CAPÍTULO 36
Cada puta parte
Ash
M e separo solo para contemplar su cuerpo a mi antojo.
Sus mallas deportivas, esas que me dejan saborear cada curva de su cuerpo.
Esa camiseta ancha que tan bien le sienta, la forma en que su mirada refulge, sus labios hinchados por haberme chupado la polla y su melena roja como el fuego que caldea cada poro de mi piel.
—¿Te gustan mis pantalones de deporte? Quizá te pueda comprar unos —murmura como hizo hace semanas, solo que esa frase fue expuesta en otra habitación y en otras circunstancias bien distintas.
—¿Te gusta mi cuerpo? —suelto yo a su vez. Sé que aquel día yo llevaba puesto mi pijama y es más que evidente que, en este caso, no hay nada que cubra mi desnudez, así que…—Quizá pueda follarte con él. Aunque tendrás que ganártelo.
Alza una ceja, y noto los huevos pesados, ansiosos por derramarse dentro de ella, sobre ella.
En cualquier parte siempre y cuando sea con Cassie.
Se me escapa una risa y entonces me sitúo sobre su cuerpo y le muerdo la curva del cuello.
Gime fuerte con ansia. Con la misma que me devora las entrañas.
—Te gusta esto, ¿verdad?
Desciendo poco a poco y me muero por hacer esto mismo solo que sin la ropa puesta.
Cuando llego a su entrepierna, aspiro su olor.
Cassie eleva las caderas y aprovecho ese gesto para llevarme conmigo sus pantalones.
Unas putas braguitas de seda de color azul índigo me dan la bienvenida. Casi suenan a provocación.
Se me escapa el aire de entre los pulmones al verla así, dispuesta para mí.
—Tan perfecta… —susurro en voz alta. Un pensamiento expuesto—. Y tan mía… —Una verdad confesada.
Meto las manos bajo la camiseta y la subo poco a poco, deleitándome con cada trozo de piel que voy descubriendo. Me muero de ganas de saber lo que esconde bajo esa ropa. Lo que ha estado reservando para mí. No mentí cuando dije que la había deseado desde el primer día.
El pecho le sube y le baja a la vez que se le entrecorta la respiración cuando dejo a la vista un bonito sujetador a juego con sus braguitas.
—Mírate —repito porque es lo único que logro decir cada vez que la observo. Cada vez que la devoro con la mirada.
Sus senos son voluptuosos, tal y como lo son sus caderas, como sus piernas, esas que dentro de unos minutos estarán rodeándome la cabeza, robándome el aire mientras la devoro por completo. Mientras la destrozo de verdad.
Entonces se incorpora y se apoya sobre los codos, dándome permiso para que retire esa prenda y para que le demuestre que todo lo que esconde no solo me gusta, sino que me fascina.
Apoyo una mano sobre su pecho y la obligo a tumbarse nuevamente sobre la cama. Parece confundida por mi gesto. Perpleja por mi acto.
—¿Ash? —titubea y siento las dudas dispersarse por la habitación como abejas que han sido molestadas mientras estaban trabajando.
Me aparto solo unos segundos y la contemplo embobado, obviando su temor porque voy a encargarme de demostrárselo con hechos.
—Tan perfecta… —murmuro una vez más.
Aparta la vista y se sonroja. Me coloco de nuevo sobre ella y le doy la vuelta. Mi polla descansa rígida sobre su espalda, dura como una piedra. Le desabrocho el sujetador y siento que estoy abriendo el mejor regalo de Navidad que he recibido nunca.
Me aparto y me llevo conmigo sus braguitas y las lanzo a cualquier parte. Recorro con el dedo índice su columna vertebral hasta llegar a su culo.
—No te haces a la idea de la cantidad de veces que he fantaseado con cómo sería tu cuerpo.
Lo hacía cada mañana, cada tarde o cuando te veía en ese pasillo frente a los vestuarios, cuando te observaba en el túnel, con esa carpeta blanca, con esa falda de tubo que te hace parecer una chica seria, responsable, una chica inalcanzable para cualquiera.
Y ahora estas aquí, con el vello erizado con cada caricia que te prodigo, con el coño húmedo por cada caricia que quieres que te dé.
»No, no te haces a la idea.
Cuando me aparto, ella se da la vuelta y su mirada se clava en la mía.
Suelto una carcajada amarga al darme cuenta de que soy el hombre de hielo hasta que la toco.
Me inclino hacia delante, y ella abre las piernas para acogerme entre ellas como si hubiese decidido que ya es hora de que esto vaya un paso más allá. Cuando solo acabamos de empezar.
Coloco la boca alrededor de su pezón y el cuerpo se le arquea perdiendo toda voluntad. Acojo su otro pecho en mi mano y le aprieto el pezón a la vez que muerdo el que tengo en la boca.
—Joder —vuelve a gritar, esta vez más alto.
—No hemos llegado a ese punto… todavía —le susurro alzando la cabeza y mirándola desde mi posición.
Desciendo, dándole besos nada torpes por cada parte de su cuerpo que descubro. Su costado, su barriga, su ombligo, el otro costado, su pubis, hasta que me coloco frente a su coño y me relamo de anticipación.
El mejor puto regalo que he recibido nunca.
Tiene la cabeza alzada dándome a entender que no quiere perderse nada de lo que va a suceder a continuación y nunca me ha gustado tanto tener público como hoy.
Paso un dedo por encima de su centro y la humedad entre sus piernas me da una calurosa bienvenida. La polla me duele. Mucho.
—Joder, Cassie, mira cómo estás —pronuncio en voz alta—. Estás muy muy mojada. Empapada. Dime que es por mí, Fierecilla. Dime que me deseas, dime que deseas esto tanto como lo deseo yo.
—¿Por qué? —pregunta alzando la barbilla.
—Porque quiero escucharlo, porque quiero saber que tú también has soñado con esto, que lo has hecho tanto como yo. Que te has tocado pensando en mí de la misma forma en la que yo no he podido dejar de masturbarme pensando en ti. Cada. Puto. Día.
Mis palabras despiertan en ella el efecto deseado porque su mirada brilla de pura lujuria.
Entonces paseo un dedo por sus pliegues y deja caer la cabeza hacia atrás, presa del deseo. La penetro con el dedo índice y se mueve en busca de más. Le doy lo que me pide y añado un segundo dedo.
Gime alto. Fuerte.
—Más —me suplica.
Saco ambos dedos y me los llevo a los labios. Me observa con atención mientras los relamo hasta dejarlos limpios de su humedad.
—¿Sabes? Acabo de recordar algo. —Me acerco de nuevo y paso la lengua por su clítoris. Sabe tan dulce como esperaba. Cassie es mi sabor favorito, lo acabo de decidir—. ¿Recuerdas la primera conversación que mantuvimos?
—¿Qué? —pregunta confundida.
La ignoro.
—Recuerdo que estabas en el estadio, que habías ido a ver un entrenamiento, el primero, supongo que querías sentar unas bases y no te culpo.
Bien sabe Dios que me hacían falta, ahora bien, yo sí que recuerdo que me dijiste que no me metiese en líos.
—Una ceja se le alza, creo que sabe hacia dónde se dirige la conversación porque no solo es jodidamente preciosa, es inteligente hasta decir basta—.
Y también me dijiste que debía mantener las manos quietas.
—Me acerco y soplo sobre su clítoris, escucho sus jadeos y observo cómo las caderas se le mueven en busca de más.
Porque eso le sabe a poco, casi tan poco como a mí—.
¿Aún quieres que mantenga las manos quietas, Cassie?
, ¿estás segura de que eso es lo que quieres?
—Lamo su centro y lo hago con una cadencia propia de un castigo más que de una recompensa.
Solo busco provocarla, sacar a la fiera que tiene guardada dentro y que desea enfrentarse a mí—.
¿O quizá prefieres que estas manos —digo y se las enseño— toquen ese coño que se muere por ser devorado?
—Joder, Ash…
—Solo estoy siendo coherente con las peticiones de mi niñera. —Dejo en el aire—. Ya sabes, para portarme como se espera de mí —la incito, y ella responde de inmediato.
Se incorpora y me quedo boquiabierto con la forma en la que sus tetas se mueven frente a mis ojos. Se alza y me observa desde arriba. Y toma las riendas como la reina que es.
Me agarra del pelo, pone una pierna sobre mi hombro y lleva mi cabeza hasta donde quiere que lama, chupe y devore.
—Si vamos a romper las reglas —suelta con soberbia. Ahí está mi fiera—, al menos habrá que hacerlo bien.
Sonrío con satisfacción antes de meter la cabeza dentro de su coño y comérmelo como he querido hacer desde que apareció en mi vida.