales de al menos cuatro especies diferentes y mi pelo está haciendo eso que hace cuando desafía tanto la gravedad como el sentido común.

La mantequilla de cacahuete untada en mi camiseta —lo cual es una larga historia que involucra un juguete Kong y un beagle muy decidido— está empezando a atraer moscas.

No pasa nada. Todo va bien. Soy una profesional y este es mi sueño.

Estoy peleándome con un saco de pienso cuando suena la campanilla de la puerta principal.

—Oh, Dios. ¡¿No la había cerrado con llave?! Por favor, que sea alguien normal —murmullo en voz baja.

Me doy la vuelta, con el pienso todavía cayendo en cascada del saco roto como la catarata menos apetitosa del mundo.

Y ahí está él.

Ryder Scott, con una pinta como si acabara de salir de la portada de Hombres que no encajan en caóticos refugios de animales Mensual .

La luz dorada de la tarde entra a raudales por las ventanas detrás de él, creando ese ridículo efecto a contraluz que le hace parecer una especie de dios romano que se equivocó de camino al circo de los gladiadores.

Su pelo está perfectamente despeinado de esa manera que a los humanos normales nos lleva treinta minutos y tres productos diferentes conseguir. Sus hombros llenan esa camiseta gris como si hubiera sido tallado en mármol y luego envuelto en el algodón más suave que el dinero puede comprar.

¿Y esos vaqueros? Se le ciñen a los muslos con tanta fuerza que a mi cerebro le da un cortocircuito.

Claro. Por supuesto que ha ignorado mis súplicas de que no viniera. Y con esa pinta. Como una estatua. Una romana. Y no, no me estoy preguntando en absoluto por el tamaño de sus… proporciones.

—¿Un día duro? —pregunta, esa sonrisa fácil extendiéndose por su cara perfecta mientras asimila la zona de guerra que es mi vida.

Quiero morirme.

Quiero derretirme en el suelo y desaparecer en el núcleo de la Tierra donde nadie pueda verme así. Soy un desastre. Un anuncio andante de por qué a la gente como yo no se le debería permitir dirigir nada sin supervisión.

—De maravilla —consigo decir, intentando volver a meter el pienso en el saco con las manos—. Viviendo el sueño, ya ves.

Se apoya en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre ese pecho que distrae por su perfección, y simplemente… me observa. Como si yo fuera un entretenimiento. Como si mi sufrimiento fuera divertido.

—¿Necesitas ayuda?

—No. Ya te lo dije por teléfono. Lo tengo todo bajo control. —Otro puñado de pienso se me escapa—. Totalmente bajo control.

Sus labios se contraen. —Ya veo.

Cretino engreído.

—¿No tienes otro sitio donde estar? —espeto, consiguiendo por fin asegurar el último resto de pienso—. ¿El entrenamiento o… o lo que sea que hagan los jugadores de hockey en su tiempo libre?

—El entrenamiento ha sido esta mañana. —Se separa de la pared, y juraría que el hombre se mueve como mercurio líquido. Todo gracia fluida y poder contenido—. He pensado en pasarme. A ver si necesitabas algo.

—Te dije por teléfono…

—Me dijiste que lo tenías controlado. —Sus ojos recorren el caos que nos rodea: los cuencos de agua volcados, la situación de las cacas arcoíris, el sonido lejano de nuestra compañera de piso cabra comiéndose aparentemente algo caro—. ¿Esto es tenerlo controlado?

El calor me inunda las mejillas. —Todo el mundo tiene días malos.

—Mia. —Su voz se suaviza, y eso es de alguna manera peor que las bromas—. ¿Cuándo fue la última vez que te tomaste un descanso?

—No necesito un descanso. Necesito un sistema de aire acondicionado que funcione y un veterinario que no cancele en el último minuto. Y quizás un hada madrina que se especialice en gestión de residuos animales.

Se acerca más y me llega una ráfaga de su colonia. Joder.

—Déjame ayudarte.

—No necesito…

Pero él ya está cogiendo la escoba del armario de los trastos como si el sitio fuera suyo. Como si perteneciera a este lugar.

—¡Ryder, no! Esa escoba está…

CRAC.

El palo de la escoba se parte por la mitad en sus manos. Se queda mirando los trozos, con una expresión de horror en la cara.

—Bueno —digo, intentando no reírme—. Eso sí que es útil.

—No te preocupes. Te compraré una nueva —murmura, con aspecto de estar genuinamente arrepentido—. Una mejor. De resistencia industrial.

—No pasa nada. Solo… ¿quizás no toques nada más?

Pero ya ha visto la unidad de aire acondicionado rota, ese brillo servicial en sus ojos que significa problemas.

Algunas cosas nunca cambian.

En el instituto, Ryder siempre estaba dispuesto a ayudar. Arreglando la cadena de mi bici, construyendo esa destartalada pajarera en los senderos detrás de mi casa, intentando recablear la lámpara de mi escritorio.

Siempre ha sido así. Dulce, serio y un absoluto inútil con las manos.

Pero a pesar de todo, su entusiasta determinación era adorablemente catastrófica cada vez. Y resulta que… todavía lo es.

Pasa las manos por el exterior de la unidad de aire acondicionado. —Ah, sí. Puedo arreglar esto. Pan comido.

—Ryder, no…

Pero es demasiado tarde.

Ya está arrancando el panel frontal, sus antebrazos se flexionan mientras hurga en el interior. Intento no fijarme en cómo se le sube la camiseta, revelando una franja de abdominales bronceados que me seca la boca.

Intento no mirar cómo se le marcan los músculos bajo la camiseta. Dios mío . La fina tela se aferra a sus anchos hombros y se estrecha hasta unas caderas delgadas que recuerdo demasiado bien.

Me pican los dedos por la necesidad de trazar las crestas definidas de sus abdominales que se asoman; los recuerdos de explorar esa piel bronceada hacen que mis mejillas ardan.

Concéntrate, Mia. Concéntrate en literalmente cualquier otra cosa.

—Mira, este cable de aquí está…

PI-PI-PI-PI.