Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Esto se veía venir

Ash

C ierro la puerta de mi taquilla con la firme intención de marcharme a mi apartamento.

He visto a Cassie durante los entrenamientos de hoy, aunque apenas he podido saludarla.

Mañana jugamos en casa contra los Winnipeg Snow Ravens y, en el entrenamiento de hoy, Donahue ha insistido muchísimo en que debemos concentrarnos y tomarnos muy en serio al equipo rival.

Lo cierto es que he intentado hacerlo, concentrarme, pero, cada vez que la veía al otro lado de la pista tomando notas o hablando con alguno de los asistentes, la cabeza se me iba a cualquier sitio menos al hielo.

Y por mucho que corriera, que golpeara el stick o que me obligara a aguantar las series extra que Donahue nos mandó al final, la imagen de ella seguía ahí, tan nítida que dolía.

El entrenamiento físico debería haber servido para agotarme, para dejar fuera todo lo demás.

Esta vez no funcionó. Ni el cansancio consiguió silenciar lo que Cassie me hace sentir.

—Joder —suelto cuando la figura de mi hermano aparece al otro lado—. Me has asustado.

—¿En qué estabas pensando para que no me oyeses llegar? Porque no he sido especialmente silencioso —rumia con descaro.

—Estaba repasando el entrenamiento de hoy y valorando a nuestros contrincantes de mañana.

—¿Seguro? —Una ceja se le alza inquisitiva dando a entender, con toda la razón del mundo, que no me cree en absoluto.

—Seguro.

—¿Y Cassie?

Miro en todas las direcciones por si sigue por el estadio. Según me contó, tenía una cena con la familia, una que no podía perderse. Xavier le advirtió que, si no acudía, él mismo vendría a buscarla. Yo, por supuesto, no estoy invitado.

No puedo negar lo mucho que disfruté el otro día de esos momentos tan comunes y corrientes para todos y tan sumamente ajenos para mí. Allí, delante de todas esas personas, pude sentir lo que es de verdad una familia y lo mucho que anhelo tener eso.

Suspiro tan lleno de resignación como de frustración por lo que pudo ser y nunca fue.

—¿Qué pasa con ella?

Aaron me coloca una mano sobre el hombro y me empuja en dirección a la salida.

—¿Vas a casa?

Asiento.

—Pensaba pasar por el apartamento de Art, recoger un poco, prepararle algo de cenar, revisarle la nevera y la despensa y charlar con él. La semana en la que yo no estoy, Steph me hace el favor de ir por allí… —Se me escapa otra exhalación—. Art no se muestra muy colaborador cuando ella toca.

Mi hermano suelta una carcajada irónica.

—Ese hombre no se muestra colaborador con nadie.

—Con Cassie sí —suelto sin pensar.

La ceja de mi hermano se vuelve a arquear porque ambos sabemos lo que significa eso. Está claro que ya había admitido que la llevé a su casa, no es ninguna sorpresa, lo que sí lo es es que hable de ella con tanta naturalidad.

Aaron conduce por las calles de Vancouver con total soltura. Callejea evitando atascos hasta que llegamos a mi edificio, mete el coche en el garaje y lo aparca justo en mi plaza.

—Mañana te recogeré y te llevaré yo.

Cabeceo afirmando.

—¿Estás listo?

—¿Quieres que hablemos de hockey ? ¿En serio?

Me rasco la mandíbula mientras nos subimos en el ascensor.

Pulso la planta de la entrada y camino hacia donde se encuentra Austin.

Está leyendo de nuevo. Cuando escucha mis pasos alza la vista y me regala una sonrisa.

Mi hermano se ha quedado a un par de metros de distancia.

Me gusta eso de él, que siempre sabe respetar los tiempos de los demás.

Está más que claro que lleva semanas rumiando, sabe que algo pasa, que algo sucede entre Cassie y yo y, aunque ha intentado acorralarme en alguna que otra ocasión, no ha forzado la marcha.

Puede que también sea consciente de que yo no funciono de esa forma y que me comporto como un león fuera de sí cuando alguien actúa de esa manera conmigo, cuando me presionan.

He tenido años y años y años para aprender que la mejor defensa es un buen ataque. También he aprendido a morder antes de preguntar y eso se lo debo a mis padres.

Y solo a mis padres.

—Vi esto en una tienda en Los Ángeles, Austin, y me acordé de ti.

Deposito la bolsa de deporte sobre la madera del mostrador de la recepción, abro la cremallera y extraigo una novela.

La portada es azul y amarilla.

—¿Un libro?

—Se supone que es un fenómeno mundial. Al menos, así es como lo vendían en la librería.

La dependienta me explicó que se han vendido tantos ejemplares que están barajando llevarlo a la gran pantalla y el mejor lector que conozco no podría quedarse sin su libro, ¿no?

—Le guiño un ojo mientras extiende las manos y lo sujeta.

Le da la vuelta y comienza a leer la sinopsis—.

Si te gusta, tal vez puedas prestármelo —vocifero mientras me alejo.

—Los libros no se prestan, Ash —me grita él desde su posición.

Suelto una carcajada mientras me coloco a la altura de mi hermano. Me regala una sonrisa amplia y sincera y me palmea de nuevo la espalda.

—¿Estás mejor del costado? —me pregunta.

—Ese cabronazo de Ricky Romano me dio fuerte —le suelto—. Pero sí, ya estoy mejor. Me he estado tomando los antiinflamatorios.

Aaron abre mucho los ojos a la vez que nos colamos dentro del ascensor y pulso el botón de la planta de Art. No me he molestado en devolverle la llave a Austin y él tampoco me la ha pedido. Estoy seguro de que tiene otras copias y de que sabe que me estoy haciendo cargo de ese viejo gruñón.

—¿Hablas en serio?

—¿Sobre qué?

—Sobre las pastillas. Nunca te las tomas, Ash, siempre… —titubea unos segundos y los hombros se me tensan ante lo que se avecina—. Crees merecerte ese dolor, joder.

La furia de sus palabras me enternece.

Sí, Aaron es lo único que vale la pena de esos dos. Mi auténtica familia.

Suelto un largo y sonoro suspiro tras esa verdad tan contundente porque es cierto. Creo que me merezco cada maldito golpe que recibo y el posterior dolor que me provoca.

El ascensor sube despacio, con ese zumbido constante que se mezcla con el eco de las palabras de Aaron. «Crees merecerte ese dolor». No lo verbaliza con rabia, aunque suene así. Lo dice con miedo. Porque me conoce. Porque sabe que tiene razón.

—No empieces con eso otra vez —murmuro, clavando la mirada en el número iluminado sobre la puerta.

—Solo digo que no tienes que cargar con todo tú solo.

—Aaron, siempre he estado solo. —Mis palabras caen sobre él como un jarro de agua fría y me arrepiento de ser el que ha lanzado esa frase con tanta naturalidad porque él no se lo merece, es el único que no se lo merece—. Escucha, no eres tú, ¿entiendes?

Me planto frente a él y le coloco ambas manos sobre los hombros.

Lo observo, y él me devuelve la mirada y de pronto estamos de nuevo en el pasado.

Con Aaron consolándome por alguna frase de desprecio.

Mis padres. Sus miradas. Ese gesto cansado cada vez que yo entraba en una habitación.

Nunca me lo dijeron directamente, no hacía falta.

La condescendencia estaba presente en los suspiros y también en los silencios, en los «Aaron no habría hecho eso porque es responsable y cuidadoso y sabe comportarse como es debido» que se les escapaban cuando creían que no los oía.

Hasta que empezaron a decirlo frente a mí porque ya no les importaba nada. Ni siquiera yo.

Mucho menos yo.

Aaron era el orgullo. Yo, la mancha. El hijo que siempre decepcionaba, el que aprendió demasiado pronto que no todos los golpes se dan con los puños cerrados.

Supongo que por eso no me tomo las pastillas. Porque parte de mí cree que merezco sentir cada punzada, cada recordatorio de lo que soy. Que el dolor es mi forma de pagar por todo eso que no supe ser en su momento. Es mi castigo por no ser lo que se espera de mí.

—¿Hola? —Ambos nos giramos cuando escuchamos la voz y algo dentro de mi pecho se enciende cuando nos encontramos a Cassie a un par de metros de distancia.

—¿Cassie? —Me acerco dando por finalizada la conversación—. ¿No tenías una cena esta noche? No quiero que Xavier te saque de la oreja de mi edificio o algo mucho peor, como que me saque a mí de la oreja de este edificio. —Señalo hacia el techo.

Cassie suelta una risilla poco comedida hasta que se percata de que Aaron nos observa con atención.

Supongo que, si ya se olía algo, esta es su forma de ponerle la etiqueta. Pregúntame si me importa.

—¿Qué tal estás, Cassie?

—Supongo que mejor que vosotros dos, a juzgar por vuestras caras de disgusto —Nos señala.

—¿Su cara? —bromeo intentando romper la tensión que se ha instalado entre los dos—. Oh, no te preocupes, es la habitual. Aaron siempre parece estar estreñido.

Mi hermano me da un pequeño golpe en el abdomen y me doblo un poco fingiendo dolor, aunque apenas lo siento. He soportado cosas peores.

—¿Ves? Lo hace porque me quiere —bromeo, y Cassie suelta una risa corta que suaviza la tensión que todavía flota en el aire.

—No es para tanto —suelta Aaron.

Me adelanto unos pasos y le rozo la mano a Cassie antes de poner la llave en la puerta de Art.

Mi hermano aparta la vista, pero sé que se ha dado cuenta.

No pienso esconderme, al menos, no con él.

Entiendo que Cassie trabaja para el equipo y también entiendo que merece elegir el momento en el que quiera hacerlo público, sobre todo, por la repercusión que pueda tener, sin embargo, no pienso esconderme, no con Aaron, que es mi familia.

—¿Tenéis hambre?

—Mucha —suelta Cassie.

Aaron se adelanta, abre la puerta y nos da unos minutos a solas. Los aprovecho, por supuesto.

—Pensaba que no vendrías —suelto titubeando. Me regala una sonrisa.

—Me apetecía verte —responde—. Y comprobar que ya no te dolía el costado, hoy apenas hemos podido hablar y algo me decía que vendrías a ver a Art. —Aparta la vista y observa la puerta que mi hermano ha dejado entreabierta—. Me apetecía estar contigo —susurra.

Algo se me extiende por el pecho, una sensación cálida e inexplicable, como si su voz se colara por todas las grietas que llevo intentando tapar desde hace años. Cassie levanta la mirada y durante un segundo el mundo se queda quieto.

Trago saliva, intentando recuperar el aire que, de pronto, parece haberse evaporado.

—No me voy a ir a ninguna parte —acierto a decir, en un intento torpe de mostrarle mis sentimientos. Todavía estoy trabajando en eso.

Ella me regala una de esas sonrisas que no necesitan mucho más.

—Yo tampoco.

Aaron carraspea desde el interior del piso, cerca de la puerta. Al final, mi hermano va a ser tan cotilla como los suyos. La burbuja en la que estamos se rompe de golpe. Cassie suelta una risita nerviosa.

—Será mejor que entremos, antes de que tu hermano crea que me has secuestrado en el pasillo.

—Sí, claro —respondo, a pesar de que una parte de mí no quiere mover un solo músculo.

La dejo pasar delante de mí y, cuando lo hace, el roce leve de su brazo contra el mío me recuerda que quizá no todo lo que duele tiene que ver con el castigo. A veces, el dolor también puede ser síntoma de estar vivo.

Y algo me duele. Por ella. Y solo por ella.