CAPÍTULO 34
Demasiado lejos
Cassie
M e subo a la camioneta en la que hemos venido maldiciendo para mis adentros por cómo se han desarrollado las cosas en la cena…
De hecho, nada de lo que ha pasado ahí dentro es como esperaba.
Es decir, sabía que Xavier se iba a comportar de esa forma y no me ha pillado por sorpresa, lo que sí lo ha hecho ha sido mi forma de enfrentarme a él.
El coraje que me producía cada mirada inquisitiva que le dedicaba a Asher, cada comentario mordaz que hacía solo para provocarlo, como si desease que explotara y lo jodiese todo cuando estaba más que claro que eso no iba a suceder porque…
Porque Asher tiene muchas muchísimas cosas buenas, solo que las muestra a quien quiere, y permitidme divagar porque no sé cómo no me he dado cuenta antes.
Me giro y lo observo con fijeza. Siempre me ha parecido un tío guapo, a la vista está que su físico es impresionante.
No solo porque entrena, porque su cuerpo tiene músculos sobre los músculos —y yo he sido testigo de eso y puedo dar fe de ello—, sino porque es sumamente atractivo.
Es el típico tío por el que te darías la vuelta si te cruzases en la calle con él.
Con esa pinta de chico malo que levanta pasiones allá por donde pasa y baja bragas con tan solo un pestañeo.
—¿Qué? —me pregunta.
Sigue con la vista clavada en la carretera y conduce con cuidado. No como dicen los medios de comunicación. No como Terremoto Maddox, sino como un chico que tiene una parte oscura y otra parte que deja pasar la luz y que muestra a quien quiere cuando quiere.
No pienso con claridad…
—Nada. —Sacudo la cabeza y la vuelvo a clavar al frente, observando la carretera sin mirarla siquiera.
Entonces recuerdo su última frase y vuelvo a apartar la vista de lo que sucede a nuestro alrededor. La velocidad sigue siendo la misma, aunque el latido de mi corazón ya no lo es.
Su mano sobre mi muslo, sus guiños, sus dedos acariciándome la barbilla, intentando que nuestras miradas conecten: la de él tan azul y la mía tan soporífera. Como toda yo. La picardía de sus bromas, su «¿Estás bien?» como si intuyese que no lo estaba.
Me estremezco porque llevo fantaseando con él mucho mucho tiempo y dejando a un lado a la Cassie perfeccionista y responsable que hay en mí, pensando que aquí, entre él y yo, podría haber algo cuando estamos a años luz de encontrarnos en el mismo punto.
Nadie se da la vuelta cuando yo paso.
—Cassie, ¿qué ocurre?
Desvía unos segundos la mirada de la carretera y sus ojos azules refulgen cuando los clava en los míos. Son azules, sí, pero están llenos de matices, como el propio dueño.
—Nada —respondo una vez más porque… ¿Qué voy a decirle?
, ¿que me siento atraída por él y resulto patética?
, ¿que no me gusta romper las reglas y con él parece que no dejo de pensar en hacer justo eso?
, ¿que es injusta la forma en la que habla de sí mismo?
, ¿que da la sensación de que siente que no vale la pena cuando sí que lo hace?
Suspira con fuerza y aparca por fuera de mi edificio.
—Gracias… —titubeo—. Gracias por todo, ¿vale? Por soportar a los insufribles de mis hermanos y por lo de las entradas. Por pasar tiempo con ellos, por… —Las palabras mueren en mi boca.
—¿Por qué más? —agrega cuando se da cuenta de que me quedo atascada.
Ruedo los ojos porque ahí está ese destello de nuevo, el que tan bien conozco y en el que tan bien me muevo.
—Por no ser tan impertinente.
—¿Es un halago?
Me alzo de hombros.
—Es solo un segundo de bajón. Mañana volverás a ser un imbécil, y yo volveré a ser estricta contigo —le suelto y eso hace que la comisura de su labio se alce y, por pura inercia, la mía también.
—Conque mañana, ¿ehh? Así que entonces tengo un par de horas para ser encantador —suelta condescendiente.
El aire crepita dentro del coche, da la sensación de que también estuviese conteniendo la respiración, esperando a ver quién se atreve a romper el silencio primero. Sus ojos se desvían un instante hacia mí y el mundo parece encogerse hasta caber en ese espacio mínimo que hay entre los dos.
No respondo y es de las pocas veces que me deja sin palabras, así que, sin más, me acerco y me acerco hasta posarle los labios sobre la mejilla.
Siento el nacimiento de su barba sobre mis labios y el suspiro que suelta Ash hace que todo a mi alrededor desaparezca.
Porque en este espacio solo estamos él y yo.
Porque por un instante no existen los límites ni las consecuencias, solo el temblor suave que me recorre al sentir su piel tan cerca.
Porque algo dentro de mí —esa parte que siempre intenta mantener el control— se rinde.
No se mueve, no dice nada, pero percibo cómo su respiración cambia, se vuelve más lenta, más profunda, como si temiera romper el momento. Cuando me aparto apenas unos centímetros, sus ojos buscan los míos y ahí está ese brillo que me desarma, el que no admite bromas ni disfraces.
—Cassie… —susurra, y mi nombre con su voz suena distinto, más real, más peligroso.
Podría fingir que no me afecta, que no siento cómo el corazón me golpea contra el pecho, sin embargo, me estaría mintiendo. Así que trago saliva, intento recomponerme y solo le doy las buenas noches mientras me bajo y cierro la puerta de la camioneta.
No me giro, solo doy paso tras paso porque eso es lo que una chica buena, responsable y metódica como yo tiene que hacer, ¿verdad? Porque seguir a mi instinto es justo lo contrario. Romper las reglas está mal.
Desafiar los límites y las normas sería imprudente, y yo siempre he actuado como esa clase de persona que hace lo correcto y que se siente bien haciéndolo.
Me paro antes de colocar la llave en la cerradura, suspiro con fuerza y me doy la vuelta en un último intento por…
, por verlo. Me rebelo contra mí misma, contra mis pautas, contra la política laboral que tan bien he definido, lo hago solo para comprobar que no está ahí, que ya no está ahí, que se ha ido porque para él es fácil mantenerse alejado de una chica como yo, una que no es su prototipo, ¿verdad?
Solo que, al girarme…, me encuentro frente a frente con Ash y no con cualquier versión de él, sino con la que está llena de adrenalina, la que tiene una meta, el jugador que salta a la pista dispuesto a vencer al contrincante, el que exuda masculinidad por todos los poros de su piel, el que tiene un objetivo y lucha por conseguirlo hasta el final y, en su mirada, ese objetivo parezco ser yo.
Me estremezco de anticipación.
Y entonces sucede. No hay aviso ni palabras ni tregua.
Solo el golpe seco de su cuerpo contra el mío cuando acorta la distancia y me atrapa entre la puerta y su pecho.
Desliza la mano por mi mejilla, firme, segura, hasta llegar al cuello, que aprieta y empuja contra la madera de la puerta del edificio.
Es como si llevara demasiado tiempo esperando este momento y, antes de que pueda pensar en nada más, su boca encuentra la mía.
El beso no es suave y, joder, cómo me gusta eso. Es una colisión de todo lo que hemos reprimido. De todo lo que fingimos no sentir y de lo que seguiremos fingiendo una vez este contacto se acabe.
Su aliento se mezcla con el mío, ardiente, urgente, y mi espalda choca una vez más contra la madera de la puerta mientras sus dedos se enredan en mi pelo y tira de la coleta dejando expuesto ese mismo cuello que se encuentra rodeado por su mano.
Me roba el aire y, al mismo tiempo, me lo devuelve en forma de vida.
Intento respirar, pero solo puedo seguirle el ritmo, hundirme en ese torbellino que me deja temblando y con la mente en blanco.
Su lengua roza la mía y el mundo se deshace a nuestro alrededor.
Ya no hay pasillos ni puertas ni límites.
Solo nosotros. Solo este instante que quema y crepita a nuestro alrededor.
Cuando al fin se separa, apenas unos milímetros, su mirada está llena de promesas que quiero que cumpla. Una por una.
—Si solo tengo un par de horas para ser encantador —murmura con la voz ronca y el pulso desbocado—, supongo que tendré que aprovecharlas al máximo.
Me da la vuelta con una velocidad pasmosa y empuja de nuevo mi cuerpo contra la madera. Estamos en la calle, en medio de un barrio, de mi barrio, y cualquiera podría vernos. Apuesto a que está deseando que así sea.
—Ash… —musito tan bajo y tan llena de desesperación que me avergüenzo de mí misma.
—Me muero porque pronuncies mi nombre de esa forma, justo con ese tono de súplica, cuando te estés corriendo, Cassie.
Me estremezco y lo sabe.
Cojo aire de golpe y con una delicadeza que no parece propia de este instante, me arrebata la llave que sigo sujetando entre los dedos temblorosos y la coloca en la cerradura.
Me ayuda a ejecutar la acción y la puerta se abre.
Casi caigo cuando eso sucede y son sus manos las que me sujetan por la cintura, las que me sirven de ancla.
—Cualquiera diría que estás nerviosa —susurra cerca de mi oído—. O cachonda. ¿Es eso, Fierecilla?, ¿estás empapada por mí?, ¿estás desesperada por saber lo que va a suceder una vez crucemos la puerta de tu casa?
De nuevo, soy incapaz de responder, al menos, no con palabras, así que me limito a pegar el culo a su erección y a disfrutar de ese delicioso bulto.
—Tal vez seas tú el que lo esté, ¿no crees?
Me aparto lo suficiente como para dejar a una distancia prudencial, una en la que mis sentidos no se vean del todo emborronados por su olor, su cercanía y por la cantidad de cosas que quiero que me haga.
Chasquea la lengua y me sonríe con malicia. Baja la vista y me recorre todo el cuerpo y siento cómo cada partícula de mi ser se enciende bajo su escrutinio.
Da un paso hacia mí. Luego otro. Y otro más. Cada uno de ellos me roba un poco de oxígeno, hasta que lo tengo justo delante, tan cerca que el aire se vuelve denso, espeso, imposible de respirar. Justo cuando está frente a mí suelta una risotada baja, grave, peligrosa.
—Apuesto lo que sea a que eres lo suficientemente capaz de responder a eso por ti misma. —Inspira, exhala y me muerde la curva que hay entre el cuello y el hombro—. Aunque, por si acaso… —Una pausa, contengo el aliento, estoy al borde del colapso sexual—. Solo por si acaso…
Me sujeta la mano y me la coloca sobre su polla.
No necesito más pruebas.
Ahora solo tengo hambre.