CAPÍTULO 43
Lo visible de lo invisible
Cassie
—Hoy te he puesto doble ración de pan para que puedas rebañar el plato, Art.
Ash ha colocado cuatro platos sobre una mesa en la que también ha dispuesto un bonito mantel azul. Aaron y Art se sientan justo frente a nosotros y no han dejado de parlotear desde que salimos de ese salón y dejamos de hablar de ellos para centrarnos en el hockey y en mi trabajo.
Les he explicado que estoy muy ilusionada con el rumbo que están tomando las cosas y que no solo me siento de lo más cómoda con el equipo y con cómo me han acogido sin poner en duda mi valía, sino que me siento más segura con cada función que desarrollo.
Nunca pensé que trabajar para los Wild Warriors me pudiese gustar tanto.
De hecho, nunca pensé que eso mismo pudiese suceder con un equipo de hockey .
—Lo hago por pena —le responde Art, que ya ha empezado a dar buena cuenta de su filete y de sus patatas.
—Ya, claro, por pena.
Solo se escuchan nuestros sonidos masticando durante varios minutos, estamos tan abstraídos en la comida y todo está tan delicioso que nos centramos en esto y la verdad es que el silencio no podría ser más cómodo de lo que es.
—¿Y bien? ¿Qué hay de tu familia, Cassie? ¿Son todos tan maravillosos como tú? —tantea Art antes de meterse su último trozo de carne en la boca.
Bebo un poco de agua.
—¡Qué va! Mis padres tuvieron que hacer un par de entrevistas previas a que saliese la jugadora estrella al campo —me mofo y sí, ya veis que estoy tan mimetizada con la temática que las bromas han empezado a ser de este estilo—.
Tengo dos hermanos mellizos y ambos son un desastre.
Noah es imprudente y bocazas y Xavier es condenadamente controlador.
—De eso doy fe —apunta Ash señalando hacia mí con su tenedor y con la vista clavada al frente—. Pensé que no saldría vivo de esa casa.
—¿Has estado en su casa? —Art silba entusiasmado—. ¿Tú lo sabías? —le pregunta a Aaron.
—Por lo visto estos dos han estado guardando el secreto. —El capitán del equipo empuja el plato ya vacío hacia el frente—. Mi hermano ha estado esquivando el tema, y se piensa que no me he dado cuenta.
Me sonrojo porque, en fin, parece ser que estamos oficializando las cosas, ¿no?
—Solo quería que fuese Cassie la que decidiese cómo llevaríamos todo esto —suelta Ash y, por un instante, me quedo perpleja—.
¿Qué? —me pregunta consciente de mi estupefacción—.
Lo tengo claro desde hace tiempo, Fierecilla —susurra él posando su mano sobre la mía.
De hecho, no es eso lo que hace, sino que la sujeta y me da un beso en la palma de la misma.
Lo observo confundida porque es un gesto tierno que no le pega en absoluto, aunque ya hemos aprendido que las apariencias engañan, ¿verdad? Yo desde luego que sí.
Tras eso, se pone en pie y recoge los platos con soltura. Esto también le gusta: moverse a su antojo por la cocina. Me levanto con la intención de ayudarlo, en cambio, me hace un gesto para que lo deje hacer.
—Pensaba que el que cocinaba no limpiaba, al menos, así funcionan las cosas en mi casa.
Aaron ayuda a Art a ponerse en pie y nos encaminamos hacia una pequeña salita contigua a la cocina. Ellos toman asiento mientras yo me acerco a la ventana. Ha empezado a llover y el repiqueteo de las gotas contra el cristal me calma.
—¿Queréis una infusión? —pregunta Ash desde la cocina.
Ya ha preparado una bolsa de basura y la ha dejado justo en la entrada.
—Yo la sacaré luego, antes de irme —explica Aaron al percatarse de hacia dónde se ha dirigido mi mirada—. He traído el coche. Tú deberías quedarte si está lloviendo.
—Ella ya pensaba quedarse, muchacho. —Lo palmea Art, que parece saber de todo.
Me sonrojo una vez más porque sí, a ver, es decir… Sí, iba a excusarme y a buscar alguna justificación. ¿Sinceramente?, no vale la pena.
—Yo quiero una infusión —grita Art.
—Que sean tres —añade Aaron pidiendo por todos.
Me sonríe con calidez, y ambos empiezan de nuevo a hablar sobre el partido de mañana. Dejo de escuchar y me pongo a darle vueltas a la cabeza.
—Marchando cuatro —sentencia desde no muy lejos.
Mi planteamiento siempre fue el de mantener la relación con Ash en el plano profesional, cosa que es más que evidente que no he conseguido y ya ni siquiera reniego de ello, sin embargo, no sé cómo se tomará la junta directiva todo esto.
No lo hemos comentado, tampoco he querido pensar mucho en ello porque hasta este momento no me había planteado cuán serio es el asunto.
A ver, yo tenía claros mis sentimientos, pero…
¿y los de Ash? No, esos desde luego que no.
Alzo la vista y observo cómo se acerca con cuatro tazas bien repletas. Me guiña un ojo cuando mi mirada se cruza con la suya. Una vez deja la bandeja sobre la mesa, nos entrega a cada uno la suya.
—He visto el último partido —comienza Art—, y debo decir que casi me da un infarto con ese último cuarto.
—No fuiste el único —responde Aaron, resoplando—. Los Night Sharks jugaron como si les fuera la vida en ello. Y Asher…, bueno, ya sabes cómo se pone cuando alguien le pisa los talones.
—Sí, lo vi —agrega Art con una media sonrisa—. Ese triple en el último minuto casi me hace levantar del sillón y eso que no lo hago ni para ir al baño.
Un par de carcajadas corean ese comentario.
—Fue un milagro —admite Aaron, aunque su voz lleva ese matiz de orgullo que intenta disimular sin éxito—. Estaba agotado, llevaba todo el partido presionando al base rival y, aun así, tuvo la cabeza fría para decidir el tiro.
—Eso no fue cabeza fría —replica Art con un gruñido divertido—. Fue puro instinto. Ese chico juega con el alma y por eso a veces acaba hecho polvo.
Asher permanece en silencio unos segundos, ha dejado que ambos mantengan esa conversación como si la cosa no fuese con él cuando está más que claro que sí que lo es.
—Y hablando de baño…
—No me jodas —susurra Art.
—Solo voy a acompañarte. La cosita puedes lavártela tú solo, viejo.
Art refunfuña, aunque se incorpora y sigue los pasos de Asher. Yo los sigo con la mirada hasta que salen de la estancia y se les escucha en la habitación del fondo.
—¿Estás bien? —me pregunta Aaron, que se ha acercado hasta sentarse a mi lado.
—Lo estoy. Es solo que…
—Que no te esperabas esa versión de mi hermano cuando todo el mundo le ha colgado el cartel.
Y no solo eso, sino que yo también lo hice.
—Incluida yo —me sincero.
—Ya. —Chasquea la lengua.
Entiendo que no es un gesto que vaya dirigido a nadie en particular, ni siquiera a mí tras confesarle esto.
Recoge las tazas y camina hacia la cocina. Lo sigo por pura inercia y porque…, porque quiero saber más.
Aaron deja la taza en la encimera y se apoya contra el mármol, con esa expresión de quien está decidiendo si hablar o callarse.
—No te culpes por nada de eso, Cassie, es decir, mírate.
Míralo. —Señala hacia el pasillo por el que ambos se han marchado—.
Sigue siendo él mismo: el de siempre y a la vez diferente.
Me alegra que haya dejado que entres en su vida, de verdad que sí.
Se merece alguien que lo elija por quién es y no por lo que representa.
Alguien que no lo juzgue cuando se vuelve distante o arisco o cuando cree que no necesita a nadie.
No está acostumbrado a que lo cuiden, Cassie, y tú lo estás haciendo.
Si hasta has conseguido que se tomase los antiinflamatorios.
—¿Te lo ha contado? —pregunto sorprendida.
—Más bien se le ha escapado —me explica sonriendo con presunción. No ahondo más en el tema, no quiero saber hasta qué punto han compartido… cosas.
—¿Por qué no se los toma? Me di cuenta la noche en la que acudimos al Slam Dunk Deli. Le dolía el costado y le preguntaste…
Aaron asiente recordando a lo que me refiero. Suspira, se pasa una mano por el pelo y, cuando vuelve a mirarme, tiene los ojos cansados.
—Desde que éramos niños, mis padres lo trataban como si cada cosa que hiciese estuviera mal.
Siempre lo comparaban conmigo. Yo era el que sacaba buenas notas, el que no daba problemas.
Y él… —añade y se encoge de hombros—, él aprendió que era más fácil asumir que era el problema antes que intentar ser perfecto y fracasar otra vez.
—Eso no es justo —murmuro—. Era solo un niño.
—No lo fue. Pero el problema es que se lo creyó. Vivió con eso, cargó con el estigma y asumió que él era el problema.
Aaron aparta la mirada un segundo. Tengo la ligera sospecha de que está librando una batalla consigo mismo.
—Cuando se mete en peleas, cuando se niega a cuidarse, no es porque le guste el dolor. Es porque piensa que se lo ha ganado. Como si cada golpe equilibrara algo que lleva dentro desde hace años.
Siento un nudo en la garganta. Puedo imaginarlo, Ash aguantando sin decir nada, resignándose a que el dolor es su forma de estar en paz con el mundo. Porque ha crecido en un ambiente donde el amor duele. Y es lo que cree que merece.
—Ash… No es que no necesite a nadie, Cassie. Es que cree que no merece a nadie.
No añado nada. Él sigue, bajando la voz.
—Y tú… —susurro—. ¿Por qué lo permitiste? ¿Por qué permitiste que eso sucediese? Joder, no era más que un niño.
Aaron sonríe con tristeza.
—Y yo también, Cassie. Yo también lo era.
No entendía lo que pasaba, solo…, solo me quedaba a su lado.
Es todo lo que podía ofrecerle, y ahora, en fin, él no es un imbécil, Cassie, de hecho, él es mejor que yo en todo porque, a pesar de que no he sabido cuidar de él como se merece, sigue estando ahí, a mi lado y sé que le prendería fuego al mundo por mí si hiciese falta.
Porque tal vez Asher crea que no merece a nadie, pero te garantizo que yo no lo merezco a él.
—A veces creo que lo que más le asusta no es que le duela —pronuncio despacio—. Es que alguien quiera curarlo. Y el miedo a decepcionar. A perder.
Aaron me mira y por un segundo siento que los dos pensamos lo mismo. Ambos creemos que Ash se considera una persona de segunda cuando siempre debería haber ocupado el podio.