CAPÍTULO 49
No soy nada
Ash
—Asher, ¿y sigues intentando mantener tu buena reputación con esos pequeños proyectos que todos vimos en la recaudación?
Me contaron que fuiste y me sorprendió bastante.
No entendía qué podías obtener de ello, estaba claro que no era solo por tu bondad.
—Porque no la hay, ¿verdad?—. Sino porque era importante para limpiar tu reputación. Buen trabajo, Cassie.
El golpe es brutal. Cada palabra que suelta lleva con ella la intención de recordarme que soy un fracaso, que no encajo en este mundo de opulencia y apariencias.
Cassie deja escapar un suspiro suave, como si necesitara tragar aire para no intervenir.
Yo me siento atrapado, culpable por arrastrarla a esto.
—Al menos hay alguien aquí que parece apreciar mi esfuerzo —murmuro con la voz contenida.
—Bueno —replica mi padre con su sonrisa perfecta—, algunos necesitamos resultados concretos, tangibles. No todos podemos vivir en la fantasía de que las intenciones bastan.
Mi mirada se cruza con la de Cassie. Permanece en silencio, mirándome, intentando infundirme ánimos y darme fuerza.
Y yo me doy cuenta de que la única forma de protegerla de esta jauría no es enfrentándome a ellos, sino alejándome.
Porque cada comentario que escucho, cada mirada crítica, me recuerda lo que pienso en el fondo: que no debería estar aquí, que jodo todo lo que toco y que estar conmigo podría arruinarla también a ella.
A su futuro. Su esfuerzo, lo que tanto le ha costado conseguir y por lo que tanto lucha.
¿Tengo derecho a eso? ¿Tengo derecho siquiera a que sufra por mi culpa? Este es el trabajo de sus sueños, ella misma lo ha dicho, se lo ha ganado. Ha trabajado duro, y yo…, yo solo jodo todo lo que toco. Como siempre he hecho.
Como siempre haré.
—Siéntete orgulloso de tus pequeños logros, Asher —agrega Cassie, rompiendo el silencio con suavidad y firmeza—.
No todos entienden lo que significa levantarse cada día y seguir adelante, incluso cuando todo está en su contra.
Incluso cuando las personas que tienen que estar contigo, a tu lado, no lo hacen, sino que se convierten en obstáculos.
Donahue asiente ante sus palabras y Kai también lo hace.
Sé que debería reconfortarme, que debería hacerlo y, sin embargo, no siento nada bueno dentro de mí.
Tal vez sea porque no lo hay. Porque nunca ha habido nada destacable.
Quizá es por eso por lo que mis padres no me quieren, porque no hay nada en mi interior que querer.
Alzo la vista y me encuentro con la sonrisa de Cassie.
No es una sonrisa cualquiera, es de cariño y de afecto.
Está llena de esperanza y en ella veo que apostaría todo por mí sin que yo se lo pidiese.
Lo sé, porque yo siento lo mismo por ella.
Porque yo también dejaría ir eso que tanto quiero solo para darle lo mejor, para que no sufra.
Para que encuentre a alguien que sí que valga la pena.
La conversación continúa, pero el aire se ha espesado.
Nadie toca el vino. Ni siquiera Evan se atreve a romper el silencio con uno de sus comentarios torpes y bienintencionados.
La tensión es casi física, un hilo invisible que une los extremos de la mesa y amenaza con partirse de un momento a otro.
Mi madre ladea la cabeza, ese gesto medido que utiliza cuando va a lanzar una estocada disfrazada de cortesía.
—Qué discurso tan conmovedor, Cassidy. Realmente tienes madera para… ¿Cómo lo llaman? Ah, sí, supongo que motivar, ¿no es cierto?
Cassie traga saliva, la sonrisa aún baila en su rostro y, a pesar de ello, se nota el temblor leve en sus manos.
—Solo digo lo que pienso —responde con calma.
—Claro, claro —concede mi padre, interviniendo con ese tono que parece amable hasta que deja de serlo—.
Tienes una manera muy inspiradora de ver las cosas.
Aunque, por supuesto, entiendo que hay diferencias de perspectiva.
Quienes no han tenido que construir nada por sí mismos suelen ver el esfuerzo de los demás como algo utópico.
Tal vez incluso hayas podido romantizar la situación en vez de ceñirte a tu trabajo.
El estómago se me revuelve. Lo sabe.
—No hace falta que…
—No, déjalo, Asher —contrataca ella de nuevo con un tono inflexible y seguro—. Entiendo lo que quiere decir.
Su voz no tiembla. La mía sí.
—No, no lo entiendes.
—Claro que sí. Entiendo que hay gente que necesita rebajar a los demás para seguir creyendo que están por encima.
Mi madre sonríe, aunque en su mirada brilla algo venenoso.
—Qué carácter, querida. Es refrescante, aunque un poco peligroso en ciertos entornos. A veces, hablar demasiado puede cerrar puertas que un día costaron mucho abrir.
Una amenaza implícita.
Cassie se endereza. Y sé que, en ese instante, la está desafiando porque ella también lo ha entendido.
—Si esas puertas solo se abren para quienes saben callar ante las injusticias, entonces tal vez no valga la pena cruzarlas.
Silencio. El tipo de silencio que corta la respiración.
Aaron no parece estar disfrutando de nada de esto, ha dejado a ambos lados sus cubiertos y está más que dispuesto a largarse de aquí.
Mi padre bebe un sorbo de vino y sonríe.
—Me gusta cómo piensas, Cassie, aunque no todos podemos permitirnos el lujo de ser tan idealistas.
—Ni tan cínicos —alega ella sin apartar la mirada.
Kai suelta una risa nerviosa, como si quisiese disipar el mal rato.
—Bueno, bueno, ¿por qué no brindamos? Por la pasión. Que, por lo que veo, no falta en esta mesa —propone mi padre.
Nadie levanta la copa. Yo sigo mirando a Cassie. Me doy cuenta de que la admiro tanto que me duele. Que su fuerza es lo que más amo y lo que más temo. Y que nunca, nadie, había dado la cara por mí de esta forma. Ni de ninguna otra, ya puestos.
Y también sé que la van a destrozar si sigue haciéndolo. Porque en esta casa todo lo que se sale de la norma acaba aplastado. Mi madre apoya la copa sobre el mantel con un leve tintineo.
—No sé qué te habrá contado mi hijo, pero aquí nadie está atacando a nadie. Solo queremos lo mejor para Asher. Y, sinceramente, a veces dudo que sepa siquiera lo que eso significa.
—A lo mejor nunca ha tenido oportunidad de descubrirlo —suelta Cassie sin dudar.
—Oh, querida —interrumpe mi madre con un suspiro forzado—, todos tenemos oportunidades. Lo que diferencia a las personas es lo que hacen con ellas.
Me río, sin humor.
—¿Oportunidades?, ¿te refieres a la beca que me negaste para no avergonzar el apellido?, ¿o a las veces que dejaste claro que preferirías no presentarme como tu hijo? —Observo a mi hermano, que aparta la mirada unos segundos de más. Porque él sí que ha disfrutado de todo eso.
—Asher —agrega mi padre con tono de advertencia—, no conviertas esto en una escena.
—Ya lo es —responde Cassie, bajando la voz, con los ojos brillantes—. Lo ha sido desde que nos sentamos a la mesa y habéis comenzado a atacarlo sin siquiera dudar. —Me señala.
Mi madre suelta una risita. Joder, Cassie está muy enfadada. Mucho.
—Supongo que es natural que quiera defenderte. Los jóvenes se ciegan con facilidad.
—¿Cegarse? —repito—. No, mamá. Lo que pasa es que ella me ve. Cosa que tú nunca has hecho.
El golpe cae seco. La mano de Donahue se detiene a medio camino hacia la copa. Aaron se reclina hacia atrás, incómodo con el espectáculo. Mi madre, en cambio, ni se inmuta, al contrario, parece disfrutarlo.
—No te equivoques, Asher. Te he visto siempre. Simplemente, nunca terminó de gustarme lo que había.
Cassie ahoga una exclamación, y a mi lado Donahue se tensa. Yo me quedo quieto, helado. Mi padre carraspea, incómodo. Es la primera vez que lo pronuncia sin ambages, tan abiertamente y con tanto público presente.
—Cariño —susurra mi padre colocando su mano sobre la de ella.
No la reprende, no lo niega, solo le pide que pare para no montar ese tipo de escenas.
—¿Qué? ¿He dicho algo que no sea cierto?, ¿algo que no pensemos? —replica ella, todavía con esa serenidad cruel—. Tal vez si no se empeñara en culpar al mundo por sus fracasos, estaría en otra posición.
Cassie se levanta un poco, los nudillos blancos sobre la mesa.
—No vuelvas a hablarle así.
Mi madre arquea una ceja.
—No sabía que necesitara abogada. Una niñera sí, una defensora no.
—No la necesita. De hecho, no necesita ninguna de las dos cosas.
Ash es un gran chico y merece respeto, puede que vosotros tengáis mucho dinero y mucha clase, pero os falta lo más importante de todo.
—Hace una pausa y las mejillas se le encienden de la furia contenida—. No tenéis corazón —añade Cassie.
—Cassie, no pasa nada —murmuro intentando calmarla, aunque la voz me sale rota. Ella me mira, con esa mezcla de ira y ternura que me mata por dentro.
—No, Ash. No puedes seguir dejándoles hacer esto.
—Ya está —digo—. No importa.
—Sí que importa. Claro que importa. Por supuesto que importa.
No puedo permitir que ella lo pague, que pierda todo por lo que ha luchado.
—Cassie —repito, más bajo, y al pronunciar su nombre se me quiebra algo dentro.
Mi madre sonríe con esa victoria silenciosa que tanto detesto.
—Tienes buena intención, cariño, aunque quizá no deberías involucrarte tanto. Asher tiene un talento especial para arrastrar a los demás a la oscuridad.
—Mamá, basta —gruño.
Ella levanta una ceja.
—Solo digo la verdad. No quiero que ninguna joven encantadora se vea afectada por sus malas decisiones.
Cassie aprieta los labios, sin embargo, no responde.
Y ahí lo sé. Sé que he perdido la partida.
No porque ella me haya soltado la mano, sino porque yo voy a hacerlo por ella.
Para protegerla, porque puede que mis padres tengan razón y puede que yo sea solo oscuridad. No merece que nadie apague su brillo.
No merece que sea yo el que lo apague. Porque es lo único que puedo hacer para protegerla. A partir de ese momento, las palabras dejan de tener sentido. Todo se convierte en ruido. Cubiertos que chocan contra la porcelana más cara, risas forzadas, el murmullo constante de conversaciones vacías.
Y yo solo veo a Cassie al otro lado de la mesa, intentando sostenerme la mirada. La evito. No quiero que vea la decisión que ya está formándose dentro de mí.
Ella merece un mundo que no tenga mi nombre.
Cuando la cena termina, nadie menciona lo ocurrido. Mi madre abraza a Aaron, mi padre comenta algo sobre negocios, y Donahue se despide con un apretón de manos torpe. Cassie me espera junto a la puerta con la chaqueta entre los brazos y el rostro aún encendido.
—¿Podemos hablar? —pregunta.
Asiento, aunque sé que no debería.
Salimos al jardín, el aire frío me golpea el rostro como una advertencia. Cassie se cruza de brazos.
—No puedes dejar que te traten así, Ash. No puedes dejar que crean que tienen razón.
—Cassie, no lo entiendes…
—Sí que lo entiendo.
—No, no lo haces.
—Te están destruyendo, y tú se lo estás permitiendo.
Doy un paso atrás.
—Y si es lo que merezco, ¿qué?
Ella se queda en silencio. Petrificada. Asimilando mis palabras o intentando entender si ha escuchado bien.
—No digas eso. No te mereces nada de lo que esa gente te hace. —Avanza hacia mí y yo retrocedo porque, si me toca, si me toca no podré soltarla nunca.
—Es la verdad. Todo lo que toco lo rompo, Cassie. Y no pienso dejar que tú seas lo siguiente en caer conmigo.
—No me estás haciendo un favor alejándome —pronuncia con la voz temblorosa—. Me estás castigando por quererte.
Yo cierro los ojos. Por quererme. Me quiere… Dios, me quiere.
—Lo siento. —Si la miro, no podré hacerlo.
—No —responde—. No lo sientes. Solo tienes miedo. Pero ¿sabes qué? Que pase lo que pase, Ash, yo estaré aquí. Cuando te entre en esa cabezota tan dura que tienes, Ash, seguiré aquí.
Cuando la oigo marcharse, cuando escucho sus pasos sobre la grava y asumo que ese es el sonido más devastador que he escuchado nunca, me vengo abajo.
Y me quedo ahí, entre los ecos de la cena, el olor a naranjas que tanto me gusta y la certeza de que no sé lo que acabo de hacer, sin embargo, sí que sé que no me gusta nada.
Nada de nada.
—Yo también te quiero —pronuncio a pesar de que ya no pueda escucharme.