CAPÍTULO 24
Toma dos tazas
Asher
A la hora indicada me presento en la dirección que me ha facilitado mi niñera y llamo al interfono.
No tarda mucho en responderme y en abrirme.
Me cuelo dentro del edificio y voy en busca del ascensor.
En un rellano como este, no hay que investigar demasiado para entender que la única forma de llegar es subiendo las escaleras.
Y eso es lo que hago.
Silbo durante todo el proceso y, cuando llego a la tercera planta, hay una puerta entreabierta. La empujo con suavidad y para nada es lo que me esperaba encontrar.
El espacio que se abre ante mí no solo es ridículamente minúsculo, sino también está lleno de cosas y objetos de distintos colores y lo peor de todo es que nada combina con nada.
Hay cojines azules, verdes, rosas y amarillos.
Un puf de un tono naranja horripilante. Unas cortinas de un tono lila por el que pasa la luz a raudales, un sofá… , un sofá con una niña acostada en él.
Permanezco quieto en mi sitio unos segundos intentando concebir la idea de que mi niñera tenga una hija. Una hija de carne y hueso. Y que sea posible que haya estado fantaseando con follármela a todas horas sin tener en cuenta sus circunstancias personales.
La pequeña está durmiendo, abrazada a un muñeco que tiene botones por ojos, y sonrío porque Aaron y yo teníamos uno así.
—¿Por qué sonríes?
La voz de Cassie me saca de mis pensamientos y entonces la localizo en la pequeña cocina. Por lo que veo, esta casa podría definirse como «salón-cocina-comedor-y-todo-lo-demás-junto» porque de espacio no es que ande muy sobrada.
—¿Vives aquí? —tanteo.
Ella asiente y entonces sale de detrás de la barra.
Y maldita la hora en la que lo hace, joder.
Lleva puestos unos pantalones cortos, tan tan cortos que es imposible que no imagine esas piernas rodeándome la cabeza mientras deslizo la lengua dentro de ella. A duras penas me saco la imagen de la mente, lo consigo cuando observo a la niña de nuevo.
Soy un puto imbécil sin filtro.
—Bienvenido a mi humilde morada. —Hace una reverencia exagerada y la camiseta le tapa parte de los pantalones.
¿Cómo se verá con una mía recién levantada?
—. Siento que no sea un castillo como los que suelen comprar los príncipes como tú.
—Las comisuras de los labios se alzan—. Pero es todo lo que necesito. ¿Para qué más?
Vive aquí con una niña pequeña…
Avanzo un par de pasos más y me quedo cerca del sofá.
La pequeñaja sonríe mientras duerme y me contagia del gesto.
Aaron siempre aseguraba que yo también sonreía mientras dormía, sobre todo, cuando lo hacíamos juntos.
Hasta que dejé de hacerlo. Hasta que crecí y me di cuenta de que no servía de nada reír.
—¿Cómo se llama?
Avanza hasta mi altura y se coloca justo frente a la pequeña.
—Juniper. Es la reina de la casa —susurra mientras le toca la frente.
—Está enferma —afirmo.
Y es por eso por lo que hoy no estaba en la pista y por lo que nos hemos reunido aquí.
—Vaya, eres muy astuto.
Camina de nuevo hacia la cocina y sobre la encimera localizo la dichosa carpeta blanca. Es como si se hubiese convertido en una extensión de lo que es ella. Llevo los dedos hasta la misma y los muevo sobre ella. Cassie la retira de inmediato y la aleja de mí. No puedo evitar observarla a mi antojo.
Tiene una hija.
—Vale. Tenemos asuntos pendientes. —Despliega una libreta y abre una agenda y, por lo que puedo observar, tiene una lista de cosas escritas en ella.
Todo parecen tareas y actividades varias—.
Te he ido actualizando la agenda, así sabrás los eventos y entrevistas que tienes.
Lo primero es saber cuántas camisetas vas a donar para la recogida de fondos y, como me digas una sola, te obligaré a tomarte esa sopa hecha a base de calcetines.
De tus calcetines. Porque apuesto a que apestan tanto como ella.
Señala un táper que hay sobre la encimera y me acerco con las manos dentro de los bolsillos. Las saco solo para olfatear el contenido y meto un dedo dentro.
—Esto está asqueroso.
—Justo lo que te decía, Lumbreras Maddox.
Me giro y sonrío ante su presunción, pero es como si Cassie no se hubiese dado cuenta de ella porque tiene la vista clavada en la agenda y mueve el lápiz sobre la misma con presteza.
Intercalo de nuevo una mirada entre la pequeña y mi niñera y me dirijo hacia la puerta.
La abro sin dudar y escucho las pisadas de Cassie mientras avanza tras de mí.
—¿A dónde crees que vas? ¿Es que no has entendido la parte en la que tenemos trabajo? —Sigo descendiendo sin perder el tiempo—. Maldito imbécil cabeza cuadriculada.
La escucho y suelto una risilla porque es… refrescante. Esa es la palabra que se me viene a la mente cuando pienso en ella.
Cassie es como un soplo de aire fresco en un caluroso día de verano.
Como un rayo de sol que se cuela entre las nubes grises y te obliga a entrecerrar los ojos, pero te hace sonreír igual.
Como el olor de la hierba recién cortada en un jardín abandonado, recordándote que la vida sigue su curso, aunque no te des cuenta de ello .
Como una chispa que salta al golpear dos piedras: pequeña, fugaz y suficiente para encender algo… , algo dentro de ti.
Paseo por la misma calle en la que vive hasta que encuentro lo que buscaba.
No tardo nada en hacerme con un par de cosas y regreso.
Por suerte para mí, justo cuando voy a entrar, sale un chico con una bolsa de deporte.
Aparto la mirada porque no me apetece pararme a charlar con nadie.
Amo al público, por mucho que se diga lo contrario, disfruto hablando con los seguidores de nuestro equipo e incluso con los de otros equipos, me encanta firmar autógrafos y estoy más que dispuesto a sacarme todas las fotografías que necesiten o pidan, sin embargo, ahora me apetece mucho más volver a esa casa y ponerme manos a la obra.
Toco con suavidad en la puerta porque no quiero despertar a la pequeña, y Cassie no tarda nada en aparecer al otro lado. Sus ojos se abren como platos porque está más que claro que no esperaba encontrarme aquí. Lleva el teléfono en las manos y tiene una conversación abierta.
—¿Me echabas de menos, Fierecilla?
Se hace a un lado y apuesto lo que sea a que es por puro instinto. Y yo aprovecho ese hueco para colarme en su casa. Repaso la estancia y sonrío una vez más.
—¿Se puede saber qué es lo que haces?
«Cuidaros».
—Me estaba dando dolor de cabeza con tanta tarea y pensé que necesitábamos esto. —Muevo una bolsa frente a sus ojos, por la que sobresalen varias verduras.
Abre la boca, estupefacta, y yo se la cierro colocándole un dedo índice bajo la barbilla. Todavía recuerdo el tacto de su piel, el olor a naranjas que desprendía, cómo me gustaba la manera en la que su cuerpo y el mío se amoldaron en aquella pared de aquel local de Chicago.
—Puedes babear cuando me vaya, así será menos bochornoso —le propongo.
Me da una palmada y deja el teléfono en la encimera para colocarse ambas manos en la cintura.
—Ash…
Joder, cómo me gusta que me llame así.
Doy un paso hacia delante y luego otro y otro. Dejo la bolsa sobre la minúscula encimera y comienzo a abrir cajones. Está todo ordenado y limpio, cosa que no me sorprende porque Cassie es la persona más cuadriculada que conozco y eso me encanta.
—¿Vas a cocinar? —No respondo, me limito a continuar con lo que hago. Y lo primero que decido es tirar por el fregadero esa cosa que es incomestible—. Ash, ¿puedes responderme, por favor?
Me giro y la encuentro muy cerca de mí. Quiero avanzar, colocarme a su altura y darle un beso en esos labios tan rojos como su pelo. Sin embargo, me contengo.
—Tú a eso. —Señalo las hojas que tiene dispersas sobre la encimera blanca—. Y yo a esto.
Guardamos silencio y me concentro en cocinar. Me relaja, ¿sabéis? Consigue que todos los demonios que me susurran lo mierda que soy, lo mal que lo hago todo, se esfumen. Y esa sensación es increíble, porque dejo de ser un producto para darte cuenta de que, en momentos así, soy una persona.
Pasamos mucho tiempo en silencio, concentrados. A veces observo cómo teclea algo en el teléfono y cómo sonríe cuando recibe una respuesta y me pregunto si estará charlando con el padre de su hija.
Una hija.
Ni siquiera me lo había planteado.
Bajo el fuego de la cocción y me acerco a Cassie.
—Espero que no te importe que le lleve un poco de sopa a Art, estoy seguro de que ese viejo necesita ese caldo tanto como esa niña. —La señalo.
Cassie aparta la mirada unos segundos y la observa mientras sonríe.
—Solo si le dices a Art que ha sido cosa mía. Ya sabes, para que te odie un pelín más —bromea.
Suelto una carcajada y me tapa la boca con la mano para que no haga tanto ruido.
—Shhh.
Ambos llevamos la mirada hasta la pequeña, que se mueve, pero sigue durmiendo.
—Está agotada. Lleva así horas —me explica—.
Odio que esté tan de capa caída, ella no suele estar tan apagada.
Es todo energía y vitalidad —me explica, y percibo el cariño y el amor en su voz.
Hace una leve pausa y me observa de soslayo, se recompone, me temo que piensa que me está aburriendo y de veras que no es así, solo…
, solo estoy asimilando todo esto—. ¿Y bien?
¿Tienes unos minutos para hablar de algo?
—Por supuesto.
Entonces me coloco frente a ella y comienza la tortura.