2. Capítulo dos
Capítulo dos
Mia
F unciono a base de tres horas de sueño y pura mala leche cuando empujo la puerta de La Letra con Sabor Entra. La campanilla tintinea alegremente, burlándose de mi mal humor mientras el aroma a canela y a expreso recién hecho me envuelve como un abrazo que estoy demasiado irritable para agradecer.
Emma me ve desde detrás del mostrador, con los ojos como platos al percatarse de mi aspecto desaliñado. Ni siquiera me he molestado en maquillarme esta mañana y todavía tengo el pelo húmedo de la ducha más rápida del mundo.
—Bueno, buenos días, rayito de sol —me saluda, mientras coge mi taza de siempre—. ¿Por qué parece que te hayas peleado con un mapache mientras dormías?
—Porque lo he hecho —mascullo, arrastrando los pies hacia el mostrador—. No mientras dormía. A las cinco de esta mañana. Detrás del contenedor del refugio.
Emma enarca las cejas.
—¿No lo dirás en serio?
—Totalmente en serio. El cabroncete estaba intentando entrar en nuestro almacén de comida. Otra vez. —Me froto los ojos, sintiendo el peso del agotamiento sobre mí—. Lo he llamado Bandido. Y ahora es mi némesis.
—¡Mia!
Me giro y veo a Natalie saludándome desde su mesa de siempre en la esquina, donde está con Sophia.
Se han adueñado del lujoso sofá de terciopelo junto a la ventana, rodeadas de tazas de café a medio vaciar y migas de bollería.
El portátil de Sophia está abierto, pero ignorado, mientras mantienen una profunda conversación, ambas sonriendo como si hubieran estado intercambiando cotilleos que no tienen nada que ver con el hockey.
Genial. Justo lo que necesitaba. La Inquisición de Iron Ridge.
—Ve a sentarte —dice Emma, empujándome hacia ellas—. Ahora te llevo el café.
Me arrastro hasta su mesa y me desplomo en un sillón con un suspiro dramático.
—Tienes una cara horrible —comenta Sophia, examinándome por encima del borde de su taza.
—Gracias. Es justo el aspecto que buscaba hoy.
Natalie se ríe y me desliza un plato con medio cruasán de chocolate.
—Cómete esto. Te ayudará con lo que sea que… —hace un gesto vago hacia mi persona—… es esto.
—Esto es lo que pasa cuando llevas un refugio tú sola y tienes que perseguir animales salvajes al amanecer —refunfuño, pero cojo el cruasán de todos modos. La comida gratis es comida gratis.
Emma aparece con mi café —solo, sin azúcar y lo bastante fuerte para resucitar a un muerto— y lo deja en la mesa con una sonrisita.
—Y bien… —dice, sentándose en el brazo de mi sillón—. ¿Ya lo has visto?
Me quedo helada a medio sorbo.
—¿Ver a quién?
Las tres me miran con idénticas expresiones de incredulidad.
—¿En serio? —dice Natalie—. ¿Vamos a jugar a esto?
—No sé de qué estáis hablando —murmuro contra mi taza.
—De Ryder Scott —dice Sophia, acabando con mis chorradas con esas dos palabras—. Tu novio del instituto. Del que Blake dice que no para de hablar de ti en el vestuario antes y después de cada entrenamiento.
—Odio este pueblo —gruño, hundiéndome más en el sillón.
—No, no lo odias —dice Natalie—. Te encanta vivir aquí. Por eso te quedaste cuando él se fue.
—¿Y bien? —insiste Emma, inclinándose hacia delante con ese brillo en los ojos que significa que está a punto de meter las narices en mi vida amorosa—. ¿Qué tal ha sido volver a verlo? ¿Hablasteis? ¿Se disculpó por haber sido un completo idiota hace ocho años?
—¡Emma! —siseo, mirando a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos escucha—. ¿Puedes dejar de airear mi vida personal a toda la cafetería?
—Por favor, ya lo sabe todo el mundo —dice, restándole importancia con un gesto—. Venga, desembucha.
Doy otro largo sorbo de café, ganando tiempo.
—No hay nada que desembuchar. Apareció con unos muffins de su madre. Hablamos de un perro. Se fue. Fin de la historia.
—¿Muffins? —Sophia se anima, entrecerrando los ojos—. ¿De qué tipo?
—¿Qué más da?
—Da y mucho —insiste Natalie.
Suspiro.
—De limón y arándanos.
Las tres intercambian miradas cargadas de significado.
—¿Qué? —exijo saber.
—Los muffins de los domingos —dice Emma en voz baja.
Se me hace un nudo en la garganta. Por supuesto que se acuerdan. En este maldito pueblo todo el mundo se acuerda de todo.
—Esto no va sobre él —espeto, con más brusquedad de la que pretendía—. Esto va sobre cafeína y sobrevivir a este maldito día.
Emma me aprieta la mano.
—Cariño, siempre se ha tratado de él.
—Necesito otro café —mascullo, levantándome de repente—. Y un muffin. Para llevar , por favor.
—¿Para ti? —pregunta Sophia inocentemente, parpadeando con esas largas pestañas oscuras.
—Sí. Es para una voluntaria que me va a ayudar hoy —digo, sabiendo que ven a través de mí y que mentir no servirá de nada esta vez.
—Mmm —canturrea Emma, metiendo ya en una bolsa un muffin de manzana y canela más grande que la pata de un san bernardo—. ¿Una voluntaria cuyo apellido casualmente es Scott?
—Os odio a todas —refunfuño, arrebatando la bolsa.
Sus risas me siguen hasta la puerta. Me conocen demasiado bien estas mujeres que me han mantenido entera durante ocho años.
Y tienen razón. No estoy pensando en absoluto en Ryder Scott.
Ni un poquito.
Meto el muffin en mi bolso grande a rebosar y cierro de un portazo la puerta de la cafetería. La ráfaga de aire invernal me sienta bien en las mejillas acaloradas. Mi viejo Honda está en el aparcamiento, cubierto por una fina capa de nieve que le da un aspecto casi respetable. Casi.
—Solo un martes más —mascullo, buscando a tientas las llaves—. Hoy no tiene nada de especial.
La llave se atasca en la cerradura helada. La muevo, maldigo entre dientes y golpeo la puerta con la cadera hasta que finalmente cede con un quejido oxidado.
—Así me gusta, chica —le digo al salpicadero con cariño—. Solo tú y yo contra el mundo, Bessie.
Giro la llave en el contacto. La vieja tartana tose, carraspea y luego petardea con un sonido como el de un escopetazo que resuena en el prístino paisaje invernal de Iron Ridge.
Varios pájaros levantan el vuelo de un árbol cercano, y una pareja de ancianos que pasaba por allí da un respingo al unísono.
—¡Perdón! —grito por la ventanilla, saludando a modo de disculpa—. Es que… ¡es muy entusiasta!
El motor se asienta en su familiar runrún asmático mientras pongo la calefacción a tope. La radio cobra vida crepitando, la estática da paso a You Oughta Know de Alanis Morissette. Porque, por supuesto, el universo tenía que elegir esa canción justo ahora.
—No. —Pulso los botones de las emisoras presintonizadas hasta que encuentro algo menos acusador. Una balada de los Backstreet Boys inunda el coche en su lugar—. No es mucho mejor.
Cojo el café del posavasos, que está perennemente pegajoso a pesar de mis mejores esfuerzos por limpiarlo.
El pueblo se desliza por mi ventanilla: la ferretería donde el señor Wilson ya está barriendo la acera, la biblioteca con su pancarta del «Reto de Lectura de Invierno», la heladería que de algún modo sigue abierta incluso en los meses más fríos. Todo exactamente donde ha estado toda mi vida.
—Eres una mujer adulta con una carrera y un propósito —le digo a mi reflejo en el retrovisor—. No tienes tiempo para… lo que sea que es esto.
Esto . Esto es el vuelco que me da el estómago cada vez que pienso en Ryder de pie en mi refugio, sosteniendo esos estúpidos muffins, mirándome como si yo fuera algo que perdió y que acaba de encontrar.
—Solo porque tu capricho adolescente, dominado por las hormonas, se haya convertido en una superestrella de hockey de uno noventa con una mandíbula que podría cortar el cristal, no significa que estés en apuros —le digo a mi taza de café—. Y sí, hablar con objetos inanimados es totalmente normal.
La taza de café, sabiamente, no dice nada.
Freno en una señal de stop y observo cómo un grupo de niños camina con dificultad hacia el colegio, con los palos de hockey atados a las mochilas. Uno lleva una camiseta de los Icehawks con SCOTT estampado en la espalda.
—¿En serio? —fulmino al universo con la mirada.
Un coche toca el claxon detrás de mí. Me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo parada en la señal de stop, perdida en pensamientos que no debería tener.
—Ocho años —me recuerdo a mí misma, acelerando demasiado rápido. Bessie protesta con un jadeo—. Ocho años estuvo fuera. Ni una llamada, ni un mensaje. Nada. ¿Y ahora cree que puede volver a mi vida como si nada con su pelo perfecto y los deliciosos muffins de su madre?
Diviso el refugio y agarro el volante con más fuerza para conducir con cuidado sobre las placas de hielo de la carretera.
—Has construido esta vida sin él. Estás bien sola. Siempre has estado bien sola, Mia. Simplemente. Sigue. Adelante.
Entro en el aparcamiento de Colas y Patas, donde mi plaza designada me espera vacía bajo el letrero torcido de «Directora» que Hank de la ferretería me hizo las Navidades pasadas.
El edificio rojo descolorido se recorta contra el cielo invernal como una desafiante salpicadura de color en el paisaje de Iron Ridge.
—Hogar, dulce hogar —susurro, contemplando la pintura desconchada, la pancarta ligeramente torcida de la campaña de adopción del verano pasado y las jardineras ahora llenas de nieve en lugar de petunias.
Este edificio, esta antigua estación de bomberos reconvertida con sus peculiaridades y crujidos… es lo primero que he poseído de verdad. Bueno, técnicamente es propiedad del ayuntamiento, pero cada bajante abollado y cada suelo desgastado lo siento como una extensión de mí misma.
Desde dentro, ya puedo oír el coro matutino.
Los perros ladrando para pedir el desayuno, los gatos maullando para llamar la atención y, en alguna parte, el parloteo distintivo de Bandido el mapache planeando su próxima fuga.
—Juro que como ese panda basura haya vuelto a reorganizar mis suministros médicos… —mascullo, cogiendo mi bolso—. Veintiséis perros rescatados, catorce gatos, dos cabras sorpresa, y me está ganando la partida un caos enmascarado de cuatro kilos con pulgares oponibles.
Apoyo la frente en el volante para disfrutar de un último momento de paz antes de que empiece mi día de doma de animales.
Olvídate de él.
Abro la puerta del refugio, haciendo equilibrios con mi café, el muffin y un recogedor de excrementos que me dejé fuera ayer después de haberlo lavado hasta la extenuación.
El habitual olor fuerte a champú de perro y desinfectante me da la bienvenida. Sí. Ese es el perfume de mi vida. No una fragancia decadente de un apuesto príncipe de un país muy, muy lejano.
Miro hacia abajo y veo el rastro de pienso esparcido por el suelo como migas de pan en ese cuento de hadas que ha salido mal. Muy mal.
—Oh, no.
Sigo el rastro hasta la pequeña oficina donde mi escritorio se ahoga bajo el papeleo.
Formularios de adopción, facturas del veterinario, cartas para recaudar fondos y solicitudes de subvenciones.
Y sentado con orgullo sobre el desastre está Biscuit, un border collie mestizo de cuatro meses, con la cola golpeando mi teclado.
—¿En serio? ¿Tú eres el artista del escape?
Biscuit ladea la cabeza, con un aire adorablemente culpable mientras su cola hace que una pila de facturas caiga al suelo.
—¡Mia! ¡Gracias a Dios que estás aquí! —Zoe, mi voluntaria adolescente, aparece en el umbral de la puerta.
Tiene el pelo encrespado y prácticamente de punta, y hay lo que parecen huellas de patas mojadas en su sudadera del instituto de Iron Ridge —.
Llevo veinte minutos persiguiendo cachorros.
Biscuit ha descubierto cómo funciona el pestillo y ha organizado una fuga.
Las cabras se están comiendo tu helecho y Bandido…
—Se detiene, con los ojos muy abiertos—.
En realidad, no he visto a Bandido, lo cual es probablemente peor.
Doy un largo sorbo de café.
—Buenos días a ti también.
—Lo siento. —Se sube las gafas—. Por favor, no me mandes de vuelta al instituto. He venido pronto para adelantar con la comida, pero entonces…
—Se desató el caos. Bueno, Zoe… Bienvenida al rescate de animales. —Dejo mi café y le doy el muffin que le he comprado—. Lo has hecho bien, Zoe. La mayoría de la gente habría salido corriendo y gritando a estas alturas.
—Vaya. Gracias. La señorita Jones dice que das más miedo que cualquier desastre animal. —Se tapa la boca con la mano y le arrebata la bolsa del muffin al hocico húmedo y olfateador de Biscuit—. Quiero decir…
Me río.
—Tu orientadora no se equivoca. No es la primera vez que me dicen que soy la mamá perruna que da miedo en el refugio.
—Pero en plan guay —añade Zoe rápidamente—. Todo el mundo sabe que eres la mejor con los casos difíciles. Como cuando conseguiste que ese pitbull agresivo dejara de abalanzarse ayer.
—No es agresivo, Zoe. Solo tiene miedo. —Cojo en brazos a Biscuit, que me lame la barbilla—. ¿No vas a preguntar por qué no estoy gritando por la gran explosión de pienso de Iron Ridge?
—¿Porque en secreto crees que es divertido cuando nos ganan en ingenio?
—Chica lista. Serás una buena veterinaria algún día. —Le entrego a Biscuit—. Venga, vamos a reunir a los fugitivos y a ponernos a trabajar.
Mientras Zoe se lleva al cachorro, mis ojos se posan en el recipiente de plástico del mostrador. Los muffins de Ryder de anoche. Verlos me provoca una calidez inoportuna en el pecho.
De limón y arándanos. El sabor de las mañanas de domingo en la mesa de la cocina de sus padres. La forma en que bajaba las escaleras con el pelo alborotado y los ojos somnolientos, me besaba en la sien y robaba bocados de lo que estuviéramos preparando…
Siempre le guardaba el muffin más grande. Y al mirar el recipiente, veo exactamente el que elegiría para hacer lo mismo ahora mismo. Todo solo para ver esa gran sonrisa que solía dedicarme.
Niego con la cabeza, cogiendo la fregona del cuarto de los productos de limpieza con una fuerza innecesaria.
—No. Hoy no, recuerdos. Tengo mierda literal que limpiar.
Ataco un charco sospechoso cerca de la sala de los gatos, frotando más de lo necesario.
Este refugio es todo lo que he construido por mi cuenta. Mi reputación, mi propósito, mi futuro. No soy la misma chica que lloró durante semanas cuando Ryder se fue, que se sintió como media persona durante años sin él.
Ahora estoy entera. Completa.
Soy la directora de Colas y Patas que se ocupa de las emergencias antes del desayuno y salva a animales a los que otros han renunciado.
Miro el muffin a medio comer que había traído de la cafetería, que descansa inocentemente junto a mi café ya frío. Con repentina determinación, lo cojo y lo tiro a la papelera.
—Vamos a superar el día sin que un chico lo arruine.
Desde la zona de las jaulas llega un coro de ladridos excitados, seguido de un estrépito espectacular y el inconfundible sonido de cuencos de metal repiqueteando contra las baldosas.
Suspiro, con los hombros caídos.
—O… simplemente vamos a superarlo.