CAPÍTULO 48
Lobos con piel de cordero
Ash
—Estás casi tan tenso como la cuerda de un violín.
He hecho un barrido por la sala nada más cruzar la puerta. Mi padre se ha alejado con Cassie, supuestamente, para presentarle a algunos de sus amigos y socios inversores. Perdonadme si no me creo esa patraña.
Brandon Keller y Adrian Holt están junto a mi madre. Ni siquiera se ha acercado a saludarme, solo alzó su copa en mi dirección y me sonrió fingiendo que todo es maravilloso. Es evidente que, en su mundo, lo es. Imagino que porque yo no formo parte de él.
Todo esto me da muy mala espina. No tenía que haber venido.
No tenía que haber venido.
Y lo hice. Por ella. Porque quiero que Cassie se sienta bien, que demuestre su valía ante esta jauría de lobos, que, a la mínima de cambio, buscarán cualquier resquicio para joderle la vida. Como han hecho conmigo. Como lo intentaron hacer en la recaudación de fondos.
Suspiro y dejo que el aire abandone mis pulmones proporcionándome esa sensación ardiente que me hace recordar quién soy y lo que valgo para ellos.
—Lo sabe —sentencio.
Mi hermano se sitúa a mi lado y se dedica a contemplar la calle en la que nos hemos criado, donde me enseñó a montar en bici porque mi padre no tenía tiempo para hacerlo.
No conmigo, con él por supuesto que sí. O donde nos sentábamos a dibujar con tizas o a comernos un bocadillo de mermelada de naranjas. Mi favorita.
Aparto la vista y la busco entre la multitud. Sonríe y parece…, parece estar bien, desenvolverse bien entre ellos mientras que yo…, yo no puedo hacerlo. No encajo en este ambiente. No encajo en ningún lugar.
—¿De qué hablas?
—De Cassie. De lo nuestro. Lo sabe.
El suspiro largo y poco comedido que suelta Aaron llena el silencio entre nosotros. Se pasa una mano por la nuca. Sé que está buscando las palabras adecuadas o al menos lo intenta porque, al final, solo niega despacio.
—No lo sabe —asegura con voz baja, casi resignada.
Me sorprende que después de todo, después de las cosas que ha presenciado, siga confiando en ellos tan ciegamente.
—Claro que lo sabe. Mira cómo nos observa. —Lanzo una mirada rápida hacia mi padre. Está riendo, perfecto, como siempre, pero sus ojos me siguen, calculadores, fríos—. Lo intuye, al menos.
Aaron no responde. Solo aprieta los labios y da un trago a su copa, la mirada fija en algún punto del jardín. La brisa mueve las luces del exterior y por un segundo me parece volver a ser aquel crío al que le temblaban las manos cuando intentaba encajar en un sitio que no era suyo.
—¿Y qué más da, Asher?, ¿qué importa que lo sepan?, ¿acaso te avergüenzas de ella?, ¿de tus sentimientos hacia Cassie?
Me giro y me enfrento a mi hermano.
—¿Estás hablando en serio, maldita sea?
—Muy en serio —concluye él—. No puedes pasarte la vida huyendo de esto, Asher —murmura.
—No estoy huyendo. No lo hago —arguyo.
—Sí lo estás haciendo. Huyes de todo lo que crees que puede hacerte daño. Huyes de ti mismo. Sobre todo, de ti mismo. No te cuidas, no te valoras como debes… —Mi hermano suspira resignado.
Sus palabras me atraviesan. No porque sean duras, sino por la verdad que encierran las mismas. Me tenso aún más, porque ese simple reconocimiento se convierte en una confesión que no debería haber hecho en voz alta.
No muy lejos de aquí, Cassie suelta una risa suave. La escucho incluso a esta distancia y me basta para volver a respirar. Está hablando con mi padre. Y, aunque me mata no poder intervenir, me reconforta saber que sigue allí, plantándole cara a todos ellos con esa luz que parece no apagarse nunca.
—Si esto sale mal, la destrozarán. Yo la destrozaré y eso es lo último que quiero —susurro.
Porque soy experto en joder todo lo que toco. Todo lo que quiero. Y mi padre está versado en eso, sabe cómo utilizar mis puntos débiles en mi contra.
—Entonces asegúrate de que no puedan hacerlo en esta ocasión —responde Aaron con un tono tranquilo, fraternal, casi de consuelo.
Lo miro. Querría creer que es tan fácil, pero no lo es.
Desde el salón llega el tintineo de copas y la voz de mi madre invitando a todos los presentes a ocupar su sitio. Cassie se gira, buscándome entre la multitud. Y, cuando nuestras miradas se cruzan, todo el ruido desaparece por un instante.
Respiro hondo y avanzo hacia el interior, como quien camina directo al incendio sabiendo que, esta vez, no puede darse media vuelta. Algunos de mis compañeros me empujan, y yo me dejo hacer. Kai alza las cejas sin entender que es lo que sucede
Tomamos asiento, ¡cómo no!, en los lugares que nos han sido encomendados. Cassie no está a mi lado, se sienta justo enfrente y me guiña un ojo cuando me coloco la servilleta sobre los muslos.
Parece que me grita desde la distancia que todo va a salir bien. Donahue está a mi lado y me palmea la espalda con cariño. Con mucho más cariño que el que mi padre o mi madre me han demostrado nunca.
Aaron, por el contrario, está sentado justo a la derecha de mi madre, encabezando la mesa. ¿Por qué debe sorprenderme eso siquiera? No debería hacerlo. Tampoco debería dolerme y, sin embargo, lo hace.
Siento la presión bajo la piel, como si todo mi cuerpo recordara de golpe que aquí no hay espacio para nadie que no cumpla sus expectativas. Y es más que evidente que yo he sido experto en no hacerlo jamás.
Mi madre se inclina ligeramente hacia mí con su sonrisa más perfecta en los labios.
—Asher, me alegra verte. Me han comentado que tu conducta ha mejorado en estas últimas semanas. Por fin estás comportándote como se espera de ti.
Río por dentro, solo por dentro. Las palabras me atraviesan y la sensación de ser insuficiente se clava más profundo que nunca. Cassie baja las manos hasta colocarlas debajo de la mesa y me observa, consciente de cada matiz de mi incomodidad. Solo su mirada me da fuerza.
—Bueno —continúa mi padre con un tono del todo venenoso—, sabemos que no todos nacen para hacer grandes cosas.
Algunos deben conformarse con ser segundas opciones.
Aaron es el que de verdad está haciendo un excelente trabajo esta temporada.
Está guiando el equipo de forma impecable, ¿a que sí, Donahue?
El estómago se me revuelve. Me esfuerzo por sonreír, por no dejar que mi rostro delate el daño que me provoca y por alegrarme por mi hermano porque, a pesar del desprecio que mi padre me dedica, es real que Aaron está haciendo un gran trabajo.
—Bueno, Asher también está haciendo una temporada magnífica. Siempre lo ha hecho y esta vez…
—Por supuesto —lo corta mi padre antes de que continúe.
Dios, cómo odio esto. Observo la cara de mis compañeros, que parecen no entender lo que sucede aquí.
Quiero que el suelo me trague. Quiero gritar, que alguien me saque de aquí, que Cassie me lleve lejos y cierre la puerta del mundo exterior, ir a comernos ese perrito caliente y no salir de su habitación en semanas.
Pero no puedo. Solo puedo sentir cómo cada comentario, cada pequeña puñalada disfrazada de preocupación, me aplasta un poco más.
Y más.
—Oh, y no te preocupes, Asher —añade mi madre, con esa calma que solo los que no sienten culpa pueden fingir—. Todos tenemos que aprender a aceptar que no siempre podemos estar a la altura de lo que los demás esperan de nosotros. Algunos fracasan, otros sobreviven.
Cassie frunce ligeramente el ceño. Sus manos vuelven a estar sobre la mesa y sus dedos se entrelazan.
Respira hondo y sé que está conteniéndose, intentando no lanzarse a la mesa y devolver cada golpe con su propia lengua afilada.
La conozco demasiado bien, de verdad que es una buena chica, de esas que no toleran las injusticias, aunque esta vez lo hace por mí.
Supongo que mi cena no tiene nada que ver con la suya y debe de haberse dado cuenta.
—Tal vez Asher solo tenga un enfoque distinto —añade al final, con voz firme y calmada—. La creatividad no siempre se mide por resultados tangibles, señor. A veces se mide por el impacto que uno deja en los demás.
Silencio. Cassie siempre logra cortar la tensión, pero ahora también atrae la mirada de todos hacia ella. Mi madre arquea una ceja y puedo sentir cómo la tensión sube varios grados.
Lo sabe. Y va a ir a por ella.
—Qué encantadora perspectiva. Cassidy, ¿verdad? Sí, eso es, la chica que han contratado para que Asher se comporte por fin. Parece que has hecho un buen trabajo con él. Mejor de lo que pensábamos, quizá sea porque habéis estrechado vuestra relación, ¿verdad, Prescott?
La estocada es directa, solo que la han envuelto en terciopelo porque ellos son expertos en eso: en lanzar la puñalada y fingir que no la han clavado hasta hacerte sangrar.
Cassie aprieta los labios. Yo siento que el mundo se estrecha a nuestro alrededor.
Cada palabra, cada mirada, me recuerda que no solo están atacándome a mí, sino también a ella, de manera sutil, para que sienta que pertenece a un mundo que no la aceptará nunca.
Como si ella necesitase eso, porque ella es mejor que todo esto.
Intento mirar hacia otro lado, aunque la visión de Cassie resistiendo me desarma. Su firmeza me hace querer protegerla, incluso si eso significa tragarme todo el dolor que me lanzan encima. Y ahí está la verdad que no quiero admitir, no puedo soportar que la hieran por estar conmigo.
Cruzo una mirada con Aaron que niega en repetidas ocasiones.
«No entres en su juego», me grita desde la distancia.
—Es admirable que ella piense así —suelto un susurro apenas audible—. Si todos fueran un poco más como ella…
Sin embargo, nadie escucha mis pensamientos. Y mi madre continúa haciendo lo mejor que se le da: romperme en pedazos.