CAPÍTULO 40
Mamma mia
Cassie
« Si no la lías, puede que luego te recompense». ¿A quién se le habrá ocurrido la fabulosa idea de decirle eso a Asher Maddox, experto en recabar información y datos para utilizarlos a su favor?
—Joder, Cassie.
Pierdo el control de mi cuerpo cuando sus labios me aprisionan la oreja, cuando siguen descendiendo, cuando mis manos se sitúan por encima de mi cabeza y las suyas las someten a su antojo.
Como hace siempre con mi cuerpo.
—Te encanta esto, ¿verdad?
—¿El qué? —susurra separándose solo unos centímetros.
Siento la distancia como una condena. El aire entre nosotros pesa, duele.
—El poder que tienes sobre mí —respondo casi sin voz.
Sus ojos se clavan en los míos, azules, intensos, y en ellos encuentro la misma ansia que me consume a mí.
—No, Cassie —responde al fin con esa calma peligrosa que tanto lo caracteriza—. El poder lo tienes tú. Siempre lo has tenido tú.
Y, cuando vuelve a besarme, lo hace como si quisiera demostrármelo con cada fibra de su ser, como si cada roce fuera una confesión que ninguno de los dos se atreve a formular en voz alta. Me muerde la curva del cuello y me arranca una carcajada que termina en un gemido ahogado.
Se aparta de nuevo y se lleva la mano al costado.
Sé que lo ha hecho como un acto reflejo porque Ash siempre intenta ocultar este tipo de cosas.
Tengo la ligera sensación de que no quiere que nadie se preocupe por él y sí, lo siento mucho, siento mucho la mierda de familia que le ha tocado y no hablo de Aaron, aunque también podría tratar este tema y, de hecho, lo haré.
Hablo de lo solo que se siente y de lo mucho que me afecta eso.
Y no es que quiera protegerlo o sí. No sé lo que me pasa.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Se aparta un par de pasos más y decido de inmediato que ya tendré esa conversación conmigo misma en un momento en el que no tenga una deuda personal con Asher Maddox.
Sonrío y eso parece calmarlo.
—Por supuesto que sí. —Porque estar con él me hace sentir mejor que bien.
Lo sujeto por la mano y lo arrastro en dirección a la cama.
Se deja llevar sin poner resistencia alguna y, cuando mis piernas tocan el colchón, cambio la posición hasta situarme justo frente a él.
Paseo el dedo índice por su piel, desde la mandíbula cuadrada que me muero por morder hasta el botón del pantalón vaquero desgastado que lleva y que me muero por quitar.
Y a eso me dedico los siguientes minutos. Me tomo mi tiempo. Me lo tomo con calma, una que, por cierto, no siento en absoluto. Lo desvisto y dejo que cada prenda decore la habitación. Cuando no hay nada más que quitarle, son sus manos las que vuelan hasta mis prendas.
—No. —Chasqueo la lengua—. Hoy no —declaro tomando las riendas de la situación.
Lo empujo hasta que queda sentado. Vuelve a llevar la mano derecha al costado izquierdo y entonces se me ocurre una idea. Una que tal vez funcione y que ya he utilizado.
—Si te tomas un analgésico… Puede que pase de portarme bien a portarme de forma excepcional.
Una ceja se le alza y la curiosidad se abre paso en su mirada. Lo tomo como una victoria.
—¿Estás intentando chantajearme?
Suelto una risilla mientras me quito la camiseta con la firme intención de subir la apuesta y salirme con la mía.
—Yo lo veo como una compensación. Yo gano y tú ganas, ¿no crees?
Se rasca la barbilla unos segundos. Está alargando el instante, ahí está el Asher juguetón que tanto me fascina.
—Tengo del todo claro lo que gano yo. —Pasea deliberadamente su mirada por mi figura aún vestido demostrándome con exactitud de lo que habla y, a su vez, caldeando mi cuerpo—. Lo que no me queda tan claro es lo que ganas tú.
Me alzo de hombros.
—Hará que te sientas mejor. No quiero que te duela.
Permito que sienta la preocupación porque odio tener que esconderle mis emociones y no quiero hacerlo más.
Hasta ahora he intentado que nuestra relación sea profesional y he fracasado de forma estrepitosa.
No es que me arrepienta, no vayamos a pensar eso, es solo que no me quiero privar de algo que me hace sentir bien, y Asher me hace sentir mejor que bien, ya puestos.
—¿Estás preocupada por mí? —pregunta, con una mezcla de sorpresa y ternura que no esperaba. Asiento sin pensarlo—. Joder, Cassie, ven aquí —me pide.
Me acerco paso a paso, pisada a pisada, y, cuando me sitúo frente a él, se limita a estrecharme entre sus brazos.
Su cabeza queda apoyada en mi abdomen y elimino cualquier pensamiento negativo de la ecuación.
No pienso en mi cuerpo, en los defectos del mismo, en las cosas malas o en los comentarios hirientes que me han hecho.
Me limito a disfrutar de todo lo bueno. De sus dedos deslizándose por mi espalda de forma sinuosa, de cómo se me eriza la piel a su paso.
Del calor que me recorre las entrañas y de los sentimientos que, por momentos, me abruman.
Porque esto tiene nombre y apellidos.
Y, aunque me gustaría fingir que no lo sé, que lo nuestro es solo una mezcla de deseo y adrenalina, la verdad me golpea con la misma fuerza con la que él me mira. Esto es más que un juego, y me da tanto miedo como ganas de saltar sin mirar atrás.
Sus labios me rozan el vientre y la respiración se me entrecorta.
—Cassie, ¿qué nos está pasando? —murmura contra mi piel depositando suaves besos sobre ella.
Su voz suena a promesa y rendición. No sé si me está pidiendo algo o simplemente diciéndolo todo sin palabras, pero lo entiendo. Lo entiendo demasiado bien.
Le enredo los dedos en el pelo, cierro los ojos y dejo que el mundo desaparezca a nuestro alrededor. Porque si hay algo que tengo claro es que, si esto es un error, es el más bonito en el que he caído en mi vida.
—Supongo que ya lo descubriremos, ¿no?
Cabecea a firmando.
—Supongo que sí.
Me aferro a sus palabras con uñas y dientes porque eso significa que para él esto también es más.
Mucho más.
Le alzo la barbilla y me agacho para depositarle un beso suave y casto en los labios. Con Asher nunca nada puede ser de esa forma. Se apodera de mis labios con fiereza y, cuando su lengua entra en mi boca, pierdo la cordura una vez más.
Gimo entre sus labios y siento su sonrisa bajo ellos.
Lo empujo antes de que haga conmigo lo que quiera. Otra vez. Y él se deja hacer.
Me coloco a horcajadas sobre su cuerpo y lleva las manos a mis caderas. Mis pantalones vaqueros siguen en su sitio y se da cuenta más pronto que tarde. Intenta soltarme el botón y le doy un golpecito en la mano para disuadirlo.
—¿Quieres ese analgésico? —le pregunto llevando la mano al cierre delantero de mi sujetador.
Asher clava la vista en el centro de mi pecho, donde mis manos juguetean con la prenda. Su mirada arde y siento su erección en el abdomen. Dura. Férrea. Impresionante.
—Joder, Cassie, no es justo.
—Nunca he dicho que yo forme parte del grupo de las buenas —repito las mismas palabras que utilicé hace tiempo, justo cuando quería que se tomase dos antiinflamatorios tras eso que llamé «el incidente que quiero olvidar».
Una pastilla a cambio de una historia. Pues parece que la cosa sí que ha cambiado un poco, ¿no?
En fin, miradnos.
—En eso tienes razón —admite—, porque siempre has formado parte de las mejores.
Le regalo una sonrisa bobalicona porque, bueno, Noah tiene razón, estoy coladita por él y ya estoy un tanto cansada de negarlo.
Me incorporo dejándolo desnudo frente a mí, así, en todo su esplendor, y este chico no siente reparo alguno en lucirse tal y como su madre —por la que siento cierta animadversión— lo trajo al mundo. ¿Qué esperabas? Es imposible que fuese de otra forma.
Prenda a prenda me despojo de todo hasta que yo también me quedo desnuda frente a él.
Me ruborizo por la forma en la que me observa, pero, sobre todo, por la forma en la que no lo hace.
Sin juzgarme, sin etiquetarme, lo hace como si lo que estuviera viendo fuera algo sagrado, algo que no se mide ni se compara, algo que lleva mucho tiempo deseando.
Su mirada me recorre con calma, sin prisa, sin ese hambre egoísta que tantas veces confundí con simple deseo.
—Eres preciosa —murmura tan bajito que casi dudo haberlo escuchado.
Y ahí está el problema. Porque no lo dice para convencerme ni para conseguir nada, lo pronuncia de un modo que deja claro que lo cree de verdad, y eso me desarma más que cualquier caricia.
Me limito a hacer lo mismo que él hizo hace días, demostrarle con palabras lo agradecida que estoy.
—Puede que yo sea el que esté tumbado en esta cama —susurra cuando ya mi cuerpo está situado justo donde quiero que esté—, pero no te confundas, Cassie, sigo teniendo el control —agrega con esa voz rasgada que me eriza el vello—. Ahora, cariño, sigue subiendo, quiero probar ese dulce coño.
Se lleva las manos a la boca y por un instante me quedo paralizada sin saber cómo asimilar sus palabras, es decir, ¿«¡Joder!» es suficiente?
—¿Qué? —casi tartamudeo.
Lleva las manos a mi culo y me da una cachetada. Me empuja con suavidad hacia delante y mi cuerpo responde por sí solo. Mi cerebro parece ejecutar acciones sin pedir permiso porque sabe que eso que promete es mejor que bueno. ¿A quién quiero engañar? Por supuesto que lo estoy deseando.
—¿Te tomarás…?
—Sí —finaliza.
—No sabes lo que iba a decir.
—Me da igual lo que fuese a salir de esa boquita, por probar ese delicioso coño, tomaría cualquier mierda que quieras.
¿Me siento satisfecha? No tanto como en unos segundos.
Hago lo que me pide y me sitúo justo encima de su cara. ¿He dicho justo encima de su cara? Lo miro desde arriba y apuesto lo que sea a que tengo las mejillas encendidas.
—Nada de ponerse vergonzosa ahora, Fierecilla.
Me propina un lametón y os juro que no sé ni qué significa esa palabra. Con el siguiente, no recuerdo ni mi nombre. Con el tercero, quiero quedarme a vivir aquí para siempre.
—Joder, Ash.
Hay algo de lo más erótico en esta postura porque puede verme, es más, no aparta su mirada de mí ni un solo instante, y yo…, yo soy incapaz de desviar la vista hacia cualquier otro lado que no sea su boca, su lengua y sus ojos.
Se me corta la respiración cuando Ash desliza la punta de su lengua justo encima de mi clítoris y lo hace como la otra vez, con la presión y la fuerza exacta.
Madre mía. Madre mía.
Me agarra del culo cuando se percata de que quiero removerme.
Ni siquiera pretendo alejarme de su boca, a ver, seamos honestas, tiene la maldita lengua en mi centro, ¿quién en su sano juicio querría hacer eso?
Sin embargo, mi cuerpo responde por sí mismo y se mueve como le da la maldita gana.
Puede que esté cortocircuitando y hablo en serio.
—Mira lo dura que me la pones, Cassie.
Sigo sus palabras como si fuesen una orden expresa y clavo los ojos en su polla. Su mano derecha la rodea y se está tocando. Alerta: ¡se está tocando!
Se me escapa un jadeo ahogado.
—Así que eso te gusta…
Mi cuerpo se arquea cuando acompasa el movimiento de su mano con el de su boca. Hay algo realmente obsceno en verlo masturbarse mientras me lame sin parar. Arqueo la espalda y siento la tensión en los muslos a la vez que presiono las piernas contra su cara.
—Eso es, apriétame fuerte. Quiero sentirte en todos lados, Fierecilla. En cualquier puto lado de mi cuerpo quiero que estés tú.
No puede ser más sensual de lo que es, madre mía. ¿Cuántas veces he verbalizado eso? No las suficientes, seguro.
Mis ojos se clavan una vez más en su miembro, en el ritmo que toma su mano, cada vez más rápido, cada vez más intenso y en esa humedad que se le está formando en la punta y que gotea sobre su abdomen.
Me muero por lamerla. Por saborearla.
—No, eso no va a pasar.
Mis ojos vuelven en su busca y percibo en su boca mi propia humedad. Se relame, demostrándome lo mucho que le gusta. Acerco de nuevo mi sexo hasta sus labios y me regala una mirada triunfal cuando lo hago.
—Ash…
Me da una cachetada en la nalga con la mano izquierda, una cachetada furiosa. Ladeo una vez más la cabeza para observar la forma en la que se da placer, en la que conecta su clímax al mío.
—Ash —repito de nuevo, solo que esta vez su nombre se ahoga entre mis jadeos.
—Eso es, Fierecilla, cabálgame la cara.
Es entonces cuando me muerde el clítoris y exploto.
Grito su nombre, lo hago sin apartar la mirada de su polla. Percibo la tensión en su abdomen mientras poco a poco reduce la velocidad de su lengua. Y lo hago.
Desciendo, le quito la mano y me la meto en la boca por completo.
—Joder, Cassie, no era así como…
Ahueco las mejillas cuando el primer chorro caliente me inunda la boca. Alzo la mirada solo para encontrarme con sus ojos, tan claros y oscuros a la vez, tan llenos de hielo y de fuego, de rebeldía y de paz.
Y trago.
Me separo de él, todavía la tiene dura. Me sonríe a la vez que se sienta y desliza su dedo por la comisura de mi labio.
Me mete el pulgar en la boca.
—Hasta la puta última gota.
¿Lo bueno? Que Ash se toma los analgésicos.
¿Lo mejor? Que me estrecha contra su cuerpo antes de dormir.
¿Lo mejor de lo mejor? Que nada más importa. Solo él y yo.