Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

Para la cuenta atrás

Cassie

C ruzamos la puerta del Truenorth Ice Dome y una avalancha de sentimientos me sacude.

Me quedo parada en el umbral de una de las entradas.

Nunca he estado en esta parte del estadio, siempre he visto los partidos desde el túnel o directamente no los veía y solo refrescaba la pantalla de mi teléfono para comprobar cómo iba el marcador.

Inspiro, exhalo y avanzo.

—Vamos, Cassie, tenemos un partido que ver.

Mis hermanos me saludan desde un par de filas más abajo. Aaron no mintió cuando nos aseguró que nos iba a dar varios asientos en primera fila, justo detrás del banquillo, y hacia allí nos dirigimos.

Caminamos con paso lento, pero seguro, y, cuando llegamos, Xavier retira la chaqueta como si nos hubiese estado reservando el asiento para que nadie lo ocupase.

Se levanta desde que nos ve. Noah, por el contrario, está pendiente de algo que Gillian le está susurrando al oído.

—¿Ya tienes náuseas? —le pregunto a Xavier.

—Estaba deseando que llegase alguien porque solo quiero arrancarme los ojos y lavarlos con lejía.

—No se están metiendo mano. —Los señalo.

—Todavía.

Me da un abrazo y me hago a un lado.

—Este es Arthur Kane. El vecino de Ash.

Art se adelanta y alarga la mano para estrechársela a mi hermano.

—Si quieres, puedo prestártelo. —Señala su bastón—. Es muy útil cuando se trata de dejar a alguien inconsciente —añade sin perder la sonrisa—. Y llámame Art.

—Ya me cae bien —apunta mi hermano.

—¡Hola! —Noah se levanta y también saluda.

Gillian hace lo mismo y esos dos vuelven a lo suyo.

—Nos ignoran.

—Es lo que tiene el amor —apunta Art.

—Sí, dan asco absoluto —sentencia Xavier.

La carcajada que suelta Art me hace sonreír. Alzo la mirada cuando escucho que más gente se aproxima y por las escaleras bajan Blue, mi padre con Juniper en brazos y mi madre tras ellos.

Todos se han comprado un par de bufandas, algunos gorros, y Juniper lleva incluso unos guantes con tonos azules, amarillos y negros, como la equipación de los Wild Warriors.

Alzo la mano para saludarlos y se acercan. Nos abrazamos de nuevo y comenzamos a ocupar nuestros sitios.

Blue apenas llega a su asiento cuando las luces se atenúan de golpe. El murmullo general del estadio se transforma en una vibración eléctrica que me sube por los brazos, erizando la piel a su paso. Me incorporo un poco sin darme cuenta. Mi cuerpo intuye que está a punto de suceder algo grande.

—Empieza —susurra Noah, emocionado como un crío.

Y sí. Empieza.

El Truenorth Ice Dome se sumerge en una penumbra azulada mientras los focos rebotan en el hielo, creando destellos que parecen olas.

El DJ sube la música y comienza a sonar un ritmo grave, contundente, que hace retumbar el suelo bajo nuestros pies.

Las pantallas gigantes encienden el videomarcador y aparece el logo de los Wild Warriors envuelto en un efecto de hielo rompiéndose.

¿Cómo es posible que yo me haya perdido estos espectáculos?

—Cierra la boca, hermanita. —Noah me coloca la mano bajo la barbilla y la empuja hacia arriba.

Art suelta una carcajada.

A mi lado, Juniper suelta un gritito ahogado mientras aplaude feliz. Blue le sostiene mejor la bufanda, y mi padre me guiña un ojo. Mi madre se echa hacia delante y me lanza un beso.

Es todo lo que percibo hasta que comienza a salir el humo y vuelvo a centrarme en la pista.

Dos máquinas expulsan nubes blancas en la entrada del túnel de los jugadores. Las luces estroboscópicas parpadean. El público empieza a golpear la valla con las manos abiertas, creando un sonido seco que resuena en todo el estadio.

Pum. Pum. Pum.

La energía sube. Se contagia. Se te mete bajo la piel.

—Dios —murmuro sin poder evitarlo. Nunca lo había visto desde aquí, tan cerca, tan real. Tan todo.

Ahora entiendo a Noah. Esto no tiene nada que ver con las sensaciones de estar detrás de las cámaras, ya me entiendes.

La megafonía ruge con el nombre del primer jugador y uno tras otro comienzan a salir al hielo, deslizándose sobre las cuchillas con la naturalidad de quien pisa el suelo de su casa con calcetines de dinosaurios.

Los jugadores de los Wild Warriors golpean el stick contra las vallas a modo de saludo al público y las gradas estallan emocionadas.

—Esto es una locura —suelta Blue.

Admito que tiene razón.

Aaron aparece el tercero. Y ahí sí, ahí sí nos ve. Su rostro pasa de concentración pura a una sonrisa ladina en un segundo. Levanta ligeramente el stick a modo de saludo y nos dedica un gesto rápido con la cabeza. Xavier le responde exagerando un saludo militar. Noah silba y aplaude.

Gillian no aparta la vista de Noah, por supuesto. La cosa marcha o eso parece.

Yo, sin querer, me río. Art, a mi lado, también lo hace. Me giro para envolverlo mejor con su bufanda, y él posa su mano sobre la mía.

—Gracias por esto —susurra y la voz le sale sumamente apagada. Sé que está evitando emocionarse.

—Art, tenías que estar aquí. Hoy su familia tiene que estar aquí.

Porque ya está bien de que se sienta solo, de que tenga entradas que nunca nadie use porque no tiene quien venga. A partir de hoy le faltarán porque su familia, nosotros, yo, estaré aquí para apoyarlo, para acompañarlo, para celebrar sus victorias y para ofrecerle ánimo cuando los derroten.

Y entonces aparece Ash. El estadio ruge.

No es un aplauso normal, es pura y genuina devoción.

Una ovación que resuena en el pecho. Sale con una velocidad y una soltura que parecen coreografiadas.

El foco lo sigue mientras cruza medio hielo, la visera semiabierta, la mandíbula apretada, esa expresión suya que es mitad furia, mitad temple.

Esa que siempre me desarma. Y que me vuelve tan loca.

Se acerca al banquillo y, cuando está a pocos metros, mi respiración se detiene. No mira hacia aquí. Hacia donde nos encontramos.

Se quita un guante para ajustar la cinta del stick , habla algo con el asistente, golpea el borde con el stick para comprobar la flexibilidad y continúa concentrado. No sé si debería sentir alivio o decepción.

Ocupa su posición habitual, apoyando los antebrazos en las rodillas, observando el calentamiento del equipo rival como si estuviera analizando sus almas, no sus jugadas.

—¿Estás bien? —susurra Blue.

—Sí. Solo me muero por atravesar esta mierda de plástico y lanzarme a sus brazos —le explico.

—Deberías ser menos explícita, hermanita —susurra Xavier sin perder la sonrisa.

—Yo puedo prestarte mi bastón. O, mejor aún, puedo usarlo.

—Apuesto a que estarías encantado de darle una buena tunda —bromeo.

—Este hombre me cae bien —insiste mi hermano.

—Jovencito, yo le caigo bien a todo el mundo.

Mi padre suelta una risotada porque ha escuchado la conversación. Juniper sigue flipando en colores y no se lo niego porque yo también lo hago. ¿Podéis explicarme por qué me he perdido todo esto durante tantos meses?

El árbitro hace sonar un silbato agudo y los jugadores inician el calentamiento. Pases rápidos, tiros a puerta, frenadas en seco que levantan una lluvia de hielo. El aire se vuelve más frío, más cortante. El olor a hielo recién pulido y a adrenalina flota sobre la pista.

Me quedo observando a Ash. Sus movimientos. Su control. La forma en que frena justo frente al cristal, lo bastante cerca para que las partículas de hielo choquen contra nuestro lado.

Mi corazón hace el mismo ruido contra las paredes de mi pecho.

Sin embargo, él no levanta la vista. Ni una sola vez. Y, justo cuando me digo que mejor así, el himno del equipo retumba, las luces se estabilizan, los jugadores se alinean en el centro del hielo y el partido comienza.

Y yo sigo sin saber si estoy preparada.