CAPÍTULO 27
Un consejo de enemiga
Cassie
—¿Cassie?
En algún punto de la noche, Asher se marchó. No se despidió, cosa que agradezco, porque lo que sucedió en ese sofá y en esta cocina, en la que me estoy tomando mi segundo café de la mañana, ha sido de lo más bochornoso, como para alimentar un poco más esa sensación.
Por favor, ¡he dejado que Asher Maddox me bese! Y si solo se hubiese quedado la cosa ahí… Un escalofrío me recorre de nuevo la columna. A ver cómo supero el día de hoy. La semana. ¡La vida! ¿Quién es la maridramas ahora?
—Aquí —respondo.
Blue llega hasta la cocina en nada y menos y me evalúa unos segundos.
—¿Y Juniper?
—Todavía está durmiendo. —Señalo mi habitación—. Tienes que saber que da patadas mientras duerme y que tendrás que pagarme un buen masaje para aliviar esta contractura, porque he terminado la noche en el borde de la cama.
—Con esta información que me has dado, me queda más que claro que has cuidado bien de ella.
Le sonrío con amplitud. Saco otra taza de café, la lleno y se la tiendo.
—¿Pudiste descansar algo?
Blue se lleva la taza a los labios y niega.
—Llegué a casa a las cinco de la mañana. No solo terminó tarde la cena, sino que nos tuvimos que encargar de repartir copas. Estoy agotada. —Alza la vista y observa el reloj—. Tengo que estar en el trabajo en una hora, ¿te importa si me ducho aquí?
Caigo en la cuenta de que tiene una pequeña bolsa colgada en el hombro y que en ella debe de haber traído ropa de repuesto y cosas para la niña.
—¿Y Juniper?
—Tus padres se van a quedar con ella. No quiero abusar de ti y sé que tienes que ir al estadio. ¿Todo bien con ese tema?
Alza las cejas y, en un abrir y cerrar de ojos, deja de ser la madre cansada para ser la cotilla de manual.
¿Es ahora cuando tengo que contarle lo que ha sucedido? Supongo que sí, que va siendo hora.
Termina con su café y camina en dirección a la ducha. La sigo por inercia, con mi coleta alta a un lado, los mechones cayendo por ella sin ton ni son y mi cuerpo traidor que no deja de rememorar una y otra y otra vez lo sucedido anoche.
Abre la puerta de mi habitación solo para encontrar a la figura de la pequeñaja allí, arrebujada, y la vuelve a cerrar sin más.
La sigo hasta el baño, y Blue comienza a quitarse la ropa y dejarla caer al suelo. Me siento en el váter…
—¿Te acuerdas del mensaje que te envié hace unos días?
Blue se da la vuelta mientras se deshace del sujetador y me enseña sus lolas sin pudor alguno. Ese es el nivel de confianza que tenemos.
—¿Cuál de ellos, Diddy? Porque nos enviamos muchos mensajes.
Abre el grifo y permanece delante de mí solo con las bragas puestas. Subo las piernas al váter y me las envuelvo con los brazos.
—Ese en el que te pedí que me recordases todos los motivos por los que era una mala idea sentirme atraída por Maddox.
—Tengo cierto recuerdo vago, sí. —Intenta hacerme sufrir, creedme, Blue sabe perfectamente de lo que hablo y recuerda la conversación como si la hubiésemos mantenido hace unos escasos segundos.
—Mete la mano bajo el agua y regula la temperatura.
Termina de deshacerse de la única prenda que le queda y se cuela dentro—.
Uffff, esto es lo que yo necesitaba. Amo las duchas de agua hirviendo.
Trastea con los geles y comienza a enjabonarse ese pelo azulado que tiene y que tan bien le sienta.
—¿Y bien? —pregunta asomando la cabeza. Solo veo espuma. Y sus ojeras.
Cojo aire y lo suelto. Bien, allá vamos.
«Tú puedes, Cassie».
—Ayer estuvo en casa —comienzo por el principio para que entienda el contexto.
—¿Y bien? —insiste dando a entender que ese dato es del todo irrelevante. No lo es. O sí. Da igual.
—Teníamos cosas pendientes y, como no pude ir a la pista, le dije que viniese a casa. Por cierto, esa sopa estaba horrible. Peor que horrible.
—¿Y bien? —insiste y me empiezo a poner nerviosa.
—Resulta que nos hizo un caldo de verduras, ¿vale? En un principio pensaba que estaba actuando como un gilipollas y solo buscaba sacarme de mis casillas, Blue. Pues se fue a buscar verduras, regresó y se puso a cocinar.
—¿Cómo dices?
—Y se portó bien, ¿vale? Parecía hasta medio humano ahí metido en la cocina y no es que no lo hubiese visto así, porque ya lo había hecho en casa de su vecino.
—Ahora no puedo parar de soltar información.
Mi amiga tiene el cuerpo casi fuera de la ducha, las manos en el pelo, sin embargo, es incapaz de enjabonarse porque tiene la boca tan abierta como sus ojos.
No la culpo porque yo estoy tan confundida como ella—.
Y antes de eso me aseguró que se tomaría esa bebida solo por favorecer al equipo y…
—Muevo las piernas hacia delante y hacia atrás y me balanceo un poco—.
Y me dijo que la sopa estaba buena, pero que podíamos mejorarla, y me besó.
Alzo la vista y clavo la mirada en Blue. Sigue ahí, patidifusa, estupefacta, en shock …
—¿Estás bien? —tanteo.
—¿Te besó? —Asiento solo para confirmar sus palabras—. ¿Y mi hija?
Si ella supiera lo que sucedió con su hija por aquí.
—No nos vio. Soy la peor cuidadora del mundo, la peor asistenta de marketing del mundo y la mujer más patética del mundo, porque disfruté de ese maldito beso, ¿lo entiendes?
He soltado todo esto sin observar a mi amiga ni sus reacciones.
Nosotras no nos juzgamos, nunca lo hemos hecho porque, en fin, si tuviésemos un lema en la vida, «hasta la muerte» sería el nuestro.
Sin embargo, eso no quiere decir que me sienta mejor persona porque Blue no me vaya a juzgar.
De hecho, me siento fatal por haber cruzado una línea.
—No me jodas, Diddy. ¿Lo has besado?
Vale. Es oficial. Me está juzgando por primera vez en la vida.
—Sí —afirmo tan tan bajito que no sé si me habrá escuchado con el sonido del agua caliente cayéndole por el cuerpo—. Aunque, en realidad, él dio el primer paso. —Y yo el segundo al abrir la boca, obvio.
—Dios mío, qué catástrofe esa.
Alzo la mirada una vez más y la clavo en ella, que se ha vuelto a asomar por un lateral de la mampara de la ducha.
—¿Estás así por un beso? —insiste.
Entonces niego.
—En el sofá…
—¿Por fin habéis…?
No la dejo terminar.
—¿Qué? ¡No! ¿Cómo puedes pensar eso? Estaba tu hija aquí.
—¿Delante?
—Durmiendo.
Mi amiga suelta una risotada.
—Cuando Juniper duerme, el mundo puede caerse que no se va a enterar de nada, ¿entiendes? Podrías haber gemido alto, podría haberse enterado todo el edificio antes que ella.
—No iba a hacer eso —sentencio. Y lo digo en serio.
—Pues muy mal por tu parte —me recrimina—. Porque ese chico sí que quiere hacer eso. De hecho, tengo la ligera sospecha de que quiere hacer muchas cosas con eso. —Y señala mi cuerpo.
—Blue…
—¿Qué?
—Es que… —termino por explicarle lo que sucedió en el sofá—. Me dijo que dejase de fingir que no me había gustado y que, cuando eso sucediese…, él estaría ahí.
Blue cierra el grifo y entonces aplaude. ¡Aplaude!
—Alcánzame la toalla —me pide y eso es lo que hago, me levanto y se la acerco.
Se la enrolla al cuerpo y sale. Nos quedamos frente a frente—.
Dime solo una cosa y quiero que seas honesta conmigo, pero todavía quiero que seas más honesta contigo.
—Me entra el pánico—. ¿Te apetece tirártelo?
—No esperaba esa pregunta, esperaba algo más del estilo: «¿Te arrepientes de lo que hiciste, mala pécora? ».
Valoro las distintas opciones y ni siquiera sé por qué lo hago cuando tengo la respuesta más que clara. De hecho, mi primer impulso fue responder afirmativamente.
—Sí.
Entonces aplaude más fuerte, me agarra de las mejillas y las aprieta moviéndome la cara a su paso.
—Pues dale caña a ese cuerpo que tienes, joder. Antes de que se lo coman los bichos, que se lo coma ese jugador buenorro. Estoy casi segura de que le va el sexo duro. —Me ruborizo—. Apuesto a que te tiraría del pelo y te diría cosas tan cerdas que cualquiera se avergonzaría si las escuchase.
La cosa no mejora porque las imágenes que se me cuelan en la cabeza solo me encienden más todavía.
—Trabajo para su padre —insisto.
Tengo que poner algo de cordura a esta situación.
—No tiene por qué enterarse. No me jodas, Diddy, ¿te vas a colgar un cartel o algo? —Niego de nuevo—. Pues ya está.
Entonces bajo la cabeza un poco y me observo los calcetines que llevo puestos de nuevo.
—Yo… ¿Tú me has visto?
Recorro mi cuerpo con la mirada buscando algunas imperfecciones. Porque tengo muchas y no solo hablo de que me sobren kilos, que también.
—No me jodas, Cassidy Caldwell.
—No puedo evitar pensar en eso, ¿entiendes? Es perfecto, tiene un cuerpo digno de un dios griego, y yo solo soy una mortal. Del montón de mortales, yo estoy en la parte baja, con los que terminan aplastados.
—¿Estás hablando en serio? —Por supuesto que sí y mi mirada así se lo hace saber.
Chasquea la lengua.
—Nunca me había pasado. Me he acostado con tíos y el físico jamás ha sido un problema, sin embargo, con él…
—¿Se le puso dura anoche?
—No es lo mismo.
—Eso es un sí —interpreta ella y me empuja para sacar la ropa de la bolsa y empezar a vestirse—.
Y se le va a poner mucho más dura cuando vea ese cuerpazo de diosa que te gastas, así que, Diddy, haz que se ponga de rodillas.
Haz que suplique por tu cuerpo. Haz que se muera de ganas de follarte, que le duelan los huevos tanto que se le pongan morados.
Le regalo una mueca de asco, aunque no puedo negar que me hace sonreír.
Estas son las cosas que pasan cuando tu amiga te da consejos, que te los crees.
—¿Eso es un sí? —tantea.
Niego a pesar de todo.
—Es un «ya veremos».
—Me vale. —Acaba de vestirse—. Y, cuando hayas terminado, tienes que escribirme o llamarme. Al menos, tengo que vivir la experiencia desde tu punto de vista.
—Siempre puedes tener citas —le propongo.
Ladea la cabeza y medita mis palabras.
—Juniper es lo primero. No puedo pensar en esas cosas, yo…, bueno, ya sabes. No sé si estoy preparada.
Me acerco, abro los brazos y los extiendo para acogerla entre ellos.
—Llegará el día en que lo estés. O llegará la persona con la que creas que lo estarás.
—Tal vez no haya nadie para mí ahí fuera, Diddy.
—O quizá es que no te has cruzado con esa persona.
Ella asiente y salimos del lavabo.
No hay mucho más que decir porque ya lo hemos dicho todo.