Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

Patatas deluxe

Ash

—¿Que has hecho qué?

Mi hermano y yo nos hemos sentado en un bar de mala muerte. Y no es un eufemismo. De hecho, me temo que hay una fila de chicles pegados sobre más chicles justo en la parte inferior de la mesa.

Los he tocado una vez, no voy a hacerlo una segunda.

Los chicos ocupan un par de mesas más allá.

Kai, para sorpresa de nadie, está intentando ligar con una camarera.

Evan está explicándole a un par de abuelos que somos los mejores jugadores de la NHL y ninguno de los dos se lo cree en absoluto.

Esos hombres no saben dónde se están metiendo porque otra cosa no, pero Evan es persistente hasta decir basta.

Y Ben…, Ben ni siquiera tiene los ojos abiertos.

—Dimitir y no he sido el único.

Aparto la vista de mis compañeros y sus diversas labores de entretenimiento y me centro totalmente en mi hermano. ¿Está diciendo lo que creo que está diciendo?

Suspiro con fuerza y me masajeo las sienes. Joder, no sabéis cuanto la echo de menos.

—¿Cuál es el lema de los Wild Warriors? —pregunta mi hermano justo antes de llevarse una botella de agua a los labios.

—Juega sin miedo. Mantente fiel.

Asiente satisfecho porque no he dudado. Deposita la botella de agua sobre la mesa y se acerca, recortando la distancia que nos separa.

—No he sido un buen hermano, Ash. He jugado sin miedo, pero no me he mantenido fiel. No a ti.

—Escucha —intercedo porque ya sé por dónde van a ir los tiros y también sé cómo va a acabar la conversación y, siendo honesto, ya estoy lo suficientemente jodido con lo que ha pasado con Cassie como para permitir que esto también me afecte.

No puedo ver a mi hermano derrumbarse, no a Aaron, que ha sido un pilar fundamental en mi vida y una constante en la misma.

—No, escúchame tú. Yo estaba allí presente y no te hablo de la cena de hace dos noches, Ash, te hablo de todas las veces en las que te menospreciaban, en las que te comparaban conmigo, en las que actuaban como si tú no fueses su hijo y yo me mantenía impasible.

—Chasquea la lengua y tengo la ligera sensación de que ese gesto oculta algo más profundo.

—Eras solo un niño.

Se ríe y ese sonido me eriza el vello.

—No lo he sido siempre. —Se señala—. Y deja de justificarme, joder, que Cassie tuvo la valentía de enfrentarse a ellos en esa cena mientras yo…

—Me da igual.

Me acerco a él porque quiero que entienda que no lo culpo de nada. De absolutamente nada.

—Tal vez si yo hubiese actuado antes, no te sentirías así.

—¿Cómo?

—Como alguien que no nos merece, alguien que no vale lo suficiente para que lo queramos.

La frase me golpea con tanta fuerza que tengo que apartar la mirada. No porque me ofenda, sino porque acierta. Porque, joder, lo ha dicho en voz alta.

—No digas eso. —Me paso una mano por el rostro, intentando mantener el control. La voz me sale rota igual—. No es culpa tuya, Aaron. No lo era entonces y no lo es ahora.

—Claro que sí —replica sin alzar el tono, pero con esa rabia contenida que solo aparece cuando te estás diciendo la verdad a ti mismo—.

Lo es porque me quedé callado. Porque sabía cómo te hacían sentir y, aun así, elegí no meterme.

Porque era más fácil seguir siendo el hijo perfecto que el hermano valiente.

El silencio se establece entre nosotros, roto solamente por el zumbido de las luces viejas del bar y el murmullo lejano de los chicos al fondo.

—Nunca te pedí que me defendieras —murmuro—. Porque tú estabas tan perdido como lo estaba yo.

—Ya, bueno, tal vez debí hacerlo igual. —Traga saliva, los ojos rojos, húmedos y sé que está recordando lo mismo que yo.

Todos esos años de comparar notas, de medir silencios, de soportar comentarios disfrazados de consejos—.

Eres mejor que ellos, Ash. Siempre lo has sido.

Solo que ellos nunca supieron verlo y yo tampoco.

Suelto una risa baja, carente de humor.

—Tampoco se lo pusiste fácil.

Él sonríe un segundo, aunque enseguida la expresión se rompe.

—No, supongo que no, pero te admiro, Ash.

Aunque no te lo haya dicho nunca. Y me duele ver cómo te castigas por cualquier cosa hasta por esas que no te tocan de cerca.

Lo de Cassie, lo del equipo, lo de la familia…

No puedes seguir cargando con todo solo porque alguien te hizo creer que eso te tocaba por no ser lo que ellos esperaban.

Créeme, no necesitas ser lo que los demás esperan, eres eso y más.

Me quedo observándolo un momento largo. A mi hermano.

A Aaron, que siempre fue el fuerte, el que parecía tener las respuestas para cualquier pregunta.

Y, sin embargo, aquí está, pidiéndome perdón por cosas que ninguno de los dos pudo controlar y que, a pesar de todo, ambos cargamos a nuestras espaldas.

—No necesito que me salves, Aaron —pronuncio con la voz baja—. Solo que no te vayas. Que no te apartes. Que no permitas que nos separen de nuevo porque Cassie y tú sois lo más importante que tengo, lo que le da valor y sentido a todo.

Mi hermano suelta una risilla y niega.

—Te habría encantado verla ayer en ese despacho, Ash. Te prometo que si no estuvieses enamorado de ella… te la robaría.

—¿Tú también?

Mi hermano sonríe todavía más.

—Es una buena chica.

—De las buenas, la mejor —sentencio.

—¿Recuerdas lo que hablamos en la cena? Lo de huir…

Cabeceo afirmando.

—Lo recuerdo.

—Ella te ha elegido. A ti. Por encima de todo. Ha dejado el trabajo, Ash… —Sus palabras me cortan la respiración—. Y lo ha hecho porque te quiere.

—Yo…

—Lo ha disfrutado. Cada segundo de esa conversación, desde que puso la carpeta azul…

—¿Azul?

—Azul —concluye—. Desde que puso esa carpeta azul sobre la mesa hasta que usó la ironía para sacarlos de sus casillas a todos… Esa chica, joder, con esa chica —termina Aaron con una media sonrisa que le quiebra la voz y entonces sé que lo dice en serio. Que lo ha visto con sus propios ojos.

Yo no pronuncio palabra alguna. No puedo.

Porque la imagen me golpea con fuerza. Cassie, de pie, frente a ellos.

Firme. Valiente. Con esa carpeta azul que lleva su nombre escrito sin necesitar tinta.

Y siento que el aire se me atasca en la garganta, que el peso que he estado arrastrando estos días se disuelve solo con imaginarla alzando la barbilla, mirándolos con esa mezcla de orgullo y calma que siempre me ha dejado sin palabras.

Y usando esa lengua afilada que me cautivó desde el primer momento.

Desde. El. Puto. Primer. Momento.

—Joder… —murmuro pasándome una mano por la cara—. Lo ha hecho de verdad.

—Sí. —Aaron asiente despacio—. Y no por rebeldía ni por venganza. Lo ha hecho porque te eligió. Porque tú le diste razones para creer que merecía más que un puñado de personas… ¿Cómo dijo? Ah, sí, sin corazón.

Apoyo los codos sobre la mesa. La madera pegajosa, los chicles bajo ella, las luces parpadeantes del bar, todo desaparece.

Solo queda esa certeza brutal y sencilla que me grita que he sido yo, que me ha elegido a mí.

No a Asher Maddox. No a Terremoto Maddox.

A Ash, al chico que soy cuando estoy con ella. Y yo la dejé marchar.

—No se va a librar de mí con tanta facilidad —susurro mirándolo de frente.

Mi hermano se recuesta en el sofá y se cruza de brazos.

—Menos mal, joder, ¿crees que puedo llamarla cuñada? ¿Crees que saldré vivo si la llamo así? —bromea Aaron.

Sujeta la botella y la alza para brindar con ella.

—No se brinda con agua —le recuerdo.

—Gracias por darme un motivo para tomarme una cerveza. Es probable que Donahue me la corte si se entera.

Suelto una sonora carcajada y eso atrae la vista de los demás. Se acercan de inmediato.

—¿Ya has terminado de ligar? —Apunto hacia la camarera.

—No me hace ni caso. No lo entiendo, con lo encantador que soy.

Se señala a sí mismo. Evan le da un par de palmadas y asiente como si lo idolatrase. Apuesto a que lo hace.

—Mi pobre cachorrito —susurro y pilla la broma.

—¿Qué crees que haría Cassie en este instante?

—Probablemente, reírse de ti —suelto sin más.

Todos vuelven a asentir, incluido Ben.

—¿Unas cervezas? —tantea Aaron—. Nos las hemos ganado. Han sido días de mierda.

—Ya nos tenías sin esas excusas —advierte Caleb.

Me pongo en pie para seguirlo y, antes de hacerlo, saco el teléfono y busco su contacto. Releo los últimos mensajes y vuelvo a ver nuestras últimas fotos.

—Ey, Ash. —Aparto la mirada de la pantalla y mis ojos se encuentran con los de Aaron—. Ya va siendo hora de que los Wild Warriors vuelvan a jugar sin miedo y que nosotros nos mantengamos fieles, pero, esta vez, de verdad.

Y, por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy más acompañado que nunca, no solo dentro, sino también fuera del hielo.