Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Volando vengo

Ash

E l partido contra los New York Firestorm terminó hace horas y todavía puedo sentir el eco de la pista en las piernas.

Ese zumbido eléctrico que te recorre después de ganar fuera de casa y que ni las duchas frías consiguen apagar.

Cuatro a dos en el marcador. Dos asistencias, un gol y una pelea a mitad del tercer periodo que Aaron no aprobó, pero que, admitámoslo, encendió al público.

Sí, fue un buen partido. No por las estadísticas. Fue bueno porque ella estaba allí.

No me costó mucho encontrarla entre el gentío cuando me lancé a la pista de hielo, con esa sonrisa contenida que intentaba aparentar ser de lo más profesional y que a mí me sabía a victoria igualmente.

Es extraño y gracioso a la vez porque Cassie asegura que el hockey no es lo suyo o que hasta ahora no le interesaba, pero desde hace semanas, soy más que capaz de percibir sus nervios cuando me acerco a la portería del rival, su tensión cuando nos encajan algún tanto y la furia que emana de ella cuando recibo algún golpe.

Como esta noche. Ese cabronazo de Ricky Romano me empujó contra el cristal de la pista y mis costillas, todavía resentidas desde hace semanas, se llevaron la peor parte.

Negué en un par de ocasiones a todos en general, y a ella en particular, para que entendiesen que todo estaba bien, que no sucedía nada y que las protecciones habían sido las más castigadas, aun así, noté su incertidumbre y su ceño fruncido.

No estoy acostumbrado a que nadie se preocupe por mí y, en fin, no sé cómo sentirme al respecto. Turbado, desconcertado…, loco por ella. Sí, quizá esa sea una buena forma de definirlo porque no logro sacármela de la cabeza.

Aaron ha intentado acorralarme en un par de ocasiones.

Anoche en el hotel justo después de hacer el check in , esta mañana en el desayuno, incluso hace un rato…

, solo que he sabido esquivarlo. No sé lo que han hablado, lo que compartieron en ese avión, aunque sí sé que me gustó que estuviesen juntos, que la hiciese reír y que Cassie se sintiese cómoda con él porque Aaron es la única familia que tengo. Lo único que me importa.

Hasta ella.

Así que, sí, pude escabullirme, solo que sé que no por mucho tiempo.

—La entrevista ha estado genial —murmura Cassie, que se sitúa a mi lado con esa maldita carpeta pegada al pecho. Parece que quisiese usarla de escudo. Yo seré su maldito escudo si hace falta—. Lo has hecho bien, Ash —me halaga.

Me planto frente a ella y le regalo mi mejor sonrisa, una llena de promesas y todas turbias.

La famosa entrevista fue bien, claro que sí, porque en esta ocasión seguí las pautas que tan a bien había tenido Cassie recordarme.

«Si no la lías, puede que luego te recompense».

Qué fácil es convencerme.

Las preguntas siempre son las mismas. Sobre el desarrollo del partido, sobre la racha del equipo, sobre la rivalidad entre hermanos que tanto les encanta explotar y que es del todo inexistente solo que se empeñan en que no sea así.

Y, cómo no, la gran favorita del público: «¿Y en tu vida personal, Ash?

, ¿alguien especial últimamente?». Sonreí.

Evité la pregunta con un chiste fácil y un movimiento de cejas que provocó carcajadas varias y, siendo honesto, por dentro me ardía la sangre.

Porque la respuesta era sí. Un sí rotundo.

Claro que hay alguien especial. Solo que no puedo decirlo. No todavía.

Ni siquiera a ella.

«¿Y si no te gusto yo?».

Sacudo la cabeza intentando buscarle una explicación lógica a esa pregunta. Sentí su vulnerabilidad, sentí su miedo, sentí sus dudas, y decidí que era mejor demostrarlo, sin embargo, soy incapaz de apartar de la cabeza la idea de que no sea capaz de verse como yo la veo.

—Puedo hacerlo mejor. —Alzo un par de veces las cejas, y ella sonríe ladina.

—Seguro que sí. —Me da una palmada en la mejilla como buena niñera que es y camina sin mirar atrás.

Me llevo la mano al costado por pura inercia. Mañana volaremos hacia Boston. La temporada es frenética y necesito recuperarme antes de lanzarme de nuevo al hielo.

Observo cómo se para unos segundos y examina con atención su teléfono móvil. Le doy un poco de espacio a la vez que se me ocurre una idea. Una idea ridícula.

—¿Todo bien? —pregunto con calma colocándome a su altura y dirigiéndola hacia la salida de la cadena de televisión.

—Sí, son solo cosas de trabajo. Ya sabes.

—¿Mi padre?

Sonríe y asiente.

—Lo tengo todo controlado. Parece que lo de esta noche le ha gustado.

Chasqueo la lengua, es extraño que a Prescott Maddox le satisfaga algo que tenga que ver conmigo.

—¿Tienes hambre? —pregunto, saliendo al bullicio de la ciudad.

No es tarde, apenas son las nueve de la noche, pero va a ser cierto que esta es la ciudad que nunca duerme.

—Depende —responde ella sin mirarme—. ¿Esa es tu forma de invitarme a cenar o de cambiar de tema?

—Ambas —contesto, sonriendo—. No me gusta mucho hablar de mi padre.

Alza una de esas perfectas cejas y algo tan sencillo como eso es capaz de robarme el aliento.

«Pues sí que estás jodido, Ash».

—¿Qué quieres comer? —pregunta.

Y es mi turno de alzar la ceja.

—¿Me estás haciendo una proposición indecente?

—La más indecente del mundo —agrega y su tono es jovial y divertido, nada que ver con ese deje que marcaba distancia al principio.

Me temo que ninguno de los dos somos los mismos de hace meses.

—Creo que nos vendría bien un perrito caliente de un puesto callejero en pleno Manhattan. De los que te hacen dudar de que sea carne de verdad y no de rata.

—Tu sí que sabes quitarle el apetito a una mujer. —Otra palmada en el pecho y, antes de que aparte su mano, la sujeto y dejo que siga ahí, sobre mi camiseta, alargando el contacto porque esto es lo que quiero, lo que necesito. Lo que me ancla al presente y me hace soñar con el futuro.

Su respiración se entrecorta apenas un segundo, tiempo más que suficiente para percibirlo. Noto cómo el pecho se le eleva y baja al mismo ritmo que el mío. Cómo sus ojos se detienen en mis labios antes de apartarse, como si estuviera recordándose a sí misma que no debe hacerlo.

Carraspea.

—Entonces… —habla al fin con una sonrisa ladeada—, llévame a por ese perrito caliente, Maddox.

—Con gusto, Caldwell.

Caminamos sin prisa entre la multitud, con los neones reflejándose en los escaparates y el ruido de los taxis colándose entre las risas y el murmullo de la gente. Es raro, pero, a su lado, incluso el caos de Nueva York parece enmudecer.

Nos detenemos frente a un puesto ambulante que huele a mostaza y a pan tostado.

El tipo del carrito en el que nadie en su sano juicio se pararía a comer.

El olor a salchicha a la plancha se extiende por toda la manzana y se mezcla con el humo, el aire húmedo y ese inconfundible aroma a ciudad que nunca deja de moverse. Cassie arruga la nariz, divertida.

—No puedo creer que te haya hecho caso.

—Eso dices ahora. —Hago una pausa teatral—. Cuando lo pruebes, me vas a agradecer toda una vida de decisiones cuestionables.

—Ya veremos —murmura y la diversión baila en su voz.

Le paso su perrito caliente y me apoyo junto a ella en una barandilla metálica, observando el tráfico avanzar como una corriente infinita de luces rojas y blancas. Durante unos segundos no decimos nada. No hace falta. Nos limitamos a comer y a saborear la comida basura.

—Dudo que mi hermano aprobase esta comida —murmuro, dándole un mordisco al pan y saboreándolo a conciencia. Es el mejor perrito caliente que me he comido nunca y no es por los ingredientes, sino por la compañía—. Dice que arruina la dieta, que hay que ser ejemplo para los novatos y toda esa mierda.

Cassie arquea una ceja.

—Y tú, por supuesto, haces justo lo contrario.

—Por supuesto. Soy un excelente mal ejemplo y lo sabes.

Ella sonríe y me mira de reojo.

—No hablas mucho de él —agrega con cuidado—. De Aaron. De tu familia.

Trago antes de responder y más que un gesto de cortesía es una pausa para poner en claro mis ideas. Lo que quiero o no quiero contar porque, como dice ella, no soy especialista en mostrar mis emociones y exponerlas sin más.

—No hay mucho que contar. Él es el hermano mayor perfecto, el capitán intachable, el tipo que siempre hace lo correcto. Y yo…, bueno, yo soy todo lo contrario, ¿no?

Chasquea la lengua. Mi comentario y mi etiqueta parecen haberle dolido incluso más que a mí. Al final, he decidido ser honesto porque es Cassie. Porque con ella quiero hacer las cosas bien. No quiero joderlo todo. No a ella.

—No creo que seas lo contrario —replica—. Solo eres tú.

Me limpio la boca con una servilleta y la lanzo a la papelera más cercana. Me llevo de nuevo la mano al costado cuando el dolor me tira de esa zona.

—¿Te duele? —Niego para no preocuparla—. ¿Por qué lo haces? —Ignora mi pregunta, y yo tampoco me planteo responder a la suya. Se planta frente a mí. Extiende la mano y la pone sobre esa zona—. ¿Mejor?

Coloco de nuevo mi mano sobre la suya.

—Muchísimo mejor —pronuncio.

—Cuéntame más —me pide—. Quiero saber cómo eras de pequeño, cómo era tu hermano, cómo supiste que querías ser jugador de hockey .

—¿Quieres que te conceda una entrevista? —bromeo.

—Una privada. —El brillo malicioso de su mirada me indica que ha llegado a la misma conclusión que he llegado yo.

¿Y lo preciosa que es? Joder, lo preciosa que es.

Comenzamos a caminar en dirección al hotel. Ambos muy muy cerca, aunque no lo suficiente. Dejo que mis manos caigan a ambos lados y las suyas también. Nuestros dedos se van rozando poco a poco.

Poco a poco.

Poco a poco.

—Con Aaron siempre ha sido fácil. Desde que éramos niños.

Formamos un tándem perfecto. Él heredó el control, yo heredé el caos.

A pesar de todo, sabíamos complementarnos.

Cuando uno necesitaba paz, ahí estaba el otro para infundírsela.

Cuando necesitábamos acción, yo era experto en travesuras.

Nos metimos en muchos líos, casi todos por mi culpa.

Mis padres nos castigaban. Sabían darme donde más me dolía —le cuento y me expongo del todo.

—¿A qué te refieres?

Me alzo de hombros.

—Mi padre sabe usar mis puntos débiles, Cassie.

Sabe darme donde más me duele, y Aaron siempre ha sido el motor de mi vida.

La persona que más me importa. Él, el hockey …

—Inspiro con fuerza—. Así que me castigaba privándome de la presencia de lo único que me importaba.

Me daba absolutamente igual no cenar en días, que me quitase la consola o el televisor, y Prescott lo sabía.

Así que… —Me alzo de hombros una vez más permitiendo que sea ella la que saque sus propias conclusiones.

Cassie se queda en silencio. No añade nada, pero la forma en que me mira basta para que sienta que lo ha entendido todo. Ese tipo de comprensión que no necesita palabras, porque… ¿Qué más puedes añadir a ese jarro de agua fría?

—No tenía ni idea —suspira y continúa—. Es decir, tu padre es una persona de lo más temible.

Suelto una carcajada irónica.

—Tranquila, sigue, sigue…

Temible. Qué buena chica es cuando lo describe de esa forma después de todo.

—Es que no estoy acostumbrada a eso, ¿sabes?

Puedo tener mis más y mis menos con mis hermanos, sobre todo, con Xavier, que es de lo más protector.

—Sí, me he dado cuenta de eso, creedme—.

Sin embargo, en casa siempre hemos sido una familia unida, nos hemos apoyado, nos hemos ayudado y hemos arrimado el hombro cuando había que hacerlo. Incluso con Blue…

No me atrevo a preguntar por algo tan serio como el pasado de su amiga, aunque sí que me he dado cuenta de que Blue solo los tiene a ellos. También os digo, ¿para qué más?

—Tienes una familia increíble.

—¿Incluso Xavier?

—Incluso Xavier —afirmo.

—Es insoportable.

—Te quiere, Cassie, y esa es su forma de protegerte. Es lícito. Yo también lo haría.

—¿Proteger a Xavier de mí?

—Protegerte a ti del mundo —suelto sin dudar.

La mirada de Cassie pasa por varios estados: sorpresa, conmoción, ternura, y ahí, en el fondo, hay algo más. Algo que me hace olvidar durante unos segundos dónde estamos, quién soy o por qué demonios seguimos fingiendo que esto no es lo que es.

—No necesito que nadie me proteja, Maddox —replica al fin.

Su voz suena más suave que desafiante.

—Lo sé —digo acercándome un paso—. Sin embargo, eso no quita que quiera hacerlo.

Ella baja la mirada, dando a entender que mis palabras le pesan demasiado para sostenerlas, o tal vez porque las entiende mejor de lo que me gustaría admitir.

—No deberías decir esas cosas —susurra, apenas audible.

—¿Por qué no?

—Porque tu reputación de chico malo empieza a ser cuestionable.

Me acerco unos pasos hasta que me coloco frente a ella. Hemos llegado al hotel y estamos justo frente a la puerta. Si alguno de mis compañeros saliese, nos verían. ¿Y qué? ¿De verdad me importa que nos vean? No tengo duda alguna sobre la respuesta a esas preguntas.

—Bueno, mi niñera es la responsable de que mi popularidad siga en alza, ¿no?

Ella sonríe. El murmullo lejano del tráfico es lo único que se escucha a nuestro alrededor. Las luces de la entrada se reflejan en sus ojos y durante un instante pienso que, si me acerco un poco más, el mundo entero podría desmoronarse y no me importaría.

—No sé cómo lo haces.

Levanto la mano y la coloco sobre su mejilla, ella recuesta la cara sobre la palma y me fascina la forma en la que nos amoldamos.

Ella tan fuego y yo tan hielo. Ella tan chispa y yo tan incendio.

Ella tan caótica y yo tan perdido en su caos.

Ella tan luz que hasta mis sombras quieren quedarse a su lado.

—¿El qué?

—Hacer que todo parezca un poco menos jodido.

Se encoge de hombros.

Entramos en el hotel en silencio, con la complicidad flotando entre nosotros.

No hablamos mientras cruzamos el ascensor.

Tampoco cuando llegamos a nuestra planta ni cuando ambos recorremos el pasillo sin dudar hasta situarnos frente a mi puerta.

Mucho menos cuando la abro y cuando la empujo de nuevo contra la pared y mis labios se encuentran con los suyos.

Cuando su sabor se cuela en mi boca y cuando percibo cómo se estremece en el momento en que nuestras lenguas se entrelazan.

—Es hora de que me recompenses.