CAPÍTULO 47
El espectáculo está servido
Cassie
—No pasa nada —susurro todavía dentro de la camioneta.
No era mi intención venir con Ash, de hecho, no era mi intención acercarme a él hasta que todo esto hubiese pasado, pero al ver su cara, al comprender y empatizar con cómo debía de estar sintiéndose, fue instintivo.
Innato. No podía dejarlo solo, no cuando soy capaz de hacerme a la idea de cómo se siente.
Y, en este instante, para Asher Maddox las sensaciones tienen que ser muy similares a las de atravesar el corredor de la muerte o caminar descalzo sobre un suelo lleno de ascuas.
—Lo sé —musita él intentando hacerse el duro—. No me mires así, Cassie, no necesito que me hagas sentir vulnerable.
Algo muy primitivo se agita dentro de mi interior. Mi instinto de protección. El amor…
—Créeme, no te miro de esa forma —me sincero.
Suspira con fuerza y se lleva las manos a las sienes. Las masajea. Apuesto a que le duele la cabeza y no habrá pastilla o chantaje emocional que pueda solucionar esa incomodidad porque es tensional.
Lo comprendo, en serio, no es plato de buen gusto para nadie. Ni siquiera para mí, sin embargo, es sumamente valiente que haya aceptado venir. Y estoy orgullosa de él. De quién es. De la bondad que sigue habiendo en su interior a pesar de que no ha recibido más que migajas de cariño por el camino.
—Odio esta mierda, ¿lo entiendes? No soporto tener que estar aquí y fingir que somos una familia feliz, unida, y que esa gente de ahí dentro me importa. Porque no es así.
Sé de quién habla y sé a quién se refiere.
No ha sido él el que me explicó del todo cómo fue su infancia, Aaron develó muchas incógnitas y rellenó muchos huecos que estaban vacíos y a la espera de ser descifrados, y ahora, sin embargo, entiendo lo que sucede.
Comprendo por qué se comporta de esa forma y, si fuese por mí, evitaría a toda costa cualquier interacción con su familia.
De hecho, me encantaría estar en cualquier otro lugar, pero también entiendo que esto forma parte de lo que somos e, insisto, no gana quien puede sino quien quiere.
—Tú solo hazme una seña y nos marchamos.
Nos escabullimos y podemos ir a comernos un perrito caliente hecho con carne de rata a cualquier puesto.
He estado investigando —le explico— y en Vancouver también los hay.
Ya sé que te encanta y soy una buena niñera.
Hago bien mi trabajo y me implico al cien por cien.
Consigo lo que busco y las comisuras de los labios se le alzan solo para demostrarme que la tensión, que hasta ahora se cortaba con un cuchillo sin apenas filo, al menos se ha disipado. No eliminado. No borrado, pero sí ha desaparecido por un rato.
—Gracias por hacer esto por mí.
—Bueno, a ver, no te precipites. Lo hago porque es mi trabajo, digamos que tú solo eres un daño colateral.
—Uno muy guapo.
—El más guapo de todos, para ser más exactos.
Me regala una de esas sonrisas que hacen que me explote el pecho.
Al principio, cuando lo conocí, pensé que su deporte favorito, obviando el hockey y meterse en líos, era marcar distancia, convertirse en un enigma y explotar esa faceta suya de «chico malo que hace lo que le sale de la punta de la nariz».
Lo que no imaginé es que sí, que podía ser todo eso y también un chico atento y cariñoso, cercano y bromista, preocupado por los que le importan.
Y un chico que sufre por los que quiere que le elijan y no lo hacen.
Este último pensamiento me rompe el corazón.
—Venga, vamos, Ash, que nosotros podemos con esto y con más. No te has enfrentado a todos esos contrincantes y te has convertido en Terremoto Maddox por nada —le recuerdo.
—¿Te cuento un secreto?
—¿Eres una chica? De ahí que tengas ese culito tan respingón. —Le lanzo un mordisco como hizo él hace tiempo. Como hizo esta misma mañana cuando amanecí con su cabeza entre mis piernas.
—Me siento utilizado —bromea.
—No finjas que no te gusta.
Me coloca una mano sobre el muslo y cuela los dedos por debajo de mi falda.
—¿Te gusta mi falda? —le pregunto.
Todavía recuerdo cómo hace meses le formulé esa misma cuestión solo que refiriéndome a mis pantalones de deporte.
—Me gusta lo que hay debajo. Todo lo que hay debajo.
Me ruborizo porque, bueno, en fin, insisto, no es que no me sienta segura de mi cuerpo, porque no es de esa forma, pero en ocasiones, cuando habla con esa convicción y cuando me demuestra con hechos que es cierto, pienso en la suerte que tengo de haberlo conocido y de haberme enamorado de él.
«Deberías decírselo, Cassie».
«Luego. Lo haré luego».
—Me siento utilizada —repito sus palabras.
—No finjas que no te gusta —contrataca devolviéndomela.
Chasqueo la lengua y le aprieto la mano antes de que siga subiendo y demos un espectáculo.
—Por mucho que me fascine este juego —le digo, y alza una ceja, expectante—, tienes un secreto que desvelarme —le recuerdo.
Observa el techo de la camioneta unos instantes.
Me encantaría explicarle que no, que ahí no va a encontrar el secreto de la eterna juventud ni tampoco un puente interdimensional por el que colarse y desaparecer para materializarse de nuevo cuando la cena ya haya pasado.
Por el contrario, solo le aprieto el muslo.
—Odio que me llamen así, odio la etiqueta. Odio lo que representa y odio todavía más esa parte de mí, la que finjo ser, la de que nada me importa o duele cuando sí que lo hace.
Suspiro de nuevo.
—Y pensar que yo estaba casi convencida de que eras de esa clase de tíos que se regodeaban en los titulares solo para hinchar su ego.
Una media sonrisa se forma en sus labios, la misma que apareció al principio, cuando creí que entre los dos no había más que provocación. Ahora sé que era defensa.
—Bueno, no me malinterpretes, nunca está de más que hinchen mi ego. Puedes empezar haciéndolo tú —me propone con esa voz rasgada llena de promesas por cumplir.
—Venga, es hora de entrar en esa casa.
—Aguafiestas —pronuncia.
Me bajo de la camioneta antes de arrepentirme y buscar el agujero interdimensional yo también y avanzo unos pasos.
Le doy un poco de espacio porque es lo mínimo que se merece.
Me dedico a observar fascinada la enorme casa que se abre paso frente a mis ojos.
Es de lo más elegante. De esas que parecen sacadas de una revista, con una fachada blanca impecable, ventanales altísimos y columnas que enmarcan la entrada como si se tratara de un pequeño palacio moderno.
El porche se extiende a ambos lados, rodeado de buganvillas en flor y luces cálidas que se encienden poco a poco, dándole un aire casi mágico.
El sonido del agua de una fuente cercana rompe el silencio y el perfume del jazmín flota en el aire, dulce y envolvente.
Todo resulta tan perfectamente dispuesto que por un instante me cuesta creer que alguien viva aquí y no sea un simple escenario preparado para impresionar.
Y, a pesar de todo, me pone los pelos de punta.
Inspiro y, cuando Asher se coloca a mi lado, caminamos en dirección a la entrada.
—¿Y tu carpeta blanca?
—No combinaba con mi atuendo —replico con sorna.
—Me extraña, contigo combina todo. Aunque yo lo que más.
Ruedo los ojos porque, sí, es un comentario muy Asher Maddox y eso le arranca una risa.
Cuando estamos justo frente a la puerta, saca el teléfono y lee un mensaje.
—Aaron ya está aquí.
—Tranquilo —susurro. Y no sé si se lo digo por infundirle ánimos, por dármelos a mí misma o por rogarle al universo que esta cena no se convierta en un desastre—. Todo va a salir bien.
Asiente y nuestras manos se encuentran en una breve y cálida caricia. Delicada incluso. Estamos cerca, muy muy cerca y, a pesar de todo, lo siento demasiado lejos.
El aire entre nosotros crepita, se vuelve denso, cargado de algo que ninguno se atreve a etiquetar.
Su mirada baja a mis labios y la mía se queda atrapada en la suya, azul e imponente, y estoy casi convencida de que me encantaría que el mundo entero decidiese detenerse justo en ese segundo porque no hay ruido ni nervios ni cena familiar esperándonos del otro lado de la puerta. Solo él. Solo esto.
Su respiración roza la mía, y por un instante pienso que va a hacerlo. Que va a borrarlo todo, la confusión, el miedo, el caos, con un solo beso.
La puerta se abre y una figura aparece bajo el marco, sonriendo como si no acabara de interrumpir el momento más peligroso de la noche y se sintiese sumamente orgulloso de ello. Apuesto a que es de esa forma.
—Cassidy —pronuncia Prescott Maddox con un tono nada conciliador—. Llegáis justo a tiempo —dice y en su mirada veo reproche e inquina.
Lo sabe. Lo sabe.
El sobresalto me devuelve de golpe a la realidad. Me separo de inmediato, dando un paso atrás tan rápido que casi tropiezo con el escalón. Asher se pasa una mano por el pelo, fingiendo una calma que no engaña a nadie, mientras yo intento recomponerme.
—Sí, llegamos justo a tiempo —pronuncio yo también nada convencida.
Damos un paso al frente y así es como da comienzo una cena normal en el infierno.