CAPÍTULO 18
Qué chorprecha
Cassie
N i en mis mejores planes podría haberme imaginado cuáles eran los suyos.
Yo qué sé, no me culpes, ¿vale? Por mi mente pasaron varios fetiches extraños mientras caminábamos en dirección a esta puerta.
Cuero, esposas, látigos, una sala roja oculta tras una pared giratoria, incluso una mazmorra digna de Cincuenta sombras de lo que se a .
Pero no. Nada de eso. Lo que me encuentro al cruzar el umbral es algo mucho peor… , una cocina.
—¿Me has traído para servirte la cena o algo por el estilo? —Y lo siento, viniendo de él, me espero cualquier cosa.
—Puede ser, ¿cómo de bien se te da ser silenciosa?
Gilipollas.
—Muy bien, ponme a prueba —lo reto no solo con la mirada, sino con la postura, porque vuelvo a colocarme las manos en la cintura solo para demostrar que puede que él tenga la polla, sin embargo, la mala hostia la cargo yo.
No se molesta en responder, simplemente avanza por la estancia y se guarda una llave en el bolsillo.
Debe de tener mucha confianza con la chica si hasta tiene su llave.
Me pregunto cómo es posible que en la carpeta blanca no ponga nada de las relaciones personales de este chico, de hecho, recuerdo haber leído: «Sin compromiso estable».
Por lo que sé, no contaba con nada de esto y el equipo tampoco.
Lo sigo, obvio que sí, la cotilla de las dos es Blue, sin embargo, ¿pienso perderme la escena? No, por supuesto que no.
Mientras avanzo, hago un barrido a todo lo que encuentro a mi paso.
La información es lo mío y cada pequeño detalle está llena de ella.
No hay fotos, no hay cuadros, no hay flores, no parece haber vida en esta casa.
Puede que sea simplemente un lugar de encuentro, como la habitación de un motel en la que quedas para un par de restregones, solo que, en su propio edificio, cosa que encajaría a la perfección y es por eso por lo que no hay escándalos sobre sus novias, parejas o amantes. Lo que sea.
Si fuese tan cuidadoso con su vida laboral como con este asunto, otro gallo cantaría.
Y no tendría trabajo.
Cuando entro en la habitación por la que él se ha colado, lo encuentro frente a un sofá que ha tenido épocas mejores. Se ha agachado un pelín y le bloquea la vista a la persona que está en él. Y sonríe. Mucho.
Parece que no es un ciborg después de todo.
—Vamos, viejo, te he traído compañía. Hoy tienes que guardar tu mordacidad bajo llave. Quizá después de todo sí que te envenenes.
¿Viejo? ¿Compañía?
El viejo en cuestión apoya ambas manos en el reposabrazos del sofá y gira el cuerpo para observarme. Y no, no sonríe y no, yo tampoco lo hago.
—¿Esa chica ha venido por voluntad propia o la has coaccionado? —Hace una pausa todavía en la misma posición, Asher, por el contrario, vuelve a guardarse las manos en los bolsillos y se incorpora—. Te ha obligado, ¿a que sí?
Asiento a modo de respuesta y me gano un gruñido por parte de Asher.
—No deberías siquiera preguntar eso, Art, ya me conoces.
El señor del sofá sigue mirándome.
—Precisamente por eso lo pregunto. —Su voz es rasposa, como si se hubiera pasado media vida fumando—. ¿Qué has hecho esta vez? ¿Le has prometido fama, dinero o le has contado que sales en la tele?
—¿En la tele?, ¿como los famosos? —le sigo la broma para saber hasta dónde llega.
Asher alza una ceja a modo de respuesta, y Art se gira hacia mí con un destello burlón en los ojos.
—Ah, así que no lo sabe… —Le lanza una mirada de soslayo a Asher—. Estás bajando el listón, chaval. Antes al menos tus víctimas tenían noción de con quién estaban tratando.
—No es una víctima, Art. —Asher se pasa una mano por la nuca, como si se preparara para recibir fuego cruzado—. Deberías saber que, en este caso, la víctima soy yo. —Se señala con ambos pulgares—. Ahí donde la ves, es una fierecilla.
Es la tercera vez que utiliza ese apodo para dirigirse a mí en lo que va de noche y todavía estoy valorando cómo sentirme al respecto.
—Eso me suena a mentira. —Art me evalúa unos segundos, y yo le regalo una sonrisa de lo más mona.
—En realidad tiene parte de razón —concluyo—. En mi defensa diré que me han contratado para eso y que me tomo muy en serio mi trabajo.
—Cuéntame más —me pide.
Art se gira para incorporarse. Sujeta el pequeño bastón de madera que tiene a su lado y lo usa para ponerse en pie. Asher intenta ayudarlo, pero él lo empuja y lo aparta de inmediato.
—Siempre tan cascarrabias…
—Y tú siempre tan tocapelotas…
Se me escapa una risilla.
—¿Siempre habláis así o es que hoy os habéis saltado la dosis de cordialidad?
—Querida —agrega Art, sin mirarme, todavía incorporándose—, si esperas cordialidad de este —dice señalando a Maddox—, te saldrá más rentable hablar con una piedra.
—Depende —replica Asher—. Las piedras no te interrumpen para recordarte lo viejo que estás.
Art suelta una carcajada seca.
—Viejo, sí. Pero todavía cuento con una precisión exquisita.
Alza el bastón con la intención de darle con él, y Asher se aparta de inmediato, aunque el bastón le roza el brazo.
Lo ha hecho aposta. Lo he visto en el campo y sé que sus reflejos son increíbles. Es imposible que se haya dejado golpear así como así.
Asher ladea la cabeza, resignado, y suspira.
—Ahora me arrepiento de no estar llevando a cabo toda esa lista que Cassie tuvo a buenas enumerarme.
Es mi turno de alzar una ceja.
—Desde luego, yo te hubiese agradecido que estuvieses en cualquier otra parte.
No tendría que estar disfrutando de tu presencia.
La de ella, por el contrario, sí que me gusta.
—Me señala mientras camina en mi dirección y, con cada paso que da, más y más sonrío.
¿Desde cuándo Asher se preocupa por otras personas que no sean él mismo?
»Así que tú eres la pobre que ha decidido cortarle las alas a este machito de segunda. Buena suerte, hija. Te hará falta. —Me tiende la mano y se la sujeto sin dudar—. Soy Arthur Kane, aunque todos me llaman Art. Tienes permiso para hacerlo.
—A mí nunca me diste permiso —replica Asher al otro lado.
—Tal vez deberías atar cabos tú solo. Si es que eres suficientemente inteligente para llegar a la conclusión del porqué. —Art me guiña un ojo tras soltar su comentario.
Me carcajeo.
—Soy Cassidy Caldwell, aunque todos me llaman Cassie.
—O Fierecilla.
Le enseño la lengua a Asher, y él me regala una sonrisa que rompe esquemas.
El silencio que sigue es breve y cargado de intensidad.
—¿Os apetece cenar algo? —propone Asher cargándose el instante de tensión.
—¿Vas a cocinar tú? —le pregunta Art—. Es horrible en la cocina, casi que preferiría comer matarratas antes de dejar que ese chico se ponga tras los fogones.
—Ya, claro, por eso rebañas el plato con pan.
—¡Lo hago por pena! —grita para que Asher lo escuche mientras regresa sobre sus pasos, tengo la ligera sospecha de que ha pasado aquí muchas noches y que ha cocinado para Art otras tantas—. Por la pena que me da él —susurra solo para que yo lo escuche.
»No le cuentes muchas mentiras a Cassie, Art —alega desde el otro lado—. Y, sobre todo, no le digas que soy un buen chico.
—Eso nunca —sentencia—. De hecho, de todos los hombres, él es el peor —dicho esto, me guiña los ojos y entrelaza su brazo con el mío.
Nos dirigimos hacia la cocina y tomamos asiento en la mesa, uno frente al otro.
Le explico quién soy, lo que hago, de los viajes y también le hablo de lo insoportable que es trabajar con Asher Maddox y lo poco que me pagan por aguantarlo, y me pide que le repita algún término que no ha acabado de comprender.
—Me gusta esta chica. —Se vuelve hacia Asher, que solo emite un gruñido de pura frustración. ¡Chúpate esa!
—Ya, a mí no —replica él desde el otro lado.
Pongo los ojos en blanco porque se cree que me molestan sus palabras y la verdad es que no, no lo hacen.
—Puede hacerse el duro —cuchicheo señalándolo—, pero está más que claro que soy adorable y le fastidia admitirlo.
Art sonríe con amplitud y se sube la montura de las gafas.
—Ese chico de ahí es duro como el hielo —y esta es la primera vez que habla de él de una forma tan sincera y honesta, sin pullas de por medio y sin ambages. Y tampoco es el primero que me pide que tenga paciencia y que no tire la toalla.
—¿Hace mucho que os conocéis? —tanteo.
—¿Qué estáis susurrando? —pregunta mientras se acerca a colocar los cubiertos en la mesa.
Cena para tres y, aunque me pese, huele de maravilla.
—Nada —se adelanta Art—. Solo le estaba contando a Cassie lo terriblemente insoportable que eres. Nada que ya no sepa ella, por lo que parece.
Asher sonríe desde la distancia y cuando lo miro por encima del hombro me guiña un ojo.
¡Un ojo! Espera, ¿dónde hago la cruz?
—No entiendo cómo no se ha tropezado al pisarse su propia lengua —ironiza Asher al mismo tiempo que termina de llenar el plato y lo trae a la mesa.
Lo coloca justo delante de Art, que lo observa como si fuese un manjar. Y, desde luego, tiene pinta de serlo.
El estómago me ruge solo de pensarlo.
—Supongo que he aprendido del mejor —replica el susodicho.
—Fíjate, Cassie, ¿has visto? Me idolatra, aunque no lo creas.
—Asher deja el plato en la mesa y se sienta frente a mí, con esa sonrisa de «esto es lo más divertido que he hecho en mucho tiempo y pienso disfrutar de ello» bien grabada en los labios—.
Apuesto lo que sea a que ve mis partidos, todos y cada uno de ellos.
Incluidas las repeticiones y las entrevistas.
Art suelta una carcajada y yo enrollo los fetuccini en el tenedor maravillándome con el olor que desprenden. No me importa que Art no haya respondido a mi pregunta, ya tendré tiempo de sonsacar más información.
—Por supuesto que sí y no solo los veo, te vitoreo.
—Quiere parecerse a mí. —Lo señala con su tenedor.
—Hijo, si quisiera parecerme a ti, me haría un trasplante de neuronas.
—¿Para recordar dónde dejaste las gafas la última vez? —lo provoca.
Art se ríe sin pudor, esa risa ronca que llena la cocina y me hace morderme el labio para no soltar una carcajada yo también.
—Apuesto a que suelen estar cerca de las pastillas que no te tomas para disminuir la imbecilidad —remata dándole un golpecito con el tenedor.
Y ahí están los dos, lanzándose pullas entre bocado y bocado, como si pelear fuese de lo más habitual entre ellos. Asher me echa otra de sus miradas cómplices, y Art chasquea la lengua, fastidiado, aunque con una chispa divertida en la mirada.
Supongo que así son ellos: uno prende la mecha, el otro disfruta del fuego. Y yo, por alguna razón, me he quedado justo en medio, preguntándome si de verdad es tan mala idea arder un poco. Y si de verdad Asher tiene tantas versiones, ¿por qué solo muestra una?