CAPÍTULO 15
Sí, sí que la habrá
Cassie
M aldita sea.
—¿Es que este tío se ha puesto como objetivo ponerme las cosas difíciles?
Han pasado dos semanas desde lo que yo llamo «el incidente que quiero olvidar», mis hermanos lo llaman «me pongo a sus pies», el padre de Asher lo tilda de «no puede volver a suceder, así que ahora estarás literalmente pegada a él», y el público clama «¡Asher!
¡Asher! ¡Asher!», como si necesitase que le hinchasen más el ego de lo que ya lo tiene.
Así que, como veis, la cosa se ha complicado un pelín para los dos porque he pasado de ser su niñera —insertar ojos en blanco aquí— a ser su sombra la mayor parte del tiempo.
Mis dos semanas podrían resumirse en: trabajo, viaje, trabajo, ropa sucia, trabajo, sopa de brick , trabajo y trabajar para no cargarme a Asher Maddox y acabar presa. Porque sí, puede que todo haya cambiado, pero no para bien.
¿La tregua que se supone que tuvimos esa noche? No fue más que una alucinación momentánea porque, a la mañana siguiente, sus moratones y su carácter regresaron como si nunca se hubiesen marchado de allí.
Así que ambos hemos intentado mantener las distancias, tratarnos con cordialidad y evitar las situaciones tensas en las que no queremos vernos y, creedme, son bastantes porque yo no dejo de enumerar las distintas cosas que debe dejar de hacer, y Asher se empeña en llevarlas a cabo todas y creo —aunque esto puede ser que me lo esté imaginando— que todas ellas las hace solo para sacarme de mis casillas.
Como en esta ocasión.
—¿Por qué tu puño tiene que impactar contra la cara de ese tío? ¿Es que no te das cuenta de que lo único que tienes que hacer es marcar goles? —¡Joder!
Prometí que no pisaría la pista, que la violencia nunca está justificada y que mantendría las distancias en el momento en el que ellos tienen que estar ahí fuera dándolo todo, pero, sí, ya veis, aquí estoy, a las puertas del túnel que lleva al vestuario viendo a escondidas cómo Asher no deja de liarse a puñetazos con otro tío que se los devuelve sin dudar.
—Los tienen bien puestos.
Me sobresalto cuando escucho una voz a mi lado, una que no reconozco.
—No sé yo qué responder a eso porque tal vez sea más imbecilidad que valentía —concluyo.
—Soy Connor —se presenta— y soy el encargado de que este estadio se encuentre en perfecto estado.
—Me enseña la fregona y las malas ideas acuden en bandada—.
No, no estoy seguro de que eso funcione.
—Señala al campo—. Esos chicos tienen muchas protecciones como para sentir el golpe de este palo que está tan viejo como lo estoy yo.
En fin, decido de inmediato que Connor me cae bien y no solo porque pueda leerme la mente, que también, sino por su sentido del humor.
—¿Por qué no te acercas? ¿Desde allí se ve mejor?
Aparto la mirada para comprobar que los equipos se han metido en medio y empiezan a separarlos.
Estoy casi convencida de que esto va a salir en las noticias y empiezo a planear la forma en la que le daré un giro para demostrar que Asher no lo ha hecho por placer, sino por lealtad a los suyos.
Sí, ese es un buen inicio para un comunicado. Me gusta.
—Odio la violencia y estoy en contra de ella.
Connor alza una ceja y me da la sensación de que no sabe si tomarse mi comentario en serio o no. Dejo que juzgue por él mismo.
—Chica, llevas días acercándote cada vez más. Me temo que sí que empieza a gustarte.
Puede que sí, sin embargo, no pienso reconocerlo ante un desconocido, por muy bien que haya decidido que me cae.
—¿Se puede saber por qué siempre tienen que acabar así? Cuando no es uno es el otro. ¿Es que no pueden lanzarse amenazas veladas que nunca cumplan?
Clavo la vista de nuevo en el campo y veo que el partido vuelve a estar en marcha.
El puck cruza la línea azul, y Asher lo recibe con un pase impecable.
Lucas Price, el veterano delantero de los Portland Iron Hawks, se posiciona como un muro de hielo, frío y calculador, anticipando cada movimiento.
O intentándolo, porque por la mirada que comparte Aaron con Asher sé que no les va a resultar nada fácil conseguirlo.
Asher acelera, esquiva un primer checking de Price con un giro de muñeca, manteniendo el disco pegado al stick .
Wright aparece para cubrir un hueco, intentando cortar la trayectoria, y Asher lo hace retroceder con un cambio de dirección fulminante.
Morrison, en extremo izquierdo, grita y se mueve hacia el centro, listo para recibir un pase.
Aaron se coloca cerca del arco, preparando el juego de apoyo, mientras el hermano de Asher cubre la banda derecha.
Price se lanza de nuevo, bloqueando la diagonal, empujando a Asher hacia la banda. Mientras que él hace un giro de muñeca que parece desafiar la física y toca el disco hacia Morrison. Este dispara, el portero se estira al máximo y el disco rebota en el poste y sale directo al centro del hielo.
—¡Joder! —exclama Connor a mi lado.
¿Está tan tenso como lo estoy yo? ¿Por qué debería yo estar tensa siquiera?
Asher se lanza con un desliz casi imposible, interceptando el rebote. Otro defensor intenta frenarlo. Lo esquiva con un quiebro rápido. Su hermano se abre a su derecha, preparado para recibir un pase de último recurso, mientras Aaron avanza cubriendo el espacio detrás de ellos.
Price se lanza de nuevo con el cuerpo extendido buscando interceptar.
El choque es inevitable, Asher y Lockdown se rozan, cuerpos tensos, hielo volando, respiración entrecortada.
Asher mantiene el control con un toque firme, cambia la dirección del puck y dispara con precisión quirúrgica.
El portero de lo s Portland Iron Hawks apenas logra reaccionar y el disco entra finalmente en la red.
Doy un salto involuntario.
—¡Sí! —grito.
Comparto una mirada con Connor y ambos sonreímos.
La multitud estalla. Contengo la respiración, fascinada y nerviosa a la vez.
No es solo velocidad ni fuerza, es el rigor, la anticipación, cómo Asher maneja cada presión, cada bloqueo, cada movimiento de los veteranos de Portland.
Cada giro, cada contacto, cada pase tiene intención y control.
Y sí, también es imposible no darse cuenta de lo increíble que se ve mientras lo hace.
Incluso empapado de sudor y con el rostro tenso por el esfuerzo, hay algo en él que me deja sin aliento.
Sacudo la cabeza ante la intrusión de ese pensamiento. No debería siquiera estar dándole vueltas a su físico ni a nada por el estilo. Ni siquiera es tan guapo como quiere hacerme ver.
Cuando se gira, clava la vista en mí como si hubiese sido consciente durante todo este tiempo de mi presencia y de que me escondía en un segundo plano, pero estaba allí igualmente. Pendiente a todo. Pendiente a él.
Lo más triste del asunto es que no solo lo hacía por trabajo, sino también por curiosidad.
Le hago una mueca indicándole que le voy a cortar el cuello cuando salga por lo de antes y entonces me sonríe.
O eso es lo que creo que hace porque estamos a bastante distancia y porque puede que una parte de mí quiera que eso suceda.
Que el chico malo del equipo, de la NHL me sonría a mí de entre todas las personas a las que podría estar regalándole ese gesto.
«Mal, Cassie, esto está mal. Muy mal».
«La culpa es de Blue».
Me retiro antes de que siga sumiéndome en una especie de bucle hormonal en el que mi cuerpo pide testosterona y masculinidad, cosa que a ese chico le sobra.
Connor me sigue con la fregona en la mano, y me apoyo en la pared. Me niego a ver el resto del partido, así que aprovecho el tiempo para revisar las noticias que ya se han ido filtrando y establecer una maniobra de contención.
Por lo que veo, la cosa no pinta tan mal porque señalan que los Portland Iron Hawks han venido buscando guerra y guerra es lo que se han encontrado.
Leo varios titulares en los que alaban la actitud paciente de los Wild Warriors y otros en los que señalan que se han llevado su merecido. Ruedo los ojos y aparto la mirada del teléfono cuando siento unos pasos acercarse.
Me tenso al darme cuenta de que es Prescott Maddox y que se aproxima hacia donde me encuentro. No entiendo por qué no está en el palco como siempre.
Me aliso la chaqueta a juego con mi falda de tubo y le regalo una sonrisa. No me la devuelve, supongo que ser el dueño de un equipo tan importante hace que no tengas la capacidad de ser amable. O lo pone en su contrato, a saber.
—Esperaba encontrarte aquí —murmura cuando se coloca a mi lado, con las manos en los bolsillos y la vista clavada en lo que se puede ver de pista desde este lugar.
Aparto la mirada para buscar a Connor, que está fregando el fondo del pasillo. Si se ha dado cuenta de que el jefazo está aquí, lo disimula bien.
—Sí, bueno, este es mi trabajo. —Pretendo sonar indiferente y segura de mí y siento que ha sido todo lo contrario.
—¿Cómo van estas últimas semanas?
Se refiere a tras el encontronazo que pudimos capear por los pelos.
No hubo ninguna justificación que pudiese quitarnos de encima esa losa por la pelea que provocó Asher, sin embargo, nos limitamos a ser honestos y a pedir disculpas.
Cosa que a Prescott Maddox no le gustó en absoluto y así me lo hizo saber cuando me pidió que me convirtiese en la sombra de su hijo pequeño.
—Mucho mejor. Todo está en calma —respondo.
No le hablo de que he sido la más pesada del mundo y que le he intentado organizar la agenda a Asher para que no disponga de mucho tiempo libre.
Tampoco de que me planto en su casa o que lo persigo incluso a la tintorería.
Ni siquiera le explico que he hecho buenas migas con Austin y que me recomienda novelas para cuando tenga tiempo de leer por placer y no por trabajo.
Me temo que si le diese esa información solo le aburriría.
—Tengo todas mis esperanzas puestas en ti, Cassidy. —Me escruta de arriba abajo y me siento más desnuda que nunca y no de una forma sensual ni mucho menos, es como si estuviese juzgándome por mi físico. Una vez más—. No lo jodas todo tú también.