Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 32
56%

CAPÍTULO 32

Nada y todo

Ash

—¿Cassie? —Le alzo la barbilla porque no es capaz de observarme y me gusta que lo haga porque siempre hay sinceridad en su mirada, hasta cuando me desafía, cuando me llama imbécil o cuando me planta cara.

Cassie es la chica más auténtica que conozco.

—Es una tontería —musita ella e intenta salir del paso.

—Nada que tenga que ver contigo es una tontería.

Mi respuesta parece haberle sorprendido.

—¿Qué más te da?

Mis manos se colocan de nuevo bajo la barbilla y siento la tensión manando de su cuerpo. El mío no está mucho mejor, creedme, solo que llevo así ya muchos días.

Demasiados para mi cordura.

—Créeme, Cassie. Me importa. —Me importas.

Ese pensamiento me sacude como una llamarada: breve, intensa, imposible de ignorar, y lo único que deja atrás son las ruinas de todo lo que creía tener bajo control.

Es complicado de explicar, de hecho, ni siquiera yo sé qué decir al respecto, escapa de mi razón, solo sé que necesito…, necesito que esté bien.

—Vale —claudica y cede—. Pensaba que no te caía bien, ¿vale?

Porque llevas semanas comportándote como un idiota conmigo, buscándome las cosquillas y que lo último que ibas a querer es darme unas entradas para que mis hermanos, esos que están escuchando la conversación —explica, me giro y entonces desaparecen del marco de la puerta.

Nos alejo un poco más para concedernos cierta intimidad, sobre todo por ella, yo no necesito esconderme, nunca lo he necesitado—, estén contentos.

—Dime una cosa —tanteo—. ¿Te caigo mal? —suelto a bocajarro.

Es evidente que no se esperaba mi pregunta.

—¿Es una trampa?

—Responde con sinceridad, Fierecilla.

Niega a la vez que responde.

—No, claro que no, es decir, consigues llevarme al límite. —Cosa que me encanta—. Pero no, Ash, no te odio.

Una sensación de alivio me recorre el pecho, es como si me hubiese quitado un puto peso de encima. Como sus palabras hubiesen aliviado una carga que no sabía que sentía.

—Durante estas semanas, tú y yo hemos jugado al mismo juego —le explico—.

Tú te dedicabas a establecer unas reglas, y yo a romperlas todas, porque eso es lo que mejor se nos da.

Lo que mejor se me da, ¿estás de acuerdo?

—Asiente con fervor, casi dando a entender que ella también siente la necesidad de soltarlo—.

Y también me he metido en líos, y tú has hecho que esas trastadas se conviertan en puntos a nuestro favor.

Y míranos —digo mientras nos señalo—, aquí estamos, sigo siendo un idiota redomado, y tú sigues siendo mi perfecta niñera.

Y, en fin, tal vez ha llegado la hora de que te lo diga, Cassie, he asumido que estamos en el mismo barco y que el chico malo puede trabajar con la chica buena, y esa chica buena, sobrevivir a ese chico.

—Los ojos se le abren como platos porque es la primera vez que lo admito.

De hecho, es la primera vez que me permito admitírmelo.

Me coloca la mano en la frente y me mide la temperatura.

Si ella supiese… Joder, si ella supiese que ardo por ella.

—¿Estás enfermo?

Me carcajeo.

—Puede que lo esté —es todo lo que me atrevo a contestar, al menos, en este instante. Al menos, aquí y ahora.

—Nunca te había escuchado darme la razón.

—Y no deberías acostumbrarte porque, una vez salgamos de esta casa, volveré a ser un capullo, y tú volverás a ser mi niñera.

O no, ¿quién sabe…? A pesar de todo, ella sonríe.

—Gracias… Por esto. Por ir esta mañana al acto para recaudar fondos para personas sin hogar, por donar tantos jerséis, por firmar todas las prendas, incluso las que no eran tuyas, por lo de las entradas… —Su voz se apaga un poco—. Y por la sopa de Juniper…

Le coloco un dedo sobre los labios a pesar de que, en realidad, quiero rozarlos con los míos.

—No soy tan capullo, Cassie.

Ella ladea la cabeza y observa mis antebrazos, mi cuello y tengo la sensación de que está mirando más allá de la tinta, que está intentando encontrar algo que valga la pena en mí ahí dentro.

Es una lástima que no lo haya.

—No, no lo eres. De hecho…

—¿Me vas a lanzar un piropo? ¿Puedo grabarlo?

Me propina un golpe en el pecho. De veras, quiero escuchar lo que tiene que salir de esa boca.

Quiero hacerlo, pero sé que, tras eso, querré besarla, y estamos en su casa, rodeados de su familia, y sería una falta de respeto hacia estas personas que me han abierto las puertas de su hogar sin pedir nada a cambio.

—Ni en tus mejores sueños, Maddox.

—Ya me extrañaba a mí. —Finjo alivio mientras retrocedo un paso, ella me sigue con la mirada y ese gesto me deja sin aliento.

Necesito poner algo de distancia entre nosotros, porque, cada vez que la tengo cerca, todo mi autocontrol se va al traste.

Cassie no se da cuenta del efecto que me provoca cuando me mira así, con esa mezcla de curiosidad y desconfianza. Es como si intentara decidir si soy un incendio o solo el humo que queda después del mismo.

—¿Habéis terminado ya? —grita su hermano desde la cocina—. Tenemos hambre, y mamá no me deja picotear porque parece ser que no ha educado a un chico con mi falta de modales. —Lo escuchamos gruñir.

Cassie me sonríe, y yo tiendo la mano y le pido la suya.

Ella baja la vista, ciertamente aturdida porque no entiende lo que pretendo, de hecho, ni siquiera yo sé por qué he hecho eso.

Imagino que son las terribles ganas que tengo de tocarla, de acariciarle la piel y de recordarme lo suave que es bajo la mía.

La descarga de adrenalina está ahí cuando enredamos los dedos y tengo la sensación de que fuésemos un espejo.

En un principio simplemente la apoyamos, la movemos como si nos tanteásemos y, de pronto, nuestros dedos se colocan entre los del otro.

Mis tatuajes se cuelan entre su piel nívea y el contraste sigue estando presente hasta en ese mínimo detalle. Ella tan pulcra y yo tan corrupto.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunta.

Y, más que una cuestión lanzada de tal forma que busca una respuesta, parece más un pensamiento introspectivo, algo que, de hecho, no pensaba compartir conmigo.

—No lo sé —es todo lo que le ofrezco y soy sincero, de veras que sí, porque ni yo mismo entiendo lo que sucede cuando nos tocamos. Cuando estamos cerca. Cuando nos buscamos las cosquillas.

Cassie ladea la cabeza, y yo vuelvo a observar nuestras manos.

—¿Me habéis escuchado?

Nos separamos cuando alguien entra en la estancia, con la clara sensación de haber estado haciendo algo que nos está del todo prohibido, de estar rompiendo las reglas. Y puede que, en parte, sea así.

—Supongo que debemos regresar. —Señala con la mirada la cocina.

Se adelanta unos pasos y se marcha, dejando un vacío que no tiene nada que ver con el espacio que ocupa, sino con lo que se lleva consigo.

Su ausencia pesa más que su presencia, y eso ya debería ser una señal de alarma. Respiro hondo, intentando recomponerme. Todavía puedo sentir el calor de su piel en mis dedos, el eco de su voz repitiendo esa pregunta que ninguno de los dos ha querido responder del todo.

—¿Qué estamos haciendo? —murmuro para mí, sabiendo que, si lo pienso demasiado, voy a joderlo todo, como siempre hago.

Así que la sigo. Porque, aunque no lo admita en voz alta, lo único que sé con certeza es que no quiero dejar de hacerlo.