Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 56
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CAPÍTULO 56

Yo hielo y tú fuego

Ash

E l hielo siempre suena igual. Un crujido bajo, vivo, que vibra bajo las cuchillas y te sube por las piernas, mientras el propio estadio respira conmigo.

Paso el stick de una mano a otra y golpeo las tablas para entrar en acción.

Los Serpenters ya están posicionados. Y al frente, como si de un mal presentimiento se tratase, está Víctor Hayes.

Fuerte. Gigante. Con esa forma de mirarte que ya deja claro dónde te va a destrozar primero.

—No le des espacio —masculla Aaron a mi lado—. Céntrate, juega sin miedo y disfruta del espectáculo.

Asiento y muerdo el protector bucal.

El árbitro levanta el brazo. El estadio ruge. Las cuchillas arañan el hielo cuando me deslizo por ellas sin pensar.

El disco cae y gano el saque por milímetros. Siento el disco vibrar en el stick y lo muevo hacia atrás con un toque rápido. La jugada se desarrolla en dos segundos, Aaron acelera por la derecha, yo me abro para ofrecer espacio, y Hayes, ¡cómo no!, me persigue.

Lo siento a mi espalda. Esa respiración suya corta, pesada. El golpe brusco de su patín al cambiar la dirección.

—Ven a por mí, jodido cabronazo —murmuro sin girar la cabeza.

Y eso es justo lo que hace.

Cuando el disco vuelve a mí, en la zona neutral, sé que va a intentar chocar contra mi costado porque puede que yo los haya estado analizando, pero sé que ellos también lo han hecho.

Sé exactamente dónde me quiere y hago cálculos mentales para evitarlo y adelantarme de nuevo a su jugada.

El ritmo es frenético, apenas hay un par de segundos para pensar y actuar, para hacer todo a la vez.

Bajo centro de gravedad, giro de cadera y, en lugar de comerme su placaje, me deslizo bajo su brazo.

La grada estalla en vítores y me encantaría hacerles una reverencia o quizá mejor si son ellos los que me la hacen a mí, ¿no? No vamos a renunciar a mi fama tan pronto.

—¡Ash! —Escucho entre el ruido. Varios gritos. Mucha gente. Demasiadas voces que se entremezclan.

No aparto la vista del campo, no puedo centrarme en nada que no sea la jugada que Aaron y yo hemos elaborado en el vestuario y que Donahue ha aprobado sin dudar.

Respiro hondo, cambio de ritmo, le lanzo el disco a Aaron, que aprovecha mi jugada y dispara.

Escucho el golpe antes incluso de que el portero rival bloquee la entrada del puck con la hombrera.

Maldita sea.

Regreso al banquillo mientras el cambio de línea se ejecuta. Los Serpenters recuperan el ritmo, Hayes golpea contra el cristal como un animal enjaulado, desafiándome. No le doy el gusto de mirarlo porque eso no haría más que hinchar su mierda de ego. Puto cabronazo.

Me siento. Tomo agua e intento concentrarme.

—Está bien, Asher, lo has ejecutado según lo planeamos. Lo has hecho bien, muchacho —me asegura Donahue.

A pesar de todo, yo sigo teniendo la sensación de que no ha sido suficiente.

Entonces escucho un golpeteo detrás de mí, justo en el plexiglás, y me giro. Y ahí está. Es… Esto… ¡Joder! Primero veo el color. Ese azul y amarillo que conozco demasiado bien y entonces se da la vuelta y señala su espalda con los pulgares mientras se contonea.

Ochenta y ocho, Maddox. En su cuerpo. Y esto es como un puto sueño hecho realidad.

Cassie.

Cassie con mi sudadera. Cassie con mis colores. En primera fila. Justo detrás de nuestro banquillo. Mi mundo entero se parte en dos y vuelve a unirse sin pensárselo dos veces.

Parpadeo porque creo que lo he imaginado. Pero no. Está ahí. Con su pelo rojo revuelto por el frío del estadio, con las manos metidas en las mangas, con la mirada clavada en la pista y con mi número sobre su espalda como si siempre hubiese pertenecido a ese lugar y a ningún otro.

Y no está sola. Veo a sus hermanos allí con ella.

Noah sentado al lado de una chica que no conozco, Xavier poniendo los ojos en blanco y alzando un pulgar con disimulo.

A Blue con Juniper en su regazo, la niña aplaudiendo con unos guantes con los colores del equipo y la nariz tan roja como sus mejillas.

A sus padres, esos que me abrieron las puertas de su casa, con bufandas a juego.

Y a Art, con su bastón apoyado entre las piernas.

«Hasta yo lo podría hacer mejor», susurra con los labios. Me saca una enorme carcajada.

—¿Qué…?

Donahue se gira y los saluda a todos. Noah se levanta y le muestra la camiseta y un bolígrafo. Xavier le da una colleja y Art se ríe. Nunca lo había visto tan…

—Han venido todos —susurro de nuevo.

Aaron llega en ese instante y me sujeta por el casco una vez más.

—Están aquí por ti, Ash. Por ti y solo por ti —reitera para que lo comprenda.

Algo pequeño, minúsculo y apenas imperceptible para los demás se rompe dentro de mí.

Es una sensación extraña y difícil de entender porque nunca he pertenecido a nadie.

Hasta ahora. El aire se corta en mi pecho, seco, brutal.

Como si el estadio entero me hubiese golpeado desde dentro—.

Esa chica te quiere. Y tú la quieres a ella.

Solo tienes que dejar de tener miedo a lo que pueda suceder y apostar por el presente.

Me giro de nuevo y me encuentro con la mirada de Cassie, tan limpia, tan brillante, tan ella… Joder, cómo la he echado de menos. Su expresión no es dura. No es fría. Es abierta. Honesta. Temblorosa. Parece romperse un poco al verme. También me echa de menos.

Me incorporo y coloco una mano sobre el plexiglás, con guantes y todo, y ella se acerca y la coloca justo enfrente. Mano con mano. Cuerpo con cuerpo. Alma con alma.

Y le sonrío.

—A por ellos —me susurra al otro lado. Y yo asiento una vez más.

—A por ti —respondo a su vez.

Entonces me guiña un ojo y todo cobra sentido. Lo siento en el estómago. En el cuello. En el pecho. En cada parte que creí que había dejado de sentir desde que ella no está.

Vuelvo la mirada porque, si no lo hago, me arrancaré los patines y me iré directo a por ella. Y no. No puedo hacerlo, porque todo mi equipo, mi familia, cuenta conmigo.

—Ash, respira —me grita Aaron, apoyándome el stick en el muslo.

—Están aquí. Y lleva mi número.

—Joder, y tanto que sí. —Sonríe por un segundo y me palmea el casco—. Increíble, pero cierto. Yo tampoco logro entender cómo puedes tener tanta suerte. —Se carcajea.

—Cállate, imbécil. —Lo empujo con el hombro.

El árbitro silba y se produce el cambio.

Entro en la pista de nuevo. Me giro antes de ocupar mi posición y patino de espaldas solo para comprobar que todos siguen ahí.

Están riendo, me miran y veo muchos pulgares alzados.

Juniper me lanza un beso, y yo se lo devuelvo.

Esto es lo que se siente cuando perteneces a alguien, ¿verdad?

Cuando tienes ese apoyo, cuando da igual lo que hagas o a donde vayas porque nunca jamás estarás solo.

Inspiro y me centro una vez más. El disco vuelve a caer al hielo, y Hayes me observa unos segundos decidido a arrancarme la cabeza. Es recíproco, cariño.

La jugada se precipita. Pase largo al ala izquierda, intercepto a medio camino, giro sobre la cuchilla externa, protejo la pastilla con el cuerpo. Hayes entra como una locomotora a punto de descarrilarse.

Chocamos hombro contra hombro y el dolor del impacto me sube por la clavícula y, a pesar de ello, me mantengo firme.

No me va a mover. No se lo voy a permitir.

No hoy. No cuando mi chica está aquí, mirándome.

Animándome con esa sudadera que no debería quedarle tan bien.

Esa sudadera que ahora mismo me hace querer ganar este partido y todos los que vengan después.

Agarro el disco con más fuerza. Hayes vuelve a cargar contra mí y esta vez utilizo su impulso para llevar a cabo mi jugada. Pivot , giro, toe drag y se queda atrás, patinando sobre nada y maldiciendo sobre todo.

El público ruge mientras yo acelero y aprovecho el desconcierto para buscar el hueco y disparar. El disco vuela como un látigo que es empuñado con saña.

—¡Vamos, Ash! —grita alguien cerca del cristal.

Golpea el poste, rebota. Aaron lo atrapa y, maldita sea, lo hunde en la red.

El estadio explota. Los Warriors saltan.

Mis compañeros me rodean a golpes de casco y hombro y mientras la celebración estalla a mi alrededor yo la busco entre el público.

No tardo nada en dar con ella. Ahí está, de pie, con la mano sobre la boca, los ojos brillantes y mi número a su espalda repartiendo abrazos, incluso Art está riendo y aplaudiendo.

Y lo sé. Lo siento con la misma certeza con la que siento el hielo bajo mis pies. Este partido no lo estoy jugando contra Hayes. Ni contra los Serpenters. Lo estoy jugando por ella. Y esta vez no pienso perderla.