Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

No la jodas

Cassie

E stoy teniendo mi primer déjà vu . Aunque en mi caso, sí que es una situación real que ya he vivido y que soy más que capaz de identificar. Si me apuras, hasta puedo ponerle fecha y hora. Y no, nada tiene que ver con mi dentista, pobre señor Sutton, dejémosle en paz por una vez.

Hace poco más de un mes que mis pies se dirigían al despacho al que me dirijo hoy.

Escuchaba el sonido de mis tacones resonar contra el pavimento y le respondía con una sonrisa de lo más taimada a la recepcionista que me miraba por encima del hombro, y todo eso sin saber lo que iba a suceder cuando cruzase la puerta de ese despacho, si el trabajo sería mío, si me aceptarían en un equipo formado por hombres y si el chico con el que se supone que tendría que trabajar se convertiría en una complicación ni en las dimensiones de la misma.

Y aquí estoy, con unos tacones bien distintos, con una carpeta blanca que me he leído en muchas ocasiones y con otra tanda de datos, esta vez propios y obtenidos por mí, dirigiéndome a esa misma sala para enfrentarme a mi primera reunión mensual.

Cuando toco en la puerta, es el mismo silencio el que me invade y es una sensación totalmente opuesta la que me acompaña. Siento que tengo todo bajo control o, al menos, todo lo que no implican las dudas con Asher.

No he hablado con Blue, Juniper se puso enferma esa noche y sigue con fiebre, así que hubo que cancelar la noche de chicas y posponerla un poco, cosa que, en cierto modo, agradezco. No la fiebre, no vayamos a pensar…, sino el aprovechar el tiempo a mi favor. Si es que eso puede suceder.

Una vez más, cuadro los hombros y cruzo la puerta cuando me invitan a pasar.

Las mismas personas, las mismas caras y la misma actitud circunspecta me recibe.

Preside la mesa el dueño del equipo, que no es otro que Prescott Maddox.

Adrian Holt y Brandon Keller también se encuentran apostados a ambos lados, la única nueva cara que hay en esta reunión es la del entrenador del equipo.

Saludo a todos en general y a nadie en particular, y es Mike, el entrenador, el único que me responde con una sonrisa y un: «¿Cómo va eso, Cassie?».

—Cassidy, bien, has llegado justo a tiempo, íbamos a empezar a tratar el tema de Asher.

No entiendo por qué me fastidia tanto que hablen de Asher como si fuese un tema y no una persona. Vale, que sí, que es problemático, sin embargo…, es un chico y da la sensación de que hablan de un perro que necesita entrenamiento.

—No hemos detectado demasiada mejoría en su comportamiento fuera ni dentro de la pista, Cassidy. Sigue siendo impulsivo, sarcástico y disfruta siendo el centro mediático.

—Y también parece que al público eso le encanta —sentencio sin dudar porque sí, puede que me moleste que actúe de esa forma y que me lleve la contraria, puede que haya que pulir muchos detalles, ¿y qué?

También he sido capaz de entender que eso es lo que busca el público en general y los medios de comunicación en particular.

Y, quitando que muchas veces responda con los puños y no debería, no es tan mal tipo.

—Se supone que te pagamos para que lo controles. —Las palmas de las manos de Prescott chocan contra la madera, y doy un respingo a causa de ello.

Niego en repetidas ocasiones. Una cosa es controlar la reputación y otra cosa es adiestrarlo como si fuese un animal salvaje, y Asher no es nada de eso.

—Yo tenía entendido que mi salario se sustentaba en intentar darle la vuelta a determinadas conductas que están fuera de lugar y convertirlas en puntos fuertes.

Prescott suelta una risa sarcástica que me eriza el vello.

—¿Por ejemplo? —pregunta el dueño del equipo.

El resto permanece callado sin atreverse a intervenir. Me da la ligera sensación de que prefieren que el foco de la rabia vaya dirigido a mí y no al resto.

Los entiendo, que conste, aunque no lo comparta.

—Por ejemplo —repito, alzando la barbilla—, conseguí que la prensa no se centrase en la pelea que tuvo en el local de moda de Vancouver y sí que se viese eclipsada la noticia por el partido que jugaron contra los Portland Iron Hawks y su victoria.

Prescott frunce el ceño porque sabe de qué victoria hablamos y también sabe la conversación que mantuvimos en el pasillo que daba a los vestuarios. Asiento y no me detengo.

—¿Esa entrevista de hace dos días en la que habló con tanta seguridad sobre lo mucho que lo adoraba el público? —Silencio por parte de los presentes—. Triplicamos las visualizaciones, hubo un aumento en la venta de sudaderas con su número y la venta de entradas para el siguiente partido se duplicó.

Agarro la carpeta blanca con fuerza, por si me sirve de escudo.

—He redactado veinte comunicados para suavizar titulares, he dado cinco entrevistas en su nombre y he logrado que un patrocinador que quería retirarse renovara el contrato solo porque le prometí que la próxima vez que se liara a puñetazos —qué mal me sabe esta palabra, por favor— lo primero que tomaría sería su bebida energética.

Porque si no puedes contra el enemigo, lo mejor es unirte a él y, si Asher se ha convertido en una figura mediática por su actitud, ¿no es mejor aprovecharlo en nuestro propio beneficio?

Según yo lo veo, es un sí. Y ese está siendo mi enfoque.

—Que es mucho más de lo que están haciendo los demás o de lo que ha hecho mi propio superior en este tiempo.

Prescott alza una ceja. Apuesto a que está calculando el dinero que le provocará ese nuevo contrato y los beneficios económicos del mismo, aunque no piensa admitir ni por asomo que tengo algo de razón porque, quizá mi trato con él sea el justo y necesario, sin embargo, no hay más que mirarlo para darte cuenta de la altanería que calza.

—Y, aun así, dicen que no hay mejoría. Pues no lo sé, tal vez esperabais que se convirtiera en monaguillo.

—Suelto el aire con lentitud, consciente de que mi tono ha subido y de que me estoy enfadando porque lo tratan como si fuese un maldito trozo de carne cuando Asher no es solo eso.

¡Dios! Estoy… confundida—. Y si hablamos de resultados, aquí están.

—Dejo la carpeta sobre la mesa con un golpe seco—.

El seguimiento del equipo ha subido un dieciocho por ciento, las entradas se venden más rápido y las camisetas con su número son las más comercializadas en lo que va de temporada, porque sí, es Terremoto Maddox, sin embargo, la gente lo adora a pesar de ello.

—Y maldita sea que a mí me empieza a caer bien también—.

Así que sí, es probable que siga siendo impulsivo y sarcástico, pero también es rentabl e .

Silencio.

Por un segundo, incluso Prescott parece no saber qué responder, y yo me siento ciertamente satisfecha por ello, a pesar de que ese hombre que está ahí es el que nos paga el sueldo a todos los presentes.

—Cassie tiene razón. —El entrenador Donahue suelta una lanza a mi favor, y sonrío por ello—.

Asher es un buen chico, Prescott. —¿Lo tutea?

¿De verdad?—. No es solo una figura polémica, que también.

—Lo es, por muy bien que empiece a caerme o por muy descolocada que me sienta cuando lo tengo cerca, es algo más que una noticia o una imagen—.

Se vuelca en cada partido y se deja la piel en él.

Defiende a su equipo, de hecho, la última pelea en la que se metió fue por dar la cara por Morrison.

Iban a por él, y Asher no permite que los suyos caigan sin luchar antes por ellos.

El ceño fruncido y los labios apretados que nos muestra el dueño del equipo muestra que puede creerse cualquier cosa menos eso.

—Es todo por hoy —sentencia poniéndose en pie y no entiendo por qué termina esta reunión de manera tan drástica—.

Sigue haciendo tu maldito trabajo —le grita al entrenador, y abro los ojos, perpleja.

Donahue no parece nada ofendido, da la sensación de que estuviese más que acostumbrado a este trato por su parte—.

Y tú no la jodas. —Me señala con el dedo sin más.

Me quedo quieta en el sitio sin saber bien cómo reaccionar. Tal vez en otras circunstancias me pondría a llorar. Es probable que lo hiciese si no estuviese estupefacta.

La sala se vacía y la puerta se cierra, y ese es el instante en el que mis pulmones deciden llenarse de aire y comenzar a respirar otra vez.

—Has estado muy bien, Cassie. —El entrenador Donahue coloca frente a mí un vaso de agua. Me hace un gesto con la cabeza instándome a beber como si entendiese que estoy sedienta—. Siento no poder darte algo más fuerte. —Me guiña un ojo, y me desinflo por momentos—. Y no se lo tengas en cuenta.

Se dirige hacia la jarra de agua fría que hay tras de mí y rellena el vaso de nuevo. Lo coloca otra vez frente a mis ojos y él ocupa la silla que hay a mi lado. La gira, coloca ambos codos sobre sus rodillas y apoya la barbilla en ellas.

Escucho cómo inspira.

—No creo que Asher sea tan mal tipo como parece, entrenador.

Me sorprendo teniendo esta conversación con él y no solo eso, me sorprendo confesando este pensamiento tan… ¿íntimo?, ¿personal?, ¿arriesgado?, ¿todo a la vez?, con una persona con la que no he compartido más que un trato profesional, muchos saludos y alguna que otra palmadita en la espalda.

—Nunca he pensado que sea de esa manera —me asegura, y yo me limito a escuchar lo que sea que me vaya a decir.

Cuando veo que guarda silencio, me giro de nuevo para mirar la puerta y le doy otro sorbo al agua.

—Yo pensaba que era un imbécil redomado, un egocéntrico y un buscarruidos.

La carcajada que suelta Donahue resuena en toda la estancia, de hecho, se ríe tan fuerte que termino por soltar una risilla poco comedida yo también. Acerca su vaso de agua y le da otro sorbo.

—Créeme, Cassie, es todo eso. Todo todo eso —especifica.

—Vale, al menos me siento mejor persona por no ser la única que ha visto sus puntos débiles —concluyo.

—¿Y has visto sus puntos fuertes? —me pregunta.

No sé si me está tanteando para saber si puede confiar en mí o si algo de lo que vayamos a hablar en esta sala saldrá de aquí, ya me entiendes.

Entonces recuerdo la camaradería la noche en la que fuimos al Slam Dunk Deli, cómo sus compañeros no dejaban de buscarlo o de buscar su aprobación, la forma en la que miraba a Aaron y cómo le sonreía de forma auténtica, cómo cuidaba de Art, siguiendo esa dinámica que lo caracteriza de buscarle las cosquillas a todos, pero llena de cariño con su vecino, y recuerdo lo vulnerable que lo vi en aquella cama con la mejilla amoratada, como si sintiese vergüenza por lo que había sucedido y sin saber cómo evitarlo.

—No lo sé —admito sin más.

El entrenador chasquea la lengua.

—Sí que lo sabes, Cassie. Sabes que Asher esconde sus emociones bajo llave porque esa es la única forma de que nadie le haga más daño.

«Más daño».

Alzo la vista y me encuentro a Donahue mirando en dirección a la puerta. Da la impresión de que estuviese buscando algo. O a alguien.

«Si de verdad quieres ayudarlo, no te des por vencida».

«Ese chico de ahí es duro como el hielo».

Esas fueron las palabras que me dijeron Aaron y Art, y ahora debo sumar a ellas las de Donahue.

Inspiro con fuerza y clavo la vista en el entrenador.

El pensamiento de que no es oro todo lo que reluce regresa con fuerza.

—¿Quién le hace daño? —pregunto llena de curiosidad y mortificada porque así sea.

Porque sí, confío en la bondad de las personas tal y como le dije a Asher, sin embargo, no soy tan tonta como para dar por sentado que el mundo es maravilloso porque desde luego que no lo es.

—Tal vez, si sigues ahondando, lo descubras por ti misma, ¿no crees?

Dicho esto, el entrenador se incorpora, me da un par de palmadas en el hombro y comienza a caminar en dirección a la salida.

—Oye, entrenador. —Me giro y está a un par de pasos tras él.

—¿Sí?

—¿Cree que podría conseguirme un par de entradas para los pesados de mis hermanos? —Muevo el teléfono frente a sus ojos —. Son muy aficionados y son unos incordios, más incluso que Asher.

—Y eso ya es mucho decir. —Se ríe, y yo con él.

—¡Por fin alguien entiende por el calvario que estoy pasando! —ironizo.

Nos reímos de nuevo.

—¿En algún lugar especial?

—¿Donde les salpique la sangre si la hubiese?

—No puedo meterlos dentro de la pista, Cassie, por muy bien que me caigas, no puedo hacer eso.

Me guiña un ojo.

—Donde sobren, son mis hermanos, tampoco los quiero tanto —bromeo.

—Haré lo que pueda.

Sale de la estancia y entonces caigo en la cuenta de que al entrenador le caigo bien. Es una lástima que al dueño del equipo no.