Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

Sí que puede empeorar

Ash

—Puede que sea el dueño del equipo —apunta Kai.

Lleva media hora intentando darme mil motivos para odiar el espectáculo del otro día sin entender que no le hace falta nada de eso.

Ya lo hago—. Y puede que morder la mano que te da de comer sea una de las peores ideas que he tenido en toda mi vida, Ash, pero lo del otro día… ¿Lo del otro día?

—Fue una cerdada —termina Holloway. Ambos alzamos la vista lo suficiente como para encontrarnos cara a cara con nuestro portero titular, sí, justo ese que apenas habla—.

¿Qué? No me miréis así. Estoy intentando seguir mi ritual de concentración antes de enfrentarnos a los Thunderhawks, sin embargo, no dejáis de cotorrear.

O no dejas, porque, ¿en serio, Kai? ¿No te has dado cuenta de lo incómodo que está Ash?

Podría cortar diamantes con la mandíbula de lo tensa que la tiene.

Kai me observa de soslayo y termina alzando las manos a modo de defensa.

—No pasa nada —concedo.

—Sí que pasa —intercede Aaron, que se planta frente a nosotros.

Se cruza de brazos y no parece estar de muy buen humor—.

Pasa que todo tiene un límite. —El resto del equipo se reúne alrededor de nosotros y no me siento incómodo para nada, total, a estas alturas, ¿qué secreto podrían descubrir que me hiciese caer más bajo?

, ¿hay algo peor que lo que sucedió?, ¿que llegar a comprender que tus padres no te quieren ni te respetan un poco?

No, os garantizo que no—. Y creo que ya hemos llegado al nuestro.

—Ni siquiera nos señala, no hace falta porque todos entendemos a lo que se refiere.

—¿Dónde está Cassie? —pregunta Evan. Su tono es bajo y casi tímido, como si temiese represalias solo por nombrarla—. Ella… —Se pasa la mano por el pelo y aparta la vista.

—Nos cae bien —termina Duffy.

—Es la mejor —sentencia Kai—. Y no, ya no me la quiero ligar.

—Las comisuras de los labios se me alzan ante la perspectiva de que ella sea solo mía, de que me haya elegido a mí por encima de todo.

A pesar de todo—. Nos ha quedado claro lo que sientes por ella y de verdad, hermano, lo entendemos porque es fantástica.

—¡Ja! —ironiza Matt de nuevo—, pero si lo puso firme desde el primer día.

—Necesitaba a esa chica en su vida.

Tienen razón. La necesitaba. Aparto la mirada porque es real, de la misma forma en la que lo es el hecho de que no esté aquí y de que me haya abandonado porque es demasiado buena para mí como para aguantar todo lo que ha sucedido.

—No sé nada de ella —es todo lo que logro contar.

Sobre todo, porque, tras la cena, necesitaba algo de espacio para poner mis ideas en claro, cosa que es evidente que no conseguí.

Porque no era capaz de borrarme de la cabeza su gesto dolido, su enfado, la manera en la que dio la cara por mí y yo, en fin, lo jodí todo sin más. Porque la dejé marchar.

—Hablaremos de eso luego —me explica mi hermano—.

Ahora… —Se aparta unos pasos hacia atrás y nos observa a todos, uno por uno, evaluando nuestro estado de ánimo—.

Vamos a salir ahí y vamos a dejarnos la piel en el campo.

Vamos a luchar con uñas y dientes no porque sea lo que todos esperan de nosotros, sino porque es lo que nosotros mismos esperamos.

No vamos a sentirnos juzgados ni evaluados.

Solo vamos a disfrutar del juego y a ganárnoslo.

»Vamos a sentirnos orgullosos de quiénes somos juntos, del equipo que hemos formado y de…, joder, vamos a sentirnos orgullosos y punto.

Dicho esto, se da la vuelta y terminamos de colocarnos las protecciones.

Soy el último en salir del vestuario y el último en entrar en el campo.

Eso sí, soy el primero en sentir cómo el aire helado del pabellón me golpea el rostro y me despierta por completo.

El rugido de las gradas retumba, grave y eléctrico, y por un segundo olvido todo lo demás.

Solo existe el hielo. El sonido de las cuchillas cortando la superficie, los golpes secos de los sticks contra el disco, el latido sincronizado de un equipo que intenta volver a creer en sí mismo.

Antes de que todo arranque, desvío la mirada hacia el túnel. Cassie siempre está allí y hoy…, hoy no hay nadie. Donahue me sonríe desde el banquillo entendiendo que me falta algo. Asiente y me guiña un ojo.

El silbato suena y todo arranca. Me lanzo hacia delante y la adrenalina se mezcla con la rabia, con la culpa, con ese vacío que ella ha dejado dentro.

Mis piernas se mueven antes de que mi cabeza piense.

Mi stick roza el disco, lo controlo, esquivo a un defensa y escucho a lo lejos la voz de mi hermano gritar una jugada.

Paso. Giro. Recupero. Caigo y me levanto sin pensar.

En el banquillo, los golpes de ánimo suenan como tambores de guerra.

Cada pase acertado, cada parada, cada segundo que mantenemos el marcador en pie, me arranca un trozo del peso que llevo dentro.

Y cuando el disco vuelve a mis manos, justo antes de lanzar, la veo en mi mente.

No su cara dolida, sino su sonrisa, esa que siempre me hace sentir capaz de todo.

Y puede que Aaron quiera que nos sintamos orgullosos de nosotros mismos mientras jugamos, en cambio yo solo pienso en si Cassie estará viendo este partido, si sentirá la emoción con cada golpe certero que doy, si aplaudirá cuando marque o si se le encogerá el pecho cuando falle.

No me lo pienso y disparo. El sonido del impacto es limpio, seco, perfecto.

La red se agita y el público estalla. Busco la cámara.

Todas me enfocan en este instante, todas lo hacen, y yo simplemente guiño un ojo.

Solo por si ella está ahí, al otro lado.

Porque puede que no me merezca a Cassie, pero sí que quiero ser la mejor versión de mí mismo solo para ella.

Por un instante, mientras mis compañeros me rodean y el hielo se llena de gritos, me permito creer que tal vez eso, luchar, levantarse, seguir adelante, aunque duela, también es una forma de ir hacia ella. De intentar, desde donde estoy, ser alguien digno de que vuelva.

Cuando el partido termina, cuando hemos recogido nuestras cosas, cuando vuelvo a ser el último en abandonar el vestuario, Aaron me espera por fuera, con la mochila al hombro y los brazos cruzados frente al pecho.

—Es hora de que hablemos —me explica. Asiento y lo sigo por pura inercia—. No te vas a creer lo que ha pasado.