Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

La fierecilla

Cassie

E scucho el sonido de mis tacones y el rastro que deja a su paso como un eco lejano. Esta vez, ese sonido sí que me pertenece porque he decidido ser la dueña y señora de cada una de mis decisiones.

En esta ocasión no hay nervios, al menos, no como los hubo hace meses cuando hice este mismo recorrido en busca de una oportunidad, una de lo más ansiada. Una que no me pertenece cuando sí que lo hace.

Me planto, una vez más, frente a la puerta de madera maciza y observo el reloj que hay colgado en la pared que tengo al lado.

Blanca, pulcra e impecable. Vacía, aséptica, impersonal.

Carente de vida. Ni siquiera me consuela que vaya a juego con la carpeta que traigo entre las manos, porque esta vez es de color azul.

Y no de un azul cualquiera, es del mismo tono de azul que los ojos de Asher, esos que tanto echo de menos.

La secretaria del señor Maddox se incorpora para recordarme que tengo cita dentro de quince minutos.

Lo sé, créeme. Lo sé. He venido antes porque me gusta romper las normas.

Porque he aprendido de Asher que es más divertido hacerlo y, bueno, puede que también lo haya hecho un poco por fastidiar.

¿Qué más da? Ya que he decidido ir en contra de todas esas medidas meticulosamente marcadas que tanto me gusta seguir, pues lo haré bien y por la puerta grande.

Me vibra el teléfono dentro de la falda y saco el móvil. Hay un mensaje de Xavier y me sorprende que haya escrito en el grupo.

Xavier:

Estoy muy orgulloso de ti, Cassie. De verdad. Solo quería que lo supieses.

La secretaria, al verme con el teléfono, deja de avanzar y permanece tras el mostrador, como si entendiese que no me iba a colar, solo estoy esperando como una buena chica.

Me río en su cara con eso de buena chica.

Cassie:

¿Aunque me vaya a quedar sin trabajo?

Xavier:

Eso da igual, estás defendiendo tus principios, y no hay nada que me guste más que verte ser fiel a ti misma.

Sonrío de soslayo. Xavier, mi protector del reino, el mayor tocapelotas de la historia de los hermanos, me está diciendo que se siente orgulloso de mí. Eso es todo un logro.

Noah:

Dales duro.

Noah:

Pero no tan duro, que la próxima semana tenemos entradas.

Blue:

Yo puedo patearles el culo por ti.

Me río, pongo el teléfono en silencio y lo guardo de nuevo en la cinturilla de la falda.

Esta vez ni siquiera es de tubo. Tiene vuelo. Mucho vuelo. Porque me he levantado malota. Porque tal vez Ash tenga razón y sea una fierecilla.

Me estremezco solo de pensar en la cantidad de veces que me ha dedicado ese apelativo y en que nunca sentí rabia por ello.

Coloco la mano en el pomo y le sonrío a la secretaria como ella hizo la primera vez, cuando me situé frente a esta puerta.

Lo hago con superioridad, aunque intento que parezca camaradería.

Puede que sea el bicho raro, pero, oye, he aprendido que eso también tiene su parte buena, al fin y al cabo, soy como una edición deluxe de los bichos, ¿no? Claro que sí.

Empujo la puerta a la vez que ella ahoga un grito. Me siento doblemente satisfecha, por haberlos interrumpido y por haber conseguido el impacto que buscaba.

«Ponte una sonrisa, eso es lo que más les jode».

«Es el momento. Ha llegado la hora. Has descubierto que no era lo que esperabas y no porque no te gustase ese trabajo, qué va, sino porque lo que no te gusta son las injusticias y porque en esta vida no todo vale».

Anoche, mientras se lo contaba a mi familia, mientras compartíamos un poco de pan con mermelada y leche con miel, mientras ellos me escuchaban y no me interrumpían, ni siquiera Noah y eso ya es decir, sentí que me liberaba de un peso.

No tenía claro qué iba a hacer o qué camino iba a tomar. Ni siquiera tenía la certeza de estar tomando la decisión correcta hasta que mi madre colocó una mano sobre la mía, que todavía sujetaba el bote de mermelada, me miró y suspiró con fuerza.

—No te he educado para que seas una cobarde, Cassie.

A ninguno de vosotros, ni siquiera a ti, Blue.

Te he educado para que seas fiel a tus principios, para que reacciones ante las injusticias porque, si no actúas, es exactamente igual que no hacer nada.

Y te conviertes en parte del problema. Porque el silencio, Cassie, es el refugio de los conformistas, de los que prefieren mirar hacia otro lado mientras otros cargan con el peso de lo que está mal.

Y no hay nada más cómodo, ni más cobarde, que permanecer quieto esperando que alguien más arregle el mundo.

»Así que haz ruido. Equivócate si hace falta, pero nunca te quedes quieta. Porque los que no hacen nada, los que se esconden tras excusas o miedo, son los que permiten que las injusticias se repitan una y otra vez, hasta que ya nadie recuerda cómo empezó todo.

Y así, con esas palabras, supe que puede que me equivocase, sin embargo, no me arrepentiré de ello nunca, porque estaré haciendo ruido. Mi propio ruido.

—Buenos días —saludo con educación y obvio, una vez más, el repaso exhaustivo al que me están sometiendo.

«Este es un mundo de hombres —me recuerdo—. Yo puedo con esto», me repito.

Avanzo con decisión y me encantaría que mi entrada estuviese siendo grabada como todos esos partidos que luego repiten y analizan y repiten y analizan. No para encontrar mis fallos, sino para dejarlos con la boca abierta por el coraje que me gasto.

Hace meses dije que no era quién para juzgar a los hombres que me contemplan como si fuese una piedra molesta en sus zapatos, tan caros como seis meses de mi alquiler, sin embargo, fijaos si ha cambiado la película, que hoy me siento con ganas de hacerlo y no solo porque me estén observando ellos a mí, sino porque esas tres personas que hay ahí son despreciables.

—Has venido antes de tiempo —apunta Prescott.

—Lo sé —es la respuesta que le facilito—. Tengo cosas importantes que hacer luego.

De hecho, tengo una cosa muy importante que hacer luego.

Los tres se recuestan en su silla poniendo en duda que alguien como yo tenga mejores cosas que hacer que compartir mi tiempo con ellos. Increíble, ¿verdad?

—Está bien —sentencia Maddox dando a entender que me está haciendo el mayor favor de su vida.

Coloco la carpeta sobre la mesa y desvía los ojos a ella. La empujo, porque en el fondo sí que soy buena persona y no quiero que se muerdan las uñas porque la curiosidad les pueda.

—¿Qué es…?

—Mi carta de dimisión.

Ohhh, siento haberles fastidiado la sorpresa. Me podían las ganas.

—¿Qué?

—Es muy sencillo. No quiero formar parte de un equipo carente de valores y no hablo de los jugadores, porque ellos…

—Me río como una hiena hambrienta. Joder, no sabía que podía hacerlo de esa forma, de verdad—.

Hablo de vosotros, de ti. —Señalo a Prescott, total, ya estoy despedida, ¿qué más da?

Tampoco es que fuese a escribirme una carta de recomendación—.

Hablo de una persona que no tiene corazón, que no le importa menospreciar a su hijo frente a todos solo por sentirse el dueño y señor de lo que quiera que te haga sentir el dueño y señor.

—¿Del inframundo? Seguro que tiene el pase VIP guardado en su mesilla de noche para cuando llegue el momento—.

Así que, sí. Me marcho. —Alzo la barbilla y me siento la reina del cotarro en este instante.

¿Se sentiría Ash orgulloso de mí por ello? Porque, joder, yo me siento más que orgullosa, porque él, a pesar de todo, sea tan buen chico como es.

«Pensabas que era un imbécil y un niño mimado».

«Cállate, no es buena idea recordarme esto, ahora estoy empoderada, apóyame un poco, chica».

—No sé quién te crees que eres para entrar aquí con esa actitud soberbia y decirme estas cosas a mí.

—Es una de tus empleadas. O lo era, por lo que veo.

En el umbral de la puerta está Aaron Maddox y sonrío con amplitud porque, en fin, él es eso importante que tenía que hacer después.

—Oh, Aaron, pensaba que estabas preparando el equipaje para el viaje de dentro de unas horas.

—Ya lo he hecho. Soy la mar de eficiente, ¿a que sí?

Prescott asiente satisfecho y las ganas de vomitar van en aumento. Esta vez no me taparía la boca como hace meses, dejaría que le cayese todo encima.

¿He sido muy explícita? Es el enfado, ya sabéis.

—Cassie ya se iba. Puedes pasar. Estamos tratando temas importantes del equipo.

—Es bueno saberlo. Y es bueno encontrarte aquí.

—Me señala—. Quería darte las gracias. —Se acerca con cautela, supongo que la sorpresa se refleja en mis ojos y en mi semblante porque la sonrisa que me regala es tranquilizadora—.

Agradecerte que dieses la cara por mi hermano ante la actitud déspota de mis padres. Ante mi propia actitud de mierda.

Pues sí, este ha sido un giro inesperado de los acontecimientos.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —Lo siento, esa no he sido yo, ha sido su padre.

—Ah, ¿no te lo esperabas? Pues me he cansado.

—Apoya las manos en la madera y sus nudillos están tan blancos que me da miedo la rabia que contienen—.

Me he cansado de que seas así, de que trates a Asher como si no valiese para nada cuando él ha sido el mejor hermano que podría tener.

Lo castigabas sin motivo, lo privabas de mi compañía, permitías que llorase solo en su habitación.

No dejabas que aprovechase las becas que le concedían y que reconocían su buen trabajo porque eso te jodía, te molestaba que fuese mejor que yo.

¿Pues sabes qué? Que lo es, porque a pesar de vuestro veneno, de todo lo que le habéis hecho, sigue levantándose cada día, sigue cuidando de mí antes que de él y me quiere.

Me quiere a pesar de que no me lo merezco.

Así que hasta aquí he llegado. No voy a continuar en un equipo del que tú —añade observando a todos los presentes—, todos vosotros, forméis parte.

—Vaya, dos dimisiones en un día. Esto es legendario.

En fin, a veces, cuando estoy nerviosa, se me da de lujo ironizar. Es un rasgo de los Caldwell me temo. Y de Juniper, que aprende rápido.

—¿Lo dejas?

Señalo la carpeta azul. Sonríe al darse cuenta del color que tiene.

—Por supuesto.

Me levanto y me sitúo al lado de Aaron. Brandon Keller y Adrian Holt se incorporan con la intención de dejarnos a solas.

—No es necesario —sentencia Aaron—. He expuesto todo lo que tenía que decir.

Me alzo de hombros.

—Yo podría seguir, pero creo que ya te han hecho mucha pupa. —Tiro de sarcasmo de nuevo. ¿Qué le vamos a hacer? Os he contado que me he levantado malota.

—Escucha, Aaron… —Prescott se acerca, y Aaron retrocede un paso.

Niega. Yo, por inercia, también.

—No. Esto tenía que haberlo hecho hace mucho. Está claro que Asher es mejor que yo en muchos sentidos —susurra mirándome a mí.

Ladeo la cabeza y lo observo, comienzo a cabecear negando de nuevo.

—Más vale tarde que nunca —pronuncio.

—Ahí está nuestra chica positiva.

Me tiende la mano y, cuando la sujeto, me abraza con fuerza.

—Me alegra que luches por él, se lo merece más que nadie. —Asiento todavía entre sus brazos.

—Me alegra que tú también lo hagas.

Salimos de allí sin prestar mucha atención a las disculpas de Prescott, que camina tras nosotros a trompicones. Tampoco a las miradas inquisitivas de Keller y Holt o a la cara roja de la secretaria.

—Te aprieta la coleta, prueba a soltártela de vez en cuando. Te gustará —le recomiendo.

La carcajada de Aaron nos acompaña hasta la salida y quizá un poco más allá.

—Eres única.

—Somos edición limitada.