Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Pecados capitales

Cassie

E xhalo todo el aire de mis pulmones cuando la boca de Ash, esa maldita boca hecha para pecar y pecar, me devora tal y como llevo deseando desde hace tiempo.

Ni siquiera sé de dónde he sacado la valentía para hablarle de esta forma, de hecho, ni siquiera sé cómo es posible que haya sido capaz de incorporarme y pedirle sin palabras que dejase de hablar para pasar a la acción.

He tenido sexo, he estado con tíos y siempre ha sido satisfactorio, sin embargo, ¿esto?

Esto no tiene nada que ver con lo que haya podido hacer antes.

Cuando Ash aseguró que me iba a destrozar, hablaba en serio y estoy convencida de que es real.

Se separa unos segundos de mí solo para empujarme de nuevo con delicadeza.

—Túmbate —me pide y en su tono de voz escucho la exigencia del jugador de hockey que salta a la pista para comerse el mundo. En este caso, ese mundo soy yo.

Hago caso a lo que me pide y me regodeo en la satisfacción de que quizá esté buscando mi comodidad, que esto sea tan bueno para mí que no lo sea con nadie más y me… me hace sentir especial.

Cuando lo hago, me separa las piernas y se las coloca sobre los hombros, su mano izquierda vuela hasta situarse sobre mi abdomen y estoy casi segura de que quiere inmovilizarme.

Como si pudiese escapar de esto.

Como si quisiese escapar de esto.

Comienza a lamerme con una lentitud exquisita, más propia de alguien que disfruta dando placer que solo recibiéndolo y me pregunto si eso puede ser cierto, si es verdad que me ha deseado desde hace tanto tiempo, si él también se tocaba pensando en mí o si solo son palabras vacías dichas en un momento más propio del deseo sexual que de la sinceridad.

Hasta que caigo en la cuenta de que Asher nunca ha sido un hombre de hablar por hablar, siempre ha sido de demostrar y, joder, lo que está haciendo con esa lengua demuestra que sí que le gusta. Que yo le gusto.

Y me siento sumamente agradecida con cualquier divinidad por ello.

Rezaría incluso una plegaria al dios del sexo en forma de extremo derecho del hockey, si ese Dios existiese, claro.

Succiona con la fuerza exacta y arrastra la lengua sobre mi clítoris con la presión perfecta.

Muerde lo justo para arrancarme suspiros y desliza la lengua en mi interior follándome con ella como quiero que me haga con su polla.

Cuando intento moverme, su mano izquierda me empuja contra el colchón de nuevo y vuelta a empezar.

Es el mayor y más delicioso tormento al que me he visto sometida nunca.

—¡Ash! —grito cuando vuelve a penetrarme y me empuja de nuevo contra el colchón.

—Así, así es justo como quiero que pronuncies mi nombre, con ansia, la que te consume porque te siga devorando, Fierecilla.

Y vuelve a la carga. Sus dientes encuentran mi carne húmeda y la muerden hasta hacerme perder el sentido.

No sé si me encuentro en mi habitación o si he muerto y he subido al cielo del sexo desenfrenado.

Hasta que lo noto. Empieza como una descarga, una sensación electrizante que me nace en los dedos de los pies y me sube por las piernas.

Un calor que sacude toda la estancia. Una chispa que prende cada partícula de mi ser hasta que se condensa justo donde se encuentra.

Y me corro en su boca. Con un grito. Con su nombre entre mis labios. Tal y como él quería, se lo doy.

Ni siquiera cuando eso sucede, se detiene. Sigue lamiendo, solo que, en esta ocasión, reduce la presión, tanto de la mano como de su lengua. Mi respiración poco a poco disminuye y abro los ojos para encontrarme con su profundo iris azul.

—Mmmm —duda—. Me temo que no, todavía no te lo he demostrado lo suficiente.

Se limpia la boca con el antebrazo y me embebo de la masculinidad que exuda con ese simple gesto.

Con la cantidad de tinta que le recorre los brazos, se le extiende por los pectorales y le sube por el cuello.

Se separa y se aleja, abandonando la estancia.

Mi cuerpo se encuentra lo suficientemente laxo como para preguntarse a dónde coño va y por qué no vuelve y me deja que le devuelva el favor.

Hasta que lo hace y entonces tira varios preservativos sobre la cama.

Alza una ceja y mira mi cuerpo.

—No, ni por asomo he terminado contigo —susurra para sí mismo y me estremezco de anticipación.

Rompe el envoltorio con los dientes y se lo coloca con una presteza que me hace estremecer.

Se sitúa de nuevo frente a mí, entre mis piernas, y se las coloca sobre los hombros, solo que esta vez permanece de pie.

Me mira durante más tiempo del que sería moralmente correcto.

Correcto para cualquiera, pero no para él, porque Asher siempre ha sido el encargado de marcar su propio ritmo y está haciéndolo de nuevo.

También me está dando la oportunidad de que le diga que no quiero continuar, de que es el momento de parar. Me está permitiendo que elija. Siempre lo hace.

—Sí —sentencio.

Aparta la mirada de mis piernas y nuestros ojos se encuentran. Sonríe condescendiente y tira de mi cuerpo hasta colocarlo al borde de la cama.

No aparta la mirada ni un solo segundo mientras acerca su miembro a mi entrada. El corazón me late desbocado solo de pensar en lo que va a suceder a continuación.

Su erección tantea mi centro y me maravillo en lo férrea que es su longitud y en lo gruesa que la tiene.

No podía ser de otra forma, ¿no? Claro que no, en el reparto de cuerpos majestuosos, tuvieron que darle todo a él.

Esboza una sonrisa de suficiencia demostrándome que es más que consciente de hacia dónde se han ido mis pensamientos.

—Tranquila, Fierecilla, es toda para ti —me promete.

La siento hasta en lo más profundo de mi ser. No ha sido cuidadoso, no ha sido delicado, ha entrado a ganar y es así justo como me gusta.

—¡Madre mía, Ash! —grito.

Suelta otra carcajada y le respondo arrastrándole las uñas por la espalda y yo tampoco soy nada cuidadosa. Mis caderas van en busca de las suyas, y cierra los ojos con fuerza. Se está conteniendo y no necesito nada de esto.

—Más —le pido tal y como hice antes.

Cuando los abre, cuando me mira, es como si todo a nuestro alrededor hubiese desaparecido.

No es mi cliente. No es un famoso jugador de hockey .

No soy su niñera, esa a la que han contratado para salvar su reputación.

Solo somos dos personas que se gustan y que pueden terminar… Que pueden tener un final feliz.

Y también puedo ser esa clase de persona que se enamora y acaba con el corazón roto.

—Joder, estás muy estrecha —suelta mientras bombea con fuerza. La saca entera antes de volver a clavarse en mí de una sola embestida—. No sé si voy a ser capaz de aguantar —me confiesa.

—¿Quién te ha dicho que quiera eso? —lo provoco.

Deja escapar un suspiro contenido, esperando esa respuesta por mi parte. Sería imposible que le diese otra.

—Desde el primer día supe que tu lengua sería mi perdición. No imaginabas que acabaría siendo también la tuya.

Siento cada maldito centímetro de Ash deslizarse en mi interior.

Cada vello erizado. Cada poro. Cada trozo de piel expuesta y la forma en la que se complementan.

Establece un ritmo, una mezcla entre unas embestidas certeras que me atraviesan y unas sacudidas suaves que me hacen desear más y más.

Mis gemidos son cada vez más agudos porque siento que me voy acercando más y más al límite, y él parece sentirse satisfecho con esto.

Sus labios se encuentran con los míos y entonces busca mi oreja.

—Grita mi nombre, Fierecilla. Que se enteren todos de quién te está follando. Que todos sepan a quién perteneces.

Y esa sensación de sentirme suya que tal vez debiese horrorizarme se cuela en mi pecho y se queda ahí, latiendo como una promesa prohibida que no quiero que nadie rompa.

Hasta que grito su nombre. Hasta que lo grito varias veces. Hasta que la saca, se quita el preservativo y me mancha el abdomen con su corrida.

—Ahora sí, fierecilla. Ahora sí que estás más preciosa que nunca. Es hora de darme las gracias —me pide. Me exige.

Y lo hago.

Varias veces esa noche.

Y otras tantas a la mañana siguiente.