CAPÍTULO 16
Pero ¿qué cojones?
Asher
E sta noche he declinado la invitación a acudir de nuevo al Slam Dunk Deli y no solo porque me siento físicamente agotado, sino porque me prometí que pasaría por casa de Art antes de volar en dirección a Chicago para enfrentarnos con uno nuestros mayores rivales de la NHL.
El resto se lo está tomando con calma, sin embargo, lejos de lo que pueda parecer, yo me tomo bastante en serio mi trabajo.
Puede que sea un experto en meterme en líos y que, ¡joder! , lo disfrute.
Para ser el capullo más capullo del universo debéis saber que estuve a punto de preguntar si Cassie acudiría esta noche con ellos.
Por lo visto, el equipo ha decidido acogerla como una más y ninguno de ellos parece nada molesto con su presencia.
Ni con que deambule por la pista mientras entrenamos, con esa maldita carpeta blanca y esas malditas mallas que se ciñen a su figura ni esas putas sudaderas que le quedan enormes y que me hacen pensar e imaginar en lo que debe de esconder debajo.
Me pregunto cómo debe de sentarle mi sudadera. La que lleva mi número a la espalda: ochenta y ocho, Maddox…
Y así es como, con algo tan sencillo como una imagen, la polla se me pone dura. Apuesto a que Art haría mil y una bromas con ese asunto. Me la recoloco dentro del pantalón y subo por las escaleras, solo por si de esa forma la sangre se me va a otro lugar y encuentra algo mejor que llenar.
«Vas a tener que masturbarte. Y vas a tener que hacerlo a conciencia si quieres soportar los siguientes días con ella». Porque sí, ahora la tengo pegada a mi culo. Y empieza a gustarme esa sensación demasiado.
No pienso admitir nada de esto en voz alta.
Cuando pongo un pie en el último escalón, la encuentro apoyada frente a la puerta de mi casa.
Todavía va vestida con la ropa formal que usa cuando está en la pista, cuando tenemos partidos o cuando hay una entrevista y ella tiene que estar tras la cortina o la puerta lateral dando indicaciones, lanzándome miradas que matarían a cualquiera o amenazándome en silencio.
Tal vez tenga un don para leer el genio que se gasta mi niñera.
«Nunca he dicho que yo forme parte del grupo de las buenas».
Hace dos semanas que me dijo eso, que quería que creyese que ella no es una chica buena, y permitidme que ponga en duda sus palabras, al menos, esas.
La chica que está ahí, a un par de pasos de mí y que últimamente me cuesta quitarme de la cabeza, es todo bondad.
Tal vez tenga genio, quizá sea la única que no teme a enfrentarse a mí y soltarme lo que piensa sin andarse con rodeos y es probable que cuente con las agallas suficientes para defenderse cuando unos imbéciles de mierda se atrevieron a insultarla por su físico…
No quiero recordar la rabia que me recorrió el cuerpo cuando me lo contó.
Y ese ha sido el problema. Sin embargo, y a pesar de todo eso, es puro corazón.
Corazón… El verdadero problema de todo. Por lo que me he distanciado de ella. Por lo que intento no estar cerca de esta chica porque jodo todo lo que toco y no quiero corromperla a ella también.
Así que, sí, se me da de lujo seguir siendo el gilipollas de turno y eso seguiré haciendo para mantenerla lo más alejada posible de mí. Aunque tenga que cascármela varias veces al día. O darme duchas infinitas de agua helada. Lo que sea.
—¿Se te ha perdido algo, Cassie? ¿No tienes en esa carpeta un mapa que te dé indicaciones sobre cómo volver a casa? —El desafío…, el desafío de su mirada me la pone mucho más dura.
Casi gimo cuando da un paso, seguido de otro y de otro, y se planta a tan solo dos metros de mí. Es distancia más que suficiente para que no me llegue su olor y, aun así, lo hace. Me envuelve…, naranjas. Huele a un campo de naranjas maduras, y siento que tengo mucha muchísima sed.
—Sé cómo volver a casa.
Se apoya las manos en las caderas y el peso recae sobre su pierna derecha. Los tacones hacen que sea unos centímetros más alta y, sin embargo, me gusta cuando la veo con sus zapatillas y con esos pantalones que…
Gruño de pura frustración.
Avanzo dejándola atrás como si todos esos pensamientos puramente neandertales no estuviesen persiguiéndome.
Estoy casi seguro de que hace dos semanas podría haberse establecido una tregua entre los dos, al menos, si yo hubiese querido.
El problema es que no quiero. Porque sé lo que sucederá si dejo que se acerque. Sé que voy a cagarla como siempre hago.
—Pues ya sabes por dónde tienes que ir, no querrás que te haga un dibujo, ¿verdad? —Ladeo la cabeza para encontrar su sonrisa más siniestra y me la regala a mí, solo a mí.
Me la he ganado a pulso.
—Oh, pero ¿sabes hacer algo más que meterte en líos? —me provoca y vuelve a dar un par de pasos en mi dirección.
El frufrú de su falda me embelesa.
—Hay muchas cosas que sé hacer y siento ser yo el que te lo diga, Cassie.
—Recorto la distancia y al inhalar su perfume cierro los ojos con fuerza.
Bajo la vista hasta que la clavo en sus labios: rojos, mullidos, comestibles, apetecibles, sensuales…
—. Y puedo garantizarte que todas y cada una de ellas se me dan bien —sentencio lleno de convicción.
Me encanta cómo se ruboriza y cómo el color de sus mejillas hace juego con su melena. Mataría por saber lo que se le pasa por la cabeza. Por saber si ella también lo nota, lo siente, lo anhela.
Lo desea.
¿Qué sucedería si mis labios fuesen en busca de los suyos?, ¿me rechazaría?, ¿ me tiraría del pelo exigiéndome más?, ¿gemiría en mi boca y se contonearía ansiosa por la fricción de mi miembro?
Me aparto de inmediato. Vale, piensa en algo que haga que te saques a tu niñera de la cabeza. A tu niñera desnuda de la cabeza.
Wayne Gretzky, Sidney Crosby, Alexander Ovechkin, Connor McDavid, Patrick Kane, Auston Matthews, Mario Lemieux, Jaromir Jagr, Pavel Datsyuk, Henrik Lundqvist…
Enumero jugadores de la NHL y sus rostros. Adiós a la erección.
—Apuesto a que sí —me reta trayéndome de vuelta—. Ahora, aparta.
Me quita las llaves y abre la puerta de mi casa como si fuese la suya.
No tengo ningún problema con eso, pues lleva dos semanas siendo mi sombra.
Aaron se ríe cada vez que me exaspero con el tema, y a mí no me hace ni puta gracia.
Sobre todo, porque no le he explicado que me pone como una moto tenerla cerca y no solo por lo preciosa que es, sino por la boquita que se gasta.
Se la cerraría con gusto con mi…
«Joder, ¿otra vez?».
—Tenemos varias cosas que poner a punto antes de que nos vayamos de viaje, Maddox.
Ya no soy Asher ni siquiera Ash. No debería joderme, y, en fin, aquí estamos.
Aprieto la mandíbula y recuerdo lo que tengo que hacer antes de viajar a Chicago, sobre todo, porque ahora nos espera una semana de distintas ciudades y de trabajo frenético.
De concentración y ejercicio físico, repasos tácticos y tiros suaves, tal y como nos tiene acostumbrados el entrenador Donahue.
—¿Y se puede saber qué son esas cosas tan importantes por las que no puedo descansar después de haberme dejado la piel en el partido?
—No pretendo que mi voz suene tan condescendiente como lo hace y, por un segundo, observo la culpa en el rostro de mi niñera.
Estoy a punto de pedirle disculpas por ser tan capullo.
—La piel de los puños, ¿te refieres a esa? Porque tuve la posibilidad de ver cómo le pegabas una buena tunda a ese jugador.
Chasqueo la lengua. Retiro la disculpa.
—Se lo estaba buscando. Entraron en la pista con ganas provocarme y si eso es lo que quieren…
Cassie deja la maldita carpeta blanca de la que no se separa sobre la encimera de la cocina, se quita los tacones sin perder el tiempo ni pedir permiso y se acerca a mí.
Bajo la vista y me encuentro con sus uñas pintadas de un suave tono rosa chicle y no entiendo cómo es posible que me esté planteando saber qué paleta de colores usa para hacerse la puta pedicura y sí, aquí estoy, haciendo justo eso.
Me llevo la mano a la nuca y suspiro lleno de frustración y parte de ella es sexual, no voy a mentir.
—¿Estás intentando decirme que si te buscan te encuentran? —Asiento porque esa es la realidad—. ¿Es que no has aprendido nada en estas tres semanas en las que te he pedido que mantengas las manos quietas y que te comportes como un adulto funcional?
Sonrío con presunción solo por el placer de sacarla de sus casillas, cosa que es evidente que consigo porque la mirada que me dedica ya habla por sí sola.
—Parece que a mi niñera no se le da tan bien este trabajo, ¿no crees?
Inspira con fuerza, se lleva las manos a las sienes y cierra los ojos. Comienza a contar hasta veinte y, cuando acaba y me observa, me maravillo con el fuego que hay en su mirada.
—¿Sabes lo que sí que se le da bien a Asher Maddox?
Me acerco más. Ella no recula, sino que da un paso hacia delante y me golpea el pecho con el dedo índice.
—¿Qué?
—Convertir cada norma que te doy en un motivo más para desobedecerla.
Y, joder, tiene razón. Porque lo único que quiero ahora mismo es romperlas todas.
Con ella.