Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La subasta benéfica

Cassie

L levo horas ignorando las llamadas incesantes de mis padres.

Me siento mala hija por ello, aunque lo cierto es que peor me siento solo de pensar en que tenga que proponerle a Asher que cene esta noche con nosotros y no solo eso, sino el interrogatorio al que lo van a someter.

Estoy viendo cómo se acerca la tragedia y no, gracias.

Se lo conté a Blue, ¿vale? Le expliqué el marrón en el que me había metido su hija, la que, por cierto, ya está del todo recuperada porque está haciendo de las suyas y lo único que hizo fue poner sus manos en mis mejillas, apretarlas y desearme suerte.

Eso después de asegurarme que iría y que no se lo perdería por nada del mundo.

Algo de averiguar si se enrolla cierto miembro en la cintura me pareció entender…

Si es así como va a ayudarme, casi mejor dejo que me atropelle un coche.

Guardo el móvil en la cinturilla de los vaqueros que llevo puestos tras haber rechazado una vez más la última llamada, en esta ocasión, de Xavier.

—Tienes un problema, Cassie.

Adrian Holt se acerca hasta la entrada del recinto y me observa de arriba abajo. Me está juzgando, lo sé de antemano. Y, solo por eso, alzo la barbilla desafiante.

Puede que sienta cierta inseguridad por mi físico, pero, ante personas como él, me crezco. El problema llega con las personas que me importan. Y este hombre no es una de ellas.

Pego la carpeta a mi pecho para que deje de mirarme las tetas. Holt aparta la vista, aunque no siente remordimiento alguno por haberse comportado como un cerdo misógino.

—El problema es que no has hecho bien tu trabajo. —La mirada reprobatoria vuelve y el juicio de valor también.

Ni siquiera le he preguntado lo que sucede, y él ya se ha lanzado a la piscina. Lo peor de todo es que está consiguiendo que me ponga nerviosa.

—¿Qué pasa? —titubeo y me reprendo por haberlo pronunciado así, porque eso solo consigue que su ego de mierda se hinche.

—No has conseguido ni una sola camiseta por parte de Asher Maddox y, Cassie —añade acercándose tanto que distingo el olor a putrefacto de su aliento.

O puede que huela a rosas, sin embargo, con lo mal que me cae, dudo que pueda sentir algo hacia él que no sea asco—, el equipo directivo estaba convencido de que era la que más fondos recaudaría.

—Chasquea la lengua—. Es una verdadera lástima que hayas metido la pata hasta el fondo.

Solo espero que no te cause ningún problema futuro.

Se guarda las manos en los bolsillos y camina despacio, regodeándose en su maldita victoria, porque sí, eso es lo que va a suceder.

De hecho, es bastante probable que sea un motivo más que justificado no solo para que mi prestigio como trabajadora haya quedado a la altura del betún, sino para que se cuestione mi puesto y mi profesionalidad.

Alzo la mirada y observo el techo. No sé qué pienso encontrar ahí, porque las soluciones nunca están en las paredes blancas e impolutas, tampoco en los focos o en las cortinas llenas de polvo, sin embargo, creo que necesito unos segundos para asimilar la situación.

—No puedo creer que hayas hecho esto.

Pensaba que habíamos firmado una tregua. Empezaba a ver todo lo bueno que Asher esconde y no solo eso, me sentía… Sentía que… Da igual lo que sintiese.

—¿Ahora hablas sola? ¿No te conformas con cortarme las alas y llevar esa carpeta a todos lados, sino que hablas con las paredes? —Un chasquido que hace que aparte la vista—. Supongo que es la única forma de mantener una conversación donde tú tengas la última palabra.

Inspiro cuando observo a Asher allí y juro que no tengo ganas de lloriquear como una niña pequeña, pero…

—Estás aquí —concluyo.

—Eres toda una lumbreras, Caldwell —sentencia él regalándome una pequeña sonrisa.

Está usando la misma broma que le hice yo el otro día en mi casa cuando probó la sopa. Si es que se puede llamar sopa a esa cosa.

Mi casa… Besos, caricias, sus manos.

Me sonrojo. Estoy segura de que lo nota.

Bajo la mirada y entonces caigo en la cuenta de lo que lleva entre sus brazos, y él los alza solo para mostrarlo con orgullo.

—He traído diez —me explica.

Se me está complicando el asuntillo de no lloriquear porque… Está aquí.

—No tenías que haber venido, solo… —Se me traba la lengua, por favor, Cassie, ¿cuándo ha pasado eso? Nunca—. Con las sudaderas era más que suficiente.

Asher se alza de hombros y avanza un paso.

—Tal vez, si estoy aquí y las firmo, se puede recaudar algo más de dinero, ¿no crees? Además, no tenía nada mejor que hacer un sábado por la mañana después de un partido que venir a fastidiar a mi niñera con mi presencia. ¿Te haces una idea de lo divertido que es eso?

—¿Para quién?

—Para ti, por supuesto. —Se echa hacia atrás y me guiña un ojo.

«Sé ser muchas cosas, Cassie».

«¿Y has visto sus puntos fuertes?».

Respondí que no lo sabía y sí, sí que lo sabía.

Entonces actúo sin más y me lanzo a sus brazos y lo envuelvo entre ellos.

Quizá no haya calculado que las sudaderas están en medio, tampoco que lo iba a sorprender y que esas mismas prendas se caerían al suelo, sin embargo, lo que más me pilla desprevenida es que sus manos se sitúan alrededor de mi cintura y me aprieta contra él.

Y que me siento tan tan bien aquí…

—Gracias —susurro pegada a su cuello.

Aspiro su olor masculino y sensual, una mezcla de madera y menta que me recuerda a un bosque en pleno invierno. Supongo que eso le pega al chico malo que es.

Me separo y me recompongo. Sigo percibiendo la sorpresa en el semblante de Asher y le sonrío porque, por una vez, he sido yo la que lo he dejado sin palabras y eso es de lo más satisfactorio.

Recojo las sudaderas, y él me sigue.

Cuando cruzamos la sala, busco a Holt con la mirada.

Me observa sin pudor alguno y con esa confianza del que sabe que ha ganado la partida hasta que se percata de quién camina unos pasos por detrás de mí y, entonces, sonrío mucho más.

¿Puede que lo esté provocando? Pues quizá, ¿por qué voy a negar lo evidente?

Rezo para que mi sonrisa le duela mucho más que una patada en la entrepierna.

—¿Qué pasa? —pregunta Asher, que se coloca a mi lado.

—Es Holt —anuncio mientras dejo las prendas a un lado de la mesa para comenzar a doblarlas con cuidado—. Tuvimos una conversación hace un rato, antes de que llegases.

Asher aparta la mirada y lo busca con la suya. Aprieta los puños a ambos lados del cuerpo.

—¿Qué tipo de conversación?

Estoy viendo venir la situación y no es momento ni lugar.

Coloco la mano en su muñeca y sus tatuajes se mezclan con mi piel blanquecina. El contraste entre ambos es apabullante. Somos polos opuestos. El día y la noche. El verano y el invierno. El fuego y el hielo. Y, aun así, algo en mí arde por acercarse un poco más, aunque sepa que podría quemarme.

—No, Ash —le susurro.

Lleva la mirada hasta donde nos tocamos y, cuando nuestros ojos vuelven a conectar, la tensión se hace más patente.

Ha venido. Soy incapaz de dejar de repetirme eso.

Mi teléfono vuelve a sonar y eso hace que me despierte del hechizo. Me aparto y lo suelto.

—¿No vas a contestar?

Simplemente niego y vuelvo a centrarme en doblar jerséis.

Asher me quita el teléfono y no duda en llevárselo al oído.

—Hola —responde escueto.

Reacciono y me doy cuenta de que ha contestado a la maldita llamada.

«No puedes montar un espectáculo, Cassie.

Estás en un lugar público lleno de personas que, como puedes ver, están evaluando cada paso que das y más que dispuestos a señalar cualquier error que cometas».

A pesar de todo, lo intento, y él solo se mueve para evitar mi jugada. ¿Siempre ha sido tan alto?

—Sí, soy yo —responde soberbio y clava esos ojos azules como el hielo en mí.

Me sonríe, es que encima tiene el descaro de hacer eso, y yo, la desfachatez de quedarme embobada—.

Interesante. No, no me había dicho nada —suelta el aire, y yo solo quiero teletransportarme a un momento de la historia en el que alguno de mis progenitores no esté haciendo lo que creo que está haciendo con él—.

Claro que puedo. Iré encantado. Gracias, señora Caldwell, que tenga un buen día usted también.

Y cuelga.

—Te odio —es lo primero que suelto por la boca.

—Parece que tu madre no piensa lo mismo —bufo por lo bajo.

—Estás disfrutando esto, ¿verdad?

—Ay, Cassie, no, todavía no. Pregúntamelo después de la cena a la que acaban de invitarme.

Le robo el teléfono y lo guardo de nuevo en el mismo sitio en el que estaba y del que no tenía que haber salido. Asher lleva la mirada a ese punto y luego la desvía hacia la carpeta blanca.

—Tal vez necesite algo de información.

Me río en su cara.

—Créeme, si alguno de los dos va a disfrutar de la cena, seré yo —sentencio.

Porque no sabe la que se le viene encima.

—Me parece justo. Mi intención es disfrutar del postre.