CAPÍTULO 42
Las manos siempre van al pan
Cassie
A Asher le encanta estar en esta casa. Lo siento nada más cruzar la puerta.
Hace semanas, aquella fatídica noche en la que supuse que Asher tenía una cita y los celos —sí, chicas, sí— hicieron acto de presencia, no fui capaz de entender hasta qué punto se preocupa por Art.
Es decir, era consciente de que cocinó para nosotros, de que recogió y de que también sacó la basura, entre otras tantas cosas, pero esa preocupación innata que he aprendido a atisbar con el paso de los días, y gracias a que Ash me permite que me cuele por esas grietas y que descubra todo lo que encierra, es que he llegado a esta conclusión.
—¡Art! —grita desde la cocina—. ¡Viejo gruñón! ¿Me has echado de menos?
Sus pasos lo llevan hasta el pequeño salón en el que Art debe de estar disfrutando de algún programa televisivo o quizá alguna reposición. Aaron y yo lo seguimos por si necesita algo de ayuda.
O para disfrutar de la pelea dialéctica de esos dos.
—Casi tanto como echo de menos mis ataques de reuma —responde sin apartar la vista del televisor, ignorando por completo su presencia.
Ash suelta una carcajada y niega con la cabeza, mientras nosotros, desde la puerta, intentamos contener la risa.
—Sabía que te alegrarías de verme —replica él y le propina un par de golpecitos en el brazo justo antes de agacharse y cubrir con su cuerpo el televisor. Art intenta mover la cabeza para poder atender, sin embargo, todos sabemos que Ash no se lo va a permitir—. Te he traído visita.
El viejo gruñón, que conste que así es como lo llama él, se da la vuelta y se apoya de nuevo sobre el mismo reposabrazos.
—Cassie —murmura sonriendo. Me alegra que me reciba con tanto entusiasmo.
—La misma.
—Fíjate, Maddox, no puede vivir sin mí. Es probable que esté esperando por mi petición de matrimonio.
—Sigue soñando, viejo —responde Asher entre risillas.
—Bueno, no voy a sentirme ofendido porque no te haga ilusión verme a mí —interrumpe la conversación Aaron—. Me dolería si Cassie no me cayese bien.
—Estarías mal de la cabeza si esa chica no fuese de tu agrado.
Se gira hacia Ash, y este le guiña un ojo con complicidad.
—Ahora que hemos dejado claro que a todos los presentes nos gusta mi niñera…
—Ladeo la cabeza y me coloco las manos en las caderas como otras tantas veces que utiliza ese término para dirigirse a mí, de hecho, lo he interiorizado de una manera que me sorprendo usándolo yo también—. Vamos a ver qué podemos cenar.
—Algo que sepa bien, últimamente tienes la cabeza en otra parte —lo reprende.
Y su mirada azul pétrea me indica en dónde tiene la cabeza y, por si eso no fuese suficiente, el recorrido lascivo que me regala lo deja más que patente. Me estremezco de anticipación.
—Vale, ya está bien de comértela con los ojos —intercede Aaron—. Estamos presentes. —Alza las manos y las mueve frente a los dos como si lo sacásemos de sus casillas, sin embargo, su actitud divertida muestra todo lo contrario—. No necesitamos un trauma más —agrega con desenfado.
—Depende, ¿se lo van a montar delante de nosotros? —Art nos señala a uno y a otro—. Porque quizá no me importaría gastar mis ahorros en curar ese trauma —bromea.
—Esa chica es solo mía. —Me señala y, por un segundo, el suelo bajo mis pies tiembla y es evidente que yo con él también.
—Vale. Ya no tengo más preguntas. Lo has dejado lo suficientemente claro —apostilla Aaron, que se acerca hasta levantar a Art—. Vete a la cocina, nosotros nos encargamos de cuidar del pequeño Artie…
—¡Serás…! —Ese pequeño Artie le da una colleja a Aaron y apuesto a que a él le tiembla hasta la nuca. Se lo ha buscado solito.
—Eso ha dolido —se queja.
—Vaya, qué faena, no era lo que pretendía.
La carcajada limpia que suelta Ash me acompaña mientras se aleja por el pasillo en busca de algo que preparar de cenar.
—¿Cómo es posible que se le dé tan bien la cocina? —formulo la pregunta de forma aleatoria porque, de veras, ¿podéis explícame cómo es posible que todo le salga bien?, ¿es que el día que hicieron el reparto de habilidades solo estaba él?
Art se pone en pie con la ayuda de Aaron y se acerca.
—Eso se lo debe a sus padres y no te ofendas, Aaron, pero es lo único que le agradezco a esas mierdas de personas.
El peso de la afirmación por parte de su vecino me descoloca unos segundos de más y confirma mis sospechas. Es cierto que Ash se siente cómodo y no solo con la casa, sino con Arthur Kane si sabe de qué va toda la historia.
—Tranquilo, no me ofende. Me duele que sea de esa forma, aunque no me siento ofendido. Sé lo que han hecho con él y sé en lo que lo han convertido mis padres.
En Terremoto Maddox. Mi terremoto.
En un desastre. Mi desastre.
En un caos. Mi caos.
Y podría seguir enumerando defectos y aferrándome a ellos para buscar la parte buena. Una vez afirmé que todas las personas tienen una parte positiva, de hecho, considero que hasta las personas que no se merecen nada la tienen, escondida o no, ahí está, y Asher ha sido mi descubrimiento.
Y, cuanto más tiempo paso con él, más claro tengo que no hay forma humana de mantenerme al margen.
Porque no es solo su forma de sonreír o esa manía de discutirlo todo; es su constancia, su disciplina.
El entrenamiento físico que realiza cada mañana, sin fallar un solo día, es una muestra más de ese control que intenta imponerle al caos que lleva dentro.
Mientras otros buscan excusas, él madruga.
Corre, entrena, suda hasta dejarlo todo fuera, como si con cada flexión o cada golpe pudiera purgar lo que le hicieron.
Y a veces pienso que, tal vez, por eso le sale todo bien, porque no deja que nada lo derrote.
Porque hasta sus cicatrices las ha convertido en músculo.
Y podríamos hablar de cómo protege a los que más quiere, de cómo los cuida, de lo que entrega sin esperar nada a cambio incluso cuando piensas que no le gustas, como con el caldo, como cuando todavía no habíamos enterrado el hacha de guerra o eso pensaba yo.
Porque ya había algo dentro de mí latiendo por él.
Fuerte, intenso, cautivador, aunque aún no lo hubiese comprendido porque todavía no había llegado el momento de hacerlo.
—¿Cómo os conocisteis?
—Querrás decir cómo invadió mi espacio sin ser invitado y no ha dejado de venir a pesar de mis intentos por mantenerlo lejos de mi casa.
Me río por su ironía, porque es de lo más divertida. Entiendo qué le ve Ash a este hombre. Son iguales.
—Me vale.
Aaron toma asiento en una pequeña butaca, y yo me acomodo en el suelo. Art, por el contrario, vuelve a sentarse en su sillón de siempre y apaga el televisor.
—La primera vez que lo vi —empieza Art con esa voz rasgada que posee— era una mañana lluviosa.
Por aquel entonces, salía mucho más de casa y las piernas me respondían mejor que ahora —suspira—.
Estaba intentando cargar una caja enorme de herramientas en el maletero del coche y ya sabes…
—Levanta una mano, como si el gesto bastara para explicar lo evidente—.
La voluntad no siempre va de la mano de la fuerza.
—Se ríe, aunque no hay demasiado humor en el gesto—.
Y, de pronto, apareció este crío con una sudadera empapada, sin paraguas y con esa mirada de certeza absoluta que pone cuando quiere algo y se empeña en conseguirlo.
Sí, me suena, esa mirada me suena.
Aaron sonríe, apenas un poco porque estoy convencida de que para él también es familiar.
—Recuerdo que insistió en ayudarme, y yo le respondí que no necesitaba su maldita caridad—. Me hizo a un lado, me dijo que era un viejo terco y subió la caja él mismo y no solo eso, me esperó en el garaje para colocarla en el trastero.
»Hacía mucho muchísimo tiempo que nadie se preocupaba por mí, Cassie.
No tengo hijos, mi mujer… no está. —Contengo la respiración y algo me constriñe por dentro—.
Ese chico… —«Ese chico de ahí es duro como el hielo».
«Ese chico se deja la piel por las personas que de verdad le importan».
Clavo la vista en Aaron porque estas dos personas que comparten habitación conmigo son las que pronunciaron esas frases y tengo la ligera sospecha de que ambos saben lo que estoy pensando—.
Le ofrecí un café —prosigue Art—. Por pena, que conste, no vayamos a sacar las cosas de contexto porque no es necesario.
Sigue sin gustarme. —Señala en dirección al pasillo.
El brillo de su mirada grita todo lo contrario.
—Y aceptó —finalizo yo.
—Y maldita la hora en que lo hizo porque no hay forma de que me deje en paz. Empezó viniendo de vez en cuando, con la excusa de ayudarme a reparar cosas que no necesitaban reparación. Luego fue trayendo pan o caldo, patatas con mantequilla y romero o lo que fuera que cocinara.
Hace una pausa y sonríe con un aire de resignación dulce.
—No sé en qué momento pasamos de ser dos desconocidos que se cruzaron bajo la lluvia a esto.
Pero lo cierto es que el muy cabezota me cuida más de lo que se cuida a sí mismo.
Se asegura de que coma, de que salga, de que no me quede encerrado con mis pensamientos.
Da tanto sin pedir nada…, incluso cuando crees que no le gustas, sobre todo cuando crees que no le gustas —finaliza.
Miro a Aaron, que baja la vista, quizá para ocultar esa mezcla de vergüenza y afecto que le tiñe la expresión.
Y entonces lo entiendo del todo. Porque sí, él puede ser un terremoto, un caos, un desastre.
Sin embargo, en el fondo, cuando te entrega algo, aunque sea un simple plato caliente, una mirada al pasar o un roce con sus dedos, te está entregando todo lo que tiene.
Todo lo que es.
Porque Asher no es un simple chico con una sonrisa arrogante y un talento innato para el caos.
Es una tormenta disfrazada de calma, un corazón que late demasiado fuerte y que, aun con las cicatrices, sigue empeñado en proteger a los suyos.
No sabe amar a medias ni cuidar a medias.
Lo hace al completo, sin reservas, aunque le duela, aunque nadie se lo pida, aunque crea que no lo merece.
Y mientras los observo, a Arthur sonriendo con ternura disimulada y a Aaron intentando esconder esa emoción que se le escapa por los ojos, me doy cuenta de que no es solo conmigo. Así es él. Así ha sido siempre. Y se empeña en esconderlo y en mostrar todo lo contrario.
El chico que transforma la soledad ajena en compañía. El que llega sin avisar, invade tu espacio y, cuando te quieres dar cuenta, ya ha reconstruido algo dentro de ti que ni siquiera sabías que estaba roto. Ese es Asher Maddox.
No caos.
No desastre.
No terremoto.
Sino todo a la vez.