CAPÍTULO 26
De cabeza al infierno
Cassie
M e tiemblan las piernas. Sí, esa es una buena forma de definir lo que sucedió hace un rato en esa misma cocina que estoy viendo desde aquí.
Asher tuvo a bien separarse de mí cuando se dio cuenta de que no estábamos solos.
Y digo que tuvo a bien porque yo estaba más que preparada y lista para arrancarme y arrancarle la ropa.
¿Recordáis todo eso de que es mi cliente y mi trabajo consiste en ayudarlo o evitar catástrofes mayores de las que por sí crea? Pues, ea, me alegra, porque está claro que mis neuronas colapsaron en el mismo instante en que su boca se pegó a la mía e hizo magia con su lengua.
Besa igual que juega: con estrategia, descaro y la absoluta certeza de que va a ganar.
De hecho, besa tan bien que me da coraje admitirlo. ¿Hay algo que no sepa hacer este chico?
—Juniper ya está dormida —le explico mientras llego al salón. Lo encuentro sentado en el sofá con mi carpeta en las manos. Atención: ¡mi carpeta! No una cualquiera sino… «esa carpeta»—. ¿Se puede saber qué estás haciendo? —pregunto como si nada cuando es todo.
Que no note la tensión en tu voz porque está más que claro que la aprovechará en su beneficio. Es un jugador impulsivo, inteligente y suspicaz.
—Solo quiero saber qué es lo que contiene para que estés todo el día pegada a ella. No sé… —La mueve frente a mis ojos, respiro porque creo que no la ha abierto todavía—. ¿El secreto de la eterna juventud? ¿Los misterios y enigmas para ser una niñera sexi?
¿Sexi? ¿En serio?
—O el secreto para no acabar en prisión por darle una paliza a alguien. —Sonrío con presunción.
Su sonrisa se ensancha, esa que mezcla picardía y algo que se parece demasiado al desafío. La clase de sonrisa que te hace pensar en malas decisiones envueltas en sábanas revueltas. En mis sábanas.
—Interesante, quizá eso me haga mucha falta.
Mis piernas deciden moverse e ir en busca de mi carpeta.
—No es gracioso, Maddox.
—Así que hemos vuelto a las formalidades, Cassidy.
Me guiña un ojo y entonces la abre.
Lo primero que encuentra es la redacción sobre las actividades que hemos llevado a cabo con éxito, pasea los dedos por ellas, pero no le hace demasiado caso.
Avanza y se encuentra con el listado de jugadores que forman los Wild Warriors, sus puntos fuertes, débiles y sus características, así como también su información personal.
Tampoco le presta mucha atención porque no hay nada sobre él ahí.
Hasta que llega a donde sí que lo hay.
Doy un paso más y nuestras rodillas casi casi se tocan. Extiendo la mano derecha.
—Es información confidencial, Ash .—Alza la vista y las comisuras de los labios se le alzan—. Devuélvemela.
Niega y sigue pasando páginas hasta que llega a una llena de fotos suyas.
Las hay de varios tipos: en la pista con la equipación de los Wild Warriors, fuera de ella, ya en pantalones vaqueros y camiseta, entrenando, incluso hay alguna en la calle del edificio donde vive.
También las hay de eventos, con Aaron y con el entrenador Donahue.
Y una sin camiseta…, esa es la que capta su atención. Lo sé de inmediato.
Alza la vista, y yo sigo con la mano extendida. Sabe lo que le estoy pidiendo y, aun así, está disfrutando de mi bochorno y regodeándose en el mismo. Es un jodido imbécil.
—Cuando termines de comportarte como un niño pequeño, Maddox, tal vez puedas entregarme mi carpeta para poder dejarla donde estaba. Justo en el lugar en el que he dejado el resto de mis cosas, esas que no tienes que toquetear porque nadie te ha dado permiso para ello.
El brillo malicioso de su mirada me demuestra que el desafío es lo suyo y parece ser que eso es justo lo que ha entendido. No que se haya inmiscuido en mis cosas, sino que no puede tocarlas y, por lo tanto, eso hace que resulte más atractivo hacerlo.
Me tiende la carpeta tras haberla cerrado y juro que respiro de otra manera.
Cuando voy a cogerla, y a hacerla mía por fin, me sujeta la mano con una presteza y agilidad que me desarma y tira la carpeta hacia un lado.
Mi cuerpo cae sobre el suyo y sus brazos me envuelven por la cintura.
Mis piernas rodean las suyas, y sí, chicas, sí, me he sentado a horcajadas sobre Asher Maddox.
Sobre mi cliente.
Pega la nariz a mi cuello y aspira mi olor.
—Naranjas. Jugosas, frescas, exquisitas.
Sigue rodeándome la cintura con los brazos y de pronto me siento más consciente que nunca de lo que estamos haciendo. Y de lo que quiero que haga a continuación.
O de lo que no quiero que haga a continuación…
—Esto no está bien —susurro en un alarde de valentía y entereza.
Trago con fuerza.
«No debería, está mal. Muy mal».
«No, está bien, demasiado bien».
Siento su risilla en mi cuello y se me eriza el vello de todo el cuerpo. La electricidad se abre paso entre nosotros y somos como dos cables de tensión que están a punto de cortocircuitar.
Su voz me roza la piel antes que sus labios.
—¿Y quién dijo que lo correcto es divertido?
Intento moverme. Con una mano agarra la carpeta y con la otra mi cintura, y en ese gesto hay algo entre juego y advertencia. La respiración se me acelera, no porque me falte el aire, sino porque me sobra deseo. Y eso, en mi lista de cosas prohibidas, ocupa el primer puesto.
—Asher… —La voz me tiembla más de lo que me gustaría.
—Dime que pare —susurra, y su tono no tiene nada de arrogancia ahora. Es una invitación peligrosa, dulce y punzante.
Podría hacerlo. Podría pedirle que se detenga, levantarme y fingir que no ha sucedido nada.
Pero su pulgar traza un círculo en mi espalda, lento, paciente, y el mundo parece reducirse a eso: al roce, al olor a naranjas y a la sensación de estar colgando de un hilo que podría romperse en cualquier momento.
—Eso pensaba —suelta con soberbia.
Y las sensaciones que me sacuden son demasiado intensas.
—Ash…
—¿Cuántas veces te has tocado pensando en mí, Cassie?
¿Cuántas veces has abierto esa carpeta y tus manos han acabado entre tus pliegues?
¿Cuántas veces te has mojado solo con esta fotografía?
—No es necesario que especifique de lo que habla, aun así, me lo muestra—.
Dímelo, Fierecilla. —Su voz es baja, casi una advertencia.
Sigue dibujándome círculos en la espalda con el pulgar y parece mentira que algo tan sencillo despierte tantas cosas en mí.
Trago con fuerza e intento apartarme, sin embargo, su mano es como un bloque de hormigón. No permite que mi cuerpo se aleje. Me remuevo contra él buscando alguna forma de escapar. Tengo que pensar, no puedo dejarme llevar por los impulsos, por más que quiera.
Soy coherente y racional. Una adulta funcional que piensa con la cabeza.
—No estás jugando limpio. —Es la respuesta que le ofrezco en cambio. Una salida, una vía de escape. Algo antes de caer rendida ante él.
—Ah, Cassie, Cassie… Nunca he dicho que sea de esos que juegan limpio. ¿No pone nada de eso en tu capeta? —me provoca.
Con extrema lentitud, me limito a negar.
Su respiración se mezcla con la mía. Su voz es baja, grave, peligrosa.
—No me mientas, Cassie. Sé que piensas en mí de la misma forma en la que yo no consigo sacarte de mi puta cabeza.
—Su pulgar sigue un recorrido lento por mi espalda y cada movimiento parece borrar una capa de sensatez.
Se acerca peligrosamente a mi culo y, ¡Dios!
, las ganas que tengo de que lo haga, de terminar con esto, de arrancarlo de mis pensamientos, son abrasadoras.
Intento apartarme, pero su mano es un ancla, firme, segura y, no nos engañemos, tampoco es que esté oponiendo mucha resistencia—.
Y sé que lo notas, notas esto. —Nos señala con la cabeza a la vez que me aprieta más contra él.
Siento su erección justo en mi centro.
Baja la vista como si él también hubiese caído en la cuenta de que nos estamos rozando y, a pesar de ello, no fuese suficiente.
No es para nada suficiente.
—Suéltame —susurro, aunque ni yo misma estoy segura de quererlo.
—Solo dime que no quieres esto —responde.
El silencio que sigue es brutal. El aire arde entre nosotros.
Finalmente, me muevo. No para alejarme del todo, sino para romper el hechizo. Apoyo una mano en su pecho, notando el ritmo frenético bajo su piel.
—No confundas lo que deseas con lo que puedes tener.
Él sonríe, y esa sonrisa es puro desafío.
—Demasiado tarde para eso.
Me aparto despacio y sé que ha dejado que lo haga, que me ha dado permiso para apartarme, si hubiese sido de otra forma, seguiría ahí, entre sus brazos, con su cuerpo acoplado al mío. Intento recomponer la poca dignidad que me queda, mientras su risa grave me sigue hasta la puerta de mi habitación.
—Cuando termines de fingir que no te ha gustado, Cassidy —pronuncia con esa maldita voz rasgada—, la carpeta seguirá aquí. —Hace una breve pausa—. Y yo también.
Avanzo sin mirarlo. Si lo hago, estoy perdida. Coloco la mano en la puerta con el corazón retumbándome en los oídos y una sola certeza martilleándome la cabeza…
Si esto era una línea, acabamos de cruzarla.