CAPÍTULO 19
Supongo que allá vamos
Ash
E l zumbido del avión me llega por los auriculares mientras hojeo la transcripción de la entrevista que Cassie dice que debería haber hecho «con tacto». Ja. Con tacto. Siempre que hago caso a mi niñera, acabo diciendo algo aburrido y políticamente correcto. Y ser aburrido no es lo mío.
—¿Te arrepientes de haberte metido en esas peleas en los últimos partidos? —me preguntó la periodista con ese tono de expectación que ya debería resultarme familiar.
Arqueo una ceja mientras leo la frase en la pantalla del IPad que tengo frente a los ojos. Cassie habría sugerido una entrevista más cercana a: «Mantener la calma, centrarme en el juego, hablar de estrategia…» . Blablablá. Yo, por supuesto, no seguí ninguna de esas indicaciones.
—¿Arrepentirme? —repliqué sonando más seguro de lo que con toda probabilidad debería—. No. Desde que pongo un pie en el hielo, salgo dispuesto a jugar. Peleas incluidas. El hockey es intenso. El público lo sabe y creo que todos me adoran por ello.
Me reí entre dientes mientras lo verbalizaba, y me resulta de lo más extraño observarme de nuevo, una cosa es sentirlo y otra es revivirlo.
La periodista anotó algo, claramente intentando no sonreír ante mi descaro.
La interpretación que obtuve yo de la chica era que creía que no tengo filtro. Y que también le gustaría…
—¿Piensas en la reacción del público cuando tomas decisiones así en el hielo? —volvió a insistir.
Parecía que me estuviese dando la oportunidad de redimirme y, ojo, eso no iba a suceder.
—Tengo en mente al público. —Hice una pausa teatral, alargando la sonrisa—.
Y ellos a mí. Es imposible no hacerlo. Todos caen rendidos a mis pies.
Bueno, la mayoría. Algunos lloran un poquito cuando les gano en su propia casa.
Pero, eh, ¿qué se le va a hacer? Soy irresistible, incluso sobre el hielo.
Recuerdo que en ese momento solo pensaba en lo exasperada que tendría que estar Cassie al escucharme y en las irrefrenables ganas que tendría de ahogarme con sus propias manos por lo gilipollas que estaba siendo.
No me extrañaría que hubiese estado maldiciéndome.
Pero, ¿sabes qué? No me importa. Este soy yo: polémico, exagerado, y sí, probablemente un dolor de cabeza para todos los que intentan domarme.
El avión se sacude un poco al pasar por turbulencias, y yo me recuesto todavía más en el asiento, satisfecho.
La entrevista ya está hecha y se ha emitido en directo, así que no se puede hacer nada.
Y, mientras los demás leen mis respuestas con cara de «no puedo creer que haya dicho eso», yo sé que el público va a amar cada palabra.
Porque, al final, incluso los chicos malos tienen su público.
Y, en este mundo, muchos buscan este tipo de espectáculo.
—A ver… —Cassie se ha quitado el cinturón de seguridad, se ha colocado de lado y me observa con fijeza—.
¿Qué parte de que no tienes que meterte en líos no has entendido?
—la pregunta sale de sus labios como esa calma que precede la tormenta y estoy casi convencido de que la tormenta se desatará si le respondo con soberbia.
—A ver… —utilizo sus mismas palabras y me incorporo lo suficiente como para que su cara y la mía se alineen.
Su mirada desciende hasta mis labios y la mía hace lo mismo.
Saboreo la tensión del instante y me imagino cómo sería abalanzarme sobre ella como llevo días queriendo hacer.
Me calmo y carraspeo, estamos al lado de todos mis compañeros, en un vuelo privado que nos lleva de camino a Chicago, donde estaremos un día, y pasado mañana volaremos de nuevo en dirección a Alberta, en Canadá, para enfrentarnos a los Edmonton Ice Wolves, lo que supone mucho tiempo cerca de mi niñera.
Demasiado tiempo cerca de mi niñera—. Lo he entendido a la perfección, Cassie, el problema no es ese.
Chasquea la lengua como si ya se temiese cuál es el problema.
—Entonces…, ¿por qué eres tan capullo? —Es evidente que sabe cuál es el problema.
—Porque, desde que apareciste, sacarte de tus casillas es mi nuevo deporte. —Sonrío con suficiencia a la vez que vuelvo a recostarme en el asiento.
Cassie se incorpora y se lleva el IPad dejando a su paso un olor a naranjas que me embriaga.
Me encantaría darme la vuelta solo por el placer de observar cómo esa falda de tubo se le ciñe a las caderas, sin embargo, decido no hacerlo porque me recuerdo que voy en un vuelo lleno de tíos que se dan cuenta de todo.
Siento la colleja y no me la veo venir, cuando me giro, me encuentro con Cassie a mi lado.
—Ay, lo siento —se disculpa y el tono falso que percibo en su voz es estremecedor—, desde que apareciste, darte collejas es mi nuevo deporte —recita usando mis palabras, aunque las de ellas salen con una mordacidad que me eriza el vello.
Y me la pone bien dura.
¿De dónde coño ha salido esta chica? Y, joder, ¿por qué me gusta tanto?
Escucho las carcajadas de mis compañeros, y Kai cuela la cabeza entre ambos sillones.
—Esa chica es increíble.
Gruño de pura frustración y, creedme, de eso cargo y mucho. Esto se está complicando por momentos. Estar cerca de ella se está convirtiendo en una tortura porque todas las cosas que me provoca son totalmente nuevas para mí.
—Cállate, Morrison —le advierte mi hermano, que le empuja la frente hasta que Kai se deja caer hacia atrás y ocupa de nuevo su asiento.
Suelta una risilla antes de ponerse los auriculares y empieza a cantar y a mover los dedos al ritmo de la melodía como hace siempre, es su forma de concentrarse—.
¿Qué pasa, hermanito? —tantea Aaron—. ¿Tu niñera está empezando a castigarte?
Suspiro y cierro los ojos cuando imagino la escena, solo que a la inversa. Ella, de rodillas, rodeándome la polla con esos labios que tienen que saber a pecado, y mis manos enredadas en su pelo. La mejor combinación del mundo.
—Me estoy portando como un gilipollas con ella —concedo.
¿Por qué no decir la verdad? Total, si todos los presentes lo saben.
—Por lo visto, ella lo tiene bien controlado.
Me llevo la mano a la nuca y me la masajeo. Tengo un ligero recuerdo de que es de esa forma, sí.
—Los tiene bien puestos —aseguro—. Y yo que pensaba que estaría llorando el primer día y que el segundo ya habría presentado la carta de dimisión —rumio.
Mi hermano sube la ventanilla y a través de ella nos damos cuenta de que ha comenzado a oscurecer. Haremos noche en Chicago, jugaremos mañana y al día siguiente volaremos de nuevo.
—Por lo que parece —susurra para que quede entre los dos—, es una buena chica.
Y sí, ese es el problema. El quid de la cuestión. La pieza que no encaja por mucho que la empujes. La línea torcida de un dibujo perfecto… Es una buena chica, y yo soy todo lo contrario.
—Tu silencio me abruma —apunta Aaron a mi lado, de lo más interesado en mis pensamientos.
—No me cae tan mal —es todo lo que le concedo y no es poco, que conste.
No solo porque con el paso del tiempo me he vuelto del todo hermético con mis sentimientos, total, ¿a quién le importa cómo me sienta?
Sino porque es mucho más sencillo que las personas esperen al tipo que no siente ni padece, al que parece que todo le resbala que a alguien que sí que sufre y que también tiene días malos y momentos todavía peores.
Solo Aaron sabe que, con el paso de los años, los muros que se han ido alzando poco a poco nadie puede traspasarlos.
—Eso ya lo sabía —sentencia él sin perder la sonrisilla.
—¿Ahora eres adivino? —lo provoco.
—Siempre he sabido leerte.
Sí, ese es el problema, mi hermano siempre ha sido capaz de detectar mi estado de ánimo sin que yo le dé señales de cuál es.
—No sé si eso me enternece o, por el contrario, me aterroriza —bromeo con el asunto, a pesar de que no es ni por asomo gracioso.
Mi hermano mete mi cabeza entre su brazo y su axila y me revuelve el pelo como ha hecho siempre, como hacía desde que éramos pequeños en esa habitación en la que nos encerrábamos para ver partidos de hockey, uno tras otro con los ojos tan abiertos como la boca y soñando con que, algún día, nosotros también estuviésemos ahí y disfrutaríamos de ello.
Nos prometimos que jugaríamos juntos, que estaríamos juntos siempre, y es una promesa que hemos cumplido.
—Anoche la llevé a casa de Art —le suelto.
Ni siquiera entiendo por qué han salido esas palabras de mi boca, por qué no las he filtrado.
Aaron se aparta y aprovecho la distancia para peinarme un poco. Sonrío para romper la tensión.
—¿Hablas en serio? —Asiento—. ¿Y eso por qué? —Se gira buscándola con la mirada y, por inercia, lo hago yo también.
Se ha sentado con Holloway, nuestro portero titular, y con Price, que es el alma de la fiesta, y mientras Evan gesticula sin parar y Cassie se ríe por cada gesto que hace, con aplauso incluido —¿es esto necesario?
—, Ben solo intenta cerrar los ojos para distraerse de la conversación.
Ya sabemos lo riguroso y lo supersticioso que es antes de cada partido y también sabemos que está buscando las distintas formas de que Evan se calle y de que Cassie ocupe su lugar porque a él también le cae bien, no hay más que ver cómo sonríe cada vez que ella hace algún comentario o broma.
Joder.
Joder. Joder. Joder.
—No lo sé, ¿vale? Estaba en mi casa, enumerando la cantidad de mierdas que tenía en la agenda, y me había prometido que antes de subirme a este avión pasaría por allí a ver cómo estaba y si necesitaba algo. Cassie no dejaba de hablar y luego…
«Yo lo llamo celos».
—Y, luego, ¿qué?
Sacudo la cabeza porque está más que claro que fueron imaginaciones mías.
—No lo sé —insisto y que mis frases sean de ese tipo… Mi hermano no es tonto.
Se adelanta un poco más y aparta la mirada para buscar la suya. Cuando estoy dispuesto a girarme yo también, siento su presencia a mi lado y no solo eso, el maldito olor que no puedo sacarme de la cabeza.
—Todo tuyo —replica mi hermano levantándose y cediéndole el espacio antes de regresar al lado de Caleb.
Aaron mueve la cabeza y me guiña un ojo, y ya sé que esto no se va a quedar así.
Nunca se queda así.
Me estoy metiendo en un buen lío y de este no va a poder sacarme la niñera.