Rompiendo las reglas (Wild Warriors 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

De cuando la cárcel no está tan mal

Cassie

C ruzo la puerta de la habitación sin siquiera llamar. Si quería intimidad, que no hubiese salido en las noticias.

Lo encuentro sentado al borde de la cama, sin camiseta y con unos pantalones grises anchos.

Intento no reparar en la cantidad de ropa que le falta ni en la cantidad de piel y tinta que tengo la posibilidad de ver.

Y, creedme, es mucha piel y mucha piel cubierta por tinta.

De hecho, intento que no se me note lo mucho que me gusta toda esa combinación porque debo estar enfadada que te cagas por lo que ha pasado.

Cuando alza la mirada, ese enfado se ve sustituido por lástima y no solo porque tenga varios moratones que se le empiezan a formar en el pómulo derecho y en el lado izquierdo de la mandíbula, sino porque… por primera vez percibo su vulnerabilidad.

Me cruzo de brazos y chasqueo la lengua, y entonces se endereza y más y más piel queda a la vista. Y no es que me esté distrayendo con eso.

Por supuesto que no.

Carraspeo y todo desaparece. Vuelve a ser el mismo tío de ojos fríos y calculadores con el que me he enfrentado otras veces, y yo vuelvo a ser la chica estricta que tiene que solucionar esto y, por encima de todo, ponerle fin.

—¿Qué ha pasado?

Le doy el beneficio de la duda y permito que sea él el que me cuente su versión de los hechos. Sobre todo, por las tres reglas que me acabo de inventar:

No creas todo lo que sale en las noticias. Buscan el filón y muchas veces es todo mentira.

No pierdas la calma, por muy grande que sea el lío. Siempre hay una forma de arreglarlo sin acabar en catástrofe.

Y no mates al mensajero, aunque el mensajero sea Asher Maddox. Sobre todo, si es Asher Maddox.

—¿Vienes a curarme las heridas, Cassie? Porque no sé hasta dónde llega tu contrato ni cuáles son tus funciones, pero quizá seas tan buena enfermera como niñera, ¿no crees?

Vale. La regla número tres empieza a pedirme a gritos que la abola como la inquisición, igual.

—¿Cuándo vas a darte cuenta de que tú y yo estamos en el mismo barco, Ash?

Alza la vista cuando me dirijo a él por su apelativo.

No hemos hablado de eso y tampoco sé si estamos lo suficientemente familiarizados como para hacerlo, pero…

, en fin, ¿qué más da? Ya me he lanzado al vacío y no puedo volver al avión en busca de otro paracaídas.

Ahora tengo que seguir adelante o acabar espachurrada contra el suelo. Figuradamente hablando, claro.

—Yo ya no sé nada. —La respuesta es tan contundente como estremecedora y eso me aturde un poco.

Me acerco con cautela. No me mira a la cara, baja de nuevo la vista y se queda ahí, en el suelo. Entonces me tomo la licencia de sentarme a su lado y suspirar.

—Tienes una cama bastante cómoda. —¿Una cama?, ¿esa es tu forma de romper el hielo?, ¿hablar de una cama? ¿Qué será lo siguiente?, ¿preguntarle si el colchón es viscoelástico?—. Apuesto a que el colchón es viscoelástico. —Sí, lo he dicho en voz alta. Oficialmente, mi ingenio ha muerto.

—¿Estás hablando en serio?

Suspiro una vez más y dejo de mirarlo para clavar la vista al frente. Ni siquiera me siento tan enfadada como frustrada porque no entiendo cómo un tío que lo tiene todo y que podría ser lo que quisiera prefiere que le cuelguen el cartel de «chico malo».

—Yo también me metí en una pelea. Tal vez en más de una.

—Asher aparta la mirada de la puerta del lavabo que tenemos enfrente y alza la vista hasta que clava esos ojos fríos y azules en mí.

Me incorporo y dejo que la tensión se establezca entre los dos cuando me cuelo en ese mismo lavabo en busca de gasas, alcohol y un par de pastillas que pueda darle para aliviar el dolor.

Porque sí, lo he llamado imbécil sin saber que era él, sin embargo, eso no quiere decir que tenga que retirarlo.

Ni contárselo—. No me siento nada orgullosa de ello, Ash —pronuncio de nuevo el apelativo.

Inspira y suelta el aire con fuerza.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste? —tantea.

Empapo una gasa con alcohol y la llevo hasta la mejilla, me agacho para poder ver los rasguños y un leve corte que tiene en la ceja, por suerte, no parece necesitar puntos. Permanece en silencio analizando cada uno de mis movimientos.

—Puro instinto.

Chasquea la lengua y me regala una mueca de dolor cuando paso la gasa por la primera herida.

—Apuesto a que los amenazaste con sacar buenas notas o algo así —se burla y aprieto mucho más la gasa solo por fastidiarlo.

Su mueca va acompañada de un siseo y, lo siento, me vanaglorio de que así sea.

—Tenía doce años. Unos chicos de clase llevaban meses llamándome «bola de nieve» —suelto una risilla horripilante porque rememoro el momento y no solo eso, recuerdo de una forma muy vívida lo que me hacían sentir cada vez que usaban ese apelativo.

Lo pequeña que me hacía, lo vulnerable que me sentía y las ganas de huir que me asolaban—.

Ese día, me habían robado la comida, no se conformaban con los insultos y con ser despiadados, no.

—Por supuesto que no porque jamás era suficiente.

No para ellos—. Intenté recuperarla, y la lanzaron al suelo.

Pisaron mi sándwich y patearon mi zumo hasta que explotó y me salpicó las zapatillas y las piernas.

Sostengo la gasa en el aire y miro hacia los pantalones que llevo puestos como si lo estuviese viendo de nuevo. Asher hace lo mismo. No menciona nada sobre mi atuendo y estoy casi segura de que sabe que lo que llevo no es más que un pijama roñoso. Cómodo y roñoso.

—¿Por qué? —pregunta casi sin venir a cuento y entonces continúo con mi labor.

—Porque estaba gorda, Ash —concluyo—. Porque no era la típica niña preciosa con la que todos querían salir. Era yo…

Alza la mano y casi casi siento su roce. Me quita la gasa y la deja junto a él.

Vuelvo hacia el baño en busca de una toalla para limpiar el otro lado, el que no tiene tan magullado, y algunas tiritas.

Y puede que también en busca de algo de tiempo por lo que le estoy explicando.

Cuando regreso, sigue ahí, en la misma postura, aunque algo ha cambiado en su semblante.

No quiero refugiarme en la compasión porque no la necesito.

—¿Por qué no les diste su merecido antes? —reformula y ladeo la cabeza cuando entiendo que eso es lo que quería decir con su primera cuestión.

—Porque yo siempre pienso antes de actuar. Porque confío en que todo va a mejorar. Porque las personas son buenas por naturaleza.

Es su turno de soltar una risa carente de humor, y su mirada y la mía conectan.

Me percato de que el azul de su mirada es más potente cuando más alejada de la pupila se encuentra.

Es como si estuviese lleno de capas de distintos tonos azulados clasificados por intensidad, de menor a mayor.

Me quedo completamente absorta ahí, en esos tonos, observando sus matices, queriendo embeberme de ellos.

—Hay personas malas, Cassie. Muy malas.

—También las hay buenas, y no por eso tenemos que meterlas a todas en el mismo saco ni prejuzgar, Ash.

Asiente dándome la razón y me tomo eso como una pequeña victoria.

—¿Qué pasó después?

Le tiendo la botella y dos pastillas. Asher duda e intercala un par de miradas entre mis manos y el botellín.

—No pienso continuar si no te las tomas.

—Eso es chantaje. —Aunque accede y las sujeta.

—Nunca he dicho que yo forme parte del grupo de las buenas.

—Le guiño un ojo y aguardo a que se las trague.

Cuando me doy por satisfecha, me apoyo en la puerta del armario y aparto la vista de él y de su cuerpo—.

Le di un puñetazo. Un jodido puñetazo. —Me observo la mano recordando lo mucho que me dolió el golpe. De hecho, casi lloro.

Su mirada también desciende y la clava en mis manos, buscando en ellas el recuerdo de la matona que fui por un día.

—Me castigaron. Mi madre vino a buscarme y le aseguró al director que no volvería a meterme en ese tipo de líos.

Cuando salimos del despacho, recuerdo que se agachó frente a mí —le cuento y bajo una vez más la vista—, me colocó el pelo tras la oreja y me dijo que ella no se había tomado molestias para educar a niñas así.

—Contengo la respiración recordando lo que vino a continuación—.

Había dedicado tiempo y esfuerzo a criar chicas valientes como yo.

Asher sonríe desde la cama, supongo que tiene que estar tan satisfecho por la historia como lo estoy yo.

—¿Por qué me cuentas esto? ¿Cuál es la moraleja?

Me acerco y me pongo a su altura, como hizo mi madre conmigo. Le coloco un mechón de pelo detrás de la oreja y entonces sonrío con presunción.

—Pensaba que eras más listo —lo provoco.

Asher alza una ceja y ahí está de nuevo, el chico que se cuela en la pista y va a por todas, el compañero, el que comparte bromas con el equipo y el que se mete en líos porque no sabe cómo no hacerlo.

—Digamos que necesito que mi niñera me refresque las ideas. Solo por comprobar que estamos en la misma onda.

—O, créeme, no estamos en la misma onda.

Nos señalo y le coloco un par de tiritas. Una bajo la mejilla y otra en la ceja. Me aparto para darle el visto bueno a mi trabajo. Al menos, a este.

Siento cómo contiene la respiración y cierra los ojos hasta que me aparto. Entonces, tomo la palabra.

—La moraleja, Ash, es sencilla. Puedes pegar y hacer daño como defensa, pero eso no te hace fuerte, únicamente te deja más solo.

Lo que hice yo no me convirtió en heroína, solo me recordó que ser valiente no es levantar el puño, sino aprender a levantarte sin arrastrar el dolor a otros.

Tú puedes ser el chico que rompe todo a su paso o el que aprende a no romperse a sí mismo.

La elección es tuya. Usa la inteligencia.

Inclino la cabeza a modo de saludo mientras salgo de la habitación.

—¿Cassie?

Freno mis pasos cuando ya tengo el pomo en la mano.

—¿Sí?

—Ten cuidado la próxima vez que me cures —afirma—, mi preciosa cara tiene el extraño poder de hacer que la chica más buena pierda la cabeza y acabe convirtiéndose en una chica mala.

Cierro la puerta, convencida de que no habrá próxima vez. Por mi salud mental, no la habrá.