Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Demasiado cerca

Ash

E xtiendo una mano y me regodeo en el fuego que veo en sus ojos. Cassie es de esas chicas que siempre muestran sus emociones sin sentirse horrorizada por ello. Si está molesta, lo está. Si está disgustada, lo está, y, si está cachonda, joder, lo está.

Y eso es lo que puedo ver en su mirada anhelante mientras me observa. Es la típica chica buena que me encantaría destrozar. Destrozar de tal forma que no quiera estar con otro que no sea yo. Y esa satisfacción que siento me envalentona cada vez más.

Le tiendo la mano y dejo que sea ella la que elija lo que va a suceder a continuación y, a pesar de ello, se lo explico con calma. Una que no siento en absoluto.

—Antes de que lo hagas… —Muevo la cabeza hacia donde mi palma queda extendida—.

Deberías saber lo que va a ocurrir si decides aceptarla, Cassie.

No voy a ser caballeroso, no voy a ser un chico bueno.

Voy a corromper cada parte de tu cuerpo, voy a saborear cada puta parte de tu cuerpo y me vas a dar las gracias por ello porque eso…

, eso es lo que hacen las chicas buenas como tú, agradecer y asentir.

Su barbilla se alza de inmediato y percibo el desafío en todo su ser. Está dudando porque bajo esa capa, bajo todas esas capas que hay en ella, sí que se esconde una fiera, solo que las fieras pueden ser valientes y resilientes, y Cassie es todo eso y más. Todo lo que se proponga y más.

—Y, si no lo hago, ¿qué? —me reta.

Nada me gusta más que eso. Nada me gusta más que una buena contienda y no hay mejor rival que ella. Lo sé.

—¿Todavía no te has dado cuenta de que eso es lo que me gusta?

—Doy un paso hacia ella y noto cómo tiembla frente a mí—.

¿No has llegado a comprender que esto es lo mío, Cassie?

Los retos, los duelos, los desafíos… Y tú, con esa boquita que me ha pedido ser follada desde el primer día, desde que entré en aquella maldita sala de reuniones y allí estabas, con esa actitud seria, marcando distancia, comportándote como una auténtica profesional, demostrando tu valía como nadie más lo había hecho…

Prácticamente exigiéndome que no dejase de buscarte, de seguirte, que comiese de tu puta mano hasta que lo has conseguido.

—Yo… yo no quise…

—Puede que no quisieses. —Me alzo de hombros—. Y aquí estamos de todas formas. Porque no puedo sacarte de la puta cabeza, ¿lo entiendes? ¿Entiendes eso? ¿Comprendes lo que quiero decirte? —Ella asiente y entonces baja la vista unos segundos.

Me tenso porque ha cambiado por completo de actitud y decido que esta conversación no hay que mantenerla en un rellano porque, pase lo que pase o no pase lo que no tenga que pasar, es hora de poner las putas cartas sobre la mesa.

La guío escaleras arriba, y ella se deja llevar.

Cuando llegamos a su planta y a su puerta, le pido las llaves y me las entrega sin dudar y, cuando cruzamos la misma, la empujo de nuevo contra la madera y le coloco una mano en el cuello porque hay algo sumamente excitante en la forma en la que percibo su pulso acelerado bajo la palma de la mano.

Las emociones condensadas en un latido. En los suyos.

Podría correrme solo con esta imagen.

—Mírate —le digo—. Ansiosa y expectante. Nerviosa por saber cuál va ser mi siguiente paso. Deseosa por saber lo que voy a hacer a continuación y con ganas de descubrirlo, ¿verdad, Fierecilla?

—Y si no… —No termina la frase y aparta la mirada.

La atraigo de nuevo hacia mí presionando un poco. Las mejillas se le encienden y aprieta las piernas. Esto le gusta tanto como a mí.

—¿Y si no qué?

—¿Y si no te gusta? —suelta por fin—. Yo, ¿y si no te gusto yo?

Siento la vulnerabilidad en sus palabras y recuerdo con total claridad la historia que me contó hace semanas en mi habitación, la última vez que me metí en una pelea.

Cómo se burlaban de ella por su físico, la inseguridad de eso que me explicaba y cómo intentaba demostrarme que no le importaba lo que pensasen de ella.

Y bajo esas capas, entre todas ellas, hay una chica que se sigue sintiendo como esa niña. Aunque frente a mí solo encuentre una puñetera reina.

Me acerco con la intención de explicarle que no puede haber nada de ella que no me guste porque, desde el mismo instante en el que la vi, toda ella captó mi atención.

Porque se ha ido abriendo paso, derribando cada pared, cada muralla, cerrando cada herida hasta convertirme en un muñeco de trapo.

Porque puede que yo sea el chico malo, pero ha sido ella la que ha logrado controlar a la bestia que hay dentro de mí.

Y solo ella.

Y me vuelve loco que así sea y más me perturba que dude de mi deseo. De lo mucho que la deseo.

—Mírame —le exijo y eso es lo que ella hace.

Sin protestar, sin rechistar, sin dudar un solo segundo.

Se enfrenta a mí y a lo que siente sin miedo.

Joder, cómo me pone que sea tan valiente, tan fiera, tan guerrera.

Que saque las garras conmigo y no dude de ello ni por un segundo—.

No me importa en absoluto lo que cualquier otra persona piense, lo que cualquier otra persona diga y, desde este mismo momento, a ti tampoco te va a importar porque el que manda soy yo, el que la tiene dura por ti soy yo, el que no deja de pensar en ti soy yo, Cassie.

¿Lo entiendes? —No dice nada, simplemente se estremece y el vello del cuello se le eriza bajo mi piel—.

¿Lo entiendes? —insisto hasta que ella asiente—.

Bien, buena chica. —Separo la mano de su cuello, subo el pulgar hasta su boca y lo paseo por ese labio que tanto me gusta, tan rosado, tan follable, tan mío a partir de ahora—.

Ya que lo he dejado claro con palabras, vamos a demostrarlo con hechos, ¿no?

Al fin y al cabo…, eso es lo que importa. Lo que de verdad importa.

Gime cuando cuelo un dedo en su boca y se lo paseo por la lengua.

Lo lame, lo chupa, lo saborea a conciencia.

Cierro los ojos y respiro porque esto no puede terminar antes de comenzar.

No puede suceder de esa forma. Llevamos mucho tiempo jugando al gato y al ratón como para que termine antes de empezar.

—Cuando acabe contigo, Cassie, no vas ser capaz de estar con ningún otro.

Voy a joder cualquier pensamiento que tengas hacia otro.

Voy a destrozar las malditas ganas de follarte a otro.

—Gime de nuevo, esta vez más alto, como si le gustasen mis palabras, como si, de hecho, le encantasen las mismas—.

Ahora, de rodillas. Vamos a ver qué sabes hacer con esa boquita, además de buscarme las cosquillas.

No duda ni un solo segundo cuando se deja caer de rodillas. Sonrío lleno de satisfacción y no porque me haya salido con la mía, sino porque ha sido elección suya ponerse a mi merced.

—Mírate —le susurro de nuevo.

Se relame los labios mientras me tomo mi tiempo para deshacerme de mis pantalones. Alargando la espera. Botón a botón a botón y, con cada uno que saco de su ojal, la desesperación se apodera de mi cuerpo. Y, por suerte para mí, también del suyo.

Porque tengo a una mujer increíble frente a mí y porque pienso demostrarle que no es solo ella la que va a quedarse inservible para cualquier otro, sino que sé que ella también destrozará mis ganas de follarme a cualquier otra.

Bajo mi pantalón y después mis calzoncillos y me quedo casi desnudo frente a ella.

Termino por quitarme la camiseta y la lanzo hacia otro lado.

Ya no hay nada que esconder. No hay nada que quiera esconderle a esta mujer y ese pensamiento aterrador se cuela en mi pecho y me sacude de arriba abajo.

Cassie se da cuenta y me coloca las manos en los muslos en un intento de infundirme calma y lo consigue.

Siempre logra más de lo que ella cree y de lo que yo mismo espero.

No sé qué es esto que hay entre nosotros, no sé si es atracción, si es instinto, si es puro y ferviente deseo sexual, pero sí que sé que no quiero conformarme con una sola noche.

De hecho, quiero venerarla, quiero que todos sepan que es mía y de nadie más.

Quiero adorarla y eso es justo lo que pienso hacer.

Se adelanta un poco en busca de mi polla, y yo me retiro.

—No seas codiciosa, Fierecilla —le pido—. Esto no ha hecho más que empezar y ten claro que me voy a tomar mi tiempo.

La empujo con suavidad hasta que su espalda choca de nuevo contra la madera de la puerta.

—Vamos a corromper cada puta parte de esta casa.

Vas a gritar mi nombre cuando te corras en cada puñetera parte de esta casa y me darás las gracias como la chica buena que eres.

¿Lo has entendido? —En esta ocasión, asiente sin dudar, y sonrío satisfecho—.

Bien, ahora, abre la boca, Cassie, vamos a comprobar cómo me la chupas.

Un gemido ronco se escapa de entre mis labios cuando su mano se coloca alrededor de mi erección.

Yo tengo la polla y, sin embargo, es ella la que tiene el poder, aunque no lo sepa.

Lo ha tenido siempre sin ser consciente de ello.

Agarra la base y se acerca poco a poco. Yo me adelanto un paso hasta que la punta le roza esos labios que me vuelven loco y su lengua se desliza por mi tronco.

No hay pausa, ni siquiera duda. Quiere algo y va a por ello, y me siento como el puto tío afortunado de que en este momento sea yo lo que codicia.

La saca unos segundos mientras alza la vista y me escruta con esos ojos del color de la dulce miel mientras desliza mi miembro por sus labios carnosos.

—Mírate —me susurra ella a su vez.

Sonríe pérfida. Podría correrme solo con esa mirada.

Suelto una risa seca, ronca.

—No puedo hacer eso, sobre todo, porque soy incapaz de apartar la vista de ti.

Entonces empujo hacia delante y cuelo la polla en su boca, y sí, joder, sí, esto es mejor que cualquier otra cosa que haya hecho o probado. Al final, sí que me va a destrozar. Me va a destrozar para siempre.

Sus manos regresan a mis muslos y ejerce presión sobre ellos para que se la meta más profundo.

—¿Eso es lo que quieres? —Asiente con mi polla entre los labios. Joder. Esto no puede ser cierto. No puede ser tan perfecta—. Bien, hasta que te den arcadas, Cassie. —Y empujo con fuerza para cumplir mi palabra.

Lo aguanta con estoicidad, respira por la nariz y el brillo de su mirada me indica que estoy llegando al límite para ella. Me retiro y permito que respire de nuevo, solo que ella no me da esa posibilidad. Se la vuelve a meter en la boca y la degusta, la saborea y me devora.

—Lo estabas deseando, ¿verdad? Estabas deseando comérmela. Dime que lo estabas ansiando.

Y, de la misma forma en la que yo decido demostrarle lo preciosa que es sin palabras, ella me da razones más que suficientes con su lengua para entender que es de esa forma, que para ella esto es algo que tenía que suceder. Que llevaba tiempo fraguándose y que estaba destinado a ocurrir.

—Joder, qué guapa estás con mi polla en la boca —le susurro.

Entonces me aparto, la sujeto por los brazos, la pongo en pie y la cargo sobre mi hombro.

Cassie emite un jadeo y otro más cuando cruzo la puerta de su habitación y la tiro sobre la cama sin dudar ni un solo instante.

—¿Estás preparada?

—Joder —susurra y coge aire con fuerza.

—No, no lo estás.