Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Desmontando mitos

Asher

E l aire dentro del pabellón huele a hielo, metal y a expectativas.

Las gradas rugen con esa mezcla perfecta de euforia y hambre que precede a los buenos partidos.

Aaron nos ha dado el discurso motivacional de siempre.

Nos ha pedido concentración, trabajo en equipo y que no perdamos la ilusión por eso que nos hace sentir vivos.

Esta última parte la ha pronunciado mirándome directamente a los ojos, sabe el efecto que tiene el hockey en mí y sabe que aplaca mis fantasmas porque en el hielo me siento vivo.

«No confundas lo que deseas con lo que puedes tener».

La busco en el túnel de jugadores y allí está. Lleva toda la mañana siguiendo mis pasos, la he pillado mirándome en muchas ocasiones y eso solo ha sucedido porque yo la he mirado en muchas más.

«Estás bien jodido, Ash. Muy muy jodido».

No he podido quitarme de la cabeza esa maldita noche.

La forma en la que su cuerpo se amoldaba al mío, los ruiditos que emitía mientras le acariciaba la espalda, la manera en la que sus dedos se aferraban a mi camiseta como si soltarme no fuera una opción para ella.

He intentado convencerme de que fue un error, de que no significó nada, pero cada vez que la veo apoyada contra la pared del túnel, con esa expresión que me indica que a ella tampoco le importó en absoluto, sé que me estoy engañando.

Y no soy de los que hacen esa clase de cosas.

«Cuando termines de fingir que no te ha gustado, Cassidy, la carpeta seguirá aquí. Y yo también».

No debería querer repetirlo. No debería quererla a ell a . Y, sin embargo, aquí estoy, a punto de saltar al hielo con el pulso acelerado por algo que no tiene nada que ver con el juego. Por primera vez, no todo gira alrededor del hockey .

Y eso me da miedo.

Inspiro con fuerza, cierro los ojos unas décimas de segundo y, cuando los abro, me centro por completo en lo que se desarrolla a mi alrededor. Me concentro en ganar. Y, de paso, hacer que a Étienne Charron se le bajen los humos con ese airecito de perfección que arrastra allá por donde pasa.

El árbitro lanza el disco y el partido arranca con una velocidad que corta el aliento. Los Arctic Foxes se mueven como una maldita compañía de ballet : sincronizados, elegantes, casi poéticos. Yo, en cambio, soy más propenso al caos.

—Maddox, pásala —grita Aaron desde la izquierda.

—¿Pásala? —murmuro entre dientes mientras esquivo a un defensa del equipo contrario—. Qué poca fe tienes en mí, capitán.

Charron intenta interceptarme, pero llego medio segundo antes, patino hacia el círculo derecho y lanzo. El sonido del disco contra la red es música para mis oídos. El pabellón estalla y siento esa adrenalina tan familiar corriéndome por las venas.

Mientras patino para alejarme, la busco de nuevo con la mirada. Está dando saltitos y sonrío con suficiencia.

«Vaya, vaya, mírala, si ni siquiera le gustaba el hockey ».

Levanto el stick y hago una leve reverencia hacia el público, teatral, exagerada, justo como les gusta y dándole lo que necesitan para amarme u odiarme, según ellos prefieran. Lo acepto todo de buen grado.

Uno de los Foxes me lanza una mirada asesina. Yo le lanzo un beso con la mano. Es una suerte que los problemas ganen partidos.

Aaron me alcanza y me da un golpe en el casco.

—Eres un imbécil.

—Un imbécil que ha anotado un tanto —le contesto con una sonrisa.

—Es una suerte que te quiera —añade dándome una palmada en la espalda y empujándome de nuevo hacia la pista.

Prometo portarme bien. O, al menos, todo lo bien que se espera de Terremoto Maddox.

El resto del equipo también se acerca y me da un par de golpecitos. Saben que este partido es crucial y que necesitamos ganar, mucho más, jugando en casa. Las victorias siempre nos saben a gloria, pero se convierten en especiales cuando nos rodeamos de nuestros seguidores.

Aparto la mirada y patino acercándome un poco más a donde ella se encuentra. El pelo rojo le cae en cascada y le enmarca el rostro. Ahí parece una reina. Una reina que me muero por saborear.

El juego sigue y, cada vez que Charron toca el disco, ejecuta una coreografía. No lo niego, el tipo es bueno. Sin embargo, a veces la belleza necesita un poco de destrucción para destacar, ¿no? No lamento en absoluto ser especialista en eso.

El último tercio llega con el marcador empatado. Mi respiración se convierte en un compás desordenado, los músculos me arden y, a pesar de todo, me siento en mi elemento. Atrapado entre la furia y la diversión.

Intercepto un pase, avanzo por la banda, y Charron viene directo hacia mí. Fingimos un choque que casi nos manda a los dos contra el plexiglás, aun así, logro mantener el equilibrio, girar y colar el disco por debajo del guante del portero anotando otro tanto. Dos a uno, a nuestro favor.

Me acerco con rapidez hasta donde se encuentra el equipo y le tiendo la mano a Donahue, que me alcanza el Voltix, es probable que mi niñera se haya encargado de informar al entrenador sobre la nueva campaña y está más que de acuerdo con ella. ¿Por qué no me extraña?

Le doy un sorbo, mirando en su dirección, y me sonríe y asiente como si en mí viese al chico bueno que todas idolatran, incluida ella. Le guiño un ojo por el simple placer de sacarle los colores, y ella me enseña la lengua a modo de respuesta.

Tras eso, alzo la barbilla y busco el palco. Allí está mi padre. Me ha invitado a cenar este sábado y todavía no he encontrado una buena excusa para librarme de esa maldita tortura.

Sé que Aaron está deseando que vaya porque sigue confiando en la familia, sin embargo, no entiende que ahí no hay nada para mí más que él.

Mi padre tiene el ceño fruncido y el rictus serio. Intercala un par de miradas entre Cassie y yo, y decido centrarme de nuevo en el juego.

Esta vez, cuando vuelvo a la pista patinando con rapidez, no hay reverencia. Vuelvo al banquillo con una sonrisa torcida. Aaron me mira y de inmediato sé que sabe con exactitud en qué estoy pensando.

—Concéntrate, Ash. —A mi hermano no se le escapa ni una.

—Estoy concentrado —respondo llevando la mirada una vez más hasta el túnel—. Solo que en más de una cosa a la vez.

El público corea mi nombre, y me lanzo una vez más a por todas. El partido termina veinte minutos después. No hemos vuelto a marcar, pero, por suerte, el equipo contrario tampoco, así que nos anotamos otra victoria.

Las ovaciones del público alimentan el subidón que siente el equipo y, mientras buscamos la salida, saludamos y aplaudimos para agradecer el apoyo. Todos lo hacen, salvo yo.

Me deslizo por la pista, y el entrenador vuelve a darme esa maldita botella.

—¿Tengo que llevarla también al lavabo?

—Sobre todo —bromea él—, apuesto a que es de lo más útil en esos casos, ya sabes…

Le sonrío con suficiencia.

—Eres de lo más escatológico.

—Mira quién habla.

Se coloca a mi lado y me quito el casco.

—Bien jugado, chico.

—Gracias, entrenador —le respondo.

Se adelanta y, cuando pasa al lado de Cassie, ella le guiña un ojo.

Tengo que admitir que todos mis reparos hacia ella han ido desvaneciéndose uno a uno.

En un principio me jodía que mi padre hubiese decidido contratar a alguien para limpiar mis mierdas, esas fueron sus palabras, ¿verdad?

Sí, creo que sí. El caso es que nada ha sido como yo esperaba, y ahora me sorprendo comportándome como…

, en fin, como cualquier persona menos el irracional de Asher Maddox.

—Esto está asqueroso —pronuncio cuando llego a su lado—, así que espero que paguen mucho y que mi padre esté satisfecho.

La mirada de Cassie se ensombrece por momentos. No hemos hablado de él, ni siquiera es un tema que se toque ni con cautela ni sin ella, pero imagino que tiene que saber el carácter que tiene Prescott Maddox porque su reputación le precede allá por donde pasa.

Igual que la mía.

—Tú pórtate bien y haz caso a lo que se te dice. —Su tono es alegre y está cargado de diversión.

Me descubro sonriendo yo también. Y me doy cuenta de que ambos nos hemos quedado quietos en algún punto entre el túnel y el vestuario.

Varios jugadores pasan por nuestro lado y nos sonríen o nos aplauden.

—Bien jugado, Maddox. —Étienne se planta a nuestro lado todavía con su stick en la mano—. Eres un puto cabrón con suerte. Aun así, bien jugado.

Extiende la mano y se la estrecho o lo intento porque todavía llevo los guantes. Cassie sonríe como si estuviese siendo testigo de una declaración romántica o algo por el estilo.

—¿Qué? —pregunta.

—Es la primera vez que usas las manos para algo que no sea dar una paliza a alguien. Estoy orgullosa de ti, cachorrito.

Étienne suelta una sonora carcajada porque sigue de pie a nuestro lado.

Entonces extiende la mano en su dirección, y ella se la estrecha sin reparo alguno.

Mi primer instinto es gruñir como un lobo cuando siente que su manada está siendo atacada, en cambio, me contengo.

Y me arrepiento de no haber usado mi mano para otra cosa mucho menos protocolaria que esta.

—Soy Éttiene Charron. ¿Y tú eres?

No me jodas, Éttiene, no me jodas.

—Cassiddy Caldwell. Aunque todos me llaman Cassie. Trabajo con los Wild Warriors.

—Interesante —murmura el delantero de los Arctic Foxes—. Si te quedas sin trabajo, siempre puedes unirte a nuestro equipo. Estoy seguro de que encajarías con nuestra filosofía.

—¿Y es? —pregunta ella arqueando una ceja.

Étienne se apoya el stick en el hombro y le dedica esa sonrisa de depredador que utiliza cuando sabe que está a punto de marcar.

—Muy sencilla —responde—, marcar siempre que tengas oportunidad. Y, si no la tienes, créala.

Cassie se ríe, divertida, mientras yo ruedo los ojos. Él guiña un ojo. Voy a vomitar. De verdad, ¿se puede ser más patético?

—En el hielo o fuera de él, da igual. El truco está en no dejar nunca que el portero, o la chica, te vea dudar.

Me equivocaba, sí que se puede ser más patético y, para muestra, Éttiene.

—Ha sido un placer saludarte. Siento haberte dado esa paliza. O no, no lo siento en absoluto.

Me sitúo al lado de Cassie, y el delantero nos observa unos segundos hasta que su sonrisa se amplía por momentos.

Parece entenderlo porque se mueve. Vomitivo, pero perspicaz.

—Ha sido un placer, Cassie. Y, ya sabes, la oferta sigue en pie.

Ella asiente y la presión del pecho se afloja cuando se marcha y nos deja a solas.

—Es un tipo encantador.

—Tan encantador como depilarte con una motosierra.

Cassie se carcajea, y Connor, que está un par de pasos más allá limpiando el pasillo, sonríe a su vez.

—También sabes ser divertido, Maddox.

Le devuelvo el gesto.

—Sé ser muchas cosas, Cassie.

Ella asiente, dándole vueltas a algo que se escapa de mi entendimiento.

Me acerco hasta la puerta del vestuario y, cuando estoy a punto de cruzarla, me quito el guante, regreso y le tiendo la botella de Voltix. Ella la sujeta y nuestros dedos se tocan. Me sabe a poco.

A demasiado poco, para ser exactos.

—Por cierto… —La distancia que nos separa es tan pequeña que mis protecciones casi tocan su pecho y, creedme, no es suficiente.

Empiezo a entender que con ella nada lo es—.

Sí que uso las manos para otras cosas, además de dar puñetazos.

—Me acerco más hasta que casi respiramos el mismo aire—.

Te recuerdo que también las he usado para acariciarte.

—Inclino la cabeza y me acerco a su oído, tan cerca que puedo notar cómo se le corta la respiración y se tensa—.

Y las volveré a usar, Fierecilla. Para tocarte.

Para que recuerdes exactamente lo mucho que te gustó.