Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Volando voy

Cassie

L levo aproximadamente treinta minutos sentada al lado de Ash y es como si hubiesen pasado horas.

Vamos de camino a Nueva York, porque el próximo partido se celebra allí y durante toda esa semana estaremos fuera.

Nueva York, Boston y Los Ángeles son los tres destinos que visitaremos.

Una semana intensa en muchos, demasiados, sentidos.

Me siento extraña, no os voy a mentir, hace tan solo dos noches que pasó lo que pasó entre nosotros y no hemos tocado el tema.

En resumen, porque no he querido hacerlo.

Estoy dividida entre el deber y el placer, y esta frase no podría definirme mejor, no.

Por una parte, está Ash y ese lado juguetón que me ha ido mostrando poco a poco.

Esa cebolla que está llena llenísima de capas y que guarda un corazón con ganas de ser descubierto.

Y, por otra parte, está el jugador mediático que tantos quebraderos de cabeza me da.

¿Lo peor? Que he aprendido a que ambas versiones me gusten y eso, chicas, eso es un problema y de los grandes.

Abro el portátil solo para obligarme a concentrarme.

—Vale, repasemos… —murmuro, más para mí que para él, aunque sé que me está escuchando o eso espero porque con Ash nunca se sabe—.

Mañana tienes la entrevista en el Tonight Show tras el partido con los New York Firestorm.

El miércoles, una vez aterricemos en Boston, tienes la firma con fans y el entrenamiento abierto al que es posible que asistan varias clases del colegio público de la zona.

Y el sábado, antes de regresar a Vancouver, debes hacer acto de presencia en el evento con los niños de la fundación.

Tu hermano también irá, así te sentirás más cómodo.

Una agenda relativamente tranquila, si ignoramos el detalle de que todo implica sonreír, posar y no soltar palabrotas delante de las cámaras.

Ash sonríe sin apartar la vista del ordenador, de hecho, se echa hacia delante con la intención de ponerme nerviosa, estoy segura de ello. Ruedo los ojos.

—¿No dice nada en esa agenda que de forma tan meticulosa has preparado sobre mantener las manos quietas? —me suelta.

Las mejillas se me encienden por lo que deja entrever esa provocación.

Presiono una pierna contra la otra, y él baja la vista deleitándose con el gesto en sí y con lo que ha conseguido que no es otra cosa que sonrojarme.

Porque sé que el hockey es su deporte favorito que si no pensaría que lo es llevarme al límite. En todos los sentidos, sí.

—Cállate —le pido—. ¿No te has dado cuenta de dónde estamos? —murmuro bajito, para que esto quede entre él y yo.

—Oh, por supuesto que me he dado cuenta, de hecho, por culpa de donde estamos —señala condescendiente— es que no estás de rodillas con esa boquita rodeándome la polla.

—Me marcho.

Cierro el portátil y me incorporo con la poca dignidad que me queda en el cuerpo.

Treinta y cinco minutos de vuelo han pasado.

Solo treinta y cinco de las cinco horas que hay previstas desde Vancouver hasta Nueva York.

Ya os digo que no va a ser posible pasarlas juntos porque puede que tenga razón y me muera de ganas de arrodillarme y hacer justo lo que me acaba de decir.

¿Qué le vamos a hacer?, quizá sea una chica de mentalidad dura y cuerpo fácil.

Cuando estoy a punto de recorrer el pasillo, me sujeta de la muñeca y siento la electricidad subirme por el brazo, recorrerme la nuca y descenderme por la columna vertebral.

—Es una promesa, Cassie. Va a suceder.

Entonces me suelta y medio traspuesta camino hasta sentarme al lado de Aaron, que es el único que va solo.

—¿Puedo? —pregunto.

Kai tiene los ojos cerrados y va canturreando lo que quiera que sea que esté sonando por los auriculares. Caleb está medio adormilado a su lado, y Ben sigue fingiendo que en este avión no hay nadie más que él.

Aaron palmea el asiento a su izquierda y lo tomo como una invitación para ocuparlo.

—¿Siempre va así? —pregunto llena de curiosidad.

—Holloway es el más taciturno del equipo —me explica Aaron—.

Es muy metódico y le gusta concentrarse antes de cada partido.

Sigue la misma rutina. Apuesto a que en su casa también lo hace e ignora a todo ser viviente que pase por su lado.

En el vestuario es así. En ocasiones, cuando estoy dando el discurso motivacional, creo que ni siquiera me escucha.

De hecho, tengo dudas de que alguno lo haga —me cuenta sonriente y no parece nada afectado porque sus palabras sean ciertas.

Ben le regala una peineta, lo que demuestra que sí que puede estar concentrado y todas esas cosas, pero también nos oye.

Aaron se ríe.

—¿Qué te ha hecho? —indaga moviendo la cabeza en dirección a su hermano.

No quieras saberlo.

—Nada, es solo que tu hermano puede ser un poco…

—¿Tocapelotas?

—Frustrante.

—Ah, eso también.

Se le escapa una risilla, y Ash se gira en ese instante y me guiña un ojo. Yo le enseño la lengua. Cuando me doy la vuelta de nuevo hacia Aaron podría asegurar que las cejas le llegan al nacimiento del pelo.

Antes de que se le ocurra hacer preguntas que evidentemente no quiero responder, me adelanto y tomo la iniciativa.

—¿Cuánto tiempo lleváis jugando juntos?

—¿Asher y yo? —Asiento a modo de confirmación—.

No lo sé, mucho. —Suelta otra risilla solo que esta vez no es tan sincera, es más bien una risa carente de humor, parece contener un batiburrillo de sentimientos y muchos de ellos son de anhelo—.

Siempre quisimos jugar al hockey , lo tuvimos claro desde pequeños.

—¿Por vuestro padre?

—Oh, no, incluso antes de eso. Asher y yo nos llevamos solo tres años, pero juraría que él incluso lo supo antes que yo.

Lo de nuestro padre llegó después, tal vez al darse cuenta de que sus hijos apuntaban maneras.

Mi hermano tiene un instinto nato para este deporte, es bueno, sabe adelantarse a las jugadas, es como si supiese lo que va a suceder antes de que lo haga.

—Chasquea la lengua—. Durante un tiempo sentía envidia por ello.

Da la sensación de que ha nacido para esto, Cassie, para jugar, para placar, para ser la estrella del equipo.

Carraspeo y dudo en formular la pregunta. Aaron entorna los ojos y un leve asentimiento me da el pistoletazo de salida.

—¿Y por qué no lo es?

—Oh, créeme, lo es. Aunque no sea el capitán del equipo, todos los aquí presentes lo seguirían allá a donde vaya. Porque él se ha encargado de que todos nos sintamos como una familia.

—Aun así, el capitán eres tú.

Cabecea confirmando mis palabras.

—Y me siento orgulloso de ello, por supuesto, sin embargo, yo diría que es un cargo compartido. Tal vez sea yo el que dé los discursos en esa sala antes de cruzar el vestuario y el túnel que lleva a la pista, pero es Ash el que marca la diferencia.

Aparto la mirada unos segundos y lo veo allí delante, solo.

No sé si tendrá los ojos cerrados, si estará pensando en mí tanto como yo pienso en él o si estará concentrado en el partido de mañana.

Apuesto lo que sea a que ha estudiado a fondo al rival, a cada uno de los jugadores y habrá visto las mil y una estrategias que los New York Firestorm han utilizado en los últimos partidos.

Mentiría si dijese que no he visto algunas repeticiones yo también, solo por curiosidad. Nada más.

—Ese chico se deja la piel por las personas que de verdad le importan. —Su comentario me trae de vuelta al presente.

—Lo sé —la afirmación sale por mi boca antes incluso de haber pensado en ella—. Conocí a Art.

—Lo sé —repite él a su vez y no encuentro ni un solo atisbo de reproche en su voz.

—¿Te lo contó Ash?

Nunca hemos hablado en profundidad de la relación que mantienen estos dos, aunque no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de lo mucho que se quieren y se protegen y no solo dentro de la pista, también fuera de ella.

—No lo definiría yo así. —Aparta la mirada y la clava en su hermano. Las comisuras de los labios se le alzan—. Está diferente.

Se queda en silencio un instante, mirando al frente. No dice nada más, pero hay algo en su tono que me deja claro que sabe más de lo que aparenta.

Yo, en cambio, no sé adónde mirar. El zumbido constante del avión, el leve golpeteo de Kai con el pie marcando el ritmo de su canción imaginaria, el ronquido intermitente de Caleb…

, todo parece difuminarse. Solo escucho el nombre de Ash, latiendo dentro de mi cabeza, mezclándose con esa voz interior que me repite una y otra vez que estoy jugando con fuego.

Aaron se reclina en el asiento y entrelaza las manos detrás de la nuca.

—A veces pienso que carga más de lo que debería —pronuncia al final, sin mirarme—.

Es su forma de proteger a los demás. Es su manera de decir que está bien, incluso cuando no lo está.

—Asiento despacio y trago saliva. Lo entiendo más de lo que debería—.

¿Y tú? —pregunta él de pronto, desviando la conversación hacia mí—.

¿Cómo llevas esto? Viajes, presión, titulares, cámaras… Nuestro padre.

Sonrío sin ganas.

—Supongo que sobrevivo. Aunque algunos días me pregunto si lo estoy haciendo bien, si de verdad no estoy cometiendo un error.

—¿Por mi hermano? —inquiere él y se pone en guardia.

Niego y le doy un par de palmadas en el brazo.

—Sin que sirva de precedente, creo que tu hermano no es como esperaba que fuese.

Mis palabras le provocan una sonrisa de esas que apenas se dibujan y que, aun así, dicen mucho más que cualquier respuesta. Parece del todo satisfecho con lo que he confesado

—Eso suena a cumplido —comenta con un deje de diversión en la voz.

Sí, es satisfacción, no me cabe la menor duda.

—No se lo digas, no es necesario que nadie le hinche más el ego —le ruego, medio en broma, medio en serio—. Solo digo que, a veces, cuando se olvida de que el mundo lo está mirando, puede llegar a ser…

Maravilloso.

—¿Humano? —me interrumpe de nuevo.

—Algo así —susurro.

Aaron asiente despacio, con ese gesto de quien entiende a la perfección lo que le explico, pero todavía más lo que no.

—Lo es, Cassie. Aunque se esfuerce mucho en esconderlo.

Me quedo callada. Miro el pasillo del avión, la línea de luces tenues que guía hasta la parte delantera. Ash sigue allí, con la cabeza recostada hacia el lado izquierdo. No sé si duerme o si simplemente finge hacerlo.

Lo observo durante unos segundos que parecen eternos. La mandíbula relajada, un mechón rebelde cayéndole sobre la frente, la mano descansando sobre el muslo. Podría jurar que, incluso dormido —si es que lo está—, sigue en guardia.

Aaron no añade nada más a pesar de que sé que está pendiente de mis reacciones, de mi mirada, aun así, le agradezco ese silencio.

Hay algo en él, en su calma, que me recuerda que los Maddox cargan con más de lo que dejan ver.

Que detrás de los titulares y la intensidad de la pista hay heridas que no se curan del todo.

El avión vibra levemente al atravesar una corriente de aire y ese pequeño temblor me devuelve a la realidad. Me recoloco en el asiento y miro por la ventanilla. Allá abajo, las luces de la costa parpadean mostrando que el mundo seguirá girando aún sin nosotros.

—Nueva York —murmura Aaron, casi como un aviso.

—Sí —respondo con un hilo de voz—. Nueva York.

No lo digo en voz alta, aunque lo sé. No es la ciudad lo que me da miedo. Es lo que pueda pasar en ella.

Y, mientras el avión sigue su rumbo, me descubro deseando, contra todo sentido común, que Ash no esté dormido. Que también sienta que algo está a punto de cambiar y no hablo de cuando toquemos tierra, hablo de nosotros.

Porque algo ya ha cambiado en mí.

Por él.