Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Qué interesante

Ash

—No te enfades, ¿vale?

—Cassie, si arrancas una conversación usando esa frase, todo lo que venga a continuación olerá a desastre.

Ella suelta una risilla y me contagia un poco. Solo un poco.

—Vale. Reformulo entonces. He hecho un trato ventajoso.

Alzo una ceja por puro instinto.

—¿Ventajoso para quién?

—Para ti. Para el equipo… —Que no termine la frase también suena a desastre.

—¿Qué tipo de trato? —tanteo mientras me muevo unos metros para acabar frente a la olla en la que continúa haciéndose la sopa de verduras.

Hace rato que empezó a hervir y ahora solo necesito que coja consistencia y que los sabores se entremezclen.

—Les he prometido a los de Voltix que en tu próxima pelea —titubea unos segundos y mueve los puños como si estuviese defendiéndose de un ente sin cuerpo ni alma, ya puestos—, digoooo —se corrige—, partido, ya sabes, lo primero que harías sería mostrar esa bebida y bebértela, por supuesto.

—No tomo esa clase de cosas, Cassie.

—¡Lo sé! —Chasquea la lengua, frustrada—.

Sé que bebes agua, Ash, soy más que consciente de ello.

—¿Más que consciente? Alzo una ceja con la cucharilla de madera todavía en la mano—.

No empieces. —Me advierte con el dedo índice en alto y apoya el peso del cuerpo sobre la pierna derecha.

Malditas piernas—. No estoy intentando aumentar un ego que ya de por sí toca techo.

—Y alza la mano como si intentase llegar hasta él—.

Es trabajo, es una oportunidad y es beneficioso para el equipo.

Insisto, estamos en el mismo bando —me recuerda y, creedme, lo hace cada dos por tres—.

Y no pretendo obligarte a hacerlo, pero…

—Me lo recomiendas.

—Parece que entiendes los conceptos, solo que lo haces cuando quieres. El siguiente paso es que aprendas a aplicarlos.

Remuevo de nuevo la sopa y me agacho para olfatearla. Cuando me doy cuenta, Cassie está a mi lado.

—La verdad es que me sorprende.

—¿El qué?

—Tú. Eso. Las dos cosas. No sé… ¿Tienes fiebre también? —Me toca la frente y me estremezco bajo su contacto.

Está tan cerca de mí que si diese un paso adelante podría morderle los labios.

De hecho, quizá podría hacer mucho más que eso.

—Es solo una sopa.

—No es solo una sopa, Ash, es el gesto. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué cocinas para Juniper?

«Porque me he comportado como un gilipollas contigo y estoy harto de seguir siéndolo cuando no te lo mereces».

—Porque me aburro.

—Eres lo peor. —Me empuja y entonces la sujeto de la mano.

La tensión se me cuela por cada poro de la piel y la observo.

Ella no se aparta, lo que complica todavía más la situación.

Deslizo la mano por su mejilla y le coloco tras la oreja un mechón rebelde que se ha escapado de su coleta.

Me encanta su pelo. Me encanta su forma de ser, el carácter que tiene y la manera en la que me ha hecho frente sin titubear.

Ambos damos un paso adelante, como si fuésemos dos imanes que se sienten atraídos por el metal. Sus labios sobre los míos, su sabor en mi lengua, mis dedos en su cintura y más, mucho más abajo…

—¿Cassie? —La voz de la pequeña se cuela entre los dos y nos separamos de un salto.

No hay intimidad. En esta lata de sardinas no hay nada de intimidad.

—Haré lo de la bebida —concluyo.

Y lo hago no porque me apetezca, sino porque necesito romper el momento con algo. Lo que sea.

Se aparta con rapidez y se acerca al sofá. La pequeña se ha sentado y la manta se le ha caído al suelo junto con el peluche de ojos de botones.

—¿Te sientes bien?

Yo me limito a remover el caldo y terminar de condimentarlo mientras las escucho.

—Mucho mejor. Ya no estoy tan cansada. ¿A qué huele? Tengo hambre. No quiero esa sopa que hizo mamá, es asquerosa. Mamá no cocina bien, pero no se lo digas, Cassie. La que cocina bien es la abuela, porque tú tampoco lo haces bien. Eres un desastre.

¿Mamá? ¿La abuela? ¿Desastre? Esto se pone interesante.

Mis pasos me han llevado de nuevo hacia el sofá, porque sí, me puede la curiosidad.

—Esta noche parece que vamos a poder cenar algo delicioso.

Algo delicioso… Si ella supiese.

Cassie se incorpora y se coloca a mi lado.

—Te presento a Asher Maddox. —La niña alza la mirada y la clava en mí.

Sé la primera impresión que doy. Los tatuajes y los niños no se llevan del todo bien. Así que tomo la iniciativa.

—Hola, Juniper, ¿cómo te encuentras?

Cassie vuelve a mirarme y da la sensación de que me hubiesen salido dos cabezas.

—Bien, ¿qué haces aquí? ¿Mamá sabe que sales con un capullo? —Esta pregunta no iba dirigida a mí.

Es mi turno de quedarme en shock .

—Es un capullo. —Me señala Cassie—. Pero no salimos, solo trabajamos juntos.

Los engranajes de la pequeña giran y giran, y entonces Cassie se lanza hacia delante como si hubiese caído en la cuenta de algo muy importante. Algo que solo ella entiende porque la pequeña está tan descolocada como lo estoy yo.

—Ni se te ocurra —le advierte Cassie a la pequeña, y yo me muero de ganas de saber lo que sucede, así que aprovecho la coyuntura y libero a la pequeña Juniper de la mano de Cassie—. No digas nada —le advierte de nuevo.

—¿Es este el chico que es tan feo como una nevera por detrás?

—¿Perdona?—. No es tan feo, tía Cassie. Noah es mucho más feo, aunque eso tampoco se lo tienes que decir.

—Juniper parece haber cogido carrerilla—.

No le veo ninguna verruga en la variz y…

—Hace una pausa, se pone en pie y me pide con el dedo índice que me acerque—.

Ahora sonríe. —Lo hago. De hecho, ni siquiera dudo—.

Son blancos, no amarillos como los de una bruja, y espera…

—Me observa la cabeza con atención—. No hay tornillos ni apesta a esquina meada.

Ladeo la cabeza y me encuentro con las mejillas encendidas de mi niñera y no es para menos.

—¿Feo como una nevera por detrás?

—Además, la tía Cassie asegura que solo te metes en líos y que por eso la han contratado, para apagar tus fuegos.

Cassie se tapa la cara con las manos, completamente abochornada, y me deleito en la sensación de victoria porque, oh, sí, esto es una victoria. Un jugador como yo se da cuenta de este tipo de cosas.

—Así que… has estado hablando de mí —lanzo al aire como si nada.

—Ni se te ocurra hincharte como un pavo —me advierte con la voz trémula a causa de las manos que le siguen tapando las mejillas.

Observo a Juniper, que se ha dejado caer de nuevo en el sofá y está trasteando con el mando del televisor.

—Y no solo eso, has pensado en mí, Fierecilla. —No me molesto en formular pregunta alguna, lo doy por sentado, y la satisfacción que siento es embriagadora. Porque…, en fin, ¿la habéis visto bien? ¿No? Pues mejor para mí, joder.

—Cállate.

Se adelanta y me empuja con el hombro o lo intenta, porque está más que claro que no lo consigue hasta que me hago a un lado y camino tras ella hacia la cocina. Levanta la tapa de la cacerola y la huele. Está ganando tiempo o echando balones fuera.

—No pienso hacer eso.

—Lo estás disfrutando, ¿verdad?

—Por supuesto que sí. —Recorto la distancia y nuestros cuerpos vuelven a tocarse, solo que, por mucho que me pese, hago caso omiso a todo eso que me pide que me lance a por ella y me centro en la cena—. ¿Sabes? Pensaba que era tu hija.

La sorpresa y el asombro se reflejan en su semblante.

—¿Mi hija? No —niega—, aunque me encantaría. Juniper es increíble y me sentiría muy orgullosa si fuese mía, pero no. —Cabecea negando una vez más—. Es la hija de mi mejor amiga, y ellas son de la familia.

—Ya… Te llama tía y apuesto a que esos abuelos de los que habla…

—Son mis padres —concluye.

La mirada se le vuelve vidriosa. «Somos una familia. La mejor familia».

—¿Y quién es Noah? —Se ríe.

—¿Por qué? ¿Estás celoso? —pregunta llena de altanería.

Saco una pequeña cucharada de sopa y la soplo para templarla.

Ella clava la vista en mis labios, y yo, en los suyos.

Tengo la sensación de que somos inevitables, de que somos como una tormenta que lleva horas formándose en el horizonte y de la que ya no se puede escapar.

Como el instante antes del primer beso, cuando el mundo al completo parece contener la respiración.

Y, por mucho que quiera fingir que no me afecta, sé que, si doy un paso más, ella arderá conmigo.

—Abre la boca —le pido.

Su mirada se enciende. Está bien, porque no me gustaría ser el único que se prende fuego de los dos.

Lo hace y entonces le meto la cuchara en la boca y me deleito con la forma en la que lo paladea y saborea.

—Codiciosa.

Cassie cierra los ojos y suspira.

—Está increíble —me cuenta.

—Apuesto a que podemos mejorarla.

Y, entonces, me lanzo a por sus labios.

Nuestras bocas se encuentran en un choque que no entiende de lógica ni de prudencia.

Es un beso que sabe a sopa caliente y a desafío, a todo lo que llevábamos evitando desde el primer instante.

Cassie se tensa al principio, como si todavía intentara convencerse de que esto es una mala idea, pero en cuanto le rozo la mandíbula con los dedos, la resistencia se le escapa junto al aire.

Sus labios se abren bajo los míos y el beso se vuelve más profundo, más urgente, más ansioso.

La agarro por la cintura, la acerco hasta sentir cómo encaja perfectamente contra mí, y el resto del mundo deja de existir: Juniper, la cocina, la cena…

, todo se desvanece en el fondo. Solo quedan su respiración entrecortada, el sabor de sus labios y esa sensación insoportable de haber cruzado una línea de la que ya no hay retorno.

Cuando por fin me separo, ella aún tiene los ojos cerrados. Tarda unos segundos en abrirlos y, cuando lo hace, me observa como si acabara de descubrir algo que no quería admitir.

—¿Y ahora qué? —susurra con la voz aún temblorosa y los labios entreabiertos.

Sonrío, apenas un roce de arrogancia que no intento disimular.

—Ahora supongo que llega la parte en la que intentas recordarte que te contrataron para apagar mis fuegos.

Cassie traga saliva entendiendo de dónde vienen mis palabras, todavía sin apartarse de mi cuerpo. Tiene las mejillas encendidas, el pulso desbocado y esa mirada que me desarma por completo.

—Sí —murmura, casi sin voz—. Pero parece que lo único que hago es avivarlos.

La observo durante un segundo que se me hace eterno y, cuando vuelvo a rozarle los labios con los míos, pienso que no hay forma humana de querer apagar algo que hace que me sienta así de vivo.

—Entonces, Fierecilla, arde conmigo.