CAPÍTULO 44
Falsamente inesperado
Cassie
—Cassidy, justo esperaba encontrarte aquí.
Me giro, carpeta en mano, solo para comprobar que Prescott Maddox es el dueño de esas palabras.
No os dejéis engañar por el tono sumamente cordial, tampoco por la sonrisa jovial que me regala ni por su actitud de no haber roto un plato en su vida.
Este hombre siempre me ha provocado escalofríos, sin embargo, ¿ahora?
Sabiendo lo que sé, lo que esconde, me provoca cosas mucho peores, de esas que una chica buena no debería siquiera imaginar.
Qué puto asco le tengo.
Si de falserío va la cosa…
Le regalo una sonrisa edulcorada. Me temo que enseño encías a tope.
—Señor Maddox, ¿qué tal todo?
Presiono mucho más la carpeta contra mi pecho porque las ganas de estampársela contra la cara crecen casi tanto como las compresas cuando salen a bolsa. ¿Qué? Eso tiene que ser la mar de beneficioso, ya sabes, productos de primera necesidad y esas cosas.
Se apoya contra la pared, a tan solo unos metros de distancia, y la pierna derecha reposa flexionada contra la misma.
Lo primero que pienso es que hay que ser muy maleducado para manchar las paredes, por muy caros que sean esos zapatos que lleva, y que Connor tenga luego que pasar un borrador mágico por ella sin merecerlo siquiera.
Lo segundo que pienso es que teniendo en cuenta que este señor no tiene sentimientos, pues supongo que la pared y Connor son la menor de sus preocupaciones.
—Bien. De hecho, mejor que bien. Supongo que te pasa lo mismo a ti, ¿no? Te noto… feliz.
Sí, hasta que llegó usted. Y su zapatazo en la pared.
Ladeo la cabeza y me acerco. Abandono la zona en la que me encontraba, esa desde la que se puede ver a la perfección cómo se desarrolla el partido.
Ash y Aaron no exageraron ni una pizca cuando aseguraron que los Snow Ravens eran unos rivales a tener en cuenta, ni siquiera cuando el entrenador Donahue esta mañana los hizo venir con más antelación de la normal para concentrarse en el partido.
«Yo ya estoy concentrado, fierecilla, de hecho, toda la concentración que necesito está entre tus piernas.
Demasiado lejos de mi lengua en este instante, a mi parecer».
Esas fueron las palabras de cierto extremo derecho antes de salir huyendo de entre sus brazos.
Cosa que me costó mucho y que tuve que hacer, porque estaba claro que uno de los dos tenía que ser el cabal y claro está que yo no lo soy demasiado —sobre todo teniendo en cuenta mis antecedentes, sí, sí, esos de: «donde tienes la olla no metas…
» justo esos, sí— y, a pesar de todo, pude esquivarlo.
Debería sentirme orgullosa por ello, que lo sepas.
—No me puedo quejar. —Es una respuesta de lo más válida, ¿no?
Prescott me examina y no de una forma que me agrade, lo hace de una manera intimidatoria.
La mirada que me lanza es de esas que buscan acobardar a cualquiera o quizá, en su caso, dejar claro quién tiene el mango de esta sartén.
Por si queda alguna duda, todos sabemos que es él.
Lo que me lleva a la siguiente conclusión: lo hace porque le encanta atemorizar, ser el dueño y señor del cotarro. Y se le da genial, ya puestos.
—Bien, me alegro —finaliza esbozando una sonrisa que de sincera tiene poco y de hipócrita tiene demasiado—.
Este sábado, antes de que volemos en dirección a Philadelphia, daré una cena en casa.
Nada importante, es una reunión de equipo para estrechar lazos.
Me gusta hacerlo de vez en cuando porque el compañerismo es importante en todos los ámbitos de los Wild Warriors, no solo con los jugadores, ya que me consta que después de cada partido se reúnen y bromean y también me consta que has ido con ellos.
—¿Veis? Imposición jerárquica pura y dura.
Él lo sabe todo, y yo no sé nada. Me siento como John Snow en Juego de Tronos —. Así que se requiere tu presencia.
Requerir no es un sinónimo de elegir, por lo que ya sabemos que sus palabras no esconden más que una invitación con parada obligatoria o algo similar, aun así, asiento porque es lo que se supone que se espera de mí, ¿no?
—Por supuesto. Allí estaré.
—Confío en que Asher también. Supongo que, estando tú, todo será mucho más sencillo.
Y ahí está de nuevo esa condescendencia que me eriza el vello de todo el cuerpo. Y también está lo que no se pronuncia con palabras.
Lo sabe. Sabe que Ash y yo estamos juntos.
Me alzo de hombros y le sigo el rollo. Porque no gana quien puede, sino quien sabe jugar mejor sus cartas, usa la cabeza y pone corazón en la partida. Lamentablemente para Prescott Maddox, le sobra una cosa y carece de la otra.
—Nunca se sabe.
Mi respuesta le borra la sonrisa y agradezco que así sea.
Me giro dejándolo allí plantado porque puede que sea mi jefe, pero no es el dueño y señor de mi vida, eso desde luego. Sonrío mientras me acerco de nuevo a la pista y me centro en el partido.
Van perdiendo y la tensión se palpa en el ambiente. Ni siquiera me molesto en continuar viéndolo porque ya sé cómo tienen que estar los ánimos. Enfado y frustración tendrán para dar y regalar, así que me giro una vez más y regreso sobre mis pasos.
Entro en el vestuario del equipo y es la primera vez que lo hago así, de esta manera.
No hay alboroto ni movimiento. No se escuchan las risas que muchas veces percibo desde el final del pasillo, donde aguardo a que se cambien.
O las pullas que Kai le lanza a Asher y al resto, ya puestos.
Tampoco los gritos del entrenador pidiendo que se centren y que no se dejen pisotear.
No hay nada de eso. Solo hay ropa desperdigada que recogerán los utileros una vez todos regresen y algunas mochilas debajo de cada taquilla para los menos ordenados.
Salgo de nuevo y voy en busca de Connor. Lo localizo en las duchas, está pasando la fregona.
—No entiendo por qué haces eso cuando en menos de veinte minutos lo estarán poniendo todo perdido —le suelto cuando me planto a su altura y le robo el palo de la fregona para sustituirlo por mis brazos y estrecharlo entre ellos.
Me encanta que Connor nunca pregunte, sino que se lance al vacío sin medir las consecuencias.
Connor y yo nos hemos hecho buenos amigos en estas últimas semanas. Siempre es el primero en llegar y el último en salir y de verdad que no parece que le moleste en absoluto que así sea. Supongo que lo que ha unido la limpieza de los pasillos que no lo separe el hombre. O algo así.
—¡Cassie! No te había visto hoy, ¿dónde estabas metida?
—En el túnel.
—Como siempre —susurra él.
—Lo de la pista me da cierto reparo y, además, soy la niñera, ¿no? Este es mi lugar. —Señalo la zona—. En bambalinas deportivas, ¿existe un término mejor?
Connor niega y me sonríe.
—¿Qué necesitas?
—Papel y boli a ser posible. —Connor alza una ceja, inquisitivo—. Van perdiendo. —Señalo hacia la pista desde donde se escuchan los gritos de los aficionados.
—Como la vida misma, Cassie. A veces se gana y otras se pierde.
—Lo sé, pero ellos…
—No pasa nada.
Deja su cubo por fuera de los servicios y me acompaña al despacho de Donahue. Saca un puñado de llaves y abre la puerta sin dudar. Todo eso sin soltar mi carpeta. Es un malabarista de la limpieza y el orden.
—Puedes decirle que he sido yo si te pregunta. Mike es un tipo honesto, no se va a enfadar porque te deje algo de material de oficina.
Asiento y eso es justo lo que hace. Me entrega papel y una caja de rotuladores de esos que se utilizan para las pizarras. Rojo, negro, verde y azul, y con eso tendré que conformarme. También me da algo de cinta adhesiva.
—Vendré luego a por ella. —Apunto hacia mis cosas.
Nos despedimos y cada uno sigue su rumbo; él, de nuevo hacia los servicios, y yo, hacia el vestuario. Extiendo varios folios en el suelo y los uno con cinta. Cuando he terminado mi trabajo, me doy por satisfecha y pego mi obra de arte en la pared que hay al lado de la puerta del vestuario.
Doy varias palmadas y me felicito por ser tan buena dibujando. Le saco una foto y se la envío a Blue.
Cassie:
¿A que soy una artista?
La respuesta no tarda en llegarme.
Blue:
Eran mejores mis huevos peludos. Ahora, moralmente lo tuyo es más alentador.
Cassie:
Sobre todo, si tenemos en cuenta que es para todos los públicos.
Blue:
Lo mío es para todos los púbicos.
Suelto una carcajada porque, en fin, es la sal de mi vida, sin lugar a dudas.
Blue:
Y te perdono por no llamarme después de follar con ese tiarrón. Solo porque te quiero.
Cassie:
No he… Bueno, sí que he, jajajajaja.
Blue:
Cochina.
Cassie:
Yo también te quiero.
Escucho ruido y me pongo manos a la obra. Activo mi lista de Spotify y busco a mi querida Taylor.
Evan y Matt son los primeros en acercarse, con los patines colgando del hombro.
Todavía llevan las protecciones puestas.
Parecen distraídos y cabizbajos porque, bueno, encajar una derrota no es plato de buen gusto, lo sé, sin embargo, estaría bien que recordasen todas las cosas fantásticas que han hecho en los últimos meses y que una derrota no define lo que son o cómo juegan.
No me gusta que los ánimos del equipo estén por los suelos, así que, sí, aquí estoy yo, no solo para recordarles lo increíblemente buenos jugadores que son, sino que, al mal tiempo, buena Taylor Swift.
Los primeros acordes de Shake It Off atraen la mirada de ellos.
También la de Caleb, que me regala una sonrisa, y la de Ben, que alza las cejas.
Es el primer movimiento que hace y que me demuestra que en efecto corre sangre por sus venas y no es un robot o un extraterrestre. O un extraterrestre robotizado.
—¿Qué coño? —Caleb le da una colleja a Evan y niega.
—Hay señoritas presentes —le recuerda.
—Apuesto a que esa señorita también sabe maldecir.
Asiento con efusividad porque sí, algunas nociones tengo.
—Es mi propia terapia —les explico mientras se van amontonando en la entrada. Me coloco al lado del cartel y lo leo en voz alta—. «Si esa puerta quieres cruzar, menea el culo antes de entrar».
Bueno, a ver, que no se diga que no intenté hacer una rima molona, solo que… intentar es la palabra, sí.
Ben, nuestro portero ceñudo, suelta una risa y los empuja hacia los lados.
—Aprended del mejor —se jacta mientras empieza a mover el culo como si estuviese haciendo, no sé ni cómo definirlo, ¿ twerking ?
—Joder con Holloway —agrega Evan.
Imagino que está tan estupefacto como el resto, sí.
Puede que incluso una chica como yo necesite terapia postraumática después de esto. ¿Lo cubrirá el seguro de los Wild Warriors?
—Verás lo que es bueno —grita Evan porque se ha picado.
Se tira al suelo y comienza a hacer la oruga.
Esto es mucho peor que lo anterior, os lo digo en serio. Aparto la vista de esa cosa que se mueve por el suelo y me encuentro con la mirada entre divertida y sorprendida de Asher. Aaron está a su lado leyendo el cartel.
—¿Cassie?
Señalo el texto y me siento como una conejita de Playboy, si las conejitas de Playboy tuviesen un cuerpo no normativo como el mío, claro, lo de ellas es más bien… líneas rectas y esas cosas.
—Las normas están para cumplirlas —agrego toda motivada.
Asher alza una ceja porque, en fin, nosotros somos expertos en no hacer nada de eso. Y se nos da de lujo. Sobre todo a él.
El caso es que, uno a uno, comienzan a cruzar la puerta hacia el vestuario bailando.
Algunos con pasos más sencillos y otros con pasos más elaborados.
Es el turno del entrenador y, bueno, puede que no me haya planteado que Donahue quizá no apruebe este tipo de prácticas y mucho menos tras una derrota.
Porque elaborar planes se me da genial, en cambio, pensar en las consecuencias, pues quizá en este caso no tanto.
—Vale, aprended del padre de los pasos.
Un Michael Jackson es lo que hace y, entendedme, Mike es un tío increíble, pero una canción de Taylor Swift con esos pasos… Pues eso, que se gana las ovaciones y los aplausos y muy merecidos. Incluidos los míos, que lo aplaudo como si me fuese la vida en ello.
Todos, uno a uno, cruzan el vestuario riendo y dándose palmaditas en la espalda, incluso dentro del mismo se escuchan las voces y los coros porque siguen bailando.
Ash es el último en acercarse, sin bailar, sin mostrar ni una pizca de ritmo en el cuerpo, y me vengo un poco abajo.
No es que haya hecho esto por él, al menos, no solo por él, porque siento a todo ese equipo como una pequeña familia, no obstante, sí que quería que se sintiese un poco mejor, aliviar su carga, sobre todo esa que hace que se sienta responsable de cosas que están fuera de su alcance.
—¿De dónde has salido tú, Cassie? —me pregunta, colocándome una mano en el cuello, justo como me gusta.
Veo cómo traga con fuerza cuando posa los ojos en mis labios. Paseo la lengua por ellos porque de pronto los siento más secos que nunca.
—La teoría dice que cuando un óvulo y un esperm…
Me acalla con un beso. Sin importarle que nos vean. Que me ruborice. Que ahogue un gemido aquí, donde todos pueden escucharme o, peor aún, verme. Y que Taylor Swift sea testigo musical de ello.
—Da igual de dónde hayas salido —pronuncia cuando se separa. Está a nada y menos de perder el juicio, como yo—. Lo que importa es a dónde has llegado.
Aprieta mi cuello un poco más y mi centro se contrae.
Joder.
Con una sonrisa ladina, y una victoria por su parte en el tema «cómo conseguir que Cassie se olvide incluso de quién es», se lleva la mano a la pantorrilla, la sube y empieza a bailar dando saltos.
Me carcajeo, y los demás también lo hacen al verlo entrar. Lo pierdo de vista y suspiro y cuando lo hago. Cuando me estoy desinflando por él, sale y me guiña un ojo.
—Naranjas. Hueles a naranjas —pronuncia.
Y se marcha una vez más dejándome perdida, no en mi olor, sino en su mirada.
Estoy loca por él y no hay nada que lo pueda evitar.