Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

El antojo

Cassie

L a noche de chicos en Chicago no dista mucho de la noche de chicos en Vancouver. Hay patatas fritas, refrescos, hamburguesas y camaradería. Ah, y también hay un ceño fruncido por parte de Asher, que me mira desde el otro lado de la barra.

Y, bueno, ¿me siento culpable por ello? En absoluto.

¿En qué me convierte eso? En una pérfida.

Sonrío por mis propios pensamientos. En mi defensa diré que ha empezado él, ¿vale?

Si quiere jugar a ese juego de tocarme las narices y hacer lo que le da la gana sin seguir mis indicaciones, mantenerse lo más alejado posible y comportarse como un cabrón la mayor parte de las veces, quizá está bien que yo le dé una de arena a la cal que ya me ha echado él encima.

Así que sí, me he apuntado a la noche, a pesar de que en unas horas suplique porque me cortes todas las falanges de los pies y de que mañana no haya maquillaje que disimule lo bien que me lo estoy pasando. De hecho, lo estoy disfrutando tanto que no entiendo por qué no podemos hacer esto cada día.

—Venga, Cassie, una más —me pide Evan mientras me da otra vuelta mortífera, y yo lo sigo.

—¿Dónde has aprendido a bailar así? —le pregunto entre risa y risa.

—No se lo cuentes al resto del equipo —suelta Kai al otro lado—, vamos juntos a clases de baile.

Me carcajeo y echo la cabeza hacia atrás.

Siento un par de gotas de sudor corriéndome por la espalda, una buena ducha es lo que necesito en cuanto ponga un pie en el hotel.

Eso, y la motosierra para acabar con estas zapatillas.

Porque no me he puesto tacones, pero tampoco unas deportivas para hacer running .

—¿Estáis hablando en serio?

Ellos asienten y sonríen complacidos mientras me dan vueltas y paso de brazo en brazo. Me lo estoy pasando increíble.

De hecho, hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien.

Siento la vibración del teléfono en la cinturilla del pantalón vaquero y alzo la mano antes de que estos dos pretendan que haga un triple tirabuzón o algo así.

Siguen moviéndose sin perder el ritmo y me maravillo de lo bien que lo hacen y se compaginan.

Tal vez ambos sean su propia pareja de baile.

O sea, que lo que el hockey ha unido se extiende a cualquier ámbito. No es una idea tan descabellada.

Noah:

¿Qué estás haciendo?

Mientras ellos siguen a los suyo, me dispongo a responderle a mi hermano, al más picajoso de los dos.

Cassie:

No te lo vas a creer, estoy haciendo un trío.

Les enseño el teléfono a Kai y a Evan, y ellos se ríen a leer la respuesta. Ambos me envuelven entre sus brazos, y es Kai el encargado de sacar una foto y adjuntarla. Estamos empapados en sudor, sonrientes y sí, parecemos hasta satisfechos.

Xavier:

Cassidy Caldwell, ¿qué putos cojones estás haciendo con esos dos tíos?

Las risas van en aumento y eso que no he bebido nada.

Me giro solo para comprobar que Asher sigue en el mismo sitio de antes y sí, es cierto, solo que en esta ocasión está ocupado con dos tías.

Da la impresión de que él también está montándoselo por todo lo alto.

Si hasta les sonríe. El muy gilipollas, a mí me frunce el ceño, pero con ellas es todo amor y paz.

Insisto. No estoy celosa, es un tema estrictamente profesional. No vayamos a sacar esto de contexto.

Salgo del chat de mis hermanos y me dirijo a la barra a por una botella de agua.

—Ahora vuelvo.

Kai y Evan buscan a sus siguientes presas y no tardan nada en encontrar una pareja de baile.

Me acerco a la barra y pido una botella de agua, el camarero me la sirve al instante, y la vierto en el vaso con hielo que me ha puesto al lado.

Cassie:

Recuerda no meterte en líos.

Lo envío y de pronto me arrepiento. No me giro para comprobar si ha recibido el mensaje ni si lo está leyendo. O algo peor: si ya no está y se ha ido…

Me centro en mis hermanos porque mis pensamientos sí que parecen los de una novia celosa. Cosa que yo no soy.

Lo parezco, pero no lo soy.

Noah:

Espero que esos dos sean los encargados de conseguirnos unas entradas. A ser posible, en primera fila. Quiero ver la saliva de los jugadores pegada al plexiglás cuando alguno reciba un golpe en la mandíbula.

Gruño de frustración. ¿En qué clase de tómbola me tocó mi hermano? Con toda seguridad, en una rota, como su cabeza.

Cassie:

¿Sabes lo mal que ha sonado eso? Estás hablando de la vida de personas. Personas a las que les tengo aprecio.

Porque sí, les estoy cogiendo cariño. Ahora compartimos secretos y todo.

El teléfono me vibra en las manos y es otro chat bien distinto. Salgo y leo. Sin prisa, no vayamos a exagerar.

Capullo Maddox:

En todas esas cosas que se supone que debo hacer, no hubo un solo momento en el que me dijeses que no podía divertirme con estas chicas.

Mantén la cabeza fría, Cassie. Es solo Asher haciendo lo que mejor se le da: ser un imbécil de manual.

Cassie:

Cosas que se supone que debes hacer y no haces.

Porque no las hace.

Me responde de inmediato.

Capullo Maddox:

En todas esas cosas que debo hacer y no hago, deberías dejar que me divierta. ¿O controlarme también forma parte de tu trabajo? Tal vez quieras mirar, Fierecilla. Y aprender.

¿Perdona? ¿Está insinuando lo que creo que está insinuando?

Me giro en busca de Asher y no lo localizo.

No está en su sitio, sin embargo, Aaron sí que se encuentra allí.

Está inmerso en alguna de esas conversaciones trascendentales de capitán y defensa que tanto les gusta tener a los dos o vete a saber si están resolviendo los problemas del mundo.

Tienen pinta de estar concentrados, a pesar de eso, cuando me acerco, dejan de hablar y me prestan toda su atención.

—¿Y Asher?

Caleb niega, y Aaron me señala la puerta con la cabeza.

—Se ha marchado hace un rato.

—¿Solo? —Aaron alza una ceja, sorprendido por mi pregunta y por lo rápido que la he formulado—. Es mi trabajo, ya sabes, controlar que no se meta en líos ni nada de eso.

El capitán del equipo suelta una risilla que se parece demasiado a: «Ya, claro, seguro que sí», y yo me ruborizo un poco. Es una suerte que no haya mucha iluminación en este local.

—No te puedo responder a eso, lo lamento —se disculpa.

Asiento en un par de ocasiones y decido que no tengo que inmiscuirme en esas cosas. Porque puede que tenga que controlar la reputación de mi cliente —«está bien que te recuerdes qué es él y qué eres tú, Cassie»—, ahora bien, hay límites que no tengo que sobrepasar.

Me dirijo al lavabo con el teléfono en la mano. El mensaje de Asher sigue ahí y la provocación también, y decido que no voy a caer en su juego, así que no responder es darme a valer, ¿no? Claro que sí.

Cassie:

Noah, prometo que te buscaré unas entradas, no sé si en primera fila, pero entradas, al fin y al cabo.

Sonrío porque es como si lo escuchase gritar desde aquí.

Xavier:

Yo también quiero. Solo para romperles la cara a esos dos tíos que están contigo.

Me carcajeo y entonces alguien me sujeta del brazo y me arrastra hacia vete a saber dónde.

Mi primer instinto es gritar y sé que eso está mal, porque el primero debería ser arrearle con cualquier cosa que tenga a mano.

Es entonces cuando alzo la mirada y me encuentro con unos ojos azules que me perturban y me descolocan.

Y no pienso volver a repetir esto porque sé que he sonado patética de narices.

—¿Qué…?

La espalda me choca contra la pared y casi se me cae el teléfono de las manos. Su brazo se alza y se sitúa por encima de mi cabeza y la otra mano se apoya en mi barbilla.

—¿Te lo estás pasando bien, Fierecilla?

Otra vez ese apelativo, otra vez esa sensación embriagadora. Su voz es grave y ronca y, por algún motivo que no logro entender, soy incapaz de apartar mis ojos de los suyos. Hasta que lo hago.

—No tan bien como tú, según parece.

Asher se aparta y de pronto parece todavía más imponente. Puede que sea por la oscuridad, por la cantidad de piel y tinta, por la masculinidad o por la combinación frenética que supone eso en mí.

Y no debería tener ese efecto. De hecho, no debería provocarme nada que no sea responsabilidad, pues ya sabemos qué somos los dos. El uno para el otro.

Y aquí estoy, con el corazón latiéndome desbocado y las piernas temblando por su culpa.

Alza la mano y su dedo índice se posa sobre mi nariz, la presiona con fuerza y la baja con extrema lentitud hasta que se sitúa sobre mis labios.

A su paso, los mueve y escucho el plop que emite mi labio inferior cuando vuelve a su posición original.

Me juego lo que sea a que siente cómo mi pulso late desbocado.

Me juego lo que sea a que lee mis emociones.

Sus ojos están clavados en ese lugar. Y los mira con fijeza. Me siento como un animal acorralado: consciente del peligro y, aun así, incapaz de huir.

El aire se espesa entre nosotros, cargado de electricidad, como si una chispa fuera suficiente para hacerlo estallar todo. Y estoy convencida de que podría ser de esa forma. Me inclino hacia delante buscando más. Buscando su caricia, una más.

Solo una más.

Su dedo sigue ahí, justo sobre mis labios, y la distancia que nos separa podría medirse en suspiros.

Lo noto. Noto cómo su respiración se entremezcla con la mía.

Cómo su mirada desciende de mis ojos a mi boca, lenta, deliberada, casi cruel.

Y entonces lo imagino. El roce. El calor.

La forma en la que me besaría si se atreviera y si yo me concediese el permiso de dejar que lo hiciera.

Mi cuerpo responde antes que mi mente y me inclino hacia delante sin dudar.

Los hombros se me tensan, el pecho se me eleva, el corazón golpea intentando huir de mí.

Podría jurar que él también lo siente, porque inclina la cabeza, apenas un poco, lo suficiente para que su aliento me roce la piel, la piel de mi mejilla.

«Esto va a suceder de verdad».

Cierro los ojos. Por un instante, el mundo se detiene.

Y, justo cuando el vértigo se convierte en certeza, cuando el beso está a una exhalación de distancia, Asher se aparta.

Ni una palabra. Solo el sonido de su respiración contenida y el peso del silencio que deja tras de sí.

—Buenas noches, Cassie —murmura con esa voz que parece humo y promesa—. Asegúrate de que Aaron te acompañe al hotel.

Y se va. Así, sin más. Dejándome clavada al suelo, con los labios ardiendo por un beso que no ha sucedido y el alma temblando como si sí lo hubiera hecho.