CAPÍTULO 45
Peligroso como un lobo
Ash
—Espero que…
Empujo a Cassie contra la puerta de la entrada nada más cruzarla. Puede que suene como un neandertal y lo peor es que actúo como uno porque… ¿La deseo? Eso es obvio. ¿Siento algo por ella? Eso empieza a ser todavía más y más obvio.
Las palmaditas condescendientes que me dieron Ben y Caleb cuando crucé la puerta de los vestuarios, tras salir y guiñarle un ojo, no fue bochorno suficiente.
La guinda del pastel la puso Kai en las duchas mientras mostraba su enfado —y alegría disfrazada de disgusto— porque se supone que yo le había robado a Cassie sin entender que ella nunca fue suya.
«En ningún momento, pobre cachorrito».
Esa fue la respuesta llena de mordacidad que le di porque en cuestión de Cassie yo soy el lobo feroz. Y ese mismo lobo es el que está justo delante de ella deseando morderla.
Me acerco a su cuello y eso es lo primero que hago.
—¿Recuerdas cuando te dije que no era un corderito y que yo sería el lobo de tu cuento?
—Vuelvo a morderla y me deleito en la forma en la que Cassie se contonea para frotarse contra mi muslo.
Me fascina la manera en la que su cuerpo responde al mío.
Tan turbio, tan caliente, tan prohibido y ansiado—.
Lancé un par de mordiscos al aire —rememoro y me resulta lejano y cercano a su vez—.
Ahora puedo hacerlo a mi antojo, degustarte a mi antojo.
Mi mano sigue en su cuello y el olor a naranjas que desprende me nubla el sentido.
Quiero tomármelo con calma, juro que es eso lo que quiero hacer, pero con ella siempre me resulta imposible porque todo lo que necesito y anhelo está justo frente a mí.
Es una sensación incluso mejor que la que me sacude cuando mis cuchillas se deslizan por el hielo y la adrenalina me recorre el cuerpo de arriba abajo.
Ella es mejor que todo.
Mejor que nada que conozca.
—Ash —pronuncia con desesperación.
No hay nada que me guste más que la forma en la que suplica por mis caricias. Por mi polla.
Mi mano libre comienza a recorrerle el cuello, el pecho, el abdomen hasta llegar al límite de esa falda de remilgada.
Suelta el aire al colar los dedos bajo ella y comenzar a ascender.
—Solo dime una cosa —le susurro al oído—. Cuando mis dedos lleguen a tu coño… —Sigo subiendo y, en cuestión de autocontrol, me declaro el rey—. ¿Cómo de mojada estarás?
Cierra las piernas aprisionándome los dedos entre ellas e impidiéndome ascender, como si no supiese que lo que más me gusta en esta vida, después de ella, es un buen espectáculo. Un buen reto.
Chasqueo la lengua y aprieto de nuevo su cuello. Abre los ojos como platos y su mirada brilla ansiosa. Separa los labios y me lanzo hacia delante para morderlos.
Me lo devuelve con saña y, cuando me separo, siento el ardor que han dejado sus dientes en la piel.
—Mi Fierecilla —pronuncio saboreando cada sílaba del apelativo—. Tan buena chica y tan obscena a la vez. Tan perfecta.
Me separo y siento de pronto la ausencia de su piel. Respira agitada. Caigo de rodillas frente a sus piernas y subo esa maldita falda que le marca cada puta curva de su cuerpo. Cada puta curva de su cuerpo que me muero por saborear cada día de cada semana de cada mes de cada año.
Sí, la besé en los vestuarios y sí, era consciente de que todos lo sabrían. Y no me importa en absoluto. Ese neandertal que hay dentro de mí quería dejar constancia de que puede que ella no sea mía, sin embargo, yo sí que soy suyo. Con cada partícula de mi ser lo soy.
Inspiro con fuerza cuando por fin lo entiendo. Cassie ha ido arrancando cada capa, cada defensa, cada sombra que escondí, solo para probarme que a veces alguien puede quedarse. Que tal vez, por una vez en mi vida, yo sea la elección de alguien y no la opción fácil de olvidar.
De desechar.
La esperanza se ancla en el centro de mi pecho. Cuando alzo la vista, ahí está ella, sonriéndome, fingiendo que no se siente tan turbada como lo estoy yo y me pregunto qué es lo que he hecho para merecerla.
Supongo que nada.
No aparto la mirada mientras subo su prenda hasta que se le arremolina en la cintura. Paseo los largos dedos por el exterior de sus muslos hasta llegar a las caderas. La piel se le eriza ante ese leve contacto. Acerco la nariz a su centro y la huelo.
—Esto también me sobra.
Deja caer la cabeza contra la madera de la puerta cuando no solo retiro sus bragas y las lanzo hacia ninguna parte, sino que mi lengua recorre cada pliegue y se centra en su clítoris.
—Esto… Yo…
—Lo sé —respondo.
Porque, de veras, sé que le gusta, ya que es la misma sensación que me sacude cuando me rodea la polla con los labios.
Se frota sin dudar contra mi boca, llena de desesperación, y me aparto de inmediato. Le regalo una sonrisa sardónica, y ella me hace una peineta sin dudar. Es tan… tan Cassie, tan natural y tan espontánea. Tan ella misma y tan yo con ella.
—Me pasaría el día entero comiéndote el coño solo por disfrutar y regodearme en la forma en la que te retuerces, en la que pides más porque nunca es suficiente.
En lo codiciosa que te vuelves cuando estás excitada.
¿Te cuento un secreto? —Ni siquiera espero respuesta por su parte—.
Para mí tampoco es suficiente. Nunca tengo suficiente de esto.
—Le meto dos dedos que se deslizan con facilidad gracias a la humedad—.
Tampoco de esto. —Le pellizco un pezón—.
O de esto. —Esos mismos dedos que han estado dentro de ella, ahora están en su boca—. Usa esa boquita como sabes.
Saco los dedos y me lanzo a por sus labios.
Desesperado por ellos. No es un beso cualquiera, es uno lleno de fuego, de esa clase de necesidad que no entiende de prudencia, y ya sabemos que nunca he sido precisamente un tipo sensato.
Nos buscamos con una urgencia que quema, como si el aire se volviera escaso y la única forma de respirar fuera a través del otro.
Todo lo que habíamos intentado contener hasta entonces se libera en ese contacto: el miedo, la rabia, la espera, el deseo que nos desborda…
Sus labios se encuentran con los míos y la chispa es inmediata, brutal.
Cada roce es una provocación; cada suspiro, una rendición.
No hay espacio para pensar, solo para sentir.
Me aferro a ella con una intensidad que roza la desesperación, temiendo que el instante se rompa en mil pedazos si la suelto.
El mundo a nuestro alrededor se disuelve: la noche, el frío, las palabras que nunca dijimos… Solo queda este beso, largo y voraz, que lo consume todo, que me deja temblando, sin aliento, con el pulso enloquecido y la certeza de que haría cualquier cosa por ella.
—Tu sabor, Cassie, tu sabor es mi perdición —le susurro cuando rompo el contacto.
Me separo de nuevo y la contemplo desde mi altura: las mejillas encendidas, el pelo rojo a juego con esos labios hinchados por nuestros besos. El pecho, que se le mueve acelerado. Las piernas temblorosas. El coño húmedo palpitando por mí.
—De rodillas —le pido. No duda ni un solo instante en hacerlo y, si antes las vistas eran espectaculares, las de ahora me roban el aliento—. Buena chica —susurro mientras me desabrocho el pantalón.
—No —niega con suficiencia—. Hoy soy de las malas.
Me quita las manos y las sustituye por las suyas. Termina de desvestirme y mi polla sale a darle la bienvenida. La sujeta entre sus manos y le da un beso en la punta. Está jugando conmigo. Su mirada me lo dice todo y la sonrisilla de suficiencia que me regala me lo confirma.
—Mi chica mala —murmuro pasándole los dedos por la mejilla.
Se la mete dentro de la boca y se la traga por completo. Pierdo la puñetera cabeza cuando lo hace. Cierro los ojos e inspiro bocanadas de aire. Ninguna parece ser suficiente para aliviar la necesidad que crece dentro de mí.
—Despacio —le pido.
—Las chicas malas no siguen órdenes, ¿lo recuerdas? Seguro que sí —confirma sin darme opción a replicar.
—Esa lengua…
—Esta lengua —me corta y me da un lametón desde la base hasta la punta. Jo. Der—. Esta lengua —repite para dejarlo todavía más claro— es la que te va a volver loco.
Niego y mi mirada y la suya conectan de nuevo. Tal vez nunca hayan dejado de hacerlo.
—Siento tener que llevarte la contraria.
—Dejo de pensar con claridad cuando vuelve a tragársela por completo y casi que empiezo a pensar que necesito contar hasta veinte.
O hasta treinta. O quizá hasta trescientos, porque esto va a terminar antes de lo esperado si sigue comiéndomela así—.
Eres tú la que me vuelve loco. Toda tú, Cassidy Caldwell.
Me sonríe con suficiencia y entonces lo hace. No solo mueve la cabeza para que mi polla le folle la boca, sino que se lleva los dedos a su centro y comienza a tocarse.
—Cassie… —Pierdo el poco raciocinio que me queda—. No, no hagas eso.
—Así que esto te gusta… —me recuerda mis propias palabras y eso solo me enciende más.
Le coloco las manos a ambos lados de la cara y comienzo a follarle la boca sin clemencia, y ella aguanta cada embestida como la maldita reina que es. Porque es perfecta para mí. Porque yo quiero ser perfecto para ella.
Me separo cuando mi orgasmo está cerca y rebusco entre la ropa hasta encontrar un preservativo.
Cassie todavía sigue de rodillas. La ayudo a incorporarse y a quitarse la ropa.
Tengo la polla tan dura que temo explotar aquí mismo.
Cuando ambos estamos totalmente desnudos, le doy la vuelta y apoya las manos en la madera de nuevo.
Paseo los dedos por su espalda y dejo que vaguen hasta llegar a su culo.
Da un pequeño respingo y me siento satisfecho por la reacción de su cuerpo.
—Tranquila, esto también te gustará —le explico jugueteando con su ano.
Cassie gime demostrándome que ya es así y os prometo que no puedo más.
Le sujeto las caderas y la penetro despacio y con cuidado. No porque a ella le guste de esta forma, sino porque no puedo controlar mi cuerpo cada vez que estoy dentro de ella. Sus caderas, sus curvas, su piel, su pelo, su tacto, el calor de su coño…
—Más —me pide.
Y, antes de que suceda, ya sé que estoy acabado.
—Dame unos segundos.
Gira la cabeza, se lleva los dedos a la boca y los chupa justo antes de colar las manos entre sus piernas, y yo pierdo la puta cabeza cuando lo hace.
Bombeo hasta el fondo.
—Más —me exige ella de nuevo.
—Te has propuesto de verdad eso de ser una chica mala, ¿a que sí?
—Solo contigo, Ash. Soy una chica mala solo contigo.
Sonrío como si me hubiesen dedicado el mejor piropo del mundo y, en cierta manera, lo es. Se la meto de nuevo, contemplando cómo su cuerpo tiembla bajo la intensidad de mis embestidas. Sus dedos se mueven de forma frenética en su centro.
—Cassie —susurro con el abdomen tenso. Voy a correrme, joder—. Grita mi nombre —le pido—. Cuando te corras, quiero que grites mi nombre —le exijo.
Y cuando la escucho hacerlo, cuando lo dice, tiro de su larga melena roja y hago lo único que yo sé hacer.
Gritar el suyo cuando me derramo en su interior.
Porque no hay nadie para mí más que ella.
Y nunca lo habrá.