CAPÍTULO 17
Mamacita mía
Cassie
P uede que sean imaginaciones mías por culpa de, no sé, intoxicación por cercanía peligrosa o algo similar, pero tengo la ligera sensación de que Asher Maddox me está mirando como si yo fuese su tentempié y quisiese morderme y no supiese por dónde empezar.
Me aparto de inmediato y doy unos pasos hacia atrás retomando la compostura, cosa que al parecer es más que necesario.
«Me ha mirado los labios».
«¿De verdad estás pensando en eso ahora?».
—En fin… —Carraspeo—. Ya te lo he dicho: tenemos cosas que hacer y trabajo que llevar a cabo y, antes de que sigas, no, no pienso irme de aquí. Tú te lo has buscado solito, así que, si tienes que soportar que yo esté pegada a tu culo, lo soportas, ¿me he explicado lo suficientemente bien?
—Depende —responde como si no le importase nada la bronca que le estoy echando.
—¿De qué depende?
—Del uno al diez, ¿cuánto te gusta mi culo?
Un quince.
—Nada en absoluto, no te lo tengas tan creído, Maddox.
Paso por su lado fingiendo indiferencia y saco mi teléfono móvil de dentro de la cinturilla de la falda.
De paso, me quito la chaqueta y la dejo sobre el sofá.
Abro el bloc de notas en el que he anotado todo lo que tenemos por hacer y su agenda, y me predispongo a enumerarla porque está claro que dejársela escrita en la nevera, como he hecho en estas dos últimas semanas, no sirve de nada.
—Vale, escúchame bien —empiezo, haciendo que preste atención—.
Primero, revisión de redes sociales de patrocinadores.
Nada de publicar fotos sin pasar por mí, ¿me entiendes?
—Cabecea afirmando. La última sorpresita que me dejó fue la de su pecho lleno de tatuajes, ¿era eso necesario?
Y, por si fuese poco, al pie de la foto añadió un comentario que ponía: «¿A que te gusta lo que ves?
». Por favor, ¿puede estar más pagado de sí?
—. Segundo, reunión con prensa local a las tres.
Sí, antes de coger el vuelo y no, no es necesario que lo preguntes.
Nada de comentarios polémicos, Maddox, que no quiero titulares que me obliguen a correr detrás de ti.
Tercero, llamadas con el equipo de marketing del torneo en Chicago para ajustar la campaña de esta semana.
Cuarto, sesión de fotos con los medios de la ciudad antes del entrenamiento.
Quinto, repasar tu calendario de partidos y entrenamientos para evitar sanciones o multas por retrasos y, por último, asegúrate de mantener las manos quietas y esta vez de verdad de la buena.
—¿Y todo eso antes de que salgamos mañana por la tarde? —resopla fingiendo dramatismo.
—Exacto —respondo señalando cada punto con el dedo—. Y, si quieres sobrevivir a mi lista, te va a tocar seguirla al pie de la letra, Asher.
—¿Y qué pasa si no la sigo?
Le sonrío y no de una forma educada o acaramelada, lo hago con decisión.
—Eres hombre muerto. —Le enseño el puño y, por primera vez en semanas, Ash me sonríe.
Es bastante probable que esté recordando la conversación y mi confesión, de la cual me arrepiento.
Tengo que contener la sorpresa que me provoca el gesto porque lo único que ha hecho es huir de mí o ponerme trabas, situaciones a las que estoy acostumbrada, tengo dos hermanos igual de picajosos, será cosa de hombres o algo por el estilo.
Blue se rio de mí cuando le expliqué el momento de bajón que sentí al verlo allí herido. ¿Qué le vamos a hacer? Está claro que la empatía es un rasgo que no he perdido, ni siquiera con el extremo derecha de los Wild Warriors.
—Venga, Maddox, manos a la obra.
Me acerco de nuevo a la cocina en busca de la carpeta en la que tengo papel y boli…
—No puedo. —Vale, ahí están las trabas. Me giro de inmediato y evalúo la situación—. Por mucho miedo que des, Fierecilla. —¿Está bromeando con algo tan serio?—. Tengo planes.
Planes…
La palabra se me desliza en la mente como hierro fundido.
No he barajado esas opciones, ya sabéis, las que implican citas o quedadas con chicas porque entiendo que esos son los planes de los que habla.
Que sea una temporada frenética no quiere decir que no tenga capacidad para compaginar su vida privada —y sexual, ya puestos— con la vida laboral que ocupa una gran parte de su tiempo.
Trago con fuerza y entonces me aparto.
Me siento patética porque no sé qué responder.
Los escándalos de Asher no tienen mucho que ver con esa clase de temas, me refiero a asuntos que implican mujeres, lo de él siempre está focalizado en las peleas, la velocidad y las escenitas en la pista.
Sin embargo, entiendo que Prescott Maddox, y el equipo, me contrató para el pack completo y si no es así, pues ya me lo dejará claro cuando su hijo dé la queja sobre inmiscuirme donde no me llaman.
—¿Qué clase de citas?
—He dicho planes, Cassie, no citas.
Muevo las manos restándole importancia.
—Yo a eso lo llamo interpretación del contexto —apunto.
—Yo lo llamo celos. —Me la devuelve.
Por un segundo me quedo quieta sin saber qué responder a eso y, creedme, yo tengo respuesta para todo porque me he criado con dos mellizos que son unos tocapelotas de manual, así que, sí, quedarme sin palabras o sin una réplica mordaz es el colmo de los colmos en mi caso.
Ni de coña estoy celosa.
—¿Recuerdas la motosierra? —Asher asiente—. Pues me la pasaría por todo el cuerpo antes de sentir celos por… —¿Por esas chicas a las que va a besar o a las que va a convertir en su tentempié?
—Que no hayas terminado la frase dice mucho de ti.
—Que termines esa frase dice mucho de lo poco que valoras tu vida.
Su risa pasa a ser una carcajada y maldita sea lo mucho que me gusta. Alza la cabeza, y me quedo observando los tatuajes de su cuello. Tiene muchos en muchas zonas. Los brazos, el pecho…, pero el cuello tiene un no sé qué que qué se yo que me hace quedarme embobada mirando. De más.
—Siempre puedes acompañarme a la cita —se ofrece.
Ya, claro, ¿y en qué me convierte eso? En la aguantavelas oficial. Ni. De. Coña.
—Siempre puedes no ir —contrataco a su vez.
—Soy un chico de palabra, Cassie.
Ruedo los ojos y permíteme que ponga eso en duda.
—Vale —concedo—. Me parece genial que tengas planes. —¿Has notado el retintín?—. Sin embargo, tenemos una agenda que cumplir.
—Tú tienes una agenda que cumplir —matiza como si tal cosa.
—Y, por ende, tú. Siento ser yo la que te lo recuerde, Maddox, pero estamos en el mismo barco. Hacia donde yo reme, tú vas, y viceversa.
—Me encantan esas connotaciones que le das a las frases, Cassie. Haces que una orden suene sexi.
—Estás enfermo —musito.
Se alza de hombros e imagino mis piernas apoyadas en él… Sí, la cosa se está poniendo fea entre los dos y será mejor que termine con esta conversación. Me acerco hasta los zapatos que me he quitado porque serán muy bonitos, pero incómodos mucho más, y me los coloco.
Cuando he terminado de ponérmelos, Asher ya tiene la puerta abierta, lo que interpreto como una invitación para abandonar su casa. Una muy poco educada, ya puestos.
Paso por su lado con todo el orgullo que me cabe en el cuerpo y con el mentón alzado a modo de desafío. Salgo y me dirijo hacia el ascensor. Escucho la puerta y suspiro resignada. De pronto, me desinflo como un globo.
Infinita paciencia la que tengo, de verdad.
—Tienes pinta de estar agotada, ¿el tipo para el que trabajas te saca de tus casillas?
Aparto la vista de la puerta del ascensor y observo a Asher, que se ha colocado a mi lado.
Las puertas se abren y doy un paso al frente.
Me sigue y pulsa el botón de la planta de abajo.
Se guarda las manos en los bolsillos y se cruza de piernas cuando se apoya en la esquina derecha del mismo.
De pronto, da la sensación de que este espacio es mucho más pequeño con él aquí.
¿Siempre ha tenido ese cuerpazo? ¿Siempre siempre?
—No está tan mal como parece. Estoy casi convencida de que él lo lleva mucho peor que yo. —Me alzo de hombros, y sonríe.
La puerta se abre de nuevo y el ding que emite el cubículo me hace apartar la mirada de Asher.
«Últimamente te lo comes demasiado con los ojos, Cassie, y de verdad que no es para tanto».
—Apuesto a que no —farfulla mientras avanza. Sale fuera y todavía con las manos en los bolsillos me sonríe—. Anda, Fierecilla, vente.
¿Me está invitando?, ¿a mí?
Las piernas se me mueven solas, un poco por orgullo y bastante más por curiosidad. Al fin y al cabo, me pagan por estar con él, ¿verdad?
¿Te he convencido a ti también?