CAPÍTULO 57
Rompiendo las reglas
Cassie
—Ash…
Dejo atrás a mi familia y corro en su dirección. Me cruzo con varias caras conocidas y otras que no tengo intención de recordar y me lanzo a sus brazos sin valorar las consecuencias. Me estrecha entre ellos y damos una vuelta de trescientos sesenta grados.
—Mmmm, naranjas —susurra oliendo mi cuello—. Te he echado de menos, Fierecilla —murmura cuando me deja caer y su nariz y la mía se rozan.
Escucho unos leves carraspeos y, sin soltarnos, me giro para comprobar que Prescott Maddox está ahí, al otro lado, y que su mirada sigue siendo igual de oscura que siempre. Un alma podrida no puede dejar de estarlo nunca.
—¡Cassie! —gritan Kai y Evan, que se acercan.
Ash me suelta a regañadientes y me lanzo a sus brazos también.
—Te hemos echado de menos. Tengo muchas cosas que contarte. Hemos mejorado en nuestras técnicas de baile —me cuenta Kai.
—Y estamos perfeccionando las de ligue —sentencia Evan tras guiñarme un ojo.
—No veo por qué debería importarle eso a mi chica.
Mi chica. Su chica. Por favor, no me pellizquéis para despertarme.
—Me alegra mucho todo este tema de los reencuentros, pero me temo que debo recordaros que esta es una zona única y exclusivamente para el personal de los Wild Warriors.
Asiento porque Prescott tiene razón y porque para mí es como si ese hombre se hubiese volatizado del planeta. No existe ni existirá nunca. Me despido con un leve movimiento de mano y me alejo hasta llegar a donde se encuentra mi familia esperándome.
Ash y Aaron no tardan mucho en llegar. Mis hermanos son los primeros en lanzarse a comentar el partido mientras que Art y yo permanecemos a un lado. Mis padres se han marchado y se han llevado a Juniper porque la pobre estaba muerta de sueño.
—Yo también tengo que irme. Ya sabes, turno de cáterin y esas cosas que un alma responsable como la mía tiene que cumplir.
—¿Juniper se queda con mis padres?
—Sí, no iba a pedírtelo a ti en tu noche de reconciliación con Maddox, ¿no crees? —Alza las cejas en repetidas ocasiones antes de darme un beso en la mejilla—. Disfrútalo. No te pediré que me hagas videollamada porque ambas sabemos que vas a estar muy ocupada como para acordarte de mí.
Me carcajeo.
—Espera —le pido.
Me acerco a Aaron y los presento. Mi amiga le tiende la mano, y Aaron la estrecha con educación.
—Esta es mi mejor amiga, Blue. Y él es el hermano de Asher.
—Sé quién es —sentencia Blue—. Sales mucho en las noticias. —Se dirige a él.
—Oh, no te creas todo lo que cuentan.
Blue sonríe, asiente y se despide de Asher lanzándole un beso.
—Llámame mañana —le pido.
Me centro de nuevo en la conversación que mantienen mientras nos alejamos en dirección al garaje. Art camina a mi lado y nos acomodamos a su paso.
—Tengo que admitir algo. —Tomo la palabra—. Y no quiero que me juzguéis por ello —me adelanto—. Pensaba que ver un partido de hockey desde las gradas iba a ser de lo más aburrido, de hecho, pensaba que no iba a disfrutarlo y después de hoy… creo que necesito más.
Me tapo la cara esperando los comentarios mordaces de los tres hombres que me acompañan. La destapo poco a poco cuando me doy cuenta de que no hay risillas ni toses extrañas ni ninguna frase que me tilde de lerda.
—Sabía que la llevaríamos al lado oscuro —cuenta Aaron mientras me señala.
—Solo teníamos que darle tiempo —asegura Ash—. Además, ¿cómo no vas a disfrutar de algo en lo que yo participo?
Ruedo los ojos de nuevo porque, en fin, sí, ahí está Asher Maddox en todo su esplendor.
—Sabía yo que si abría la boca solo iba a joderlo todo —apunta Art a nuestro lado.
Se nos escapa una carcajada.
—Venga, viejo, hoy te llevo yo a casa porque mucho me temo que estos dos tienen cosas que hablar.
—Y cosas que hacer sin soltar palabra alguna. —El que alza las cejas ahora es…, bueno, hagan sus apuestas.
Nos despedimos y le prometo a Art que nos veremos pronto. Cuando por fin nos quedamos a solas, el aire parece volverse más y más denso a nuestro alrededor.
Nos subimos en la camioneta, y Ash conduce en silencio. Mientras nos dirigimos hacia mi piso y lo observo callejear por Vancouver, intento poner mis ideas en claro e intento todavía más no sentir esos nervios presionándome la boca del estómago. Tarea imposible si queréis que os lo resuma.
Cuando aparca frente a mi edificio, me giro hacia él.
Recuerdo la primera vez que lo hizo, que me acompañó, y también recuerdo cómo me bajé sin mirar atrás porque temía que si no actuaba de esa forma todo se fuese a la mierda y puede que, de una forma u otra, todo estuviese destinado a saltar por los aires, solo que de una manera inesperada y del todo necesaria.
El silencio entre nosotros es tan intenso que casi escucho cómo mi pulso se dispara. La puerta del garaje se cierra a nuestra espalda con un golpe sordo y, durante un segundo, solo somos Ash y yo, mirándonos como si no existiera nada más allá.
—¿Vienes? —pregunto y mi voz sale más baja de lo normal.
Asiente. Mis piernas avanzan por inercia.
Saben adónde quieren ir incluso antes que yo.
Caminamos juntos hacia la entrada de mi casa, con nuestras manos rozándose y con mi pulso del todo desbocado.
Ash detiene su paso frente a la puerta, se gira hacia mí y mete las manos en los bolsillos para evitar tocarme o para no hacerlo demasiado pronto. No lo sé. Con él nunca lo sé.
—¿Qué pasa?
Ladea la cabeza y sus tatuajes se mueven con ese simple gesto. Me muero por llevar las manos hasta ellos y recorrer las finas líneas. Me observa de arriba abajo con un hambre que me sorprende.
—Has venido.
Parece que no pudiese creérselo del todo.
El corazón se me llena de una sensación cálida. Tengo que recordarme que todo esto es nuevo para él, que sus asientos siempre estaban vacíos y que, a partir de hoy, no lo van a estar más.
—Todos lo hemos hecho porque te queremos. Menos Xavier, a él tuve que hacerle chantaje —bromeo.
—No esperaría menos de tu hermano.
Suelto una carcajada, y Ash me coloca una mano bajo el cuello. Mi centro se contrae solo de pensar en la cantidad de veces que ha hecho eso y en las obscenidades que le han precedido en todas esas ocasiones.
—Cassie —empieza, y solo con mi nombre ya siento cómo mis defensas caen en picado—. Antes de que digas nada, quiero hacerlo yo. Quiero hacerlo bien.
Trago saliva.
—Ash…
—No, déjame. Esta vez, déjame a mí.
Levanta la mirada. Me encuentro con esos ojos azules que siempre esconden algo más… Miedo, lealtad, rabia, ganas. Ganas de mí.
—He sido un idiota —confiesa sin florituras—.
Lo sé. Lo supe incluso mientras lo hacía.
Estabas ahí conmigo y, aun así, me comporté como si no mereciera que…
—añade y suelta una risa nerviosa— que me miraras como lo haces siempre.
No quiero ser el típico tío que justifica sus errores y que los encubre con un pretexto de mierda, Cassie.
De verdad, no quiero ser de esos. Tampoco me voy a excusar en el miedo o voy a soltar uno de esos discursos sobre que necesitas a alguien mejor que yo porque ambos tenemos claro que sí, que eso es justo lo que mereces y, sin embargo, soy un puto egoísta porque te quiero solo para mí.
Porque no quiero que seas feliz con nadie que no sea yo.
Porque quiero darte la mejor versión de mí y ganarme tu amor cada día.
La garganta se me cierra.
—Ash, yo no necesito a nadie mejor…
Asiente y se acerca hasta que apoya los labios en mi frente y, sobre ella, continúa hablando. Yo coloco las manos sobre su pecho y la calidez de su piel me recorre como una vela prendida en mitad de una tormenta de invierno.
—Te he echado de menos —añade con una sinceridad que me deja sin aire.
Se aparta y da un paso atrás marcando un poco de distancia, permitiéndome encontrar en su mirada todo lo que no pueda decirme con palabras—.
No un poco. No del estilo: «¿Qué tal estará?
» o «¿Me echará de menos tanto como yo a ella?
», «¿Estará pensando en mí ahora?». No. Te he echado de menos como un imbécil, Fierecilla.
Como si verte fuese lo único que pudiera poner mi vida en orden otra vez.
Porque es de esa manera, porque contigo a mi lado sé que todo saldrá bien. Todo.
Da un paso hacia mí. No me toca, pero siento su caricia igual.
Todavía seguimos en la calle, justo frente a la puerta del edificio, extiende una mano y me acaricia la mejilla, incapaz de soportar la idea de dejar de tocarme, aferrándose a este instante, incrédulo de que por fin estemos de nuevo aquí.
—Y sé que no soy un chico fácil —continúa, más suave—.
Estoy muy roto, Cassie, y el mayor miedo en mi vida no es joder todo lo que toco, es romperte a ti en el proceso porque eres lo más auténtico que he conocido nunca.
Porque hasta que llegaste a mi vida nada me importaba tanto como lo haces tú.
Nada me hacía feliz como lo haces tú. Y tal vez tengo formas de cagarla y también sé que me asusto cuando algo me importa demasiado y, joder, Cassie, tú no me importas demasiado, tú lo eres todo.
Joder, tú importas más de lo que pensé que importaría alguien en toda mi vida.
Siento cómo se me humedecen los ojos antes incluso de querer evitarlo.
—Ash… —susurro una vez más porque soy incapaz de abrir la boca o me romperé en mil pedazos. Esa vulnerabilidad que siento la transformo en amor.
—Déjame terminar, Fierecilla —añade con una sonrisa rota—. Porque, si no lo digo, vas a asegurarme que todo está bien, que no me preocupe y me voy a quedar con todo esto aquí, atascado otra vez. Y ya no quiero eso. No contigo.
Los labios me tiemblan. Mi pecho se aprieta. Mi mundo entero se inclina hacia él.
—No quiero perderte —admite, dándose por vencido ante su propia voz—.
No quiero volver a esa versión mía que no sentía nada.
Contigo no puedo fingir. Contigo no quiero fingir.
Quiero ser todo lo que tú necesites. Quiero ser esa persona que te haga reír, ese hombro sobre el que llorar y el que le prenda fuego al mundo cuando te hagan daño.
Quiero serlo todo y quiero serlo por ti, Cassie.
Me mira como si estuviera esperando una sentencia. Un veredicto. Mi corazón decide por mí antes que mi cabeza.
—Ash…, yo también te he echado de menos —confieso, bajando la mirada solo para reunir valor de sincerarme—. Mucho. Más de lo que querría admitir, más de lo que es sano, más de lo que… —Trago sin poder evitar la sonrisa—. Más de lo que me gustaría reconocer delante de tu ego ya de por sí enorme.
Él se ríe bajito. Se acerca hasta que lo tengo de nuevo casi encima. Casi lo puedo sentir así.
—Si me pides que entre en tu vida, eso es lo que haré —murmura apenas en un hilo de voz—.
Si me pides que pare, pararé. Pero no me pidas que vuelva a ocultar que siento esto.
—Lleva mi mano hasta su pecho, hasta el centro del mismo, y ahí percibo su corazón latiendo desbocado—. No puedo. No quiero. No contigo.
Levanto la mirada y ahí está ese chico malo, ese jugador frío como el hielo, ese luchador que se rompe solo conmigo y con nadie más, que me enseña sus cicatrices y me pide que las repare, que me enseña las partes de sí mismo que siempre mantuvo a salvo incluso del mundo entero.
Que me enseña quién es de verdad sin importarle ya nada.
Y eso me asusta y me enamora a partes iguales.
—No quiero que pares —susurro y siento cómo se le escapa el aire—.
Eso sí, quiero que lo hagamos bien. No quiero nada a medias, no contigo.
No quiero huir. No quiero que el miedo pueda con nosotros.
No quiero dudas. Lo quiero todo. Quiero que rompamos las malditas reglas una y otra vez y nos sintamos felices por ello.
Ash inclina la frente hacia la mía.
—Yo soy especialista en romper las reglas, Fierecilla. —Nuestras respiraciones se entremezclan—. Dímelo, Cassie. Dime que quieres esto. Dime que me quieres, joder, dímelo y lo dejo todo si hace falta.
Le agarro la camiseta. Él se queda congelado, irónico considerando su profesión.
—Te quiero, Asher Maddox —susurro, porque yo también necesito eso—.
Y me da miedo. Y me emociona. Y me pone de los nervios.
Y te quiero matar porque eres un egocéntrico.
—Las comisuras de los labios se le alzan y apuesto lo que sea a que está disfrutando todo esto.
Joder, claro que lo hace, es Asher Maddox—. Pero te quiero a pesar de todo.
La media sonrisa se ve sustituida por una más amplia y que no le he visto nunca. Es suave. Es vulnerable. Es suya. Es mía.
—Ven aquí —pronuncia con un hilo de voz.
Y entonces me besa. No es un beso impulsivo. Ni uno robado. Ni uno desesperado. Es un beso que elige. Un beso que promete. Un beso que confiesa todo lo que las palabras no alcanzan. Subo las manos hasta su cuello. Sus brazos me rodean mostrándome que no piensa soltarme jamás.
Cuando nos separamos apenas unos milímetros, él apoya su frente en la mía.
—Ahora vamos a subir a ese apartamento y te vas a desnudar con extrema lentitud solo para que yo pueda saborearlo.
Primero esas zapatillas de deporte, tras eso, los pantalones vaqueros y, por último, las braguitas.
—Sonríe con suficiencia, como el lobo que está a punto de atacar a su presa—.
Te vas a despojar de cada prenda excepto de la sudadera que lleva mi número.
Vamos a profanarla, Cassie, porque tu cuerpo está hecho para mí. Tú estás hecha para mí.
No necesito mucho más. Ninguna otra orden que ejecutar. Abro la puerta con rapidez porque la carne es débil y de pronto me ha entrado hambre.
De él.